Lords de los cielos CAPÍTULO 8 La Cena Incómoda #3
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CAPÍTULO 8 La Cena Incómoda #3

La única que seguía llamándola Elara, como si algún día la verdadera fuera a regresar y metiera la pata o algo.

—Perdonen la interrupción —dijo con un tono que no sonaba nada arrepentido—. Traigo las natillas. Las ha preparado el cocinero especialmente para la ocasión.

Kaelen quiso estrangularla. Y abrazarla. Y estrangularla otra vez.

—Gracias, Lina —dijo Sofía, con una sonrisa forzada que no lograba ocultar del todo su frustración—. Puedes dejarlas aquí.

Lina obedeció, colocando la bandeja sobre la mesa con una lentitud deliberada. Aprovechó para lanzar una mirada cómplice a Sofía que Kaelen no pasó por alto. Era una mirada que decía claramente: *ya me contarás luego*.

—Que aproveche —dijo la doncella con una reverencia, y desapareció por la puerta con una agilidad sorprendente.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero ahora era diferente. Era un silencio cargado de lo que no se habían dicho, de lo que Lina había interrumpido.

—Son muy buenas —dijo Sofía al cabo de un momento, probando las natillas con la cuchara—. ¿Las has probado?

Kaelen negó con la cabeza.

—No.

—Pues deberías —insistió ella, señalando el postre con la cuchara—. Tienen canela. O algo parecido. En mi mundo le llamamos canela.

Kaelen probó las natillas. Estaban buenas, ciertamente.

La textura era suave, el sabor dulce con ese toque especiado que ella mencionaba.

Pero no podía concentrarse en ellas. Solo podía pensar en lo que había estado a punto de decir, en lo que ella había dicho, en la forma en que la luz de las velas iluminaba sus ojos.

—Kaelen —dijo Sofía, dejando la cuchara a un lado con un gesto decidido—. Tengo que preguntarte algo.

Él la miró, expectante.

—Dime —respondió.

Ella inspiró hondo, como si se estuviera preparando para algo importante.

—¿Qué soy para ti?

La pregunta le golpeó como un mazazo. Casi se ahogó con las natillas, aunque disimuló como buen guerrero que era.

—¿Cómo? —preguntó, necesitando tiempo para procesar.

—Qué soy para ti —repitió Sofía con calma—. Una herramienta. Una aliada. Una esposa por conveniencia. U... otra cosa.

Kaelen la miró fijamente. La respuesta estaba ahí, en su pecho, quemándole. Pero no podía soltarla. No podía porque, si la soltaba, todo cambiaría. Y él no sabía si estaba preparado para eso. No sabía si era capaz de manejar lo que vendría después.

—Eres... importante —dijo al fin y hasta a él le sonó insuficiente.

Sofía enarcó una ceja. Esperando.

—¿Importante? —repitió con escepticismo—. ¿Eso es todo?

Kaelen suspiró, pasándose una mano por el pelo.

—No sé qué más decirte —admitió con honestidad—. No sé cómo se hace esto.

Y no era mentira. Hasta que lo casaron, las mujeres le parecían una especie de ser humano tan ajeno que podrían catalogarse como especie a parte de la suya.

—¿Esto? —preguntó ella.

—Esto —explicó él, señalando vagamente el espacio entre los dos—. Hablar. Sentir. No estar solo.

Sofía sonrió. Era una sonrisa triste, pero auténtica. Una sonrisa que decía *te entiendo perfectamente*.

—Yo tampoco lo sé —admitió—. Pero podemos aprender juntos, ¿no?

Kaelen asintió lentamente.

—Supongo que sí —respondió.

Gato, desde la chimenea, maulló con aprobación. El sonido resonó en el silencio del comedor como un comentario final.

La cena terminó pasada la medianoche. Las velas se habían consumido casi por completo, y solo quedaban dos o tres parpadeando débilmente en sus candelabros. La luna entraba por las ventanas, bañando la estancia con una luz plateada que hacía que todo pareciera irreal.

Kaelen acompañó a Sofía hasta la puerta de sus habitaciones, porque sí, esta vez la acompañó, y ella no protestó. Se quedó allí, frente a la madera, sin saber qué hacer. Las antorchas del pasillo crepitaban suavemente, y el silencio del castillo dormido los envolvía.

—Buenas noches, Kaelen —dijo ella, con la mano en el picaporte.

—Buenas noches, Sofía —respondió él.

Ella dudó un momento. Luego, antes de que él pudiera reaccionar, se inclinó y le dio un beso en la mejilla.

Fue un beso breve, suave, casi casto. Sus labios apenas rozaron su piel, apenas un instante. Pero a Kaelen le quemó como si fuera fuego. Como si ella hubiera dejado una marca imborrable en él.

—Gracias por la cena —susurró ella.

Y entró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

Kaelen se quedó allí, plantado como un idiota, con la mano en la mejilla y el corazón desbocado. Podía sentir el calor del beso, podía oír aún su susurro, podía ver el destello de sus ojos antes de desaparecer.

—Idiota —murmuró—. Eres un idiota.

Pero no se movió. Se quedó allí, mirando la puerta, durante lo que parecieron horas. El pasillo se fue enfriando a su alrededor, las antorchas se consumieron un poco más, y él seguía allí, inmóvil, procesando lo que acababa de ocurrir.

Hasta que Gato, desde algún lugar de la oscuridad, maulló con sorna.

Kaelen se volvió y vio al animal sentado en el suelo, con esos ojos amarillos brillando en la penumbra y una expresión que claramente decía *¿ya terminaste de hacer el ridículo?*

—Vete —le espetó Kaelen.

Gato no se movió.

—Que te vayas —insistió.

Gato parpadeó lentamente.

—Como quieras —suspiró Kaelen, y se alejó por el pasillo hacia sus propias habitaciones.

Pero antes de doblar la esquina, se volvió una última vez para mirar la puerta de Sofía.

Y sonrió. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero estaba ahí.

Esa noche, Kaelen no pudo dormir.

No era nuevo. Llevaba años sin dormir bien. Las pesadillas, los recuerdos, la constante vigilancia... todo eso hacía que el sueño fuera un lujo que rara vez se permitía.

Pero esta noche era diferente. Esta noche, cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Sofía. Cada vez que respiraba, olía su perfume, ese olor a hierbas y a algo dulce que no lograba identificar. Cada vez que se tocaba la mejilla, sentía el calor de su beso.

*¿Qué coño me está pasando?*, se preguntó por enésima vez, dando vueltas en la cama.

La luna entraba por la ventana de su habitación, bañando la estancia con esa misma luz plateada que había iluminado el pasillo.

Su habitación era espartana: una cama, un arcón con su ropa, una mesa con mapas, una estantería con libros de estrategia.

Nada personal. Nada que lo delatara como ser humano.

Pero aquella noche, hasta aquellas paredes desnudas le parecían diferentes. Como si el beso de Sofía hubiera cambiado algo en el aire.

Se levantó de un salto, frustrado. No podía seguir así. Necesitaba despejarse. Necesitaba alejarse de allí, de ella, de todo.