CAPÍTULO 7 El Primer Desafío
Las obras del castillo avanzaban a un ritmo que Borin calificaba de "milagroso" y que Sofía, más pragmática, atribuía a tres factores: el puro terror que inspiraba Kaelen, la promesa de una paga extra si terminaban antes de la guerra y el hecho de que ella misma estuviera allí supervisando cada detalle con la obsesión de una arquitecta que había visto demasiados edificios derrumbarse por una mala junta de mortero.
—Nunca he visto a nadie mirar una pared con tanto odio —comentó Borin una mañana, apoyado en su pico mientras Sofía examinaba una junta con la intensidad de un cirujano ante un corazón abierto.
Sofía levantó la vista, parpadeando como si acabara de recordar que no estaba sola en el mundo. La luz del sol mañanero incidía sobre la piedra, revelando las diminutas fisuras que sus ojos entrenados habían aprendido a detectar.
—No es odio, es desconfianza —respondió ella sin apartar la vista de la pared—. Las paredes que no se respetan, terminan cayéndose. Y yo no pienso estar debajo cuando ocurra.
“Ya lo estuve una vez, me mató y acabé aquí. No me pasa dos veces”, pensó.
Borin se ajustó el cinturón de herramientas con un gesto pausado, claramente divertido por la respuesta. El cuero rechinó suavemente bajo sus manos callosas.
—En cuarenta años de oficio, nunca había oído a nadie hablar de que las paredes se respeten —dijo, enarcando una ceja peluda que parecía tener vida propia.
—Pues ya es hora de que empieces —sentenció ella y volvió a su inspección con la misma dedicación que un monje en oración.
El pozo seguía siendo un problema.
No es que no hubieran avanzado. Habían desescombrado el agujero, apuntalado las paredes con vigas de roble y empezado a reconstruir el brocal con piedra nueva de las canteras. Pero el agua... el agua no volvía a su nivel anterior.
—Está más baja cada día —advirtió Borin, asomándose al hueco con una expresión de preocupación que no presagiaba nada bueno. Su barba blanca asomó por el borde como un fantasma peludo—. Si sigue así, en una semana tendremos que bajar con cubos y sogas, y eso ralentizará todo.
Sofía se asomó también, sujetando a Gato que intentaba lanzarse al vacío con la determinación de un suicida felino. El animal forcejeaba en sus brazos con una energía que resultaba sospechosa para un gato que normalmente se movía con la lentitud de un perezoso.
—¿Gato, qué cojones? ¿Es que quieres morir? —exclamó, apretándolo contra su pecho.
Gato maulló con indignación, sus ojos amarillos brillando con un destello que Sofía juraría que era desprecio puro.
El animal se retorció en sus brazos con la dignidad ofendida de un rey al que han tratado como a un plebeyo y finalmente logró zafarse para sentarse a un lado, donde comenzó a lamerse una pata con estudiada indiferencia.
—El agua no desaparece porque sí —murmuró Sofía, ignorando al felino y concentrándose en el problema—. Tiene que haber una filtración. Una grieta en el fondo que está drenando hacia alguna cueva subterránea.
Fue tratando de encontrar dónde estaba el problema.
—¿Cree que podemos sellarla? —preguntó Borin con esperanza, enderezándose y apoyando las manos en la zona lumbar con una mueca de dolor.
—Si encontramos dónde está. Pero habría que bajar.
Borin la miró como si acabara de proponer un viaje turístico al infierno. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y su barba tembló con un escalofrío que recorrió todo su cuerpo, desde los hombros hasta las rodillas.
—Bajar ahí abajo, ¿dice? —tartamudeó, dando un paso instintivo hacia atrás.
—Sí. Con cuerdas. Y antorchas. Y alguien que sujete las cuerdas.
—¿Y quién va a bajar?
Sofía lo miró. Borin la miró a ella. Gato los miró a ambos con una expresión que claramente decía "yo no me ofrezco ni loco". El animal se lamió una pata con estudiada indiferencia, luego la otra, completamente ajeno a la gravedad de la conversación.
—Bajo yo —sentenció Sofía, con una determinación que sorprendió incluso a sí misma.
A Borin casi le dio un aneurisma.
—¿Usted? ¿La lady? ¿La esposa del señor Kaelen? ¿La que se pierde por los pasillos? —preguntó Borin, incrédulo, gesticulando con las manos llenas de callos.
El próximo que dijera que se perdía por los pasillos iba a dormir en las mazmorras.
—Eso último no tiene nada que ver —protestó Sofía, ofendida, colocando las manos en las caderas—. Perderme por los pasillos es una cosa. Bajar a un pozo es otra completamente diferente. En los pozos solo hay una dirección: hacia abajo. Es mucho más difícil perderse.
Borin negó con la cabeza, pero una sonrisa empezaba a asomarse bajo su bigote canoso. Las arrugas alrededor de sus ojos se profundizaron con el gesto.
—¿Y si hay... algo ahí abajo? —insinuó bajando la voz, como si las propias piedras pudieran oírle.
—¿Algo como qué?
—No sé. Algo. Este castillo está construido sobre cosas raras. Usted misma lo dijo. Los símbolos. Las mazmorras. Lo que sea que duerme.
Sofía tragó saliva.
*No había pensado en eso. Joder, no había pensado en eso.*
Pero no podía permitirse el lujo de tener miedo ahora. Enderezó la espalda y adoptó un tono que esperaba sonara convincente.
—Pues si hay algo, lo saludaré y le preguntaré si sabe dónde está la fuga de agua. Seguro que llevan mil años aburridos y agradecerán la conversación.
Borin soltó una carcajada que resonó en todo el patio, rebotando en las paredes de piedra y asustando a un par de palomas que se habían posado en las almenas. Algunos soldados volvieron la cabeza, extrañados por encontrar al viejo cantero doblado sobre sí mismo, con lágrimas en los ojos.
—Es usted la mujer más extraña que he conocido en mis sesenta años, Sofía —dijo, secándose una lágrima con el dorso de la mano, aun riendo entrecortadamente.
—Me lo tomo como un cumplido —respondió ella con una sonrisa.
Decidieron que bajarían al día siguiente, cuando tuvieran todo el equipo preparado.
Sofía pasó el resto de la jornada revisando las cuerdas, las poleas y los sistemas de seguridad con la meticulosidad de quien sabe que su vida depende de ello.
Cada nudo fue examinado, cada soga tensada, cada mosquetón, improvisado con hierro forjado, probado con su propio peso.
—No es tan diferente de las obras —se dijo a sí misma mientras anudaba una soga con manos expertas—. En las obras también hay riesgos. Caídas de andamios. Desprendimientos. Grúas que fallan. Esto es igual.
Gato, sentado a su lado con la dignidad de una esfinge, maulló con escepticismo. Su cola se movía lentamente de un lado a otro, como un péndulo que marcara el tiempo.
Parecía capaz de decir: “hasta aquí llegó la humana, cagaré sobre tu tumba”.
—Vale, no es igual —admitió, suspirando—. Pero es lo que hay.
Esa noche, durante la cena, Sofía anunció sus planes con orgullo.
El gran comedor estaba más silencioso de lo habitual, si es que eso era posible. Las velas proyectaban sombras danzantes sobre los tapices descoloridos y el fuego de la chimenea crepitaba con un ritmo hipnótico.
—Mañana voy a bajar al pozo —soltó sin preámbulos, mientras cortaba un trozo de pan moreno.
El silencio que siguió fue tan profundo que se oyó el chasquido de una vela al consumirse.
Kaelen dejó el cuchillo a un lado con un gesto pausado, casi amenazante.
La hoja de metal resonó suavemente contra la madera de la mesa.
Thurmond enarcó ambas cejas por encima de sus gafas, y el anciano pareció encogerse ligeramente en su silla, como si quisiera hacerse invisible.
—¿Perdona? —dijo Kaelen, con una voz peligrosamente calmada.
Sofía sostuvo su mirada, sintiendo el peso de esos ojos grises como una losa sobre los hombros. Pero no iba a echarse atrás. No ahora.
—Que mañana voy a bajar al pozo —repitió, manteniéndole la mirada—. El agua está bajando de nivel. Tiene que haber una grieta en el fondo que drena hacia alguna cueva. Si la encuentro y la sello, el pozo volverá a su nivel normal.
—No —sentenció Kaelen.
—¿Cómo que no?
Lo miró como si el loco fuera él.
—Que no. Es peligroso.
—Ya lo sé que es peligroso —protestó ella, dejando el cuchillo con más fuerza de la necesaria, el golpe seco resonando en la mesa—. Por eso voy a tomar precauciones. Cuerdas, arneses, alguien arriba sujetando...
—No —repitió Kaelen, tajante, cortando el aire con la palabra como si fuera una espada.
Sofía sintió que la sangre le hervía.
Era la misma sensación que tenía cuando algún cliente imbécil le decía que su proyecto era demasiado caro o que por qué no podían poner suelo de mármol en una terraza sin aislamiento.
Inspiró hondo, contando hasta tres mentalmente. Luego hasta cinco. No funcionó.
—Kaelen, escúchame —dijo, esforzándose por mantener la calma—. El pozo es la principal fuente de agua del castillo. Si no lo arreglamos, cuando llegue la guerra y nos asedien, no podremos resistir. La gente morirá de sed. ¿Lo entiendes?
Kaelen la miró fijamente. Un músculo de su mandíbula se tensó bajo la piel marcada por la cicatriz. Sus dedos, apoyados sobre la mesa, tamborilearon una vez, dos veces, antes de detenerse.
—Entiendo que si tú mueres, también habrá problemas —respondió él, con una voz tan baja que apenas fue un susurro.
El comentario la desarmó por completo. Se quedó con la boca abierta, sin saber qué responder.
“¿Que se supone que significa eso? ¿Que le importo? ¿Que le importo de verdad?”
Gato, desde el suelo, emitió un ronroneo que sonaba sospechosamente a aprobación.
—Yo... bueno... —tartamudeó, sintiendo que las mejillas le ardían—. No voy a morir. Soy arquitecta. Sé lo que hago.
—Los arquitectos también se mueren —apostilló Kaelen.
—Los señores de la guerra también —replicó ella, cruzando los brazos.
Kaelen la miró fijamente. Durante un largo momento, Sofía pensó que iba a prohibírselo de nuevo. El silencio se alargó hasta hacerse incómodo, denso como una manta de lana mojada. Las velas parpadearon, proyectando sombras danzantes en las paredes de piedra.
Pero entonces Thurmond intervino.