Lords de los cielos CAPÍTULO 10 El Vuelo del Cuervo
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CAPÍTULO 10 El Vuelo del Cuervo

El cuervo llegó una mañana gris, cuando el sol aún no había terminado de decidir si merecía la pena asomarse entre las nubes. El cielo estaba cubierto por una capa uniforme de nubes bajas, del color del plomo fundido, y el viento que barría el patio de armas olía a sal y a tormenta lejana.

Sofía estaba en el patio de armas, supervisando la reparación del pozo.

El cual, por fin, después de tres intentos fallidos y un aprendiz casi ahogado, empezaba a recuperar el nivel normal, cuando escuchó el aleteo.

Era un sonido seco, urgente, como de alas que han volado demasiado y no pueden permitirse el lujo de cansarse.

El ruido le llegó desde lo alto, justo antes de que una sombra negra cruzara por encima de su cabeza.

Levantó la vista y vio al animal posado en el brocal del pozo, con una pata levantada y una expresión de absoluto desprecio que rivalizaba con la de Gato.

El cuervo era grande, más grande de lo que parecía desde el suelo, con el plumaje negro brillante y unos ojos pequeños y redondos que la miraban con una fijeza que resultaba casi intimidante.

—Otro bicho con ínfulas —murmuró Sofía, secándose las manos en el delantal de cuero—. Aquí todo el mundo se cree importante.

Gato, sentado a sus pies con la dignidad de un faraón egipcio, levantó la cabeza y emitió un maullido que sonó más a gruñido que a saludo.

Sus ojos amarillos se fijaron en el cuervo con una intensidad que Sofía conocía bien: era la mirada que ponía antes de lanzarse a por algún insecto despistado.

Los dos animales se observaron fijamente durante un largo momento, como dos pistoleros en una película del oeste, midiéndose, calculando distancias, decidiendo quién atacaba primero.

—No te acerques —le advirtió Sofía a Gato, señalándolo con el dedo—. Que los cuervos también tienen pico y no creo que te haga gracia que te lo clave en el culo.

Gato bufó, indignado, y se alejó con paso majestuoso. Se sentó a unos metros de distancia, con la espalda firmemente vuelta hacia la escena, como diciendo "yo no he querido saber nada de esto". Su cola se movía de un lado a otro con un ritmo que delataba su mal humor contenido.

Sofía se acercó al cuervo con cautela, moviéndose lentamente para no asustarlo.

El animal no se movió. Ni un músculo, ni una pluma.

Se limitó a observarla con esos ojillos brillantes mientras ella se aproximaba.

Algo atado a su pata brillaba débilmente a la luz mortecina: un pequeño tubo de metal, de esos que en las películas siempre contienen mensajes importantes.

O maldiciones. O la primera pista para un tesoro.

O una citación para que te corten la cabeza, que en su situación actual era la opción más probable.

—Vale —dijo ella, alargando la mano con la palma hacia arriba, en un gesto que esperaba resultara amistoso—. Dámelo sin picarme, anda.

El cuervo inclinó la cabeza, la miró como si fuera la criatura más estúpida que había visto en toda su vida aviar, y emitió un graznido seco que sonó a "mira quién habla". Luego, con una lentitud deliberada, levantó la pata atada y esperó.

Sofía desató el tubo con dedos torpes, temiendo que el animal cambiara de opinión en cualquier momento y le arrancara un dedo de un picotazo. Pero el cuervo se mantuvo inmóvil, con ese aire de superioridad que parecía decir "date prisa, miserable, que tengo otros mensajes que entregar".

—Listo —dijo Sofía, guardando el tubo en el bolsillo del delantal—. Eres un cielo. Ahora vete.

El cuervo no se fue. Se quedó allí, posado en el brocal, mirándola fijamente con esos ojillos negros que parecían atravesarla.

Su pico se abrió ligeramente, como si estuviera a punto de hablar, pero solo emitió otro graznido.

Un graznido que claramente decía *¿y mi recompensa?

¿No vas a darme nada, miserable humana?*

Sofía suspiró, negando con la cabeza.

—No tengo comida —dijo, con tono de disculpa—. Y aunque tuviera, no te la daría. Ya me has mirado como si fuera mierda de perro. No te mereces ni una migaja.

El cuervo parpadeó. Una vez. Dos veces. Su expresión, si es que un cuervo podía tener expresión, cambió de desprecio a indignación ofendida. Luego, con un graznido que sonó inequívocamente a *me cago en tus muertos*, alzó el vuelo y desapareció entre las nubes bajas.

—Y no vuelvas —gritó Sofía tras él, aunque el animal ya era solo un punto negro perdiéndose en el horizonte—. ¡Y dile a quien te ha enviado que la próxima vez mande una paloma, que son más educadas!

Gato, desde su sitio a unos metros, maulló con aprobación.

Sofía abrió el tubo con manos temblorosas.

Sus dedos, aún manchados de cal y barro, le costaron desenroscar la tapa de metal.

El tintineo del pequeño cilindro al abrirse le pareció ensordecedor en el silencio del patio.

Dentro, un pergamino enrollado, sellado con cera negra y una marca que no reconoció: un cuervo posado sobre una corona.

No hacía falta ser un genio para deducir quién había enviado aquello.

Lo desenrolló con cuidado, temiendo que el papel se rompiera entre sus dedos. La tinta negra destacaba sobre el pergamino amarillento, y las palabras, escritas con caligrafía impecable, parecían bailar ante sus ojos.

*Lord Kaelen de Roca Negra:*

*Por la presente, se le requiere para que se presente ante la corte de Su Majestad, Lord Caspian, primer heredero del trono de Valdoria, en un plazo no superior a siete días, para responder a las acusaciones de traición levantadas en su contra.

Su presencia es ineludible. Su ausencia se considerará una confesión de culpabilidad. *

*Firmado: Consejo de Nobles de Valdoria.*

—Mierda —susurró Sofía, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies—. Mierda, mierda, mierda.

Leyó el pergamino otra vez. Y otra. Y una tercera, por si acaso las palabras cambiaban con cada lectura. No cambiaron. Seguían ahí, negras e inamovibles, como un veredicto.

—Mierda —repitió, por si acaso no había quedado claro.

Borin, que había estado observando la escena desde la distancia con la paciencia de un viejo cantero acostumbrado a los caprichos de los nobles, se acercó con paso lento. Sus rodillas crujieron con cada movimiento, y apoyó las manos en la zona lumbar con una mueca de dolor.

—¿Se encuentra bien, lady Sofía? —preguntó, asomándose por encima de su hombro.

Sofía se volvió hacia él, con el pergamino aún en la mano y una expresión que debía de ser de auténtico pánico, porque Borin dio un paso atrás.

—¿Eso es lo que parece? —preguntó el viejo cantero, con la voz cautelosa.

—Depende —respondió Sofía, tragando saliva—. Si parece una citación para que nos corten la cabeza, entonces sí.

Borin enarcó una ceja, y su barba blanca tembló ligeramente.

—Pues eso parece.

—Genial —murmuró Sofía—. Exactamente lo que me faltaba. Una guerra. Un marido que no sabe expresar sus sentimientos. Un gato mágico que aparece y desaparece a su antojo. Y ahora una citación para que nos decapiten. ¿Algo más? ¿Quizás un dragón? ¿Un apocalipsis zombie?

Gato maulló desde el suelo, como diciendo "no des ideas".

Sofía enrolló el pergamino con manos temblorosas, metió el tubo en el bolsillo del delantal y salió corriendo hacia la torre del homenaje. Necesitaba encontrar a Kaelen. Necesitaba enseñarle aquello. Necesitaba...

Se detuvo en seco en medio de un pasillo que no recordaba haber visto antes.

—¿Dónde cojones estoy? —preguntó en voz alta, mirando a su alrededor con creciente desesperación.

El pasillo en el que había entrado no se parecía a ninguno que recordara.

Las paredes eran de piedra gris, sí, como todas las paredes del castillo, pero las antorchas tenían un diseño diferente.

Más antiguas. Más ornamentadas. Las llamas danzaban en unos soportes de hierro forjado con formas de serpientes entrelazadas, y el suelo estaba cubierto de losas de piedra desgastadas por siglos de pisadas.

—No —murmuró Sofía, apoyándose en la pared—. No otra vez. No ahora. Por favor, no ahora.

Se obligó a cerrar los ojos, inspirar hondo y tratar de orientarse. Visualizó el recorrido que había hecho desde el patio de armas: había subido unas escaleras, había girado a la derecha, había pasado por delante de la cocina... ¿o era la alacena lo que había pasado? La cocina no. La cocina nunca.

—El patio de armas estaba a mi izquierda —murmuró para sí, como si hablar en voz alta ayudara a fijar las ideas—. La torre del homenaje, al fondo. La sala del consejo, en la segunda planta. He subido dos tramos de escaleras, luego...

—¿Lady Sofía?

Abrió los ojos de golpe. Varn, el capitán de la guardia nocturna, estaba a unos pasos de ella, con el pelo despeinado y una mancha de grasa en la mejilla que sugería que acababa de levantarse y aún no se había aseado del todo.

En una mano sostenía un pedazo de pan moreno, en la otra una jarra de leche agria.

—¿Está perdida otra vez? —preguntó, con un tono que mezclaba la compasión y la diversión en partes iguales.

—No —mintió Sofía, enderezando la espalda y adoptando una expresión de máxima dignidad—. Estaba... explorando. Para las obras. Hay que conocer cada rincón del castillo para poder reforzar los cimientos. Es parte del trabajo. Muy importante. Fundamental, diría yo.

Varn arqueó una ceja, claramente incrédulo, pero tuvo la cortesía de no decir nada.

—Ah —dijo, mordiendo un trozo de pan—. ¿Y ha encontrado algo interesante en su... exploración?

Sofía miró a su alrededor, buscando algo que pudiera justificar su presencia en aquel pasillo olvidado. Al fondo, una puerta de madera carcomida llamó su atención.

—Una puerta —dijo, señalando—. Al fondo. ¿A dónde lleva?

Varn se asomó por encima de su hombro, siguiendo la dirección de su dedo. Sus ojos se abrieron ligeramente, y una sonrisa traviesa asomó en sus labios.