CAPÍTULO 4 La boda de piedra.
Primera parte: Kaelen
La fortaleza dormía.
Kaelen lo sabía porque llevaba horas despierto, recorriendo sus pasillos en silencio, como hacía cada noche desde que tenía memoria. Las piedras del castillo conocían el tacto de sus botas, el ritmo de su respiración, la sombra que se deslizaba por los corredores sin necesidad de antorcha.
Treinta y seis años llevaba en este mundo, y aún no había encontrado mejor compañía que la noche.
Subió a la muralla oeste, la que daba al acantilado. El mar golpeaba abajo con un rumor sordo y constante, como el latido de un corazón inmenso. El viento salitre le azotó la cara, y él cerró los ojos un momento, dejando que el frío le limpiara la mente.
No funcionó.
La imagen de ella seguía ahí, incrustada en su cerebro como una astilla.
No la Elara de Monteverde, la que había llegado a su castillo hecha un ovillo de nervios y lágrimas.
La otra. La que se había plantado ante él en la sala del trono y le había soltado aquello de *no soy una herramienta*.
La que había bajado a las mazmorras y encontrado un gato que no existía.
La que hablaba de cal y cimientos con la misma autoridad con que él hablaba de formaciones de batalla.
¿Quién era?
Se apoyó en el parapeto, mirando la línea oscura del horizonte donde el mar se fundía con el cielo. A sus espaldas, el castillo se recortaba contra las estrellas como una bestia agazapada. Su castillo. Su hogar. La única cosa en el mundo que le pertenecía de verdad.
Y ahora había una mujer durmiendo en sus habitaciones.
Bueno, no sus habitaciones. Las habitaciones de la dama, las que habían permanecido vacías desde que su madre murió, veinte años atrás.
Él dormía en la torre del homenaje, en la estancia que había sido de su padre, y antes de su abuelo, y antes de su bisabuelo.
Una línea ininterrumpida de señores de la guerra que habían muerto con la espada en la mano o con el nombre de un enemigo en los labios.
Ninguno había muerto en la cama, rodeado de hijos y nietos. Él probablemente tampoco.
Pero aquella mujer...
Apartó el pensamiento con un movimiento brusco de la cabeza. No podía permitirse distracciones. La guerra se avecinaba, podía olerla en el aire como los perros huelen la tormenta. Caspian no tardaría en mover ficha y cuando lo hiciera, Roca Negra sería el primer objetivo.
Necesitaba concentrarse en las defensas. En los suministros. En los hombres.
No en unos ojos color avellana que le miraban sin miedo.
—Mi lord.
La voz surgió de las sombras y Kaelen no se inmutó. Había sentido la presencia de Varn mucho antes de que hablara; el capitán de la guardia nocturna no era exactamente sigiloso.
—Varn.
—Todo tranquilo en las murallas, mi lord. Las patrullas han informado. Ningún movimiento en el valle.
Un segundo de silencio.
—Bien.
Varn dudó. Era un hombre joven, apenas veinticinco años, pero con la mirada cansada de quien ha visto demasiadas muertes demasiado pronto. Kaelen lo había ascendido por su fiabilidad, no por su edad.
—Mi lord... si me permite la pregunta...
—No —contestó tajantemente.
Pero Varn no sabía cuando callar.
—Es solo que los hombres están comentando lo de lady Elara. Y lo del pozo. Y lo de la torre.
Rumores, esas cosas horribles que podían alzarte o hundirte en la miseria. Ya se los imaginaba a todos los soldados cacareando sobre lady Elara y su nuevo y energizado carácter.
Kaelen se volvió lentamente. Su expresión, a la luz de las estrellas, debía de ser terrible, porque Varn palideció y dio un paso atrás.
—¿Qué están comentando exactamente?
El pobre chico tembló.
—Que... que es diferente, mi lord. Que la lady que llegó hace una semana no es la misma que anda por el castillo ahora. Que sabe cosas que no debería saber. Y que usted la mira de una manera...
Bueno, sus hombres parecían encantados con los chismes por lo que veía. Volvió a mirarlo con severidad y supo que el pobre Varn estaba a punto de orinarse encima si le seguía presionando.
—¿De qué manera?
Varn tragó saliva.
—Como si fuera interesante, mi lord. Y usted no encuentra interesante a nadie.
El silencio se alargó. El mar seguía golpeando abajo, incansable.
—Vete, Varn.
—Sí, mi lord.
El capitán desapareció en las sombras con una rapidez que contradecía su anterior falta de sigilo. Kaelen se quedó solo, apoyado en el parapeto, maldiciendo para sus adentros.
*¿Como si fuera interesante? *
Mierda.
Bajó de la muralla cuando el cielo empezaba a clarear por el este.
Las primeras luces del alba teñían el horizonte de un rosa pálido que pronto se convertiría en el gris habitual de aquella costa.
Kaelen atravesó el patio de armas, donde los soldados del turno de mañana empezaban a desperezarse, y se dirigió a la torre del homenaje.
Pero en lugar de subir a sus habitaciones, sus pies lo llevaron a otra parte.
La puerta de las mazmorras estaba entreabierta.
Kaelen frunció el ceño. Él mismo la había cerrado la víspera, después de bajar con ella a ver los símbolos. Recordaba haber oído el golpe del cerrojo, el chirrido metálico de los goznes. No era el tipo de cosas que olvidaba.
Empujó la puerta con cuidado. La escalera de caracol se abría ante él, oscura como la boca de una bestia.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó.
Silencio.
Bajó.
La escalera era estrecha, incómoda incluso para él, que conocía cada recoveco del castillo. Cuando llegó a la sala circular, se detuvo en seco.
El gato estaba allí.
Sentado en el centro exacto de la sala, con la cola enrollada alrededor de las patas y los ojos amarillos fijos en él. La misma bestia negra que ella había descrito. La misma que, según todos los informes, no existía en Roca Negra.
Kaelen y el gato se miraron.
—Tú no deberías estar aquí —dijo Kaelen.
El gato parpadeó lentamente. Luego, con una parsimonia insultante, se levantó y se dirigió hacia la celda de los símbolos. Se sentó delante de la puerta y volvió a mirarlo.
—¿Quieres que entre?
El gato no respondió, pero su expresión era inconfundible. La misma que había visto cientos de veces en los ojos de sus soldados cuando querían pedirle algo y no se atrevían. *Abre la puerta, jefe, que tengo algo que enseñarte. *
Kaelen empujó la puerta.
La celda estaba igual que la recordaba. El banco de piedra. El agujero en el suelo. Los símbolos en la pared. Pero había algo nuevo. Algo que él no había visto la víspera, cegado por la preocupación o por la presencia de ella.
En el centro de la espiral más grande, alguien había grabado una figura. Pequeña, casi imperceptible, pero inconfundible una vez que la mirada se posaba en ella.
Una mujer.
Una mujer con los brazos extendidos, como abrazando la montaña. Y bajo sus pies, runas que Kaelen no pudo leer pero cuyo significado intuía con una certeza que le heló la sangre.
*La que viene de fuera. *
*La que despierta. *
*La que esperamos. *
Kaelen retrocedió, alejándose de la pared. El gato seguía en la puerta, mirándolo con esos ojos amarillos que parecían saber más que cualquier ser vivo con derecho a saber.
—¿Qué es ella? —preguntó Kaelen en voz baja.
El gato, naturalmente, no respondió. Pero algo en su expresión cambió. Por un instante, Kaelen juraría que había visto... ¿compasión? ¿Advertencia? ¿Miedo?
Luego el gato se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad de la escalera, dejándolo solo con los símbolos y el eco de una pregunta sin respuesta.
Cuando salió de las mazmorras, el sol ya había coronado el horizonte. Los primeros rayos de luz bañaban el patio de armas, donde los soldados se preparaban para el relevo. Todo parecía normal. Cotidiano. Humano.
Pero Kaelen no podía quitarse de la cabeza la imagen de aquella mujer grabada en la piedra.
Subió a sus habitaciones con paso rápido, necesitaba pensar, necesitaba poner en orden lo que había visto. Pero en el camino se cruzó con Lina, que bajaba de las estancias de la dama con un cubo de agua sucia y una expresión de circunstancias.
—Mi lord —dijo, haciendo una reverencia.
—Lina. ¿Cómo está lady Elara?
La muchacha dudó. Otra vez esa duda que Kaelen empezaba a conocer bien.
—Bien, mi lord. Descansando. Aunque anoche... bueno, anoche tuvo sueños. Hablaba dormida. Cosas raras.
La pobre doncella parecía preocupada, aunque no tuvo claro si era por su reacción o porque pensaba que su señora estaba enfermando terriblemente.
—¿Qué cosas?
Dudó, la vio tambalearse sobre sus propios pies mirándolo con miedo.
—No lo entendí bien. Hablaba de un terremoto. Y de una piedra que le cayó en la cabeza. Y luego decía *no soy ella, no soy ella*, una y otra vez.
Kaelen asintió lentamente.
—No se lo menciones. A nadie.
Era una orden tajante, dura. Inquebrantable.
—¿Mi lord?
—Lo que has oído. No se lo digas a nadie. ¿Entendido?
Lina tragó saliva y asintió con energía.
—Entendido, mi lord.
Kaelen siguió camino hacia sus habitaciones, pero en lugar de entrar se detuvo ante la puerta de ella. La madera era maciza, como todas las puertas del castillo. Al otro lado, una mujer que no era quien decía ser dormía sueños poblados de terremotos y piedras.
Una mujer que había sido traída aquí por alguna razón.
Una mujer que, según unos símbolos de mil años de antigüedad, era *la que esperaban*.
¿Quién la esperaba? ¿Y para qué?
Kaelen apoyó la mano en la puerta un momento. Luego, sin hacer ruido, siguió camino hacia sus propias habitaciones. Necesitaba un baño. Necesitaba desayunar. Necesitaba pensar en la guerra, en Caspian, en las defensas.
Necesitaba no pensar en ella.
Fracasó en las tres cosas.
***
Segunda parte: Sofía
Cuando Sofía despertó, lo primero que sintió fue alivio.
Seguía en la misma cama. Seguía en el mismo castillo. Seguía en el mismo cuerpo que no era el suyo. Pero al menos no había vuelto a transmigrar durante la noche, ni se había despertado convertida en rana, ni nada por el estilo.
Lo segundo que sintió fue una presión en el pecho.
Miró hacia abajo.
El gato negro estaba sentado sobre su esternón, mirándola con sus ojos amarillos y una expresión que solo podía calificarse de exigente.
—¿Cómo has entrado aquí? —preguntó Sofía con voz ronca.