Lords de los cielos CAPÍTULO 7 El Primer Desafío #3
13%

CAPÍTULO 7 El Primer Desafío #3

—¿Qué? —susurró, sin aliento, el martillo detenido a medio golpe.

*Baja. Lo que buscas está más abajo.*

—Yo busco una grieta. Ya la encontré.

*No esa. La otra. La que importa.*

La cuerda se tensó. La voz de Kaelen llegó desde arriba, preocupada.

—¿Sofía? ¿Estás bien?

—Sí —mintió—. Sí, estoy bien.

Pero no lo estaba. Porque la piedra le estaba pidiendo que bajara más. Y ella sabía, con una certeza que no podía explicar, que si bajaba, encontraría algo. Algo que quizás no debería encontrar. Algo que quizás no debería despertar.

*Baja. No tengas miedo.*

—No tengo miedo —murmuró—. Tengo pánico. Es diferente.

Pero sus manos ya estaban soltando el martillo, guardando el cincel, preparándose para descender más. Como si no pudiera evitarlo. Como si la piedra la estuviera empujando. Como si una fuerza invisible estuviera guiando sus movimientos.

—¡Sofía! —la voz de Kaelen, más aguda ahora, cortante como una espada—. ¡La cuerda no da para más! ¡Si bajas más, no puedo asegurarte!

Miró hacia arriba. El punto de luz era diminuto, un recuerdo lejano del mundo exterior. Miró hacia abajo. La oscuridad era absoluta, profunda, hambrienta.

—¡Suelta un poco más! —gritó—. ¡Solo un poco!

—¡No puedo! ¡Es peligroso!

—¡Confía en mí!

Silencio. Un silencio denso, pesado, que se alargó durante lo que parecieron siglos. Luego, la cuerda cedió un par de metros.

Sofía descendió. Las paredes cambiaban a su alrededor. La piedra era diferente aquí, más antigua, más densa. Las vetas oscuras se volvían más frecuentes, formando dibujos que parecían... ¿letras? ¿Símbolos?

—No jodas —susurró, la voz quebrada por la incredulidad.

Eran los mismos símbolos. Los de las mazmorras. Los del libro. Los de la profecía.

Grabados en las paredes del pozo.

—Esto no es un pozo —murmuró—. Esto es... no sé qué es.

*Sigue bajando.*

Bajó más. Los símbolos se multiplicaban, cubriendo cada palmo de piedra. Y entonces, cuando ya pensaba que no podía bajar más, sus pies tocaron algo sólido.

El fondo.

No era el fondo del pozo, porque el agua seguía bajando por la grieta. Era una repisa, una especie de saliente en la pared, justo donde los símbolos se volvían más densos. Y en esa repisa, algo brillaba.

—¿Qué es eso?

Se acercó con cuidado, el corazón latiéndole con tanta fuerza que temió que pudiera oírse desde arriba. Era un objeto pequeño, apenas del tamaño de su mano, envuelto en una tela enmohecida. Lo cogió, lo limpió con el borde de la túnica y lo sostuvo a la luz de la antorcha.

Un colgante.

Un colgante de piedra, con el mismo símbolo grabado: la espiral, la montaña, la mujer con los brazos extendidos. Y en el centro, una inscripción que no pudo leer.

—¿Qué coño...?

*Es tuyo.*

—¿Mío? ¿Cómo va a ser mío? Yo nunca había... —empezó a protestar, negando con la cabeza.

*Siempre fue tuyo. Desde antes de nacer. Solo estabas esperando el momento de encontrarlo.*

Sofía sintió que el mundo se inclinaba. La cabeza le daba vueltas. Las manos le temblaban. El colgante, caliente contra su piel. Caliente como si tuviera vida propia.

—Sofía —la voz de Kaelen, lejana, desesperada—. ¡Sofía, contesta! ¡¿Estás bien?!

El colgante, se calentó más, se sentía terriblemente caliente contra su piel. Caliente como si tuviera vida propia.

—Estoy... estoy bien —gritó, con la voz entrecortada—. ¡Pero tienes que subirme! ¡Ya! ¡Ahora!

La cuerda se tensó. El ascenso comenzó.

Mientras subía, con el colgante apretado contra el pecho y los símbolos pasando a su lado como fantasmas en la oscuridad, Sofía supo que todo había cambiado.

La profecía era real.

Y ella estaba en el centro.

Cuando por fin salió del pozo, tambaleante y cubierta de barro, Kaelen la sujetó antes de que cayera al suelo. Sus brazos la rodearon con una fuerza que rayaba en la desesperación. Podía sentir los latidos de su corazón, rápidos y fuertes contra su propia espalda.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, escudriñando su rostro con una intensidad que daba miedo—. ¿Qué has encontrado?

Sofía abrió la mano. El colgante brillaba débilmente a la luz del sol, como si estuviera vivo.

—Esto.

Kaelen lo miró, y su expresión cambió. De preocupación pasó a algo más profundo, más oscuro. Algo que parecía... ¿miedo? Retrocedió medio paso, sin soltarla del todo.

—¿Dónde lo has encontrado? —preguntó, con voz tensa.

Pues solo he ido hacia abajo, adivina.

—En el fondo. En una repisa. Había símbolos, Kaelen. Los mismos de las mazmorras. Grabados en las paredes del pozo.

Kaelen la miró con ganas de matarla. Había bajado a por una grieta y había venido con algo más. Siempre había algo más.

—¿Y lo has cogido? —preguntó él, incrédulo.

“Dicho así… suena temerario”, pensó.

—La piedra me dijo que era mío.

—¿La piedra te habló?

—Sí. Como ahora te estoy hablando yo a ti.

Kaelen la miró fijamente. Sus ojos grises recorrieron su rostro, buscando algo, quizás una señal de que estaba bromeando, de que todo era una broma pesada. Luego, sin decir una palabra, la abrazó.

Fue un abrazo breve, tenso, extraño. Como si no supiera muy bien cómo se hacía. Pero estaba ahí. Y Sofía sintió que, por un momento, el mundo dejaba de girar.

—No vuelvas a hacer algo así —murmuró Kaelen contra su pelo, su voz vibrando en su pecho—. No sin mí.

Sofía se tensó más que la cuerda de un arco, aunque debía de reconocer que se estaba muy cálido entre esos brazos que parecían troncos de árbol.

—¿Te refieres a bajar al pozo?

—Me refiero a todo. A cualquier cosa. No quiero que te pase nada.

Sofía no supo qué responder.

Así que se limitó a asentir, con la cara pegada a su pecho y el colgante caliente entre los dos.

Gato, que había observado toda la escena desde el borde del pozo con la dignidad de un rey exiliado, maulló con satisfacción. Como diciendo "por fin, humanos, por fin".

Esa noche, Thurmond examinó el colgante con la meticulosidad de un científico loco. Lo giró entre sus dedos arrugados, lo acercó a la luz de las velas, lo olió, incluso lo lamió con la punta de la lengua, para disgusto de Sofía.

“Nota mental: lavarlo antes de volver a tocarlo”.

—Es antiguo —sentenció al fin—. Muy antiguo. Anterior a los cinco órdenes. Anterior a la fundación de Valdoria. Anterior a casi todo.

—¿Y qué significa? —preguntó Sofía, sentada al borde de la silla, los dedos entrelazados con fuerza.

Thurmond se ajustó las gafas, acercando el colgante a sus ojos miopes. La luz de las velas hacía brillar las runas grabadas en la piedra.

—El símbolo es el mismo de la profecía. La espiral representa el ciclo. La montaña representa el lugar. La mujer representa a la que viene de fuera. Y las runas... —Thurmond entrecerró los ojos, descifrando—. Las runas dicen: 'Para la que despierta, cuando el tiempo se cumpla'.

Y todo giraba de la misma forma. Empezaba a ser terroríficamente agotador.

—Bonito —murmuró Sofía con ironía—. Muy críptico. Me encanta. Porque a mí lo que me gusta son los acertijos milenarios con final incierto.

Él le tendió el collar y Sofía lo miró como si fuera un arma radioactiva, lo había visto lamerlo.

—¿Puedes ponértelo? —preguntó Thurmond, ignorando su sarcasmo.

—¿Ponérmelo?

—Sí. Al cuello. Donde estaba antes de que lo encontraras.

Sofía dudó.

*¿Y si pasa algo? ¿Y si me posee? ¿Y si me convierto en una estatua de piedra?*

Luego, con manos temblorosas, tomó el colgante por el collar y lo mojó en su vaso de manzanilla. Que la culpasen por ser escrupulosa, pero una noche había visto la cantidad de bacterias que había en una boca humana y todavía tenía pesadillas con eso.

Finalmente, lo secó en su vestido y se lo colocó.

Para su alegría, no ocurrió nada.

Bueno, no exactamente nada. Sintió un calor agradable en el pecho, como una manta en invierno. Pero no hubo visiones, ni voces, ni nada parecido.

—¿Notas algo? —preguntó Thurmond, expectante.

—Calor. Solo calor.

—Interesante. El colgante te reconoce. Eso es bueno.

Parpadeó confusa.

—¿Y qué hago ahora?

—Ahora, duermes. Mañana será otro día. Y tienes un pozo que arreglar.

Y listo. En este mundo se solucionaban las cosas demasiado pronto, como si nada importase o fuera el curso normal de las cosas.

—Y una guerra que preparar —añadió Kaelen desde la puerta, apoyado en el marco con los brazos cruzados.

Oh sí, Kaelen, casi se había olvidado de él.

—Y una guerra que preparar —asintió Thurmond—. Pero eso, querida Sofía, tendrá que esperar.

Sofía asintió con seriedad. Por primera vez, no fue capaz de bromear porque la guerra era algo muy serio. Demasiado. Nunca había esperado que algún día se viera asediada, la gente resultaba herida y muerta.

¿A cuánta gente vería morir que hoy veía reír?

Sofía se llevó el colgante a sus habitaciones. Gato la siguió, como siempre, y se enroscó a sus pies cuando se metió en la cama.

—¿Tú sabes lo que es esto? —le preguntó, mostrándole el colgante.

Gato abrió un ojo, lo miró, y emitió un ronroneo que sonaba sospechosamente a "sí, pero no te lo voy a decir". Luego cerró el ojo y comenzó a roncar.

—Eres un puto inútil —sentenció Sofía.

Sofía se quedó mirando el techo, con el colgante caliente contra su piel y la mente llena de preguntas sin respuesta.

*Para la que despierta, cuando el tiempo se cumpla.*

¿Qué tiempo? ¿Qué tenía que despertar? ¿Y por qué ella?

No lo sabía. Pero algo le decía que muy pronto, lo descubriría.

Quisiera o no.