Lords de los cielos CAPÍTULO 6 El Fantasma en la Fortaleza #2
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CAPÍTULO 6 El Fantasma en la Fortaleza #2

—Los hombres como Kaelen no llaman "herramienta" a lo que realmente les importa —dijo lentamente, saboreando cada palabra—.

La llaman "herramienta" para engañarse a sí mismos.

Para convencerse de que pueden controlarlo.

Para no admitir que han perdido el control.

Es como cuando un niño llama "amigo" a su osito de peluche, pero en realidad es mucho más que eso.

La analogía fue lo más simpático que hubiera podido escuchar en mucho tiempo y más teniendo en cuenta que Kaelen no parecía un osito de peluche en absoluto.

“Si eso es un oso de peluche, yo soy Superman”, pensó.

—¿Está comparando a Kaelen con un niño y a mí con un osito de peluche? —preguntó bastante sorprendida.

Pero Thurmond no parecía para nada impresionado, es más, parecía completamente convencido de sus palabras.

—Si el zapato te queda, póntelo.

Sí. Y si el hacha corta, huye.

Sofía resopló.

—Kaelen no ha perdido el control de nada. Kaelen es el hombre más controlado que he conocido en mi vida. En mi otra vida también y eso que conocí a un jefe de obra que planificaba sus viajes al baño con dos semanas de antelación.

Daba hasta miedo, aunque Sofía se lo imaginaba en su mundo, seguramente sería un CEO de esos de libros de romance que tanto le gustaban. Sexy, peligroso y con una habitación roja.

Sofía se sonrojó sin poderlo evitar.

—¿Ve? Eso es control. Lo de Kaelen es otra cosa.

Lleva diez años sin dirigirle la palabra a nadie que no sea Dain o yo.

Diez años, Sofía. De repente, aparece una mujer que le discute, que le lleva la contraria, que le habla de cimientos y morteros y que, para colmo, resulta ser el cumplimiento de una profecía de mil años.

Y él, en lugar de encerrarla en una torre o entregarla a los sacerdotes, le da el control de las obras del castillo, le pide que se quede a cenar y merodea por la noche frente a su puerta como un adolescente enamorado.

Eso, querida Sofía, es perder el control de una manera espectacular.

“Mierda, ¿y si eso es síntoma de demencia? ¿Esta gente sabrá lo que es el deterioro cognitivo?”, pensó.

Sofía abrió la boca para replicar, pero no le salieron las palabras. Porque Thurmond tenía razón. Maldita sea, tenía razón.

—¿Merodea por la noche frente a mi puerta? —consiguió articular al fin.

—Lina me lo ha contado. Dice que lo ha visto varias veces. Ahí plantado, mirando la madera, con una expresión que ella describe como "de cordero degollado". No se me ocurre mejor comparación.

O de acosador perturbado, aquí romantizaban cualquier cosa.

—Pero... ¿por qué?

—¿Por qué cree? Porque le importa. Porque no sabe qué hacer con eso. Porque lleva tantos años sin sentir nada que ahora que siente algo, no sabe cómo procesarlo. Así que se queda ahí, como un pasmarote, esperando que la madera le dé las respuestas.

Qué forma tan romántica de mostrar sus sentimientos… Un acosador en su puerta, esa noche iba a dormir con un cuchillo debajo de la almohada.

Sofía se llevó la taza a los labios para ocultar la sonrisa que amenazaba con asomarse.

Kaelen, el Carnicero de las Montañas Negras, el hombre que había matado veintitrés hombres en una batalla, plantado frente a su puerta como un adolescente.

La imagen era tan absurda que casi le hacía olvidar el resto.

—¿Y usted qué cree que significa la profecía? —preguntó al fin, cambiando de tema antes de que su corazón decidiera salirse del pecho—. Lo de "la que viene de fuera", "la que despierta", "la que esperamos". ¿Qué se supone que debo despertar?

Thurmond se reclinó en su silla, entrelazando los dedos sobre el estómago con una expresión pensativa. Las velas flotantes parpadearon, como si hubieran entendido la gravedad de la pregunta.

—¿Ha notado algo diferente en sus visiones últimamente?

Sofía dudó. Desde que había empezado a trabajar en las obras, las visiones se habían vuelto más...

específicas. Más claras. Ya no eran solo ecos confusos de risas y llantos, impresiones difusas como recuerdos de una siesta.

Eran imágenes nítidas, momentos concretos, como si alguien hubiera ajustado el enfoque de una cámara.

—Sí —admitió—. Ahora veo cosas con más claridad.

Ayer, mientras reparábamos el muro oeste, toqué una piedra y vi a un hombre.

Un albañil. Se cayó del andamio hace cien años.

Sentí su miedo. Su dolor. Su... su muerte.

Fue como si lo estuviera viviendo yo misma.

Cuando volví en mí, estaba temblando y Borin me sujetaba para que no me cayera al pozo.

Thurmond asintió lentamente, como si aquello confirmara algo que ya sospechaba.

—Su poder está creciendo. Cuanto más contacto tiene con la piedra, más fuerte se vuelve la conexión. Es como un músculo: cuanto más lo usa, más se desarrolla. O como una adicción: cuanto más se prueba, más se necesita. O como...

Entendido.

—Vale, ya entendí la metáfora.

Iba a ir a más y no estaba precisamente feliz con eso.

—¿Y eso es bueno o malo? —preguntó Sofía, acariciando la cabeza de Gato, que había saltado a su regazo en algún momento.

Gato era, un gato, sí, pero comenzaba a sentirse a gusto cuando estaba cerca, lo cual era perturbador porque ese gato parecía conocer todos los entresijos de las preguntas del universo.

—Depende de para qué lo use. Si aprende a controlarlo, puede ser la aliada más poderosa de este castillo. Podría sentir cada grieta, cada debilidad, cada punto vulnerable antes de que se conviertan en problemas. Podría reforzar los muros con solo desearlo. Podría...

El silencio del hombre hizo que Sofía sufriera un escalofrío.

—¿Podría?

—Si no lo controla, la profecía podría cumplirse de formas que no nos gusten.

"La que despierta" no especifica qué despierta.

Podría ser algo bueno. Un poder antiguo.

Una sabiduría perdida. O podría ser algo que llevaba mil años dormido y que preferiría seguir durmiendo.

Algo que, cuando despierte, no distinga entre amigos y enemigos.

Sofía miró a Gato, que seguía ronroneando plácidamente en su regazo. El animal abrió un ojo, la miró con esa expresión de superioridad infinita, y volvió a cerrarlo.

—¿Y el gato? —preguntó—. ¿Qué pinta el gato en todo esto?

Lo señaló como si eso hiciera reaccionar al animal.

Spoiler: no lo hizo.

—Ah —Thurmond sonrió misteriosamente, como si hubiera estado esperando esa pregunta—.

El gato es otra cuestión. En este mundo, los gatos no son simples animales.

Son... mensajeros. Guardianes. A veces, almas reencarnadas.

Hay quien dice que los gatos pueden moverse entre los mundos, entre los sueños y la realidad, entre la vida y la muerte.

Sofía lo miró como si quisiera matarlo.

Genial, tengo el heraldo de la muerte en mis piernas.

—¿Este gato es un alma reencarnada? —dijo sin saber si debía horrorizarse o sentirse halagada.

Miró al gato, sí, definitivamente debía asustarse.

—No lo sé. Pero sé que apareció cuando usted llegó. Y sé que no se separa de usted. Y sé que Kaelen lo ha visto en las mazmorras, en su habitación, en los pasillos. Como si estuviera en dos sitios a la vez.

De hecho estaba el pequeño detalle de que en ese reino no había un solo gato, solo ese animal del terror que podía aparecer en dos lugares a la vez. No la calmaba precisamente.

Esto iba a peor como una película de miedo donde sabías que pronto te asustabas…

—Eso es imposible.

—En su mundo, quizás. En este, la palabra "imposible" tiene poco significado. Como las velas flotantes. O los hombres que matan veintitrés enemigos en una batalla. O las arquitectas que hablan con las piedras.

Sofía suspiró, acariciando la cabeza de Gato. El animal ronroneaba cada vez más fuerte, como si estuviera de acuerdo con todo lo que Thurmond decía. O como si se estuviera riendo de ella. Con Gato, nunca se sabía.

—Necesito saber más —sentenció Sofía—. Sobre la magia. Sobre la profecía. Sobre este mundo. No puedo andar a ciegas. Ya bastante tengo con perderme por los pasillos.

Estaba decida. Necesitaba recopilar toda la información posible y encontrar la posibilidad de volver a casa.

—Por eso está aquí —respondió Thurmond, levantándose con un crujido de articulaciones—. Venga. Le enseñaré algo.

La biblioteca era más grande de lo que Sofía había imaginado.

Mucho más grande. Thurmond la guió a través de pasillos de estanterías que parecían extenderse hasta el infinito, pasando por salas circulares y recovecos secretos, hasta llegar a una puerta de hierro que no se diferenciaba de las de las mazmorras.

—¿Qué hay ahí? —preguntó Sofía, con un escalofrío que le recorrió la espalda.

—Lo que busca. Respuestas. O al menos, el principio de las respuestas.

“¿Esta gente se dará cuenta que cuando habla no responden realmente? Tanto misterio debe de ser malo para la salud. ¿Será el clima? Dioses, ¿tengo síntomas? De locura seguro”, pensó Sofía antes de seguirlo.

Empujó la puerta. Al otro lado, una sala abovedada, iluminada por velas flotantes —Sofía decidió que ya era hora de aceptar que las velas flotaban y punto—, con un pedestal en el centro.

Sobre el pedestal, un libro. Un libro enorme, encuadernado en cuero oscuro, con un extraño símbolo grabado en la portada.

El mismo símbolo que había visto en las mazmorras. La espiral. La montaña. La mujer con los brazos extendidos.

—¿Qué es? —susurró Sofía, sintiendo que la voz se le quedaba atrapada en la garganta.

—El Libro de los Orígenes —respondió Thurmond, con una voz tan baja que parecía un susurro de piedra—. Un registro de todo lo que se sabe sobre la magia antigua. Sobre las cinco órdenes. Sobre las profecías. Sobre... la que viene de fuera.

“Genial, soy Frodo Bolsón y este es mi anillo. Por favor, que me toque un elfo sexy”, suplicó mentalmente.

Sofía se acercó al pedestal con pasos lentos, casi reverentes. Gato saltó de sus brazos y se sentó junto al libro, mirándola con esos ojos amarillos que parecían decir "adelante, idiota, para eso te he traído hasta aquí".

—¿Puedo tocarlo?