Lords de los cielos CAPÍTULO 7 El Primer Desafío #2
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CAPÍTULO 7 El Primer Desafío #2

—Señor Kaelen, si me permite... —terció el anciano con su voz pausada, colocando la taza de té sobre la mesa con un gesto deliberadamente lento—.

Sofía tiene razón. El pozo es vital. Y ella es la única que entiende de estas cosas.

Podría acompañarla alguien de confianza.

Alguien que asegure la cuerda. Alguien que...

—Iré yo —cortó Kaelen.

Sofía parpadeó.

—¿Tú?

—Sí. Yo sujetaré la cuerda.

—Pero... tú tienes cosas que hacer —protestó ella, gesticulando con las manos—. La guerra. Los preparativos. Los...

—Dain puede encargarse de eso un día —la interrumpió Kaelen con firmeza—. Tú no vas a bajar sola a un pozo.

Fue dicho con tanta determinación, con una convicción tan absoluta, que Sofía no encontró argumentos para replicar. Asintió, más por shock que por convencimiento.

—Bien. Entonces mañana, después del desayuno.

—Después del desayuno —confirmó Kaelen.

Thurmond sonrió por detrás de su taza de té, sus ojos brillando con picardía. Gato ronroneó. Y Sofía se preguntó, no por primera vez, en qué tipo de relación se estaba metiendo.

Esa noche no pudo dormir.

No era miedo al pozo, aunque también. Era la imagen de Kaelen diciendo "si tú mueres, también habrá problemas".

*¿Qué significaba eso exactamente? ¿Que le preocupaba perder a su arquitecta? ¿Que le preocupaba perder a la mujer que cumplía la profecía? ¿O que le preocupaba perderla a ella, a Sofía, a la persona?*

—Estoy sobrepensando —murmuró a las tres de la madrugada, mirando el techo de vigas—. Me pasa siempre. Sobrepienso todo. Es mi superpoder.

Gato, enroscado a sus pies, abrió un ojo y la miró con esa expresión que decía "duérmete, humana, que mañana tienes un pozo que explorar". Su ojo amarillo brilló en la oscuridad como un faro minúsculo.

—Tú eres un puto dictador con patas, ¿lo sabes? —le espetó.

Gato cerró el ojo y siguió roncando.

Cuando por fin se quedó dormida, soñó con la mujer de los símbolos. Estaba en la cima de una montaña, con los brazos extendidos y a sus pies se abría un abismo oscuro. El viento soplaba con fuerza, pero ella permanecía inmóvil, como tallada en la misma piedra.

—Baja —dijo la mujer, su voz como el eco en una cueva, como el rumor de las piedras al caer—. Baja y encuentra lo que buscas.

—¿Y si no me gusta lo que encuentro? —preguntó Sofía en el sueño.

—Entonces sube. Siempre puedes subir.

“Claro, si no se rompe la cuerda”.

—Pero la cuerda...

—Las cuerdas son para los que tienen miedo de caer. Tú no tienes miedo de caer, ¿verdad?

Sofía despertó sobresaltada, con el corazón latiéndole a mil por hora. La respiración entrecortada y la frente cubierta de sudor. Gato seguía durmiendo plácidamente a sus pies, completamente ajeno a su angustia.

—Menuda mierda de sueños —murmuró, pasándose una mano por la frente sudorosa.

A la mañana siguiente, el pozo la esperaba con su boca oscura abierta como un desafío.

Kaelen ya estaba allí, con el pelo mojado y esa túnica sencilla que le daba un aire casi accesible.

Casi. Porque seguía siendo condenadamente alto y condenadamente serio.

El sol de la mañana iluminaba su perfil, marcando las líneas de su mandíbula y el recorrido de esa cicatriz que le cruzaba la mejilla.

Tenía los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre la paciencia y la preocupación.

“Mira que esposo más hermoso tengo y el más feliz por las mañanas también”, sonrió mentalmente Sofía.

—¿Has dormido bien? —preguntó, sin mirarla directamente.

—Fatal —admitió Sofía, ajustándose el arnés con manos aún temblorosas—. ¿Y tú?

—Fatal también.

—Bien. Así estamos igual.

Se miraron un momento. El viento del acantilado alborotó el cabello de Sofía y Kaelen apartó la vista como si le quemara. Un carraspeo incómodo rompió el silencio.

—He revisado los nudos. Están bien hechos —dijo, con un asentimiento de aprobación que en él equivalía a un aplauso cerrado—. ¿Quién te enseñó?

Sofía pensó en su pasado.

—Mi padre. Era montañero. Me llevaba de excursión los fines de semana cuando era pequeña.

Kaelen frunció el ceño, procesando la información como si fuera un concepto extraterrestre.

—¿Montañero? —preguntó, inclinando ligeramente la cabeza.

—Alguien que escala montañas. Por deporte.

Kaelen frunció el ceño aún más, si eso era posible.

—En vuestro mundo escaláis montañas por deporte —dijo, como si intentara procesar una idea absurda.

“Dicho así… Suena absurdo”.

—Sí. Y buceamos en el mar. Y saltamos de aviones con paracaídas. Todo por diversión.

—Sois un pueblo extraño —sentenció Kaelen, negando lentamente con la cabeza.

Nadie podía negar eso. Y más en el un mundo en el que vivían con la guerra constantemente. Era lógico verla como una loca.

—Eso dice todo el mundo en este castillo —respondió Sofía con una sonrisa.

Sofía se ajustó el arnés que había improvisado con correas de cuero y sogas.

No era tan cómodo como el equipo moderno, pero servía.

Se ató una bolsa al cinto con herramientas, antorchas y un par de piedras de yeso para marcar las grietas.

Comprobó cada nudo, cada correa, cada detalle, con la obsesión de un ingeniero de seguridad.

—Bajo, miro, encuentro la fuga, marco el sitio, subo —enumeró con los dedos—. Simple.

—¿Y si hay algo más? —preguntó Kaelen, con un deje de preocupación.

—¿Algo más como qué?

—No sé. Algo. Dijiste que podría haber cuevas subterráneas. Y este castillo está construido sobre...

“LALALLALALALALALA”, no pienses en eso.

—Sobre algo que duerme —completó Sofía—. Ya lo sé. Pero el pozo está en el patio de armas. Las mazmorras están al otro lado. No creo que haya conexión.

Por favor.

—Espero que tengas razón —advirtió Kaelen, y por un instante, su mano rozó el brazo de Sofía. Fue un contacto breve, casi involuntario, pero ella lo sintió como una descarga eléctrica.

Sofía se asomó al borde del pozo. La oscuridad era absoluta. Ni siquiera con las antorchas se veía el fondo. El aire que ascendía era fresco y húmedo, con un olor a tierra profunda que le recordó a los sótanos de los edificios antiguos que había restaurado.

—Vale. Allá voy.

Kaelen sujetó la cuerda con ambas manos, firme como una roca. Sus nudillos se blanquearon por la fuerza del agarre, y sus brazos, desnudos bajo la túnica, mostraban la tensión de los músculos.

—Si pasa algo, tira dos veces —indicó—. Te subiré.

—¿Y si pasa algo y no puedo tirar? —preguntó Sofía.

Se arrepintió en el momento en el que lo dijo porque Kaelen la miró como si fuera capaz de estrangularla con sus propias manos.

—Entonces bajaré yo —sentenció Kaelen, sin dudarlo.

Sofía sintió un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con la altura.

“Qué hombre. Qué manera de decir las cosas. Podría ser más romántico si no sonara tan amenazante.”

Se aferró a la cuerda, comprobando una última vez que todo estuviera en orden.

—No hace falta. Seguro que no pasa nada.

—Baja de una vez —dijo Kaelen, y por un instante, sus labios esbozaron algo parecido a una sonrisa.

Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero estaba ahí. Y Sofía pensó que, si sobrevivía a esto, tendría que preguntarle a Thurmond si Kaelen siempre había sonreído tanto o si era algo nuevo.

Empezó a descender.

El pozo era más profundo de lo que parecía. Las paredes de piedra, húmedas y resbaladizas, pasaban a su lado como un túnel interminable. El olor era... interesante. A humedad, a tierra mojada, a algo que no lograba identificar. ¿Algas? ¿Musgo? ¿Cien años de agua estancada?

—Huele a viejo —murmuró—. A muy, muy viejo.

La cuerda se tensaba y aflojaba con cada movimiento. Arriba, Kaelen controlaba el descenso con una precisión que delataba años de experiencia. Porque claro, el hombre también sabía de esto. Por supuesto que sí.

—¿Sigues ahí? —gritó hacia arriba.

—Sigo aquí —respondió Kaelen, su voz llegando amortiguada por la distancia, pero clara.

—¿Estás bien?

—Estoy bien. Tú concéntrate en bajar.

Bajó más. Diez metros. Veinte. Treinta.

La luz de arriba era apenas un punto lejano, una moneda de luz en la oscuridad. Las antorchas que llevaba encendidas iluminaban las paredes, revelando capas de piedra de diferentes colores. Había vetas oscuras, casi negras, y otras más claras, casi blancas. Como un mapa geológico.

—Interesante —murmuró, pasando la mano libre por la superficie rugosa—. Muy interesante.

Y entonces lo vio.

Una grieta.

No era grande. Apenas un palmo de ancho, vertical, que bajaba desde donde empezaba el agua hasta más abajo de donde alcanzaba la luz de la antorcha. Pero era suficiente. El agua se filtraba por ahí, lenta pero constante, perdiéndose en las profundidades.

—¡La encontré! —gritó, con la emoción de un cazador que divisa a su presa—. ¡Hay una grieta!

Desde arriba sintió voces aliviadas.

—¿Puedes sellarla? —preguntó Kaelen desde arriba, su voz rebotando en las paredes del pozo.

—Voy a intentarlo.

Se balanceó con cuidado, acercándose a la pared.

Con una mano sujetaba la cuerda, con la otra sacó una de las piedras de yeso y marcó el contorno de la grieta.

La piedra blanca dejó una línea nítida sobre la roca oscura.

Luego, con un martillo y un cincel, empezó a limpiar los bordes, eliminando los restos sueltos que impedirían un sellado correcto.

—Necesito masilla —murmuró para sí—. Algo que pueda aplicar aquí abajo. Resina. Arcilla. Algo.

El sonido rebotó demasiadas veces hasta perderse en la parte de arriba.

—¿Qué dices? —preguntó Kaelen.

—¡Que necesito material para sellar! ¡Ahora solo estoy marcando! —gritó con todas sus fuerzas.

Él pareció tensar la cuerda para subirla.

—¿Quieres que te suba algo?

—¡No! ¡Termino de marcar y subo!

Siguió trabajando. El agua le mojaba las manos, fría como el hielo. Los dedos se le entumecían, pero no podía parar. Había que hacerlo bien. Había que...

La piedra le habló.

No fue como las otras veces. No fue un eco ni un recuerdo. Fue una voz clara, nítida, directa en su cerebro. Como si alguien estuviera susurrando justo al lado de su oído.

*Más abajo.*

Sofía se quedó helada.

*Más abajo. Tienes que bajar más.*