CAPÍTULO 9 El Secreto de la Cripta #2
—Entonces, la que duerme despertará enfadada. Y cuando alguien despierta enfadado después de mil años, no suele estar de buen humor.
—Vaya —murmuró Sofía—. Qué bien. Me encanta.
Entonces… Sofía empezó a notar que el mundo desaparecía por los bordes muy lentamente. Y eso solo significaba que estaba a punto de volver en sí.
Cuando volvió en sí, estaba tumbada en el suelo de la cripta, con la cabeza en el regazo de Borin y Gato lamiéndole la cara.
—¿Qué...? —balbuceó.
—¡Por fin! —exclamó Borin—. Lleva usted así diez minutos. Creía que se había muerto.
El pobre Borin parecía tan asustado que Sofía intentó no reírse. Era tierno que se preocupase tanto por ella.
—No —dijo Sofía, incorporándose lentamente—. No me he muerto. Solo... he tenido una visión.
—¿Una visión? —Borin la miró como si hubiera perdido la cabeza—. ¿De qué?
—De cosas raras. Como siempre.
Gato maulló, satisfecho de haber cumplido con su deber de resucitador.
—El libro —dijo Sofía, mirando a su alrededor—. ¿Dónde está el libro?
El pedestal estaba vacío.
—¿Qué libro? —preguntó Borin.
—El que había aquí. En el pedestal.
—No había ningún libro, lady Sofía. Cuando bajé tras usted, solo la encontré a usted, tumbada en el suelo, y al gato lamiéndole la cara.
El mundo se congeló entonces. Ella había visto ese libro. Estaba completa y absolutamente segura.
Sofía se levantó, tambaleándose. La cabeza le daba vueltas, pero una cosa estaba clara: el libro no estaba. O nunca había estado. O solo ella podía verlo.
—Tenemos que subir —dijo—. Tenemos que hablar con Thurmond. Y con Kaelen.
—¿Qué has visto? —preguntó Borin, ayudándola a caminar.
—Que este castillo es una puta caja de sorpresas —respondió Sofía—. Y que todas las sorpresas son malas.
Cuando Thurmond escuchó su relato, lo hizo en silencio, con las manos entrelazadas sobre el estómago y esa expresión de sabio que a Sofía empezaba a resultarle familiar.
—Kaelen el Primero —murmuró cuando ella terminó—. El fundador. Tiene sentido.
Parecía tan convencido de todo que Sofía solo deseaba aporrearlo con lo primero que encontrase.
—¿Cómo que tiene sentido? —exclamó Sofía—. ¡Acabo de hablar con un fantasma en una cripta secreta! ¡Nada de esto tiene sentido!
Ella estaba muerta de miedo.
—En este mundo, sí —respondió Thurmond con calma—. Los muertos no siempre descansan en paz. Sobretodo cuando tienen secretos que guardar.
—¿Y qué se supone que hago ahora? ¿Despierto a la que duerme? ¿No la despierto? ¿Refuerzo el sello? ¿Me tiro por el acantilado y termino con todo?
—Lo último no, por favor —dijo Thurmond con una sonrisa—. Sería un desperdicio de talento arquitectónico.
Sofía resopló.
—Habla con Kaelen —aconsejó Thurmond—. Es su castillo. Es su herencia. Y cada vez que lo nombras, se te iluminan los ojos.
Lo decían como si hablar con Kaelen fuera fácil. Todo era difícil, la guerra era difícil, la piedra era difícil y solo deseaba que esto acabase de una vez.
—No se me iluminan los ojos —protestó Sofía.
—Sí se le iluminan —confirmó Gato con un maullido.
Sofía miró al gato.
—¿Tú también te pones en mi contra?
Gato parpadeó lentamente. *Siempre*, decía su expresión.
***
Encontrar a Kaelen fue más fácil de lo que esperaba. Estaba en la sala del consejo, reunido con Dain y los otros capitanes. La puerta estaba entreabierta, y las voces llegaban hasta el pasillo.
—...no podemos permitirnos distracciones —decía Dain—. La guerra es inminente.
—No es una distracción —respondió Kaelen, y su voz sonaba tensa—. Es mi esposa.
Sofía sintió que todo le temblaba al escucharle llamarla “esposa”. Al principio había odiado esa palabra, pero ahora era bueno, un gran concepto.
—Que no es tu esposa. Que es una desconocida de otro mundo que apareció aquí por arte de magia. Y que, según ella misma dice, puede hablar con las piedras.
Dain era tan agradable como la resaca después de una noche de fiesta.
—Eso no la hace peligrosa —la defendió Kaelen.
—¿Estás seguro?
Sofía decidió que era el momento de intervenir.
—¿Siempre hablan de mí a mis espaldas? —preguntó, entrando en la sala sin llamar.
Los capitanes se giraron, sorprendidos. Dain enrojeció ligeramente. Kaelen, en cambio, la miró con una expresión que ella no supo interpretar.
—Sofía —dijo él.
—Kaelen —respondió ella.
Se miraron. El recuerdo del beso flotaba en el aire entre ellos, tan tangible que casi podía tocarse.
—Necesito hablar contigo —dijo ella—. A solas.
Kaelen asintió y se volvió hacia los capitanes.
—La reunión ha terminado. Continuaremos mañana.
Dain frunció el ceño, pero obedeció. Los capitanes salieron en fila, lanzando miradas de reojo a Sofía.
Cuando se quedaron solos, ella se acercó a la mesa.
—He encontrado algo —dijo—. Una cripta. Debajo de la torre.
Así, directa, sin darle tiempo a pensar porque eso era peor que decir lo que tenía que decir.
Kaelen enarcó una ceja.
—¿Otra?
—Sí. Y he visto... cosas. He visto a tu tatarabuelo, o algo así. Kaelen el Primero.
—¿Mi qué?
—Tu antepasado. El que construyó el castillo. El que hizo un trato con la que duerme.
Kaelen se quedó muy quieto.
—¿Un trato?
Sofía asintió y le contó todo. La visión, las palabras de Kaelen el Primero, la advertencia sobre la guerra y el sello. Cuando terminó, Kaelen seguía inmóvil, con el rostro pálido.
—Mi padre nunca me lo contó —dijo al fin.
—Murió antes de poder hacerlo, según tu antepasado.
—Eso no es excusa. Debería haberme dicho algo. Debería haberme preparado.
—Quizás pensó que tenía tiempo. La gente siempre piensa que tiene tiempo.
Kaelen la miró fijamente.
—¿Y tú qué crees que deberíamos hacer?
Sofía dudó.
—No lo sé —admitió—. No sé si despertar a la que duerme es buena idea. Pero tampoco sé si dejarla dormida es mejor. Tu antepasado dijo que, si el castillo cae, el sello se romperá igualmente. Pero sin control.
—Así que tenemos que decidir.
—Sí.
Kaelen se acercó a ella. Estaban tan cerca que Sofía podía sentir el calor de su cuerpo.
—¿Y si tomamos la decisión equivocada? —preguntó él.
—Entonces nos equivocamos juntos —respondió ella—. Al menos no estaremos solos.
Kaelen sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero estaba ahí.
—Eso ya es algo.
—Sí —dijo Sofía—. Supongo que sí.
Gato, que había entrado sigilosamente en la sala, maulló desde el suelo.
—El gato está de acuerdo —interpretó Sofía.
—¿El gato siempre está de acuerdo?
—Solo cuando le conviene.
Kaelen rió. Fue una risa corta, sorprendida, como si no estuviera acostumbrado a hacerlo. Pero a Sofía le pareció el sonido más bonito del mundo.
—Bueno —dijo él—. Supongo que tenemos una decisión que tomar.
—Supongo que sí.
Se miraron. El silencio se alargó, pero no era incómodo. Era un silencio compartido, lleno de posibilidades.
—¿Cenamos juntos esta noche? —preguntó Kaelen—. Para hablar de esto.
Sofía sonrió.
Una invitación a cenar era algo bueno.
—¿Me estás invitando a cenar, Lord Kaelen?
—Sí. Supongo que sí.
—Entonces acepto.
Gato maulló con aprobación.
Y mientras salían de la sala del consejo, Sofía pensó que, por primera vez desde que había llegado a aquel mundo, las cosas empezaban a tener sentido.
O quizás era que se estaba acostumbrando a vivir en el absurdo.
Con Kaelen, cualquiera de las dos opciones era posible.