CAPÍTULO 8 La Cena Incómoda #4
Salió al pasillo sin molestarse en vestirse adecuadamente, solo con la túnica que había llevado en la cena. El castillo estaba en silencio, sumido en el sueño de sus habitantes. Los guardias conocían sus rondas nocturnas y no se sorprendían al verlo aparecer a horas intempestivas.
Pero sus pies no lo llevaron a las murallas, como solía hacer. Sus pies lo llevaron, casi sin querer, hacia la biblioteca.
Thurmond estaba allí, como siempre, leyendo a la luz de una vela. El anciano levantó la vista cuando Kaelen entró y esbozó una sonrisa que parecía saber más de lo que debería.
—¿No puedes dormir, muchacho? —preguntó con su voz pausada.
Kaelen negó con la cabeza.
—No —respondió, dejándose caer en una silla frente a él.
Thurmond dejó el libro a un lado y lo miró por encima de sus gafas.
—¿Es por ella? —preguntó directamente.
Kaelen no respondió. No hacía falta. El anciano lo conocía demasiado bien.
Thurmond señaló la silla donde Kaelen estaba sentado.
—Siéntate bien —dijo—. Te prepararé un té.
Kaelen obedeció, enderezando la espalda. Necesitaba hablar con alguien. Necesitaba entender lo que le estaba pasando. Y Thurmond era la única persona en el castillo con la que podía hacerlo.
—Estoy... Confundido —admitió al fin, pasándose una mano por el pelo.
Thurmond asintió mientras preparaba la infusión con movimientos lentos y precisos.
—Es normal —sentenció—. Llevas diez años sin sentir nada. Es normal que ahora que sientes, no sepas qué hacer.
Kaelen frunció el ceño.
—¿Tú sabes lo que es? —preguntó—. ¿Esto que siento?
Thurmond lo miró fijamente, con esa expresión de sabio que tanto odiaba y necesitaba a partes iguales.
—Creo que sí —respondió con calma—. Pero prefiero que lo descubras tú mismo.
Kaelen suspiró con frustración. Por supuesto, no iba a decirle nada porque era más divertido verlo retorcerse como un gusano en la tierra.
—No soy bueno con esas cosas —protestó.
—Nadie lo es al principio —explicó Thurmond, colocando la taza humeante frente a él—. Se aprende.
Kaelen bebió un sorbo de té. La infusión era caliente y ligeramente dulce, con un toque de menta que le ayudó a relajarse un poco.
—Ella me preguntó qué era para mí —confesó—. Y no supe qué responder.
Thurmond enarcó una ceja.
—¿Y qué es? —preguntó.
Kaelen dudó. Las palabras se arremolinaban en su cabeza sin encontrar una forma clara.
—No lo sé —admitió—. Algo. Algo importante. Algo que no quiero perder.
Thurmond asintió lentamente, como si aquello confirmara algo que ya sospechaba.
—Eso ya es un buen comienzo —dijo.
—¿Y ahora qué hago? —preguntó Kaelen, desesperado.
—Ahora, nada —respondió Thurmond con una sonrisa—. Dale tiempo. Déjalo reposar. Las cosas importantes no se resuelven en una noche.
Kaelen bebió el té en silencio. Las palabras de Thurmond le reconfortaban, aunque no le daban respuestas. Pero quizás las respuestas no eran lo que necesitaba. Quizás solo necesitaba que alguien le dijera que no estaba haciendo el ridículo.
—Gracias —murmuró al fin.
—De nada —respondió el anciano—. Para eso están los viejos amigos.
***
A la mañana siguiente, Kaelen se despertó con una determinación nueva. Iba a hablar con Sofía. Iba a decirle lo que sentía. Iba a...
—¡Mi lord! —la voz de Dain irrumpió en sus pensamientos como un mazazo, acompañada de un golpe urgente en la puerta—. ¡Tenemos un problema!
Kaelen suspiró profundamente. Por supuesto. Siempre había un problema.
—¡Adelante! —gritó, incorporándose en la cama.
Dain entró como una exhalación, con el pelo revuelto y una expresión de alarma que no presagiaba nada bueno. La cicatriz de su ceja parecía más roja de lo habitual, señal inequívoca de que estaba preocupado.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Kaelen, frotándose la cara para despejarse.
Dain se detuvo frente a la cama, jadeando ligeramente por la carrera.
—Han llegado noticias de la capital —anunció con voz grave—. Caspian está movilizando sus ejércitos. Nos atacará en menos de una semana.
La guerra. Siempre la guerra.
Kaelen sintió como la determinación de la mañana se desvanecía, reemplazada por el peso del deber. Miró por la ventana, hacia el cielo gris y el mar encrespado.
—Reúne a los capitanes —ordenó, levantándose—. En una hora.
—Sí, mi lord —respondió Dain con una reverencia, y salió tan rápido como había entrado.
Kaelen se quedó solo en la habitación, con la luz grisácea de la mañana filtrándose por la ventana. Se vistió con su armadura, pieza por pieza, con la lentitud de quien sabe que cada gesto cuenta. La cota de malla, el peto de cuero reforzado, los brazales, las grebas.
Mientras se ajustaba el cinturón de la espada, su mano rozó la mejilla donde Sofía lo había besado.
Todavía sentía el calor.
*Sofía*, pensó. *Tenemos que hablar. Pero no ahora. Primero la guerra.*
Salió de la habitación con paso firme, dejando atrás la túnica azul doblada sobre una silla. No era momento para eso. No era momento para sentimientos.
Pero mientras bajaba las escaleras hacia la sala del consejo, no pudo evitar preguntarse si ella estaría bien. Si estaría despierta ya. Si estaría desayunando con Lina, con Gato en el regazo, sin saber que la guerra estaba a punto de estallar.
Y sonrió. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero estaba ahí.
*Hablaremos después*, se prometió a sí mismo. *Cuando todo esto termine. Hablaremos.*