Lords de los cielos CAPÍTULO 6 El Fantasma en la Fortaleza #5
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CAPÍTULO 6 El Fantasma en la Fortaleza #5

—Y lo peor de todo es que yo tampoco quiero perderme a mí misma. Ni perdérmelo a él. Aunque sea un borde de cuidado.

Gato maulló otra vez, como diciendo "ya era hora de que te dieras cuenta, humana".

Y en algún lugar, muy abajo, en las profundidades de las mazmorras, algo se movió en su sueño milenario.

Algo que llevaba mil años esperando.

Esperando a que ella llegara.

***

A la mañana siguiente, Sofía bajó al patio de armas con el libro bajo el brazo y Gato pegado a sus talones. El cielo estaba gris, cubierto de nubes que amenazaban lluvia, y el viento salitre del acantilado le azotaba la cara con una intensidad inusitada.

Borin la esperaba con una expresión que oscilaba entre la diversión y la preocupación. El viejo cantero tenía las manos manchadas de cal y la barba llena de polvo de piedra.

—Lady Elara —dijo y luego se corrigió—. Perdón. Lady Sofía. ¿Cómo quiere que la llame?

Bien, estaba claro que Elara ya había sido enterrada. Ahora era Sofía y lo tomaban con tal calma que seguía sorprendiéndola. Una persona cambiaba por otra y seguían como si nada.

En su mundo la internarían en un psiquiátrico.

—Sofía está bien. Elara ya no existe. Se fue con el caballo y el acantilado.

Borin asintió, como si aquella afirmación fuera lo más normal del mundo.

—Bueno, Sofía, tenemos un problema.

“Genial, así me gusta empezar el día, con energía. Otros van al baño y cagan, a mí el castillo se me desmorona”, pensó.

—¿Otro pozo hundido? Porque si es así, juro que me tiro por el acantilado y me ahorro el viaje de vuelta a Madrid.

Borin quiso reír, aunque se contuvo y eso fue más preocupante.

—Peor. Han llegado noticias de la capital.

Sofía sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento. La capital significaba Caspian. Caspian problemas. Y problemas significaba reforzar el maldito castillo.

—¿Qué noticias?

Hizo la pregunta, no obstante, no estaba deseando la respuesta.

—Lord Caspian se ha autoproclamado rey. Y ha acusado a Kaelen de traición. La guerra ha empezado.

El libro cayó al suelo con un golpe sordo. Gato maulló, protestando y se apartó con dignidad ofendida.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Sofía, agachándose a recoger el libro con manos temblorosas.

Guerra.

Ya estaba aquí.

—Días. Quizás una semana. Depende de lo rápido que movilice sus ejércitos. Dain cree que Caspian atacará por el sur, buscando el camino más corto. Pero también podría rodear por el este, aunque eso le llevaría más tiempo.

Sofía miró a su alrededor. Las obras estaban a medio terminar. Las murallas tenían grietas sin sellar. El pozo seguía hundido. Los contrafuertes no estaban terminados. Los almacenes de provisiones, según le había contado Jorund, estaban a medio llenar.

—No estamos preparados —murmuró.

Y necesitaban mucho para terminar.

—Nunca lo estamos —respondió Borin con una filosofía que solo podía venir de décadas de experiencia—. Pero haremos lo que podamos. Con lo que tengamos. Como siempre.

Sofía respiró hondo. Luego, con una determinación que no sabía que tenía, se arrodilló, recogió el libro y se lo tendió a Borin.

—Guarde esto en un lugar seguro. En la biblioteca de Thurmond.

Y dígales a los hombres que hoy trabajamos hasta que caiga la noche.

Y mañana también. Y pasado. Hasta que no quede ni una grieta sin sellar, ni un muro sin reforzar, ni una defensa sin mejorar.

Hasta que este castillo sea una puta fortaleza inexpugnable.

Borin la miró con respeto. Un respeto nuevo, diferente al que le había mostrado hasta entonces.

—¿Y usted qué va a hacer?

Sofía levantó la vista hacia la torre del homenaje. Hacia las habitaciones de Kaelen. Hacia el hombre que la noche anterior le había confesado que le tenía miedo a perderla.

—Voy a hablar con mi marido. Y luego voy a bajar a las mazmorras. Y luego voy a descubrir qué es lo que duerme bajo este castillo. Y luego voy a decidir si lo despierto o no.

Si es que tenía esa opción.

—¿Y si decide despertarlo?

—Entonces, rezaré para que sea algo bueno.

—¿Y si no?

Ese hombre iba a ser empujado a un pozo tarde o temprano, iba a pasar. Sofía ya estaba suficiente asustada como para seguir hondando en el miedo.

—Entonces, rezaré para que podamos ganar esta guerra sin él.

Borin sonrió. Era una sonrisa arrugada, de viejo cantero que ha visto demasiadas cosas como para sorprenderse de nada.

—Rezar nunca está de más —dijo—. Aunque los dioses no siempre escuchan.

Sofía estaba segura de que los dioses se estaban riendo a su costa y brindando a su salud.

—Ya. Pero al menos, si me ignoran, podré echarles la culpa de algo.

Y mientras subía las escaleras hacia las habitaciones de Kaelen, con Gato siguiéndola como una sombra negra y el viento salitre azotándole la cara, Sofía supo que todo estaba a punto de cambiar.

La guerra había llegado.

Y ella, la arquitecta de Madrid, la transmigrante, la que venía de fuera, iba a tener que enfrentarse a lo que dormía bajo el castillo.

Quisiera o no.

Pero al menos, pensó, ya no tendría que preocuparse por perderse por los pasillos. Porque cuando la guerra empezara, todos los pasillos llevarían al mismo sitio.

Al infierno.