CAPÍTULO 5 La Noche de Bodas (que no es tal)
Primera parte: Sofía
La cena fue un desastre culinario y social en partes iguales.
Sofía lo supo en cuanto cruzó las puertas del gran comedor, un espacio imponente de techos abovedados y paredes cubiertas de tapices descoloridos que representaban batallas cuyos nombres jamás recordaría.
Una mesa larguísima de roble macizo ocupaba el centro, capaz de sentar a cincuenta personas, aunque aquella noche solo había cuatro comensales: Kaelen en la cabecera, ella a su derecha, el maestro Thurmond en el lado opuesto y un puesto vacío que, según le susurró Lina antes de desaparecer, correspondía al segundo al mando, Dain, "que nunca cena en el gran comedor porque prefiere hacerlo con sus hombres".
"Qué casualidad", pensó Sofía. "Yo también preferiría cenar con sus hombres antes que con este muermo de ambiente."
Porque el ambiente era, efectivamente, de muermo. De muermo congelado. De muermo glacial con posibles corrientes de aire ártico.
Comprendió que Dain era el segundo al mando y Varn el capitán de la guardia nocturna.
La cena transcurría en un silencio tan denso que se oía el chasquido de las velas al consumirse.
Kaelen comía con una eficiencia militar que convertía cada bocado en una operación táctica: cuchillo, tenedor, masticar, tragar, repetir.
Thurmond, por su parte, parecía absorto en sus pensamientos, y de vez en cuando levantaba la vista para mirar a Sofía con una expresión que ella no lograba interpretar.
El único sonido era el roce de los cubiertos contra la loza y los ocasionales sorbidos del vino.
Sofía comenzó a preguntarse seriamente si en este mundo existía el concepto de "música ambiental" o, al menos, la posibilidad de arrastrar los pies para hacer algo de ruido blanco.
El plato que tenía delante era... bueno, digamos que interesante.
Un guiso de carne oscura en una salsa espesa que parecía haber sido diseñada para durar semanas en el estómago de un guerrero.
Había verduras, aunque resultaba imposible identificarlas debido al exceso de cocción y un pan moreno tan duro que Sofía sospechó que podría usarse como proyectil en caso de asedio.
—¿No tienes hambre? —preguntó Kaelen sin levantar la vista.
La voz del Lord la sacó de sus cavilaciones sobre el potencial balístico del pan.
—Sí, sí —mintió—. Es solo que... bueno, en mi tierra comemos más temprano. El cuerpo todavía está adaptado.
Mierda. Otra vez metiendo la pata con lo de "mi tierra". Tendría que aprender a controlar esa lengua suicida.
Pero Kaelen no reaccionó. Simplemente asintió y siguió comiendo como si nada.
Thurmond, en cambio, enarcó una ceja por encima de sus gafas. El anciano tenía una sonrisa que parecía decir "tranquila, yo guardo todos tus secretos, pero me entretiene verte retorcerte".
Menudo par.
—El guiso es de jabalí —dijo Thurmond, señalando el plato con su tenedor—. Cazado en el bosque del norte. La salsa lleva vino tinto de las cosechas del valle y especias que traen los mercaderes de más allá de las montañas. ¿En su tierra tienen jabalíes, lady Elara?
La pregunta era inocente, pero sus ojos brillaban con picardía. El muy cabrón estaba jugando con ella.
—Sí —respondió Sofía con cuidado—. Pero no suelo comerlos. Allí son... animales protegidos. O criados en granjas. Depende.
—Fascinante —murmuró Thurmond y volvió a su plato.
El silencio regresó, más denso si cabe. Sofía aprovechó para observar el comedor con más detalle, dejando que sus ojos de arquitecta hicieran el trabajo que su estómago se negaba a hacer con aquella comida.
El salón era impresionante desde el punto de vista constructivo.
Los arcos de la bóveda eran de medio punto, sostenidos por columnas adosadas a las paredes que distribuían el peso de manera impecable.
El arquitecto original sabía lo que hacía, eso era innegable.
Pero había detalles que delataban siglos de modificaciones: una ventana tapiada aquí, un arco cegado allá, cambios en la dirección de las vigas del techo.
La historia del castillo estaba escrita en sus piedras, igual que los símbolos de las mazmorras. Solo había que saber leerla.
—La chimenea es del siglo pasado —dijo de repente, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.
Kaelen levantó la vista.
—¿Qué?
Sofía señaló la enorme chimenea que ocupaba la pared norte, donde un fuego crepitaba luchando contra el frío de la noche.
—La chimenea. Es una reforma posterior. Originalmente, este salón se calentaba con braseros móviles. Alguien decidió construir una chimenea grande para dar más calidez, pero no tuvo en cuenta la ventilación. Por eso hay humedad en las esquinas. El tiro no tira bien.
Kaelen siguió su mirada hacia la chimenea, luego volvió a ella.
—¿Puedes arreglarlo?
Sofía parecía perdida en sus pensamientos.
—Probablemente. Habría que revisar el conducto de salida de humos, limpiarlo, quizás ensancharlo. Pero no es una prioridad. Primero las murallas, luego el pozo, luego las comodidades.
—Bien.
Y punto. Fin de la conversación.
Sofía suspiró internamente. Aquel hombre era un pozo de conversación. Un sumidero. Un agujero negro del que ni la luz escapaba.
—Señor Kaelen —intervino Thurmond, rompiendo el silencio—, mañana tendremos luna llena. Si la noche está despejada, ¿le gustaría observar las estrellas desde la torre? He recibido unos mapas astronómicos nuevos de la capital.
Kaelen dudó un momento.
—Tal vez.
—Lady Elara, ¿a usted le interesa la astronomía? —preguntó Thurmond con esa sonrisa que empezaba a resultarle familiar.
Astronomía… No era su fuerte, al menos conocer las constelaciones, pero resultaban bonitas mirarlas siempre que la contaminación lumínica de la ciudad lo permitiese.
—En mi tierra tenemos una frase —respondió Sofía—: "Mira menos las estrellas y más el suelo que pisas, no sea que te caigas en un pozo". Pero sí, me gusta mirar el cielo. En la ciudad no se ven tantas estrellas por la contaminación lumínica.
—¿Contaminación lumínica? —repitió Kaelen, frunciendo el ceño.
Sofía se maldijo internamente.
—Es... bueno, cuando hay muchas luces artificiales por la noche, las estrellas se ven menos. Como si las tapara un velo brillante.
Sofía se sentía cavando un foso más y más profundo y lo estaba haciendo ella sola con sus propias manos como si nada.
Fantástico.
—¿Luces artificiales?
—Farolas. Edificios iluminados. Carteles de neón. Ese tipo de cosas.
El silencio que siguió fue de una naturaleza diferente. Kaelen la miraba como si estuviera hablando en otro idioma, que técnicamente era el caso.
—Debe de ser un lugar muy extraño, su ciudad —dijo al fin.
Bueno, todos estaban escuchando y nadie se estaba sorprendiendo, lo que significaba que todos sospechaban que la Elara real había pasado a mejor vida y ella era lo que quedaba.
Bocazas y disfuncional.
—Lo es. A veces echo de menos el ruido. El tráfico, las sirenas, los vecinos discutiendo. Todo el mundo quejándose de todo. Aquí todo es tan... silencioso.
Y así lo era y más con estos hombres tan poco conversadores.
—El silencio es bueno —respondió Kaelen—. El silencio te permite oír al enemigo acercarse.
Práctico, por supuesto.
¿Gemiría en el sexo?
Se abofeteó mentalmente obligando a regresar a la conversación.
—El silencio me permite oír mis propios pensamientos —replicó Sofía—. Y créeme, no son buena compañía.
Por un instante, Kaelen sostuvo su mirada. Algo brilló en sus ojos grises, algo que podría haber sido comprensión o podría haber sido simple curiosidad. Luego bajó la vista y volvió a su comida.
—Termina de cenar —dijo—. Mañana será un día largo.
Sofía obedeció, aunque el guiso de jabalí no mejoró con las masticaciones adicionales. De postre sirvieron una especie de natillas especiadas que, para su sorpresa, estaban realmente buenas. Canela, pensó. O algo parecido. Y miel. Mucha miel.
Cuando por fin la cena terminó, Sofía se levantó con alivio. Kaelen hizo ademán de acompañarla, pero ella levantó una mano.
—Sé volver sola. No hace falta que me escoltes como si fuera una prisionera.
—No es una escolta. Es cortesía.
—Pues no hace falta. De verdad. Conozco el camino.
Kaelen dudó, pero asintió.
—Como quieras.
Sofía se despidió de Thurmond con una inclinación de cabeza y salió del comedor sintiendo que había esquivado una bala. El pasillo estaba oscuro, iluminado apenas por antorchas colocadas a intervalos regulares, pero ella conocía el camino de vuelta a sus habitaciones. O eso creía.
Veinte minutos después, estaba perdida.
Completamente, absolutamente, vergonzosamente perdida.
—Esto no es mi pasillo —murmuró, mirando a su alrededor—. Esto no es mi pasillo en absoluto.
El corredor en el que se encontraba era más estrecho que los demás, con el techo más bajo y las paredes de una piedra más oscura.
No había antorchas, solo la luz tenue de la que había cogido de un soporte antes de adentrarse en aquel laberinto.
El suelo estaba cubierto de una capa de polvo que sugería que nadie pasaba por allí desde hacía años.
—Genial. Voy a morir aquí, en un pasillo olvidado de un castillo de otro mundo, y mi madre nunca sabrá lo que me pasó. Pensará que estoy en coma en algún hospital.
Siguió avanzando, buscando una puerta, una escalera, cualquier cosa que le indicara dónde estaba.
Las paredes, al contacto con su mano libre, le susurraban historias de sirvientes que usaban aquel pasaje para ir a las cocinas sin ser vistos, de amores clandestinos en rincones oscuros, de un niño que se perdió aquí y lloró hasta que alguien lo encontró.
—Gracias, piedra, por los datos inútiles —susurró—. Pero lo que necesito es una puta salida.
Finalmente, después de lo que le parecieron horas, encontró una puerta. Empujó con cuidado, esperando lo peor, y se encontró...
En la cocina.
Una cocina enorme, con fogones de piedra, ollas de cobre colgando de las paredes y una larga mesa de madera en el centro. Y en esa mesa, un hombre con delantal de lino y cara de no haber dormido en una década la miraba con los ojos como platos.
—¿Lady Elara? —preguntó.
Sofía suspiró de alivio.