CAPÍTULO 5 La Noche de Bodas (que no es tal) #2
—Sí. Soy yo. Perdone la intromisión. Me he perdido.
El cocinero, porque aquel hombre solo podía ser el cocinero, parpadeó varias veces, como si su cerebro estuviera procesando la información a cámara lenta.
—¿Perdida, mi lady?
—Sí. Los pasillos de este castillo son un laberinto. ¿Podría indicarme cómo llegar a las habitaciones de la dama?
El cocinero asintió lentamente y señaló una puerta al fondo.
—Por ahí, mi lady. Sube las escaleras, gira a la derecha en el primer cruce, luego a la izquierda en el segundo, y luego... bueno, luego ya pregunta a alguien. Yo nunca he ido a esas habitaciones.
Genial, iban a tener que poner mapas con una marca de “usted está aquí” en cada pasillo.
—Gracias. Muchas gracias.
Sofía salió por la puerta indicada y siguió las instrucciones al pie de la letra. Subió escaleras, giró a la derecha, giró a la izquierda, y se encontró...
En el patio de armas.
—No jodas —murmuró.
El patio estaba desierto a aquellas horas, bañado por la luz de una luna casi llena que plateaba las piedras. En el centro, el agujero del pozo seguía abierto, rodeado de cuerdas y cubos que los obreros habían dejado al terminar la jornada.
Sofía se dejó caer en el brocal del pozo, lo que quedaba de él y se cubrió la cara con las manos.
—Esto es una pesadilla. Esto es una puta pesadilla y voy a despertar en mi cama de Malasaña con el móvil sonando y mi madre preguntándome qué quiero para comer el domingo.
No despertó.
—¿Señora?
Levantó la vista. Lina estaba frente a ella, con una vela en la mano y una expresión de preocupación en el rostro.
—¿Lina?
Nunca se había alegrado tanto de ver a alguien en toda su vida.
—La he estado buscando por todas partes, señora. La cena terminó hace más de una hora y no volvía a sus habitaciones. El señor Kaelen ha mandado a los hombres a buscarla por el castillo.
Oh dios, no. Esos soldados sabrían que era una estúpida que había rechazado la compañía de Kaelen para perderse entre aquellos muros. Solo podía huir o fingir tenerlo todo bajo control.
—Pues diles que vuelvan. Estoy aquí. Perdida en el patio de armas como una idiota.
La sinceridad a veces le resultaba pesada, pero no podía evitar ser terriblemente sincera.
Lina se acercó y le ofreció la mano.
—Vamos, señora. La llevo yo. Este castillo es un laberinto si no se conocen los pasillos de servicio.
Sofía aceptó la mano y se dejó guiar. Lina conocía el camino a la perfección: atravesaron una puerta que parecía un armario, subieron unas escaleras que nadie usaría para nada, cruzaron un pasadizo estrechísimo y de repente estaban en el corredor principal, frente a la puerta de sus habitaciones.
—¿Cómo...?
—Pasillos de servicio, señora. Los usan los sirvientes para moverse sin molestar a los nobles. Conozco todos.
—Eres un ángel, Lina. Un ángel enviado por los dioses para salvarme del ridículo.
Lina rio suavemente.
—No es para tanto, señora. Cualquiera se pierde aquí al principio.
—Llevo cuatro días aquí. Debería saber moverme ya.
—Lleva cuatro días inconsciente o trabajando, señora. No se preocupe.
Sofía entró en sus habitaciones y se dejó caer en la cama. El gato, que dormía a los pies, levantó la cabeza, la miró con desprecio y volvió a cerrar los ojos.
—Menuda ayuda —murmuró Sofía.
Lina la ayudó a desvestirse y a ponerse el camisón de lino. Cuando por fin se quedó sola, a oscuras, con el gato ronroneando a sus pies, Sofía se permitió un momento de debilidad.
Su madre. Su piso. Sus plantas. Su café por las mañanas. El ruido de la calle. Las llamadas de teléfono que siempre interrumpían en el peor momento. Todo eso había desaparecido.
Y estaba aquí, en un castillo de otro mundo, casada con un señor de la guerra que la miraba como si fuera un rompecabezas, descubriendo que podía hablar con las piedras y que había un gato mágico que aparecía y desaparecía a su antojo.
—En mi próxima vida, voy a pedir ser más sencilla —susurró—. Una planta. Una piedra. Algo que no tenga que pensar.
El gato ronroneó más fuerte, como si se riera de ella.
***
Segunda parte: Kaelen
Kaelen no podía dormir.
Llevaba horas dando vueltas en la cama, una costumbre que odiaba porque le recordaba a cuando era niño y tenía pesadillas con la muerte de su madre. Ahora las pesadillas eran diferentes: caras de enemigos muertos, batallas perdidas, el fuego descontrolado de su propia maldición devorándolo todo.
Pero esta noche la pesadilla tenía ojos color avellana y una sonrisa irónica.
Se levantó de un salto, frustrado. La luna entraba por la ventana de su habitación, bañando la estancia con una luz plateada que hacía que todo pareciera irreal.
Su habitación era espartana: una cama, un arcón con su ropa, una mesa con mapas, una estantería con libros de estrategia.
Nada personal. Nada que lo delatara como ser humano.
Porque Kaelen no estaba seguro de seguir siendo humano.
Se vistió con una túnica oscura y salió al pasillo. El castillo estaba en silencio, sumido en el sueño de sus habitantes. Los guardias conocían sus rondas nocturnas y no se sorprendían al verlo aparecer en las murallas o en el patio a horas intempestivas.
Pero esta noche no quería murallas. Esta noche quería... no sabía qué quería.
Sus pies lo llevaron, casi sin querer, hacia las habitaciones de ella.
Se detuvo ante la puerta, como había hecho la noche anterior. No se oía nada del otro lado. Ningún ruido. Ninguna respiración. Ningún murmullo de sueños.
Apoyó la mano en la madera, sintiendo la frialdad de la talla bajo sus dedos.
¿Qué hacía allí? ¿Qué esperaba encontrar?
No lo sabía. Solo sabía que, desde que ella había llegado, algo en su interior se había desplazado.
Como una piedra que llevaba años en equilibrio y de repente alguien la había movido un milímetro.
Era una sensación incómoda. No le gustaban los cambios. No le gustaba lo que no podía controlar.
Y ella era todo lo que no podía controlar.
—Mi lord.
La voz susurrante lo sobresaltó. Se volvió y vio a Lina, la doncella, que lo miraba con una mezcla de sorpresa y aprensión.
—Lina.
—¿Necesita algo, mi lord? ¿Quiere que despierte a la señora?
No, eso no. Demostraría que merodeaba como un fantasma por sus aposentos y eso le haría parecer… Ridículo.
—No. No la despiertes.
Dudó un momento. Lina seguía mirándolo, esperando.
—¿Ella...? ¿Está bien?
—Sí, mi lord. Descansa. Aunque... bueno, esta noche se perdió por el castillo. Tuve que ir a buscarla al patio de armas.
Levantó una ceja, divertido. La misma Sofía que le había asegurado que sabía el camino a sus aposentos.
Interesante.
—¿Se perdió?
—Sí, mi lord. El castillo es grande. Cuesta orientarse al principio.
Kaelen asintió lentamente. La imagen de ella perdida, vagando por los pasillos oscuros, le provocó algo que no supo identificar. ¿Preocupación? ¿Diversión? ¿Las dos cosas?
—Gracias, Lina. Buenas noches.
—Buenas noches, mi lord.
Lina desapareció por el pasillo, dejándolo solo ante la puerta. Kaelen dudó un momento más, luego se obligó a alejarse.
Necesitaba despejar la mente.
Bajó a las mazmorras.
No sabía por qué. Quizás porque era el lugar más alejado de ella, el único rincón del castillo donde no resonaban sus palabras ni su risa. O quizás porque necesitaba ver los símbolos otra vez, asegurarse de que eran reales, de que no los había imaginado.