CAPÍTULO 8 La Cena Incómoda
Kaelen llevaba media hora intentando decidir qué ropa ponerse.
No era una situación habitual en él. Normalmente, su vestimenta se reducía a dos opciones: armadura para la guerra, túnica para todo lo demás.
La misma túnica negra de siempre, la misma cota de malla cuando la ocasión lo requería, las mismas botas gastadas que habían pisado todos los campos de batalla del norte. No necesitaba más. No quería más.
Pero esta noche no era una noche normal.
Esta noche, Sofía había anunciado que quería cenar con él. A solas. Sin Thurmond. Sin Dain. Sin Lina. Sin Gato.
—Para hablar —había dicho ella esa mañana, con una naturalidad que a él le había parecido absolutamente criminal.
Estaba en el patio de armas, supervisando las obras como siempre, con ese delantal de cuero que se había puesto para no mancharse y que a Kaelen le parecía absurdamente adorable—.
De cosas. De la guerra. De la profecía. De... todo.
Kaelen recordaba haberse quedado mirándola sin saber qué responder. El sol de la mañana iluminaba su pelo castaño, y ella tenía una mancha de cal en la mejilla que no parecía importarle lo más mínimo.
—¿Por qué a solas? —había preguntado él, con la esperanza de que su voz sonara neutral y no como si le estuvieran estrangulando.
Sofía se encogió de hombros con esa despreocupación que a él le resultaba tan desconcertante.
—Porque hay cosas que no quiero decir delante de Thurmond —explicó, apoyando las manos en las caderas—. El viejo se ríe de mí.
*Mentira*, pensó Kaelen ahora, frente al arcón abierto de su habitación. *No es por Thurmond. Es por otra cosa. Y tú lo sabes.*
El problema era que no sabía qué otra cosa. No sabía qué esperaba ella de aquella cena. No sabía qué esperaba él. No sabía nada, salvo que llevaba tres días sin dormir pensando en ella y que eso le estaba volviendo loco.
Rebuscó en el arcón con una impaciencia que no solía tener. Ropas negras, grises, marrones. Todas iguales. Todas aburridas. ¿Por qué no tenía nada más?
—La azul —murmuró, sacando una túnica de lino azul oscuro que no usaba desde hacía años. La sostuvo contra la luz, examinándola—. La azul es... diferente.
*¿Diferente para qué? ¿Para quién?*
Se la probó frente al pequeño espejo de metal bruñido que colgaba de la pared. Le quedaba bien. Demasiado bien, quizás. Marcaba los hombros, caía con elegancia sobre el pecho, dejaba ver parte de las cicatrices del antebrazo. Se miró fijamente, frunciendo el ceño.
*Parece que vas a una cita*, le susurró una voz en su interior. Una voz que sonaba sospechosamente a Dain cuando se burlaba de él. Seguro que su segundo al mando se estaría partiendo de risa en algún lugar del castillo si supiera lo que estaba haciendo.
—No es una cita —dijo en voz alta, por si acaso las paredes tenían oídos. Dio media vuelta, examinándose desde otro ángulo—. Es una cena. Para hablar. De la guerra.
La túnica azul no respondió. Las paredes tampoco. Pero Gato, que había aparecido en el alféizar de la ventana sin que nadie lo invitara, emitió un maullido que sonaba terriblemente a risa. El animal lo miró con esos ojos amarillos que parecían saberlo todo.
—Tú —Kaelen señaló al animal con el dedo, adoptando un tono acusador—. Tú no deberías estar aquí.
Gato parpadeó lentamente. Su expresión decía: *y sin embargo, aquí estoy, y no puedes hacer nada para impedirlo.* Luego se lamió una pata con una parsimonia insultante.
—¿Cómo has entrado? —preguntó Kaelen, sabiendo de antemano que no obtendría respuesta.
Gato se lamió la otra pata.
—Claro. Magia. Lo que sea —suspiró, pasándose una mano por el pelo—. No me extraña que ella te quiera. Sois igual de exasperantes.
El gato ronroneó, satisfecho, como si aquello fuera el mayor cumplido que pudiera recibir.
Kaelen suspiró y volvió a mirarse en el espejo. Su reflejo le devolvió la imagen de siempre: el pelo oscuro despeinado, la cicatriz cruzando la mejilla, los ojos grises con esas ojeras que delataban noches en vela. Pasó los dedos por la marca, un gesto casi inconsciente.
*Treinta y seis años*, pensó. *Treinta y seis años y comportándome como un adolescente la primera vez que vio una chica.*
—No es una chica —se recordó a sí mismo, apoyando las manos en el arcón—. Es una arquitecta de otro mundo. Es la esposa que no pedí. Es la que despierta. Es...
La última mujer que tuve, tres días antes de Sofía, Elara, lloraba como si él fuera el mismísimo demonio a punto de arrancarle la vida.
*Es la única persona que me ha mirado sin miedo en diez años.*
Apartó el pensamiento con violencia. No podía permitirse eso. No ahora. No con la guerra a punto de estallar.
Pero el pensamiento volvió, como volvía siempre. Como volvía cada noche cuando se tumbaba en la cama y cerraba los ojos y veía su rostro. Esa sonrisa irónica. Esa forma de fruncir el ceño cuando algo no le gustaba. Esa mancha de cal en la mejilla.
—Basta —ordenó a su reflejo, señalándolo con el dedo—. Concéntrate. La guerra. Los preparativos. Las defensas.
El reflejo no pareció convencido. Tampoco Gato, que seguía en el alféizar con esa expresión de superioridad infinita.
El gran comedor estaba vacío cuando Kaelen llegó.
Las velas ya estaban encendidas, proyectando su luz danzante sobre los tapices descoloridos que colgaban de las paredes.
Las llamas parpadeaban con el suave vaivén del aire que entraba por las rendijas de las ventanas, creando sombras que bailaban entre las figuras bordadas de batallas antiguas.
La mesa, dispuesta para dos personas en un extremo, casi parecía ridícula en la inmensidad de la sala. Los manteles de lino blanco, la vajilla de peltre, los cubiertos de metal bruñido... todo preparado para una cena que, a todas luces, era mucho más que una simple cena.
Kaelen eligió su sitio de siempre: la cabecera. Desde allí dominaba la entrada, las ventanas, las puertas de servicio. Desde allí podía controlarlo todo. Los accesos, las salidas, cualquier posible amenaza.
*Excepto a ella*, pensó mientras se sentaba lentamente en la silla de madera tallada. *A ella no puedo controlarla.*
Se ajustó la túnica azul por enésima vez, incómodo con la sensación de la tela fina contra su piel. No estaba acostumbrado a vestir así. Prefería el cuero, la malla, algo que le recordara quién era y qué debía hacer.
Esperó.
Un minuto. Dos. Cinco.
El silencio del comedor se volvía más denso por momentos. El chasquido ocasional de las velas, el crepitar lejano de la chimenea, el rumor del viento contra los muros. Nada más.
*Llega tarde*, constató, apoyando los codos en la mesa. *Llega tarde porque se habrá perdido por los pasillos otra vez.*
Casi sonrió. Casi.
—Debería haber mandado a Lina a buscarla —murmuró para sí, negando lentamente con la cabeza.
Y entonces la puerta se abrió.
Sofía entró como un vendaval, con el pelo revuelto y las mejillas sonrojadas por la carrera.
Vestía un sencillo vestido azul claro —*el mismo de siempre*, notó Kaelen con una mezcla de alivio y decepción— y arrastraba tras de sí a Gato, que caminaba con la dignidad ofendida de quien ha sido rescatado contra su voluntad.
El animal tenía una pata levantada, como si cada paso que daba fuera una concesión a la estupidez humana.
—Lo siento —dijo ella sin aliento, soltando al gato en cuanto cruzó el umbral—. Me he perdido. Otra vez.
Kaelen se levantó, por cortesía, y señaló la silla de su derecha.
—Siéntate —indicó, con un gesto de la mano.
Sofía obedeció, dejando caer a Gato al suelo con un suspiro de alivio. El animal, libre por fin, se alejó con paso majestuoso hacia la chimenea, donde se enroscó como si todo aquel espectáculo no hubiera sido más que una molestia menor.
El segundo gato fue hacia él y se tocaron, los dos Gatos se fusionaron al colisionar.
“Así que así es como lo hacía”.
—Este castillo es un laberinto —protestó Sofía mientras se acomodaba en la silla y se alisaba el vestido—. En serio. Deberíais poner carteles. Flechas. Algo.
Kaelen volvió a sentarse, observándola con atención.
—¿Carteles? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Sí. En mi mundo, en los sitios grandes hay mapas con un punto que dice "usted está aquí". Sería muy útil.
Parpadeó. Tenía sentido, aunque era algo absurdo en un castillo que se había diseñado para hacer perderse a la gente.
—¿En tu mundo ponéis mapas para que la gente no se pierda? —inquirió él, inclinando ligeramente la cabeza.
—Sí —afirmó ella con rotundidad—. Y funcionan.
Lo decía con tanta calma y claridad que su mundo empezaba a ser un lugar mucho más pacífico que el suyo. No pudo evitar sentir cierta envidia al escuchar esas cosas.
—¿Y entonces por qué os perdéis? —preguntó Kaelen, genuinamente confuso.
Sofía soltó una risita que a él le pareció el sonido más bonito que había escuchado en años.
—Porque no los miramos —admitió—. Confiamos demasiado en el móvil.
Kaelen frunció el ceño aún más, si eso era posible.
—¿El móvil? —repitió, como si la palabra fuera un concepto extraterrestre.
—Es... no importa —Sofía negó con la cabeza, apartando el tema con un gesto—. Olvídalo.
Cogió la jarra de vino y se sirvió una copa con una desenvoltura que a Kaelen le pareció fascinante.
En Monteverde, las damas esperaban a que los hombres les sirvieran.
Era una de esas reglas no escritas de la corte, una muestra de sumisión y buenos modales.
Ella, claramente, no sabía o no le importaba.
*Y a mí me gusta*, pensó Kaelen, sorprendiéndose a sí mismo. *Me gusta que sea así.*
—¿Has elegido tú el vino? —preguntó ella, bebiendo un sorbo y saboreándolo con los ojos cerrados.
Se hinchó de orgullo.
—Sí —respondió él, observando la forma en que la luz de las velas acariciaba su garganta al tragar.
—Está bueno —apreció Sofía, abriendo los ojos—. Afrutado. ¿De qué año?
Kaelen la miró fijamente, sin saber muy bien qué responder.
—¿En tu mundo también ponéis años al vino? —preguntó con cautela.
Ella lo miró como si datar los vinos fueran la cosa más normal del mundo. Algo que le fascinó.