Lords de los cielos CAPÍTULO 4 La boda de piedra. #2
6%

CAPÍTULO 4 La boda de piedra. #2

El gato no respondió. Se limitó a bajar una pata y presionar ligeramente su pecho, como diciendo *levántate, tengo hambre*.

—Las puertas se cierran en este castillo. Hay cerrojos. Hay soldados. ¿Cómo has entrado?

El gato bostezó, mostrando unos colmillos impresionantes.

—Esto no es normal. Tú no eres normal.

El gato se levantó, dio una vuelta sobre sí mismo y volvió a sentarse en el mismo sitio, como si su posición anterior no hubiera sido satisfactoria. Sofía sospechó que era su forma de decir *ya lo sé y qué*.

Un golpe en la puerta la salvó de seguir manteniendo una conversación unilateral con un felino.

—¿Señora? —era Lina—. ¿Se encuentra bien? La he oído hablar.

—Estoy... estoy bien. Hablaba con el gato.

Silencio al otro lado de la puerta.

—¿Con el gato, señora?

—Ya te lo explicaré. Pasa.

Lina entró con una bandeja de desayuno y se quedó petrificada al ver a la bestia negra instalada en el pecho de su señora.

En ese reino parecían tener un problema con los gatos, con lo maravillosos que eran.

—¿De dónde ha salido eso? —preguntó en un susurro.

La pobre parecía no querer mirar al gato por miedo a que ese animal le hiciese algo.

—De las mazmorras, según parece. Anoche no estaba, ¿verdad?

—No, señora. Yo misma cerré la puerta con llave. Y la ventana también. Las ventanas de las habitaciones de la dama están a veinte metros del suelo, no hay manera...

Sofía sonrió.

—Pues ya ves. Ha entrado.

El gato, satisfecho de haber sido el centro de atención durante suficiente tiempo, saltó de la cama con una agilidad imposible y se dirigió hacia la ventana. Se sentó en el alféizar y se quedó mirando el exterior, como si contemplara su reino.

—Es enorme —dijo Lina—. Parece un lince. O una pantera pequeña.

—Es un gato. Un gato con complejo de rey, pero un gato.

Sofía se incorporó y aceptó la bandeja. El desayuno consistía en pan moreno, un trozo de queso curado y una infusión de hierbas que olía a tomillo y a algo que no logró identificar.

En su vida anterior, desayunaba café con leche y una tostada con aguacate.

Ahora comía queso de cabra y bebía cosas que parecían sacadas de un herbolario.

La vida daba muchas vueltas. Algunas, literalmente.

—¿Qué tal durmió, señora? —preguntó Lina mientras recogía la ropa del día anterior.

La pregunta la hizo regresar de sus pensamientos.

—Regular. Tuve sueños raros.

Vio como Lina no parecía sorprendida, así que, supo que ella la había estado vigilando.

—¿Sobre un terremoto?

Sofía se atragantó con el pan.

—¿Cómo sabes eso?

Lina enrojeció.

—Es que... anoche hablaba dormida, señora. Yo vine a ver si necesitaba algo y la oí. Decía cosas de una piedra y de no ser ella. Lo siento, no quise fisgonear.

Sofía dejó el pan en la bandeja. Su apetito había desaparecido.

—¿Le has contado a alguien lo que oíste?

Supo que sí cuando vio la cara de culpabilidad de Lina.

—No, señora. Pero... bueno, esta mañana me crucé con el señor Kaelen y me preguntó por usted. Y yo, sin querer, se lo mencioné. Lo siento mucho, señora, no pensé que fuera un secreto...

Sofía suspiró. Claro que era un secreto. Era el puto secreto más secreto de su vida. Pero tampoco podía culpar a Lina, que no tenía ni idea de lo que estaba pasando realmente.

—Está bien, Lina. No te preocupes. ¿Qué dijo él?

—Nada, señora. Solo me pidió que no se lo contara a nadie más. Y se quedó un rato mirando su puerta.

Eso fue una sorpresa, ese hombre no reaccionaba a nada.

—¿Mi puerta?

—Sí, señora. Como si quisiera entrar, pero no se atreviera.

Sofía masticó esa información mientras mordisqueaba el queso. Kaelen, el Carnicero de las Montañas Negras, plantado ante su puerta como un adolescente indeciso. La imagen era tan absurda que casi le arrancó una sonrisa.

—Bueno —dijo—. Supongo que hoy tengo trabajo. Las obras del patio, los cimientos, el pozo. Habrá que empezar.

Salió de la cama esperando encontrar algo de ropa más cómoda esta vez y algo con lo que no pareciera un cupcake de fresa.

—¿Quiere que la ayude a vestir, señora?

No, no quería, pero ese era el trabajo de Lina.

—Sí, pero antes... Lina, ¿tú sabes algo de los símbolos que hay en las mazmorras? ¿Los de la celda con la puerta de hierro?

Lina palideció.

—¿Ha bajado ahí, señora?

Iba a tener que dejar de preguntar, cada vez que lo hacía, alguien se asustaba.

—Ayer. Con el señor Kaelen.

Lina se puso tan seria que le dio hasta miedo.

—No debería haberlo hecho, señora. Ese lugar... está maldito. Mi abuela contaba historias. Decía que ahí abajo encerraron a un hechicero, hace muchos años, y que antes de morir grabó algo en la pared. Algo que no debería haber grabado. Algo que espera.

El cerebro de Sofía recopió la información e hizo sonar las alarmas después por todo lo que le explicaba.

—¿Espera? ¿El qué?

—No lo sé, señora. Nadie lo sabe. Pero mi abuela decía que cuando alguien tocara esos símbolos, algo despertaría. Algo que llevaba siglos dormido.

Sofía recordó la sensación de la piedra gritando, el torrente de información, las palabras del hombre que había grabado aquellos símbolos. *La que viene de fuera reconocerá el camino*.

—Demasiado tarde —murmuró.

—¿Cómo dice, señora?

—Nada. Vísteme, Lina. Tenemos un castillo que reparar.

***

El patio de armas era un hervidero de actividad cuando Sofía llegó. Borin estaba ya allí, con un grupo de peones que descargaban sacos de cal de un carro. Al verla, el viejo cantero levantó una mano en lo que podría ser un saludo.

—¡Lady Elara! ¿Ha dormido bien?

Sofía sonrió.

—Como un lirón, Borin. ¿Qué tenemos?

El hombre señaló la cal con un orgullo que bien podría ser su hijo haciendo su primer dibujo en vez de un montón de tierra.

—La cal que pidió. Llegó esta mañana de las canteras del sur. Mejor calidad que la nuestra. Y he traído a dos aprendices que saben trabajar el mortero.

Sofía examinó los sacos, abriendo uno para comprobar el grano. La cal era efectivamente mejor, más fina, con menos impurezas. Aprobó con un movimiento de cabeza.

—Bien. Empezaremos por las grietas del suelo. Hay que limpiarlas bien, quitar todos los restos sueltos, y luego inyectar el mortero a presión. ¿Tenéis cánulas?

—¿Cánulas?

—Tubos. Para introducir el mortero en las grietas finas. Si no, se quedará en la superficie y no sellará bien.

Borin la miró con respeto renovado.

—Nunca había oído eso.

—Es un método de mi tierra. Funciona.

La sonrisa de Borin le dijo que tenía una idea para solucionar eso. Y así, sin más, el trabajo los envolvió como si nada.

Las siguientes horas fueron una mezcla de instrucciones, prueba y error, y momentos de comedia absoluta.

Los aprendices de Borin, dos muchachos de no más de dieciséis años, la miraban como si hablara en otro idioma —que, técnicamente, era cierto— pero seguían sus órdenes con una mezcla de obediencia y curiosidad.

El problema fue cuando llegó el momento de inyectar el mortero en la primera grieta.

—Más despacio —dijo Sofía—. Tienes que dejar que penetre, no embutirlo a la fuerza.

—¡Pero si no entra, lady Elara!

—Porque lo estás metiendo demasiado rápido. El aire no tiene tiempo de salir. Hazlo despacio, en movimientos circulares.

El chico la miró como si le hubiera pedido que bailara una jota. A su lado, el otro aprendiz soltó una risita que intentó disimular tosiendo.

—¿Te parece gracioso? —preguntó Sofía.

—No, lady Elara. Es que... bueno, lo de los movimientos circulares...

Sofía cayó en la cuenta. Miró al chico, que se estaba esforzando por no reír, y luego al otro, que había enrojecido hasta las orejas. Soltó un suspiro.

Hombres.

Fornidos y calientes hombres pensando en sexo. Malditos fueran todos.

—Esto es un trabajo serio. Las grietas de los cimientos no son una broma. Si no las sellamos bien, cuando llegue la guerra os lloverán piedras en la cabeza. ¿Os parece gracioso eso? —preguntó intentando no reírse.

Los chicos negaron con la cabeza, repentinamente serios.

—Pues entonces, concéntrate y haz lo que te digo. Despacio. En círculos. Y sin pensar en cochinadas.

Borin, que había observado la escena desde la distancia, se acercó con una sonrisa maliciosa.

—Tiene mano con los jóvenes, lady Elara.

—Tengo mano con los obreros. Da igual la edad. En mi tierra, los llamaba "cerebros de pollo" cuando se despistaban. Pero aquí no sé si la expresión funciona.

Borin parecía divertido con el término.

—Probablemente no —admitió Borin—. Los pollos son sagrados para la diosa de la fertilidad.

—Por supuesto que lo son.

A mediodía, cuando el sol alcanzaba su punto más alto, Sofía ordenó un alto para comer.

Los hombres se sentaron en círculo alrededor del pozo hundido, compartiendo pan, queso y unas tiras de carne seca que había que masticar con paciencia.

Sofía se unió a ellos, rechazando el gesto de Borin de ofrecerle un sitio aparte.

—Aquí se come con los hombres, Borin. En mi tierra, las arquitectas no tienen trono de comedor.

—Es un mundo extraño ese del que viene, lady Elara.

—Mucho.

Fue entonces cuando apareció Kaelen.