Lords de los cielos CAPÍTULO 8 La Cena Incómoda #2
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CAPÍTULO 8 La Cena Incómoda #2

—Sí —explicó ella, dejando la copa sobre la mesa—. Y a veces son carísimos. Mi jefe de obra coleccionaba botellas de Rioja del 94. Decía que eran mejor inversión que los pisos.

Kaelen parpadeó.

—¿Rioja? —preguntó, intentando procesar tanta información nueva.

—Una región de mi mundo —aclaró Sofía—. Con vino. Buen vino.

—Ah —fue lo único que se le ocurrió decir.

Silencio.

Kaelen se maldijo interiormente.

*¿Ah? ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? ¿Ah?* Se obligó a pensar en algo, cualquier cosa, que pudiera mantener la conversación viva.

—¿Y cómo era tu mundo? —preguntó al fin, desesperado por llenar el vacío—. Además de los vinos con año y los mapas para no perderse.

Sofía se reclinó en la silla, adoptando una postura relajada. La luz de las velas iluminaba su rostro de una manera que a Kaelen le pareció peligrosamente atractiva. Tenía los ojos brillantes, las mejillas aún sonrojadas, y una pequeña sonrisa bailaba en sus labios.

—Complicado —respondió ella, jugueteando con el borde de la copa—. Ruidoso. Rápido. Todo el mundo tenía prisa. Todo el mundo miraba pantallitas en lugar de mirarse a la cara.

—¿Pantallitas? —interrumpió Kaelen, incapaz de dejar pasar un término tan extraño.

—Aparatos —improvisó Sofía con un gesto vago de la mano—. Cosas con luz que mostraban información. La gente pasaba horas mirándolos.

Kaelen intentó imaginarlo y fracasó estrepitosamente.

—Había cosas maravillosas y cosas horribles, supongo —continuó ella—. Como aquí.

Se descubrió a sí mismo deseando saber más. Mucho más.

—¿Qué cosas maravillosas? —preguntó él, genuinamente interesado.

Sofía se incorporó ligeramente, animada por la pregunta.

—La medicina, por ejemplo —explicó, gesticulando con las manos—. En mi mundo, si te rompías una pierna, te la escayolaban y en dos meses estabas como nuevo. Aquí os morís por una infección.

Kaelen sintió la necesidad de defender su mundo. En eso salían ganando seguro.

—Aquí también sabemos curar huesos —protestó, aunque sin demasiada convicción.

La magia era todavía muy rudimentaria, dolía como si te arrancasen la piel del hueso.

—Sí —admitió Sofía—, pero con escayola es más rápido. Y duele menos. Y tenemos anestesia para las operaciones. Y antibióticos para las infecciones.

Asintió lentamente, procesando la información. Era extraño pensar en un mundo donde la muerte no acechara en cada herida, en cada parto, en cada enfermedad.

—Parece un mundo muy cómodo —sentenció al fin.

—Lo era —reconoció Sofía, y su voz perdió parte de su brillo habitual—. Demasiado cómodo, quizás. Nos quejábamos de todo. Del precio de la luz. Del tráfico. Del vecino que ponía la música alta. Cosas sin importancia.

Kaelen la observó en silencio. Había algo en su expresión, una sombra de nostalgia, que le hizo sentir una punzada en el pecho.

—¿Y qué echas de menos? —preguntó, y la cuestión le salió del alma sin que pudiera evitarlo.

Sofía dudó. Sus ojos se perdieron en la llama de una vela, bailando con ella. El silencio se alargó, pero no era incómodo. Era un silencio íntimo, compartido.

—Mi madre —dijo al fin, con voz queda—. Mis plantas. El café por las mañanas. Las llamadas de teléfono de mi madre los domingos para preguntarme qué iba a comer.

Kaelen inclinó la cabeza, tratando de comprender.

—¿Tu madre te llamaba para preguntarte qué ibas a comer? —preguntó, extrañado.

—Todos los días —confirmó Sofía con una sonrisa triste—. A las doce y media. Como un reloj. Y los domingos iba a comer a su casa.

Fascinante, una madre que se preocupaba por su hija, era algo más preciado que el oro.

—¿Y qué comías? —inquirió él.

—No lo sé —admitió ella, encogiéndose de hombros—. Nunca lo sabía. Pero ella me decía: "hija, tienes que comer mejor, que estás muy delgada". Y yo le decía: "mamá, como bien, no te preocupes". Y ella me decía: "las madres siempre nos preocupamos". Y colgábamos.

Kaelen la miró en silencio. Había algo en su voz, una mezcla de nostalgia y dolor, que le hizo sentir un nudo en el estómago. Él conocía ese dolor. Lo había sentido durante años, aunque había aprendido a enterrarlo muy hondo.

—Mi madre también se preocupaba —dijo sin pensar, sorprendiéndose a sí mismo con la confesión—. Antes de morir.

Sofía levantó la vista, y sus ojos se encontraron con los suyos. Por un instante, Sofía se congeló como si acabase de meter la pata.

—¿Cuánto hace? —preguntó con suavidad.

—Veinte años —respondió Kaelen, y le sorprendió lo fácil que era decirlo.

—Lo siento —susurró ella.

—Fue hace mucho —dijo él, con un tono que pretendía ser firme pero que sonó extrañamente vulnerable.

Sofía negó lentamente con la cabeza, sin apartar la mirada.

—Eso no importa —sentenció con una convicción que lo desarmó—. El dolor no caduca.

Kaelen se quedó callado. Nadie le había dicho eso nunca.

Nadie le había dicho que el dolor por su madre, veinte años después, seguía siendo válido.

Seguía siendo suyo. Siempre lo había escondido, lo había enterrado bajo capas de deber y responsabilidad, y ahora aquella mujer, una desconocida de otro mundo, lo sacaba a la luz con unas pocas palabras.

—Gracias —murmuró, sin saber muy bien qué más decir.

—De nada —respondió ella con una sonrisa cálida.

El silencio que siguió fue diferente. Más cálido. Más cómplice. Ya no era ese vacío incómodo que Kaelen tanto temía, sino una pausa compartida, un descanso en la conversación donde las palabras sobraban.

Gato, desde la chimenea, ronroneó con satisfacción.

La cena transcurrió entre preguntas y respuestas, confesiones a medias y silencios que ya no eran incómodos. Kaelen habló de su infancia en Roca Negra, de los entrenamientos con su padre, de la primera vez que mató a un hombre.

—Tenía diecisiete años —dijo, con la mirada perdida en algún punto de la pared—. Fue en una escaramuza en el paso del norte. Los bárbaros atacaron un poblado. Llegamos demasiado tarde para salvar a todos. Pero yo maté a tres de ellos.

Sofía escuchaba en silencio, sin apartar la vista de él. No había juicio en sus ojos, solo atención.

—¿Y cómo te sentiste? —preguntó al fin.

Kaelen dudó. Era una pregunta que nunca le habían hecho. Los soldados no preguntaban eso. Los señores de la guerra no hablaban de sentimientos.

—Vacío —admitió, y la palabra le supo extraña en la boca—. No sentí nada. Y eso me asustó más que la batalla.

Sofía asintió, como si entendiera. Y quizás entendía, pensó Kaelen. Ella había muerto. Ella había perdido su mundo. Ella sabía lo que era sentirse vacío.

—En mi mundo hay una cosa que se llama trastorno de estrés postraumático —explicó ella, adoptando un tono casi académico—. Les pasa a los soldados que vuelven de la guerra. Tienen pesadillas. No pueden olvidar lo que vieron. A veces se quedan en blanco.

Kaelen frunció el ceño, interesado.

—¿Y qué hacen? —preguntó.

—Les ayudan —respondió Sofía con sencillez—. Con terapia. Con medicamentos. Con gente que les escucha.

Eso sonaba tan… ¿Extraño?

—¿Tú eres de esa gente? —preguntó él, sosteniendo su mirada.

Sofía sonrió. Una sonrisa pequeña, pero auténtica.

—Lo intento —dijo.

Kaelen la miró a los ojos. Durante un instante, el mundo exterior desapareció. Solo estaban ellos, las velas y la distancia ridículamente pequeña que separaba sus manos sobre la mesa. Podía oír su respiración, podía ver el latido de su pulso en el cuello.

—¿Por qué has pedido esta cena? —preguntó él, con voz ronca.

Sofía sostuvo su mirada. No se achicó. No apartó la vista.

—Porque quería conocerte —respondió con sinceridad—. De verdad. No al Lord de Roca Negra. No al Carnicero de las Montañas Negras. A ti. A Kaelen.

El corazón de él dio un vuelco.

—¿Y por qué? —insistió, necesitando oírlo.

Ella dudó un momento. Se mordió el labio inferior, un gesto que Kaelen había llegado a adorar sin saber muy bien cuándo.

—Porque... —comenzó, y luego suspiró, rindiéndose—. Porque me importa. Y porque técnicamente estamos casados, aunque yo no estuviera en la boda. Y porque la guerra se acerca y jamás estuve en una. Y porque tengo miedo.

Su volvía a decir “y”, iba a detenerla.

El corazón de Kaelen dio un vuelco. Sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—¿Te importo? —preguntó, y su voz sonó casi como un susurro.

“Buena forma de resumir con todo lo que me ha dicho, me quedo con lo que me interesa”, pensó.

Hasta Gato lo miró.

“¿Y tú qué miras? Sigue durmiendo”.

—Sí —afirmó ella sin dudar—. Y no sé por qué. Eres un borde. No hablas. Te pasas el día frunciendo el ceño. Me llamaste herramienta.

Kaelen hizo una mueca de dolor al recordarlo.

—Pero también eres la única persona en este castillo que se ha preocupado por mí de verdad —continuó Sofía, y su voz ganaba fuerza con cada palabra—. La única que ha bajado conmigo a las mazmorras. La única que ha sujetado la cuerda mientras yo me metía en un pozo. La única que...

Se detuvo, como si buscara las palabras adecuadas.

—Cualquiera habría hecho lo mismo —protestó Kaelen débilmente.

Sofía negó con la cabeza, y una sonrisa irónica se dibujó en sus labios.

—No —sentenció con firmeza—. Cualquiera no. Dain no. Borin no. Thurmond es demasiado viejo para bajar. Solo tú.

Kaelen sintió que las palabras se le atascaban en la garganta. Quería decir tantas cosas. Que ella era la primera persona en años que le hacía sentir algo. Que cuando la veía reír, se le olvidaba la guerra. Que por las noches, en la oscuridad de su habitación, pensaba en ella. Solo en ella.

Pero no podía. Las palabras no le salían. Llevaba tantos años callado, tantos años sin expresar lo que sentía, que ahora, cuando por fin tenía algo que decir, no encontraba la forma.

—Sofía, yo... —comenzó, sin saber muy bien cómo iba a terminar la frase.

—¿Señor Kaelen? ¿Lady Elara?

La voz de Lina los sobresaltó a ambos. La doncella apareció en la puerta con una bandeja de postre y una expresión de inocencia tan mal fingida que resultaba casi cómica. Llevaba el pelo recogido bajo la cofia y una sonrisa que delataba que sabía perfectamente lo que estaba interrumpiendo.