Lords de los cielos CAPÍTULO 3 La Grieta y el Gato #2
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CAPÍTULO 3 La Grieta y el Gato #2

—Voy a enviar un mensaje a la biblioteca de la capital —dijo cuando llegaron a la planta principal—. Puede que tengan registros de esto.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto, tú no vuelves a bajar ahí.

—¿Me lo prohíbes? —dijo ofendida.

Supo que Kaelen tenía razón, pero no dejaba de ser un fastidio no bajar a investigar.

—Te lo aconsejo. Como esposo. Como señor de esta fortaleza. Como alguien que no quiere verte poseída por espíritus antiguos.

Sofía abrió la boca para replicar, pero en ese momento un estruendo atronador sacudió el castillo.

Fue un sonido profundo, como un trueno bajo tierra, que hizo temblar las paredes y caer una lluvia fina de polvo del techo. Sofía se agarró al brazo de Kaelen instintivamente; él, en lugar de apartarla, la sujetó con firmeza mientras miraba a su alrededor con los ojos entrecerrados.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó ella.

—No lo sé. Pero vamos a averiguarlo.

Salieron de la torre al patio de armas. El espectáculo que encontraron era digno de una comedia de situación medieval.

En el centro del patio, donde antes había un pozo de piedra perfectamente funcional, ahora se abría un agujero circular de unos tres metros de diámetro.

Alrededor del agujero, media docena de soldados miraban boquiabiertos mientras un séptimo, el pobre desgraciado que debía estar sacando agua en ese momento, emergía del hueco cubierto de barro, agua y una expresión de incredulidad absoluta.

—¡Mi lord! —gritó al ver a Kaelen—. ¡El pozo! ¡Se ha hundido!

Kaelen se acercó al borde del agujero con paso firme.

Sofía lo siguió, asomándose con cautela.

El pozo, efectivamente, se había hundido.

La estructura de piedra que lo revestía había cedido, probablemente por la misma razón que la torre tenía grietas: cimientos deficientes, terreno inestable, años de abandono.

—¿Estás bien? —preguntó Kaelen al soldado embarrado.

—Sí, mi lord. El agua amortiguó la caída. Pero... el pozo, mi lord. Ya no hay pozo.

—Ya veo.

Kaelen se volvió hacia Sofía. Su expresión era difícil de leer, pero ella juraría que había un dejo de ironía en sus ojos.

—¿Alguna sugerencia, arquitecta?

Sofía miró el agujero, miró los cimientos expuestos, miró las grietas que serpenteaban por el suelo del patio. Su cerebro empezó a trabajar a toda máquina, evaluando opciones, calculando riesgos, diseñando soluciones.

—El problema no es el pozo —dijo al fin—. El problema es que todo el patio está construido sobre terreno inestable. Mira esas grietas. Se extienden desde aquí hasta la muralla. Si no hacemos algo, en el próximo temblor o en el próximo cañonazo, se os cae medio castillo encima.

Los soldados la miraban como si hablara en chino. Kaelen, en cambio, asintió lentamente.

—¿Y qué sugieres?

—Reforzar los cimientos. Inyectar mortero o lo que tengáis en las grietas.

Construir contrafuertes en los puntos débiles.

Y para el pozo... —se asomó al agujero, calculando profundidades—.

El agua sigue ahí abajo. Solo hay que reconstruir el brocal y revestir el hueco con piedra seca.

Una semana de trabajo, si tienes buenos albañiles.

Asomada vio la profundidad de aquel lugar, era mucha altura y tenían mérito sin todos los avances que había en su tiempo.

—¿Tú sabes hacer eso?

—Soy arquitecta, no albañil. Pero puedo dirigir. Si me pones a un par de obreros que sepan lo que hacen, en diez días tienes el pozo funcionando y el patio seguro.

Sonó confiada, demasiado confiada, solo esperó no meter la pata y acabar sin castillo.

Kaelen la miró un largo momento. Luego, para sorpresa de todos los presentes —incluida Sofía—, esbozó una sonrisa. Una sonrisa auténtica, esta vez, que le cambió por completo la expresión.

—Señores —dijo, dirigiéndose a los soldados—, les presento a lady Elara. Mi esposa. A partir de mañana, va a estar a cargo de las obras de refuerzo del castillo. Cooperarán con ella como cooperarían conmigo.

El silencio que siguió fue tan profundo que se oía el viento silbando entre las almenas.

El soldado embarrado fue el primero en reaccionar.

—¿Una mujer? ¿A cargo de las obras? ¿Mi lord, es una broma?

Esos hombres necesitaban aprender modales de una maldita vez. Así pues, respiró con calma mientras se pellizcaba el puente de la nariz buscando la poca cordura que le quedase disponible.

—¿Te parece que tengo aspecto de estar de broma? —preguntó Kaelen.

El soldado tragó saliva y negó con la cabeza.

—No, mi lord. Pero...

—No hay peros. Lady Elara tiene conocimientos que nosotros no tenemos. Los usaremos. Punto.

Los soldados intercambiaron miradas, pero nadie se atrevió a discutir. Kaelen se volvió hacia Sofía y bajó la voz.

—Espero que sepas lo que haces.

—Yo también lo espero —respondió ella con sinceridad.

***

El resto del día fue un caos organizativo.

Sofía, que en su vida anterior había coordinado equipos de obra de hasta treinta personas, se encontró de repente al mando de un grupo de soldados que la miraban con escepticismo, dos albañiles que hablaban un dialecto incomprensible y un viejo cantero llamado Borin que llevaba cuarenta años trabajando la piedra y que, al verla llegar, la examinó con la misma expresión que pondría un gato mirando a un ratón que presume de saber cazar.

—Así que usted es la nueva arquitecta —dijo Borin, con un tono que no ocultaba su opinión sobre el asunto.

—Así es —respondió Sofía, decidiendo que lo mejor era mostrarse segura, aunque por dentro estuviera cagada de miedo—. Y necesito que me enseñe las herramientas que tienen, los materiales disponibles y el estado de las reservas de cal y arena.

Borin enarcó una ceja.

—¿Sabe lo que es la cal?

Ese hombre estaba jugando con ella.

—Cal aérea, cal hidráulica, mortero de cal y arena, proporciones, tiempos de secado. ¿Quiere que siga?

El viejo cantero la miró fijamente. Luego, para sorpresa de Sofía, soltó una carcajada.

—¡Por los dioses! Una mujer que sabe de cal. No pensé que viviría para verlo.

—Pues viva, que esto solo acaba de empezar. Enséñeme las herramientas.

Las siguientes horas fueron un torbellino de aprendizaje práctico.

Sofía descubrió que las herramientas de cantería de este mundo eran sorprendentemente similares a las del Medievo terrestre: martillos, cinceles, niveles de plomada, escuadras de madera.

Los materiales también: piedra granítica de las canteras cercanas, cal extraída de los hornos del valle, arena del río.

Lo que no había era cemento Portland, ni hormigón armado, ni ninguno de los avances modernos a los que ella estaba acostumbrada. Habría que trabajar con lo que había. Y lo que había, visto lo visto, no era mucho.

—La cal es de mala calidad —observó, examinando un saco—. Tiene demasiadas impurezas. El mortero no agarrará bien.

Borin asintió, sorprendido.

—Eso mismo llevo diciendo yo veinte años. Pero nadie me hace caso. El señor Kaelen gasta el dinero en espadas, no en cal.

Sofía sonrió.

—Pues vamos a tener que hablar con el señor Kaelen. Porque con esta cal, las reparaciones no durarán ni un invierno.

No tardó en encontrarlo, la miró como si fuera un rompecabezas para armar y del que alguien se había llevado las piezas restantes.

—Cal, necesitamos cal —declaró son soltura y levantó una mano cuando vio que Kaelen iba a contestar—, no, eso que hay aquí no es cal. Tiene tantas impurezas que es un milagro que este lugar se tenga en pie. Tienes que buscar cal, buena cal.

Y así, toda la discusión se acabó. Bueno, más bien fue cobarde y no quiso enfrentarlo, porque giró y se fue corriendo a su puesto de trabajo.

Así no podía negarse.