Lords de los cielos CAPÍTULO 3 La Grieta y el Gato #3
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CAPÍTULO 3 La Grieta y el Gato #3

Horas después, Sofía se secó el sudor de la frente.

Llevaba horas trabajando, tenía agujetas en sitios que no sabía que existían y empezaba a comprender por qué los arquitectos medievales se morían jóvenes.

Pero también, por primera vez desde que había llegado a aquel mundo, se sentía en su elemento.

Esto era lo suyo. Esto sabía hacer. Piedras, morteros, estructuras, cargas. Podía que no entendiera la magia, ni la política, ni a su marido asesino. Pero entendía de edificios.

Cuando cayó la noche, agotada pero satisfecha, volvió a sus habitaciones arrastrando los pies. Lina la esperaba con una cena fría y una expresión de curiosidad mal disimulada.

—¿Cómo ha ido el día, señora?

—Largo —respondió Sofía, dejándose caer en una silla—. Muy largo. Y tengo arena en sitios donde no sabía que podía entrar arena.

Lina rio.

—Los canteros siempre acaban llenos de polvo. Mi padre lo era.

—¿Tu padre era cantero?

—Sí, señora. Murió cuando yo era pequeña. Una piedra mal cortada le cayó encima.

Sofía se quedó helada.

—Lo siento mucho, Lina. No sabía...

—No se preocupe, señora. Fue hace mucho. Pero por eso sé que lo suyo no es fácil. Si necesita ayuda con algo de las obras, pregúnteme. Puede que sepa más de lo que parece.

Sofía la miró con nuevos ojos. La muchacha menuda y parlanchina que la había atendido desde el principio resultaba tener una historia y un conocimiento que podían serle útiles.

—Gracias, Lina. Lo tendré en cuenta.

Mientras cenaba, un potaje de lentejas con trozos de carne que no se atrevió a identificar, repasó mentalmente todo lo que había aprendido.

El estado del castillo era peor de lo que había imaginado.

Los cimientos de la torre eran deficientes, las murallas tenían grietas en varios puntos, el sistema de drenaje era inexistente, y el pozo recién hundido era solo la punta del iceberg.

Pero también había descubierto algo más. Algo que la inquietaba profundamente.

En varias de las piedras que había examinado, especialmente las más antiguas, había visto los mismos símbolos que en la celda de las mazmorras.

Pequeños, casi imperceptibles, grabados en sitios donde nadie miraría: la cara interior de un sillar, la base de una columna, el dintel de una puerta tapiada.

La piedra le había susurrado, al tocarlos. Y los susurros decían lo mismo una y otra vez.

*Esperamos. Esperamos. Esperamos. *

Un golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos.

—Adelante.

La puerta se abrió y Kaelen entró. Traía el pelo húmedo, como si acabara de lavarse, y vestía una túnica sencilla sin armadura. Sin las capas de cuero y metal, parecía más humano. Menos amenazador.

Todavía amenazador, eso sí, pero menos.

—¿Cómo van las obras? —preguntó.

—Pregúntame mañana. Hoy solo he hecho inventario.

Kaelen asintió y se quedó en la puerta, sin entrar del todo, como si dudara sobre si debía cruzar el umbral.

—Borin me ha dicho que sabes de lo que hablas.

Bueno, alguien empezaba a creer en ella.

—Borin es un buen cantero. Sabe más que yo de trabajar la piedra. Yo solo sé de estructuras.

—Eso es más que cualquier otro en este castillo.

Sofía esperó. Kaelen no se movía. La situación era incómoda: su marido en la puerta, ella sentada a la mesa, Lina en un rincón fingiendo que no existía.

—¿Necesitas algo? —preguntó al fin.

Kaelen dudó.

—Quería... asegurarme de que estás bien. Después de lo de las mazmorras. Y el pozo. Ha sido un día largo.

Sofía parpadeó, sorprendida. ¿Era eso... preocupación? ¿De Kaelen? ¿Del Carnicero de las Montañas Negras?

Sorprendente.

—Estoy bien —respondió—. Cansada, pero bien.

—Bien.

Silencio.

De ese incómodo como la mañana siguiente después de tener sexo con alguien. Una idea maravillosa al momento, pero que por la mañana os deja incómodos mirándoos sin saber cómo romper el hielo.

Ese tipo de silencio.

—Entonces... buenas noches —dijo Sofía.

—Buenas noches.

Kaelen se volvió para irse, pero se detuvo en el último momento.

—El gato —dijo sin mirarla—. ¿Estás segura de que era un gato?

¿Gato? ¿Qué sino?

—Era negro, peludo y me miró como si fuera una idiota. Sí, era un gato.

—Los gatos no viven en mazmorras.

—Pues este sí.

Kaelen asintió lentamente y salió, cerrando la puerta tras él.

Sofía y Lina se quedaron en silencio.

—¿El señor Kaelen —dijo Lina al cabo de un momento— acaba de venir a preguntar por usted?

Estaba tan perpleja como Sofía.

—Parece que sí.

—¿El señor Kaelen, que no habla con nadie, que no mira a nadie, que no se preocupa por nadie?

—El mismo.

Lina negó con la cabeza, incrédula.

—Señora, no sé qué le hizo ese golpe en la cabeza, pero le cambió a usted y le cambió a él. Y eso... eso es muy raro.

Sofía no pudo evitar una sonrisa cansada.

—Bienvenida a mi mundo, Lina. O al menos, al mundo en el que me he metido.

Esa noche, cuando por fin se tumbó en la cama, Sofía tardó en conciliar el sueño. Los ecos de la piedra resonaban en su cabeza, mezclados con la imagen de Kaelen en la puerta, con el recuerdo de los ojos amarillos del gato, con la sensación de que algo enorme estaba a punto de ocurrir.

En algún lugar del castillo, un gato negro maulló.

Y la piedra, en lo más profundo de sus cimientos, siguió esperando.