CAPÍTULO 6 El Fantasma en la Fortaleza #4
Siguió leyendo. Las páginas siguientes estaban arrancadas. Solo quedaban los bordes desgarrados, como si alguien hubiera querido borrar esa parte de la historia. Como si alguien no quisiera que se supiera la verdad.
—Mierda.
Cerró el libro y se quedó mirando la pared. Gato se desperezó y saltó a su regazo, reclamando mimos con un maullido exigente.
—¿Tú sabes quién es la que duerme? —le preguntó, acariciándole la cabeza.
Gato parpadeó lentamente. Su expresión no era de desprecio, por una vez. Era de... ¿compasión? ¿Advertencia? ¿Miedo?
—Claro que lo sabes. Lo sabes todo, maldito bicho. Eres como un oráculo con patas. Una esfinge en miniatura. Un...
Un golpe en la puerta la sobresaltó.
—¿Adelante?
La puerta se abrió y Kaelen entró. Traía el pelo mojado, como si acabara de salir de un baño y vestía una túnica sencilla que le daba un aire casi humano.
Casi. Porque seguía siendo condenadamente alto, condenadamente ancho de hombros y condenadamente guapo.
Esa combinación de cicatrices y mandíbula cuadrada que hacía que a Sofía le temblaran las rodillas.
Era la imagen de un calendario erótico con el que podía empapelar su despacho.
—Sofía.
Ella parpadeó tragando saliva. Sabía que estaba mirando sus abdominales, pero su cerebro no mandaba la orden de mirar hacia arriba. Tuvo que ser gato, quien con sus garras la pinchó suavemente.
Entonces subió la mirada a los ojos fingiendo normalidad.
—Kaelen.
Se miraron. Desde que él sabía su nombre real, la dinámica entre ellos había cambiado sutilmente.
Ya no era la desconfianza mutua de los primeros días, ni la tensión de la reunión con los capitanes, ni la incomodidad de las cenas silenciosas.
Era algo más parecido a una tregua incómoda.
Como dos gatos callejeros que deciden compartir el mismo callejón sin pelearse.
Como dos perros que se olisquean con cautela antes de decidir si son amigos o enemigos.
—Thurmond me ha dicho que estás leyendo el Libro de los Orígenes —dijo Kaelen, cerrando la puerta tras de sí.
“Ese viejo chivato, aquí no hay secretos”, pensó ella.
—Sí.
—¿Has encontrado algo?
“Que no voy a dormir en días pensando en ti”, se dijo mentalmente Sofía sin ser capaz de hablar.
Sofía dudó un momento. Luego, decidió que ya no tenía sentido ocultar nada.
—He encontrado que hay algo bajo el castillo. Algo que duerme. Algo que solo yo puedo despertar.
Kaelen no pareció sorprendido. Se acercó a la mesa y se sentó en la silla que Lina solía usar cuando ayudaba a Sofía con el corpiño. Desde esa posición, seguía siendo condenadamente alto, pero al menos no la intimidaba tanto.
Olía bien.
Demasiado bien.
—Lo sé.
La voz de Kaelen le dio una bofetada metafórica y se obligó a prestar atención en vez de babear.
—¿Lo sabes? —preguntó confusa.
—Mi abuelo lo sabía. Mi padre lo sabía. Yo lo sé desde que era niño. Hay algo bajo Roca Negra. Algo que los primeros señores del castillo sellaron hace mil años. Algo que, según las leyendas, no debe ser despertado.
Fantástico. Aunque Sofía era partidaria de seguir las indicaciones. Y si decía “no despertar”…
—¿Y qué es?
—No lo sé. Nadie lo sabe. Solo que está ahí. Y que, si despierta, puede salvar el reino o destruirlo. O las dos cosas. O ninguna. Las leyendas son así de precisas.
Sofía tragó saliva.
—Bonita elección.
—Ninguna elección lo es, cuando se trata de estas cosas. Es como elegir entre que te mate una espada o que te mate un hacha. Al final, mueres igual.
Sofía frunció el ceño.
—Qué optimista eres —sentenció ella.
—Soy realista. Hay una diferencia.
Kaelen se inclinó y miró el libro abierto. Sus ojos grises recorrieron las páginas, las ilustraciones, las anotaciones. Luego levantó la vista y la miró a ella.
—¿Tienes miedo?
Habría que ser estúpida por no tenerlo.
—Mucho.
—Yo también.
Las palabras fueron una conmoción. Sofía soltó todo el aire de sus pulmones lentamente.
Fue la primera vez que Kaelen admitía tener miedo de algo. La primera vez que bajaba la guardia lo suficiente como para mostrar vulnerabilidad. Sofía no supo qué decir.
—Pero no es miedo a lo que haya bajo el castillo —continuó Kaelen, con una voz más baja de lo habitual—. Es miedo a perderte.
Su cerebro sufrió un cortocircuito. ¿Había escuchado bien?
El silencio que siguió fue eléctrico. Sofía sintió que el corazón se le aceleraba, que las mejillas le ardían, que las manos le temblaban ligeramente. Gato, desde su regazo, emitió un ronroneo que sonaba sospechosamente a aprobación.
—¿Perderme? —repitió, sin aliento.
Kaelen la miró, lo hizo con una intensidad que la hizo sentir consumida.
—Eres la única persona en este castillo que me habla como si fuera un ser humano. La única que me mira sin miedo. La única que me discute, que me lleva la contraria, que me dice que soy un idiota cuando hago algo estúpido. No quiero perder eso.
Su confesión no fue lo esperado, no obstante, sonrió internamente. Ese hombre no había dado nunca con una mujer con carácter fuerte. Sí, las mujeres duras eran irresistibles.
—Pero si me pierdo por los pasillos, Lina siempre me encuentra —reconoció Sofía.
Kaelen sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero estaba ahí.
—No me refiero a eso. Me refiero a... Perderte de verdad. A que te pase algo. A que la profecía te lleve a algún sitio de donde no puedas volver. A que... Vuelva la Elara de antes.
Oh sí, esa Elara que lloraba y tenía miedo.
Una idea se formó en su mente. Si ella estaba allí… ¿Elara estaba en su mundo? La pobre estaría colapsando.
Se detuvo, como si le costara encontrar las palabras.
—Kaelen, yo...
—No hace falta que digas nada. Solo quería que lo supieras.
Se levantó y se dirigió hacia la puerta. En el umbral, se detuvo. Sofía casi lloró la pérdida de su aroma.
—Buenas noches, Sofía.
—Buenas noches, Kaelen.
La puerta se cerró. Sofía se quedó mirando la madera, con el corazón desbocado y la mente en blanco.
Gato maulló suavemente.
—Ya lo sé —murmuró Sofía—. Ya sé que me he metido en un lío. Ya sé que esto es un problema. Ya sé que debería estar preocupada por la profecía y la guerra y lo que sea que duerme bajo el castillo. Pero ahora mismo, lo único que puedo pensar es en que Kaelen acaba de decir que no quiere perderme.
Gato ronroneó, satisfecho.