Lords de los cielos CAPÍTULO 4 La boda de piedra. #3
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CAPÍTULO 4 La boda de piedra. #3

Sofía lo vio cruzar el patio con su paso largo y silencioso, esquivando los montones de escombros con una elegancia que no pegaba nada con su tamaño. Los hombres se pusieron tensos al verlo, pero él ignoró sus saludos y se dirigió directamente hacia ella.

—Lady Elara.

—Señor Kaelen.

Se miraron. Sofía notó que él tenía ojeras, como si no hubiera dormido bien. También notó que la miraba de una manera diferente, más intensa, más... inquisitiva.

—¿Puedo hablar con usted a solas?

La pregunta era: ¿podía negarse?

—Claro.

Se levantó, limpiándose las manos en el delantal de cuero que Lina le había proporcionado, y lo siguió hasta un rincón apartado del patio, junto a la muralla. Desde allí se veía todo el trabajo en marcha, los hombres comiendo, los sacos de cal apilados, las grietas parcialmente selladas.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Bajé a las mazmorras esta mañana. Antes del alba.

Sofía sintió un escalofrío.

—¿Y?

—El gato estaba allí. Me llevó a la celda. Y vi algo que no había visto ayer.

Eso era curioso porque el gato había dormido con ella. ¿Dos gatos? ¿Multiplicación? ¿Locura? ¿Gases tóxicos de algún pantano que hacía de alucinógeno?

Todo era posible.

—¿Qué? —preguntó tratando de entender lo que le decía.

No podía pensar tan rápido porque eran demasiadas cosas al mismo tiempo.

—Una figura grabada en la piedra. Una mujer. Con los brazos extendidos. Y debajo, unas runas.

—¿Qué decían?

Kaelen dudó. Por primera vez desde que lo conocía, Sofía lo vio inseguro. No asustado, no preocupado, sino genuinamente inseguro, como si no supiera cómo procesar lo que había visto.

—*La que viene de fuera. La que despierta. La que esperamos.*

El viento sopló entre ellos, trayendo el olor salitre del mar. Sofía se quedó muy quieta, sintiendo el peso de aquellas palabras.

Mierda. Santa y terrible mierda.

—¿Crees que hablan de mí?

Sí. Claro que sí.

—No lo sé. Pero los símbolos tienen mil años. Mil años, Elara. Y tú apareciste hace una semana.

—Me llamo Sofía —corrigió, aunque fuese una estupidez.

La palabra se le escapó antes de poder pensarlo. Kaelen la miró fijamente.

—¿Qué?

—Sofía. Me llamo Sofía. No Elara. Elara era la otra, la que se cayó del caballo y se mató. Yo soy Sofía, una arquitecta de Madrid y no tengo ni puta idea de cómo he llegado aquí ni por qué.

El silencio se alargó. Kaelen no parecía sorprendido. Tampoco parecía enfadado. Solo la miraba, como si estuviera encajando piezas en un rompecabezas que llevaba tiempo armando.

—Gracias —dijo al fin.

—¿Por qué?

—Por decírmelo. Podrías haber seguido mintiendo. Sé que dijiste que te llamaste Sofía, pero faltaba el resto. La realidad de que Elara estaba muerta. Que no era algo pasajero.

Sofía tragó saliva.

Sí, esa pobre mujer había muerto después de casarse con alguien al que le tenía un terror atroz.

—Ya no tiene sentido. Sabes que no soy ella. Los símbolos lo confirman. El gato lo confirma. Mis propios sueños lo confirman.

Era pragmática.

Elara le daba lástima, la pobre podría haber tenido una buena vida y no ese final tan abrupto. No obstante, ahora debía pensar en ella misma y en todo lo que tenía que hacer.

—El gato —repitió Kaelen—. ¿Tú también crees que el gato es importante?

Sí.

—El gato es lo más raro de todo esto. Y mira que hay competencia. Esta mañana estaba conmigo y contigo a la vez.

La sorpresa viajó por los ojos de Kaelen, quien comprendió que ese animal podía duplicarse o había más de uno.

Kaelen asintió lentamente. Luego, para sorpresa de Sofía, esbozó una media sonrisa.

—Sofía —dijo, probando el nombre—. Suena a otro mundo.

Ella se encogió de hombros.

—Lo es.

—Bienvenida a este lugar, Sofía. Ya que estás aquí, supongo que tendremos que apañárnoslas.

No era el hombre más cálido del mundo, eso había que reconocerlo.

—¿No vas a matarme? ¿Encerrarme? ¿Acusarme de herejía?

—No. Vas a arreglarme el castillo. Luego ya veremos.

Su pragmatismo a veces rozaba la pesadez y a Sofía le pesaban las manos imaginándose a ella misma golpeándolo con un candelabro. Era macabro, sin embargo, la idea se le hacía maravillosa.

Sofía no pudo evitar una sonrisa. Era una sonrisa pequeña, cansada, pero auténtica.

—Trato hecho.

Regresaron al grupo de trabajadores. Los hombres los miraron con curiosidad, pero nadie dijo nada. Sofía volvió a sentarse en el círculo y retomó su pan como si nada hubiera pasado.

Pero algo había pasado. Algo importante.

Había dejado de ser Elara. Había vuelto a ser Sofía.

Y Kaelen, el Carnicero de las Montañas Negras, sabía su nombre.

Esa noche, cuando volvió a sus habitaciones, el gato la esperaba en la cama. Esta vez no se sentó sobre su pecho, sino a los pies, como un guardián silencioso.

—¿Tú sabes algo de todo esto? —le preguntó Sofía.

El gato parpadeó.

—Claro que lo sabes. Todos lo saben menos yo.

El gato empezó a ronronear. Era un sonido profundo, vibrante, que parecía llenar la habitación entera.

—Eres un maldito enigma con patas —murmuró Sofía, acariciándole la cabeza—. Pero al menos no juzgas.

El gato cerró los ojos, satisfecho.

Y en algún lugar, muy abajo, en las profundidades de las mazmorras, los símbolos de la pared brillaron débilmente un instante.

*La que viene de fuera.*

*La que despierta.*

*La que esperamos.*

La piedra seguía esperando.