Lords de los cielos CAPÍTULO 6 El Fantasma en la Fortaleza #3
10%

CAPÍTULO 6 El Fantasma en la Fortaleza #3

—Para eso está aquí. Para eso ha sido traída aquí. Para eso han pasado mil años.

Sofía tragó saliva. Luego, con una determinación que no sabía de dónde sacaba, extendió la mano y posó los dedos sobre la cubierta.

Y el mundo se desvaneció.

Sofía no estaba en la biblioteca.

Estaba en un lugar que no era un lugar, un espacio vacío y lleno a la vez, donde la luz y la oscuridad se mezclaban en patrones imposibles. No había suelo, no había techo, no había paredes. Solo una inmensidad blanca y negra que parecía respirar.

Y frente a ella, una figura. Una mujer. La misma mujer de los símbolos, con los brazos extendidos, abrazando una montaña que no estaba allí. Tenía el pelo largo y oscuro y vestía una túnica sencilla de lino blanco. Sus ojos eran del color de la piedra recién cortada.

—Has llegado —dijo la mujer. Su voz era como el rumor de la piedra, como el eco en una cueva, como el susurro del viento entre las rocas—. Te esperábamos.

“¿En plural? ¿Tiene muchas personalidades?”, pensó Sofía.

—¿Quién eres? —preguntó y su voz sonó diminuta en aquella inmensidad.

No se atrevió a dar un paso.

—Soy la que fue. La que será. La que siempre ha estado en la piedra. La memoria de este lugar. El eco de todos los que han vivido y muerto entre estos muros.

“Lo que yo decía, aquí la gente no sabe contestar”.

—Eso no es una respuesta.

Era una mierda de esas que te hacían comerte la cabeza. Como cuando alguien contestaba algo con una pregunta, dios, como odiaba a esa gente.

La mujer sonrió. Era una sonrisa triste, antigua, como si hubiera visto demasiadas cosas a lo largo de los siglos. Como si todas esas cosas la hubieran cansado.

—Lo sé. Pero es la única que puedo darte. El tiempo no funciona aquí como en tu mundo. Las respuestas llegan cuando deben llegar, no cuando las buscas. Así funciona el universo. Créeme, llevo mil años esperando, sé de lo que hablo.

Sofía se pellizcó el puente de la nariz. Necesitaba mantener la calma para no decir una estupidez ante alguien que bien podría ser una diosa. Al menos por los años que tenía, inmortal era.

—Entonces, ¿para qué me has traído aquí?

—Para que sepas que no estás sola. Para que sepas que tu llegada no fue un accidente. Para que sepas que hay alguien que te espera.

Sofía parpadeó pensando en su forma de morir, patética. Su madre, pobre alma buena, la lloraría siempre.

—¿Kaelen?

La mujer rio. Fue un sonido extraño, como piedras cayendo por una ladera, como un desprendimiento en cámara lenta.

—Kaelen es parte de lo que te espera, sí. Pero no es lo único. Hay algo más. Algo que duerme bajo el castillo. Algo que solo tú puedes despertar.

“No, no gracias, estoy bien así”, pensó.

—¿Y si no quiero despertarlo?

La mujer la miró con una expresión que Sofía no supo interpretar.

¿Lástima? ¿Advertencia? ¿Indiferencia?

—Entonces, cuando la guerra llegue, todos morirán. Tú. Kaelen. Lina. Thurmond. Todos. El castillo caerá. La piedra será dispersada. Y mil años de historia se perderán para siempre.

Qué esperanzador, desde luego era el oráculo de la alegría esa mujer.

—Pero si lo despierto, ¿qué pasará?

Sofía supo que la respuesta no iba a gustarle en el momento en que la pronunció. Llámalo sexto sentido quizás.

—No lo sé. Nadie lo sabe. Solo sé que debe ser despertado. Y que tú eres la única que puede hacerlo.

La imagen empezó a desvanecerse, como un sueño del que se despierta lentamente.

—Espera —gritó Sofía—. ¿Cómo se despierta? ¿Qué tengo que hacer?

—La piedra te lo dirá. Escúchala. Confía en ella. Ella te guiará.

Menuda mierda de instrucciones. Era peor que los abre fácil de los paquetes de galleta que acababas abriendo con los dientes.

—Pero...

—Y cuida de Gato. Él sabe más de lo que parece. Mucho más.

La mujer desapareció. La inmensidad blanca y negra se desvaneció. Y Sofía parpadeó y estaba de vuelta en la biblioteca, con la mano todavía apoyada en el libro, Gato mirándola fijamente y Thurmond observándola con expresión preocupada.

Parpadeó tratando de mantener la calma.

—¿Cuánto tiempo...? —preguntó, con la voz ronca.

Thurmond le tendió otro vaso de manzanilla que decidió aceptar. Curiosamente sentía la garganta seca. Tragó un poco mientras intentaba procesar todo lo que acababa de ocurrirle.

—Unos segundos —respondió Thurmond—. Pero por su cara, diría que ha sido más tiempo para usted. Mucho más.

Muchísimo. El tiempo y el espacio funcionaban de forma diferente allá donde había ido.

—He visto a una mujer. La misma de los símbolos. Me ha dicho que hay algo bajo el castillo. Algo que solo yo puedo despertar. Y que cuide de Gato. Y que...

Se detuvo. De repente, todo le parecía demasiado. Demasiada información. Demasiada responsabilidad. Demasiado peso sobre sus hombros, que ya bastante tenían con sostener el corpiño. Se puso en pie, giró y se detuvo sin saber a dónde ir.

Thurmond asintió lentamente.

—Lo imaginaba.

Ese hombre era mucho más que un abuelo adorable y con cada palabra le quedaba más y más claro. Pasaba desapercibido, pero parecía tener el peso del mundo sobre sus hombros.

—¿Lo imaginaba? ¿Y no me lo había dicho antes? —preguntó empezando a ofenderse.

Las advertencias deberían venir lo primero como al iniciar una película o una serie.

—Porque no estaba seguro. Y porque algunas verdades hay que descubrirlas por uno mismo.

Si se lo hubiera contado yo, no me habría creído.

O peor, me habría creído y habría actuado sin la preparación adecuada.

O habría salido corriendo y se habría perdido por los pasillos y Lina y yo tendríamos que buscarla otra vez.

Estaba claro que todo el castillo estaba al corriente de que la pobre Elara se perdía en la inmensidad del castillo. No era su culpa si habían decidido que ese lugar fuera como un auténtico laberinto.

—¿Ahora bromea?

“Por favor, di que sí”, suplicó en su mente.

—Siempre bromeo. Es mi mecanismo de defensa contra el horror existencial de vivir en un mundo donde las profecías se cumplen y los gatos son mágicos.

Sofía se dejó caer en una silla, agotada. Gato saltó a su regazo de nuevo y empezó a ronronear, como si nada de aquello fuera importante. Como si todo fuera una gran fiesta y él fuera el invitado de honor.

—Necesito pensar —murmuró—. Necesito procesar todo esto.

—Tiene tiempo —dijo Thurmond, sentándose frente a ella con otro crujido de huesos—. La guerra no ha empezado aún. Y el castillo necesita sus reparaciones. Dedíquese a eso. Las respuestas llegarán cuando tengan que llegar.

Estaba empezando a cansarse de ese tipo de respuestas. Quiso decirlo, gritarlo bien alto, sin embargo, se contuvo. El hombre tampoco tenía culpa de haber sido enviada a ese mundo y cargar con todo aquello.

Suspiró calmándose.

—Eso dijo la mujer —admitió Sofía.

—Las mujeres de las visiones suelen decir ese tipo de cosas. Es su trabajo. Como los fontaneros y el agua, que decía usted antes.

Sofía río, a pesar de todo. Thurmond tenía un don para aligerar las situaciones más heavies con su sentido del humor. Era como un ancla en medio de la tormenta.

—¿Puedo llevarme el libro? —preguntó.

No sabía el motivo, solo que lo necesitaba. Seguramente era la locura más grande del universo.

—Puede. Pero le advierto: pesa más de lo que parece. Y no me refiero al peso físico. Este libro tiene memoria propia. Ha visto cosas. Sabe cosas. Y no siempre está dispuesto a compartirlas.

Genial, más advertencias.

—Como Gato.

—Exactamente. Como Gato.

Sofía cogió el libro con cuidado. Pesaba, efectivamente, más de lo que parecía, pero no era un peso incómodo. Era un peso antiguo, denso, como si todas las páginas estuvieran impregnadas de siglos de historia. Como si cada palabra fuera una piedra más en los cimientos del castillo.

—Gracias, Thurmond.

—No me las dé. Cuando todo esto termine, ya veremos si sigue queriendo dármelas. O si prefiere tirarme por las almenas por no habérselo contado antes.

“Oh dios, toma nota, el viejo por las almenas en una clase de vuelo”.

—No creo que la tire por las almenas —dijo Sofía con esperanza.

—Ya veremos. La gente cambia cuando descubre que es el centro de una profecía milenaria.

***

Los días siguientes, Sofía compaginó el trabajo en las obras con la lectura del Libro de los Orígenes.

No era una lectura fácil. El libro estaba escrito en una mezcla de lenguas antiguas, con ilustraciones que parecían moverse cuando no las miraba directamente y anotaciones al margen de lectores anteriores que llevaban siglos muertos.

Pero poco a poco, fue entendiendo.

La magia elemental, descubrió, no era un don que se heredara.

Era una conexión. Una sintonía con las fuerzas fundamentales del mundo.

Los magos de fuego no "lanzaban" bolas de fuego; convencían al fuego de que ardiera por ellos.

Los magos de agua no "controlaban" los ríos; susurraban a las corrientes y estas obedecían.

Los magos de aire no "invocaban" el viento; danzaban con él.

Era algo demasiado complejo, pero que se explicaba de una forma que parecía sencillo. Era sorprendente.

Y los magos de tierra, los más raros de todos, no movían las piedras. Las escuchaban. Las entendían. Las piedras guardaban memoria de todo lo que había pasado a su alrededor, y los magos de tierra podían acceder a esa memoria como quien hojea un libro.

Como ella hacía.

—Eso explica las visiones —murmuró una noche, con Gato dormido a sus pies y el libro abierto sobre la mesa—. Las piedras me cuentan su historia porque yo las escucho. Porque soy su... ¿qué? ¿Su confidente? ¿Su biógrafa? ¿Su terapeuta?

Gato no respondió. Dormía profundamente, con un ronroneo que parecía el motor de un barco.

Pero había más. Había una sección dedicada a las profecías, y entre ellas, una que le heló la sangre.

*Cuando el fuego del norte se apague y la piedra del sur clame, la que viene de fuera despertará a la que duerme. Y la que duerme juzgará a los vivos y a los muertos. *

—La que viene de fuera —susurró—. Soy yo. La que duerme... ¿qué? ¿O quién?