Lords de los cielos CAPÍTULO 5 La Noche de Bodas (que no es tal) #3
8%

CAPÍTULO 5 La Noche de Bodas (que no es tal) #3

La escalera de caracol estaba igual de oscura y húmeda que siempre. Cuando llegó a la sala circular, esperaba encontrar al gato, pero no había rastro de él. Solo el silencio y las puertas de las celdas, cerradas como tumbas.

Entró en la celda de los símbolos. La luz de su antorcha iluminó las paredes, los grabados, la figura de la mujer con los brazos extendidos.

Y entonces la piedra le habló.

No como a ella, no con palabras ni visiones. Fue más como una sensación, un escalofrío que le recorrió la espalda, un susurro en el borde de su conciencia.

*Fuego*, decía la piedra. *Fuego que quema. Fuego que destruye. Pero también fuego que forja. Fuego que limpia.*

Kaelen retrocedió, alejándose de la pared.

—¿Qué quieres? —preguntó en voz alta.

Silencio.

Pero entonces, desde la oscuridad de la escalera, llegó un maullido. El gato apareció en el umbral de la celda, con sus ojos amarillos brillando a la luz de la antorcha. Se sentó y lo miró.

El mismo gato que sabía que estaba durmiendo en los pies de Sofía.

—Tú sabes algo —dijo Kaelen—. Tú sabes quién es ella. Tú sabes por qué está aquí.

El gato parpadeó lentamente.

—Necesito respuestas. No puedo proteger este castillo si no entiendo lo que está pasando. No puedo protegerla a ella.

La palabra "proteger" le supo extraña en la boca. ¿Desde cuándo le importaba proteger a alguien que no fuera su gente, su castillo, su maldito honor?

Desde que ella había llegado, contestó una voz en su interior. Desde que lo había mirado sin miedo y le había dicho que no era una herramienta.

El gato se levantó, se acercó a él y se restregó contra sus piernas. Era un gesto extrañamente amistoso, completamente opuesto a la actitud de superioridad que había mostrado con Sofía. Como si el animal supiera que Kaelen necesitaba algo diferente.

Kaelen se agachó y, tras dudar un momento, acarició la cabeza del gato. El animal ronroneó, un sonido profundo y vibrante que parecía llenar la celda.

—No sé qué hacer —murmuró Kaelen—. No sé quién es. No sé qué significa todo esto. Solo sé que no quiero que le pase nada malo.

El gato levantó la cabeza y lo miró. Por un instante, Kaelen juraría que había visto algo parecido a la aprobación en sus ojos amarillos.

Luego el gato se separó de él, se dirigió a la pared de los símbolos y apoyó una pata en la figura de la mujer. La piedra brilló débilmente, solo un instante, pero suficiente para que Kaelen lo viera.

*La que viene de fuera.*

*La que despierta.*

*La que esperamos.*

—¿Ella es la que esperan? —preguntó Kaelen—. ¿Para qué?

El gato no respondió. Pero cuando Kaelen salió de la celda, lo siguió. Y cuando subió las escaleras, lo siguió. Y cuando llegó a la planta principal, lo siguió.

—¿Vas a acompañarme ahora?

El gato bostezó, mostrando los colmillos.

—Como quieras.

Caminaron juntos por los pasillos del castillo, el hombre y el gato, bajo la luz de la luna. Llegaron a la puerta de las habitaciones de Sofía y el gato se sentó, mirando la madera.

—¿Quieres entrar?

El gato no se movió.

Kaelen suspiró. Abrió la puerta con cuidado, apenas un resquicio, y el gato se coló dentro como una sombra. Desde el interior llegó un ronroneo satisfecho.

Kaelen sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero estaba ahí.

—Cuídala —susurró—. No sé por qué, pero cuídala.

Cerró la puerta y se alejó por el pasillo, hacia sus propias habitaciones. Por primera vez en muchas noches, sintió que podría dormir.

Cuando Sofía despertó a la mañana siguiente, el gato estaba en su pecho, mirándola con esa expresión de superioridad que ya empezaba a resultarle familiar.

—Otra vez tú —murmuró.

El gato ronroneó.

—¿Sabes qué? Me rindo. Eres mi gato ahora. Te llamaré... Bigotes. No, espera, Bigotes es un nombre ridículo para un bicho tan enorme. Te llamaré Sombra. O Tinieblas. O Azabache.

El gato parpadeó, claramente ofendido.

—¿No te gusta? Pues lo siento. Aquí mando yo. Te llamarás... Gato. A secas. Gato con mayúsculas.

El gato —Gato, a partir de ahora— cerró los ojos con un suspiro que parecía decir "los dioses me castigan con esta humana".

Lina entró con el desayuno y encontró a Sofía acariciando al animal.

—¿Todavía sigue aquí?

—Parece que se ha mudado. Gato, te presento a Lina. Lina, te presento a Gato. Haced las paces.

Lina rio.

—Es usted muy rara, señora.

Decidió tomárselo como un cumplido.

—Lo sé. Y en este mundo, eso es un problema. Pero mientras pueda arreglar castillos, supongo que me tolerarán.

Desayunó con más apetito que los días anteriores. El pan seguía siendo duro, el queso seguía siendo fuerte, la infusión seguía sabiendo a hierbas. Pero por primera vez desde que había llegado, Sofía sintió que aquello podría convertirse en algo parecido a una rutina.

Luego recordó los símbolos de las mazmorras, las palabras de Thurmond, la guerra que se avecinaba. Y la rutina se desvaneció.

—Vamos, Gato —dijo, levantándose—. Tenemos un castillo que salvar.

El gato saltó de la cama y la siguió hacia la puerta.

Lina los miró alejarse, negando con la cabeza.

—Este castillo se ha vuelto loco —murmuró—. Completamente loco.

Pero sonreía.