CAPÍTULO 6 El Fantasma en la Fortaleza
Los días siguientes adquirieron una cadencia extraña que Sofía comenzó a identificar como su nueva normalidad.
Despertar con Gato en el pecho, con su peso reconfortante y su ronroneo vibrante que le hacía vibrar las costillas como si tuviera un motor de lavadora dentro.
Desayunar el pan moreno y el queso curado mientras Lina parloteaba sobre los chismes del castillo, "el comandante Dain ha vuelto a discutir con el cocinero por la calidad de la carne y dicen que el maestro Thurmond ha recibido un paquete misterioso de la capital y ¿sabe, señora, que el soldado joven ese, el que se ríe siempre, le ha escrito una carta a una chica del valle? ".
Se estaba volviendo loca con tanto nombre.
Bajar al patio de armas y pasar las horas mezclando cal, dirigiendo a los obreros y discutiendo con Borin sobre la mejor manera de reforzar los contrafuertes.
Comer con los hombres al mediodía, escuchando sus historias de batallas y sus chistes groseros que harían sonrojar a una monja de clausura.
Cenar en el gran comedor con Kaelen y Thurmond, en ese silencio incómodo que ella intentaba llenar con observaciones arquitectónicas que nadie le había pedido.
Y luego, invariablemente, perderse por los pasillos del castillo hasta que Lina la rescataba.
Porque sí, seguía perdiéndose.
Había dejado caer sutilmente que pusieran un pergamino con un mapa aquí o allá y nada.
Ni caso.
Desconsiderados.
—No es normal —murmuró al quinto día, apoyada contra una pared del corredor de servicio número quien-sabe-cuál—.
He trabajado en obras más grandes que este castillo.
He dirigido equipos de treinta personas en edificios del siglo XII.
Una vez coordiné la restauración de un convento con cuarenta y siete habitaciones y un claustro laberíntico y no me perdí ni una sola vez.
¿Cómo puede costarme tanto encontrar mis putas habitaciones?
Gato, que la acompañaba en sus expediciones nocturnas con una paciencia felina que bordeaba el desprecio, maulló suavemente. Un maullido que en lenguaje gatuno significaba claramente "porque eres una inútil, pero te quiero".
—A ti te resulta fácil —le reprochó Sofía, señalándolo con el dedo—. Tú apareces y desapareces como si fueras un fantasma. Te vi en mis habitaciones y en las mazmorras al mismo tiempo. Eso no es normal. Eso es... no sé qué es, pero no es normal.
Gato se lamió una pata con aire de suficiencia, como diciendo "tú preocúpate de tus limitaciones humanas y déjame a mí con mis habilidades sobrenaturales".
—Ya, ya lo sé. Soy una inútil. Tú ganas.
Empujó la puerta más cercana, una de esas puertas bajas que parecían diseñadas para que los sirvientes pasaran sin ser vistos y que a ella le obligaban a agacharse como si estuviera haciendo sentadillas y se encontró en una estancia que no había visto antes.
La primera impresión fue abrumadora. Era pequeña, circular, con estantes de madera que cubrían las paredes de suelo a techo.
Estantes llenos de libros. Cientos de libros.
Miles, quizás. Algunos eran tomos enormes, encuadernados en cuero oscuro con lomos decorados en oro.
Otros eran pergaminos enrollados que asomaban de cestas de mimbre.
Otros eran cuadernillos pequeños, casi cuadernos, apilados en montones que amenazaban con derrumbarse al mínimo estornudo.
Olía a papel viejo, a tinta, a polvo y a algo más. A magia, pensó Sofía. Aunque probablemente solo fueran los posos de las infusiones que Thurmond debía tomar allí a todas horas.
—¿Dónde...?
—Mis dominios, lady Elara —dijo una voz conocida desde las sombras—. O debería decir, ¿Sofía?
Thurmond apareció entre dos estanterías con una vela en la mano y una sonrisa en los labios.
Su barba blanca parecía flotar en la penumbra, dándole un aire de mago de cuento infantil.
De esos magos que en las películas siempre resultan ser más sabios de lo que parecen, pero que también esconden un par de trucos bajo la manga.
Como Gandalf el gris.
O el blanco cuando el viejo muere en la primera película y reaparece como dios todopoderoso.
—Maestro Thurmond —Sofía suspiró de alivio, dejando escapar todo el aire que no sabía que estaba conteniendo—. Menos mal. Estaba perdida. Otra vez.
Ya no era una sorpresa para nadie que tenía menos orientación que un topo a plena luz del día.
—Lo sé. Lina viene a buscarla a mi biblioteca cada dos noches. He empezado a preparar té para cuando llega. Manzanilla, por si le interesa. Relaja los nervios y ayuda con la orientación espacial, aunque en su caso dudo que haya infusión bastante fuerte.
Está gente tenía un problema serio con las hierbas. Cualquier día veía alguno alucinando con alguna hierba interesante.
—Qué vergüenza —murmuró Sofía, dejándose caer en una silla que apareció milagrosamente despejada entre montones de pergaminos—. Soy arquitecta, ¿sabe? Debería tener sentido de la orientación. Es parte del trabajo. Como los carpinteros y la madera. O los fontaneros y el agua. O los...
—Los castillos no son como las ciudades —la interrumpió Thurmond con suavidad, acercándole una taza humeante—.
Están diseñados para confundir. Para que los invasores se pierdan.
Para que los defensores conozcan atajos que los atacantes ignoran.
Su falta de orientación no es un defecto personal, es una característica arquitectónica.
Quiso reír.
—Eso suena a excusa barata.
—Las mejores verdades suelen vestirse de excusas baratas. Como los nobles que se visten de campesinos para ir de putas. Perdone la crudeza, pero es cierto.
Sofía se atragantó con el té escupiéndolo. Thurmond la miró con una sonrisa maliciosa.
—¿Le sorprende que un anciano como yo hable de esas cosas?
—Me sorprende que alguien en este castillo hable de algo que no sean grietas, murallas o estrategias de guerra.
—Oh, querida Sofía —Thurmond se sentó frente a ella con un suspiro que hizo crujir sus viejos huesos—.
He vivido setenta años. He visto más batallas de las que usted puede imaginar, he curado más heridas de las que puedo recordar y he escuchado más confesiones en lechos de muerte que cualquier sacerdote.
Si hay algo que he aprendido es que la vida no son solo deberes y obligaciones. La vida también es... Esto.
Señaló la biblioteca con un gesto amplio. Los libros, los pergaminos, las velas flotantes, Sofía aún no había superado lo de las velas flotantes a lo gran comedor Harry Potter, pero decidió no preguntar, el gato que se había enroscado a sus pies.
—La vida es conocimiento. Y risas. Y buen té. Y gatos que aparecen de la nada.
Gato maulló, como si estuviera de acuerdo.
Sofía bebió otro sorbo de té. Era diferente a la infusión del desayuno, más especiada, con un toque de miel y algo que le recordó al té chai de su mundo.
Cerró los ojos un instante, dejando que el calor le recorriera el cuerpo.
Por un momento, si ignoraba el olor a pergamino antiguo y el hecho de que las velas flotaban, podría haber estado en cualquier cafetería de Madrid.
Pero no lo estaba. Y Thurmond lo sabía.
—¿Cómo sabe que me llamo Sofía? Se sospechaba que no soy Elara, pero todavía no había dicho mi nombre real… —preguntó sin abrir los ojos.
Solo a Kaelen.
—Porque soy un viejo sabio y los viejos sabios lo saben todo —respondió Thurmond con esa sonrisa que ya empezaba a resultarle familiar—. También porque Kaelen me lo contó. Días antes de que tú lo dejaste entrever en la mesa comiendo y hablando de contaminación lumínica.
Ah bueno, había intentado hacerse el interesante, pero tenía un chivato.
Sofía abrió los ojos de golpe.
—¿Kaelen te contó...?
—Que no eres Elara. Que vienes de otro mundo. Que te llamas Sofía y eres arquitecta. Que tienes un gato mágico que aparece en dos sitios a la vez. Que hablas con las piedras. Sí, todo eso. Tú dejaste entrever todo y él rellenó todos los huecos del rompecabezas.
—¿Y usted qué hizo?
—Le ofrecí un té y le dije que ya lo sabía. Se quedó bastante desconcertado. Creo que esperaba una reacción más... dramática. Quizás que me desmayase o que lo acusase de herejía o que saliera corriendo a contárselo a los sacerdotes. En lugar de eso, le pregunté si quería azúcar.
Hombre, la idea de no ser quemada en la hoguera era bastante reconfortante.
Sofía imaginó la escena: Kaelen, con su cara de pocos amigos, confesando el secreto a Thurmond con esa mezcla de incomodidad y responsabilidad que parecía ser su estado natural y el anciano respondiendo con una taza de té y una pregunta sobre el azúcar. No pudo evitar reír.
—Debe de haberle sentado como un puñetazo en la entrepierna.
Se lo imaginaba.
—Oh, sí. Estuvo sin hablarme dos días enteros. Bueno, sin hablarme más de lo normal, que ya es decir. Pero luego volvió a preguntarme sobre usted. Sobre su mundo. Sobre si creía que era peligrosa.
—¿Y qué le dijo?
—Que era la cosa más interesante que había entrado en este castillo en sesenta años. Y que, si él tuviera dos dedos de frente, la mantendría cerca. Muy cerca.
Sofía enrojeció. Maldita piel blanca de Elara que no ocultaba nada. Podía sentir el calor subiéndole por las mejillas, por las orejas, por el cuello. Gato, desde el suelo, emitió un ronroneo que sonaba sospechosamente a risa.
—No creo que Kaelen quiera mantenerme cerca por... Por eso.
—¿Por qué cree que la mantiene, entonces?
—Porque arreglo el castillo. Porque soy útil. Porque soy una herramienta, como él mismo dijo. Y porque probablemente piensa que, si me pierdo una vez más, voy a caerme por un acantilado y entonces tendrá que buscar a otra arquitecta de otro mundo, y no creo que haya muchas.
Thurmond la miró por encima de sus gafas con esa expresión que Sofía empezaba a conocer bien: la de un hombre que sabe más de lo que dice y disfruta viendo a los demás retorcerse como gusanos en un anzuelo.