CAPÍTULO 9 El Secreto de la Cripta
Tres días llevaba Sofía intentando concentrarse en las obras, y tres días llevaba fracasando estrepitosamente.
El problema no era el castillo. El castillo seguía siendo un desastre arquitectónico con más grietas que un queso viejo y unos cimientos que harían llorar a cualquier ingeniero mínimamente competente.
El pozo seguía bajando de nivel, los contrafuertes seguían sin terminar, y Borin la miraba cada mañana con esa expresión que decía *¿y ahora qué hacemos, jefa? *
El problema era Kaelen.
O más concretamente, el problema era el recuerdo del beso. Ese pequeño, insignificante, absolutamente devastador beso en la mejilla que ella le había dado al terminar la cena.
—¿Otra vez? —se preguntó a sí misma en voz alta, apoyada contra una pared del patio de armas—. ¿En serio? ¿A mis treinta y dos años, después de haber tenido relaciones adultas y maduras con personas adultas y maduras, me convierto en una adolescente por un beso en la mejilla?
Gato, sentado a sus pies, maulló con ese tono que ella ya identificaba como *sí, eres patética, pero te quiero igual*.
—Cállate —le espetó—. Tú no tienes derecho a opinar. Tú eres un gato. Tu mayor preocupación en la vida es si hoy toca atún o pollo.
Gato parpadeó lentamente, con una expresión que claramente decía *el atún es una preocupación existencial perfectamente válida*.
Sofía suspiró y volvió a mirar el muro que estaba inspeccionando. Llevaba diez minutos con la mano apoyada en la misma piedra y no había sido capaz de sentir nada. Ni una vibración, ni un eco, ni un susurro. La piedra, como su cerebro, estaba en blanco.
—Esto no puede seguir así —murmuró—. Necesito concentrarme. La guerra viene. La gente morirá si no termino las reparaciones. Y yo estoy aquí, con el cerebro hecho papilla por un hombre que no sabe decir lo que siente.
*Un hombre que mató a veintitrés personas en una batalla*, le recordó una vocecita interior. *Un hombre al que llaman Carnicero. Un hombre que probablemente tiene más traumas que una convención de psiquiatras.*
—Ay, madre —suspiró—. ¿Dónde me he metido?
—¿Hablando sola, lady Sofía?
La voz de Borin la sobresaltó tanto que casi se cae del andamio. El viejo cantero la miraba desde abajo con una sonrisa maliciosa y las manos en las caderas.
—No —respondió ella con dignidad—. Hablaba con Gato. Es diferente.
Era una excusa tan pobre que tenía ganas de reír, pero se contuvo.
—Claro —dijo Borin, con un tono que dejaba claro que no se creía ni una palabra—. ¿Y qué le decía a Gato?
—Que el mortero de cal necesita más arena.
Borin enarcó una ceja, siempre parecía a punto de gritar o de reír, pero nunca se sabía cuál de las dos iba a elegir finalmente. Era un enigma con patas.
—¿El gato le ha dicho eso?
—Sí. Tiene un don para la construcción. Es un gato muy especial.
Gato, como si entendiera la conversación, se levantó, se estiró con parsimonia y se alejó con la dignidad ofendida de quien ha sido utilizado como excusa.
—Se ha ofendido —comentó Borin.
Ella miró al gato como si acabase de insultar a su madre. Lo necesitaba de coartada, no que huyera a la primera de cambio. Ese era un nuevo nivel de crueldad.
—Los gatos siempre están ofendidos. Es su estado natural —dijo Sofía con una calma absolutamente encantadora.
Borin soltó una carcajada y se acercó al andamio.
—Baje de ahí, lady Sofía. Tengo algo que enseñarle.
Sofía frunció el ceño.
—¿Algo bueno o algo malo?
—No lo sé. Eso tendrá que decidirlo usted.
Lo que Borin quería enseñarle resultó ser una puerta.
Una puerta pequeña, de madera carcomida, escondida detrás de unos matorrales en la base de la torre del homenaje. Una puerta que, según el viejo cantero, llevaba siglos sin abrirse.
—¿Y cómo la has encontrado? —preguntó Sofía, examinando los herrajes oxidados.
—Estaba limpiando la maleza para reforzar los cimientos y apareció —explicó Borin, encogiéndose de hombros—. Como si alguien hubiera querido esconderla.
Sofía apoyó la mano en la madera.
Y la piedra gritó.
No fue como otras veces. No fue un susurro ni un eco. Fue un grito limpio, directo, que le atravesó el cerebro como un cuchillo caliente.
*Más abajo. Siempre más abajo. Lo que buscas está más abajo.*
Apartó la mano como si hubiera tocado una brasa.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Borin, preocupado—. Se ha puesto blanca.
Sofía tragó saliva.
—Estoy bien —mintió—. Solo... sorprendida. ¿Se puede abrir?
Borin examinó la puerta.
—La madera está podrida. Con un par de golpes...
No hizo falta. En cuanto Borin apoyó el hombro, la puerta cedió con un gemido lastimero, revelando un hueco oscuro que apestaba a humedad y a siglos de encierro.
—Una cripta —murmuró Sofía, asomándose—. Hay una cripta debajo de la torre.
Sus instintos le pidieron a Sofía que no entrase, era la mayor locura del universo. Entrar era, a todas luces, la peor de las ideas del mundo. Pero, en un reino de ideas de mierda, Sofía era la reina y soberana.
—No debería —dijo Borin, rascándose la barba—. Yo conozco todos los sótanos de este castillo. Esto no debería estar aquí.
—Pues está.
Sofía sacó una antorcha de un soporte cercano y la encendió con el yesquero que siempre llevaba encima. La llama iluminó los primeros escalones de una escalera de piedra que se perdía en la oscuridad.
—No baje —advirtió Borin—. Deberíamos avisar al señor Kaelen.
Kaelen la mataría o la ataría a la cama. Aunque pudiendo elegir, elegiría lo segundo.
—Claro —respondió Sofía—. Voy ahora mismo a avisarle.
Y sin darle tiempo a reaccionar, comenzó a descender.
—¡Lady Sofía! —gritó Borin—. ¡Que se va a perder!
—¡No se puede perder en unas escaleras! —gritó ella desde abajo—. ¡Solo tienen una dirección!
Las escaleras eran largas. Más largas de lo que parecían. Los escalones, desgastados por siglos de uso, estaban cubiertos de una capa de polvo que sugería que nadie había pasado por allí en mucho, mucho tiempo.
Las paredes, a ambos lados, estaban llenas de símbolos.
Los mismos símbolos.
La espiral. La montaña. La mujer con los brazos extendidos.
—Ya era hora —murmuró Sofía—. Ya era hora de que aparecierais otra vez.
Al final de las escaleras, una sala.
No era grande. Apenas unos metros cuadrados, con el techo abovedado y las paredes cubiertas de arriba abajo de grabados. En el centro, un pedestal de piedra. Y sobre el pedestal, algo que brillaba débilmente en la luz de la antorcha.
Sofía se acercó con cautela. El corazón le latía con tanta fuerza que temió que pudiera oírse en todo el castillo.
Era un libro.
No como el Libro de los Orígenes de Thurmond. Este era más pequeño, más antiguo, encuadernado en algo que parecía piel de animal. En la portada, el mismo símbolo: la mujer con los brazos extendidos.
—Tócame —susurró una voz en su cabeza—. Soy tuyo.
Sofía dudó.
—La última vez que toqué algo que me llamaba, casi me posee una entidad de piedra —dijo en voz alta—. Así que perdona si desconfío.
La voz no respondió. El libro siguió brillando.
—Vale. Allá voy.
Extendió la mano y tocó la cubierta.
Y el mundo se desvaneció.
No estaba en la cripta.
Estaba en un lugar que no era un lugar, el mismo espacio vacío y lleno a la vez donde había visto a la mujer de los símbolos. Pero esta vez no estaba sola.
La mujer estaba allí, sí. Pero a su lado había una figura nueva.
Un hombre.
Un hombre alto, de pelo oscuro y ojos grises, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla. Era hermoso, alguien que ya conocía bien y que había aprendido que le gustaba mucho más que cualquier otro hombre del mundo.
Kaelen.
—¿Kaelen? —preguntó Sofía, confusa.
Pero el hombre no era Kaelen. Tenía su rostro, sí, pero había algo diferente en sus ojos. Algo más antiguo. Más cansado. Más... triste.
—No soy Kaelen —dijo el hombre, con una voz que era y no era la de él—. Soy lo que fue. Lo que será. Lo que siempre ha estado en la sangre de su familia.
La piel se le erizó completamente, esa voz cansada parecía contener todos los horrores del mundo.
—¿El abuelo? —preguntó Sofía.
—Algo así.
La mujer de los símbolos sonrió.
—Te presento a Kaelen el Primero —dijo—. El fundador de esta estirpe. El que construyó este castillo sobre lo que duerme.
Kaelen el Primero asintió lentamente.
Así que había más Kaelen… Bueno, ella pensaba marcar el suyo con un rotulador permanente o algo similar. Y ese pensamiento la congeló.
¿Su Kaelen?
—Hicimos un trato —explicó—. Nosotros sellaríamos a la que duerme, y ella nos daría poder para proteger estas tierras. Pero el trato tenía un precio.
—¿Qué precio? —preguntó Sofía.
—Sangre. Cada generación, alguien de mi sangre debía vigilar. Asegurarse de que el sello no se rompiera. Mi hijo, mi nieto, mi bisnieto... todos lo sabían. Todos lo aceptaron.
La historia no le gustaba nada, quizás era porque ese tipo de leyendas no acababan bien.
—¿Y Kaelen? —preguntó Sofía—. ¿Él lo sabe?
—Sabe que hay algo bajo el castillo. No sabe qué. No sabe el trato. Su padre murió antes de poder contárselo.
—¿Y por qué me lo cuentas a mí?
Kaelen el Primero la miró fijamente.
—Porque tú eres la que viene de fuera. La única que puede romper el sello. O reforzarlo.
Vamos, que le había tocado la lotería mágica. Y Sofía no sabía si celebrarlo o pedir el libro de reclamaciones.
—¿Yo? —Sofía negó con la cabeza—. Yo no sé hacer nada de eso. Soy arquitecta, no maga.
—La piedra te escucha —dijo la mujer—. La piedra te obedece. Puedes hacer lo que ninguna otra persona puede hacer.
Quiso rebatir eso. Contarle que era pura casualidad que la piedra le hablase. Que quizás era porque era arquitecta, no obstante, no encontró el valor suficiente para discutir algo que realmente no tenía sentido.
—¿Y qué se supone que debo hacer?
—Eso tienes que decidirlo tú —respondió Kaelen el Primero—. Despertar a la que duerme. O dejarla dormir para siempre. Pero sea lo que sea, tienes que hacerlo pronto. La guerra viene. Y si el castillo cae, el sello se romperá igualmente. Pero sin control. Sin preparación.
Odiaba cuando decidían ponerse místicos en lugar de dar una respuesta exacta. Así no se podía avanzar.
—¿Y qué pasará entonces?