CAPÍTULO 3 La Grieta y el Gato
La torre del homenaje era una estructura imponente de veinte metros de altura, construida con sillares de granito gris que el tiempo y el viento salitroso habían erosionado en texturas caprichosas.
Desde fuera, parecía sólida como una montaña.
Desde dentro, según Sofía descubrió en cuanto puso un pie en su base, era un prodigio de mala planificación arquitectónica.
—Esto es una locura —murmuró, pasando la mano por la pared—. ¿Quién construyó esto?
Kaelen, que la seguía a unos pasos con los brazos cruzados, enarcó una ceja.
—Mi abuelo. ¿Por qué?
—¿Tu abuelo era arquitecto?
—Era señor de la guerra. Como yo.
—Pues se nota.
Sí, la delicadeza había pasado a segundo plano, que la denunciase si quería. Bueno, mejor no, no quería ser condenada por bruja y quemada en la hoguera.
Sofía señaló la base del muro, donde una grieta fina como un cabello serpenteaba desde el suelo hasta la altura de su rodilla. Luego señaló el techo, donde una viga maestra se unía a la pared en un ángulo que hacía llorar a cualquier manual de estructuras.
—Mira esto. El peso de la torre se distribuye de manera desigual porque los cimientos no están nivelados. Eso provoca tensiones en los puntos débiles. Esta grieta es la consecuencia. Si no se refuerza, en dos o tres inviernos tendrás la torre del homenaje convertida en torre de escombros.
Kaelen se acercó a la grieta y la examinó con el ceño fruncido.
—Mi abuelo construyó esta torre hace cuarenta años. Ha sobrevivido a dos asedios y tres temporales.
La incredulidad en Kaelen fue casi ofensiva.
—También el Titanic sobrevivió a su viaje inaugural hasta que encontró un iceberg. Las cosas no se caen cuando las construyes mal, se caen cuando las empujan. Y según tengo entendido, viene un empujón en forma de guerra.
El silencio de Kaelen fue elocuente. Sofía aprovechó para seguir explorando, palpando las paredes, escuchando los ecos que le susurraban historias de piedra. En la base de la torre, junto a una puerta que parecía llevar a un sótano, se detuvo en seco.
—¿Qué hay ahí abajo?
—Las mazmorras. Antiguas. Ya no se usan.
—¿Puedo bajar?
—No.
—¿Por qué?
—Porque apestan, están oscuras y no hay nada que ver.
—Tu abuelo construyó esto. Seguro que hay algo que ver.
Kaelen suspiró. Fue un suspiro profundo, cansado, como de hombre que lleva cinco minutos discutiendo con una mujer testaruda y sabe que va a perder.
—Baja si quieres. Pero no me pidas que te acompañe. Ya estuve ahí una vez y fue suficiente.
Sofía no necesitó más. Empujó la puerta, de madera maciza, con herrajes oxidados que chirriaron como almas en pena y comenzó a descender por una escalera de caracol tan estrecha que sus hombros rozaban las paredes a ambos lados.
La piedra, aquí abajo, era diferente. Más antigua. Más profunda. Y hablaba más alto.
*Hambre. Frío. Desesperación. Un hombre encadenado que cantaba canciones de su tierra hasta que se quedó sin voz. Otro que rogaba. Otro que maldecía. Y luego, silencio. Mucho silencio. *
Sofía apartó la mano de la pared como si hubiera tocado una brasa.
—Joder —susurró.
Siguió bajando.
La escalera terminaba en una sala circular, con varias puertas de hierro que daban a celdas individuales. El suelo era de tierra pisada, el techo tan bajo que Sofía, que no era especialmente alta, podía tocarlo con la mano extendida. Olía a humedad, a moho, a siglos de encierro.
Pero no era eso lo que le había helado la sangre.
Era el gato.
Un gato enorme, negro como el carbón, sentado en el centro de la sala con la dignidad de un faraón egipcio.
Tenía los ojos amarillos y una expresión de absoluto desprecio, esa mirada que solo los gatos saben poner y que dice *tú no eres digna de lamerme las patas, pero como no tengo nada mejor que hacer, te soporto*.
Sofía y el gato se miraron.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó ella.
El gato parpadeó lentamente. Luego, sin prisa alguna, se levantó, se estiró con una elegancia insultante y se acercó a Sofía.
No para restregarse contra sus piernas, como haría un gato normal, sino para sentarse exactamente sobre la punta de su zapato y volver a mirarla con esa expresión de superioridad.
—Quítate —dijo Sofía.
El gato no se quitó.
—Que te quites.
El gato comenzó a lamerse una pata.
Sofía suspiró. Llevaba cinco minutos en las mazmorras y ya había encontrado un enemigo más terco que Kaelen. Intentó mover el pie, pero el gato era sólido como un ladrillo. Pesaba, además, mucho más de lo que parecía.
—Esto no es normal —murmuró, mirando alrededor—. ¿De dónde has salido?
El gato, por supuesto, no respondió. Pero algo en sus ojos amarillos cambió. Por un instante, Sofía juraría que había visto... ¿inteligencia? ¿Conocimiento? ¿Un brillo que no era solo reflejo de la antorcha que había cogido de la pared?
Luego, el gato bostezó, mostrando unos colmillos impresionantes y se levantó de su zapato para dirigirse hacia una de las puertas de hierro. Se sentó delante de ella y volvió a mirar a Sofía.
—¿Quieres que entre ahí?
El gato no respondió, pero su expresión era inequívoca: *abre la puerta, idiota*.
Sofía dudó. Las voces de la piedra, aquí abajo, eran más fuertes. Y le decían que aquella celda en concreto era diferente. No había sufrimiento en sus ecos. No había desesperación. Había algo más. Algo que no lograba identificar.
Empujó la puerta.
El pestillo cedió con un gemido metálico, y la celda se abrió ante ella.
Era pequeña, circular, con un banco de piedra pegado a la pared y un agujero en el suelo que debía hacer las veces de letrina.
En la pared del fondo, alguien había grabado algo.
No runas, no letras de ningún alfabeto que Sofía conociera, sino símbolos.
Círculos concéntricos. Líneas que se cruzaban. Espirales.
Y en el centro de todo, la forma tosca de una montaña.
Sofía se acercó, fascinada. Cuando sus dedos tocaron los grabados, la piedra gritó.
No fue dolor. Fue conocimiento. Información pura que se vertió en su cerebro como agua en un vaso.
Vio a un hombre encorvado sobre la pared, arañando la roca con una uña hasta hacerse sangre.
Vio sus ojos, vacíos pero brillantes. Lo oyó murmurar palabras en una lengua que nunca había escuchado pero que, de algún modo, entendía.
*Tierra que recuerda. Tierra que espera. La que viene de fuera reconocerá el camino. *
Sofía retrocedió, tambaleándose. Estuvo a punto de caer al suelo mientras trataba de encontrar un maldito punto de apoyo. El gato, que había entrado tras ella, se sentó a sus pies cuando se estabilizó y la miró con una satisfacción que solo podía calificarse como diabólica.
—¿Sabías que esto estaba aquí? —preguntó Sofía, jadeando.
El gato lamió una pata.
—¿Sabes quién soy?
El gato se lamió la otra pata.
—¿Vas a responder alguna vez?
El gato se levantó, le dio la espalda con un desdén olímpico y salió de la celda tan campante.
Sofía se quedó sola, temblando, con los símbolos grabados en la memoria y la sensación de que acababa de meter el dedo en un enchufe cósmico.
—Necesito un café —dijo en voz alta—. Y una explicación. Y tal vez un exorcista.
Cuando subió de las mazmorras, Kaelen seguía en el mismo sitio, con los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre el aburrimiento y la impaciencia.
—¿Has encontrado algo interesante?
—Un gato.
—¿Un gato?
—Negro. Enorme. Con actitud de tirano.
Kaelen frunció el ceño.
—No hay gatos en Roca Negra. Los perros de caza los matarían.
—Pues hay uno. Y está en las mazmorras. Y me ha llevado a una celda con símbolos raros grabados en la pared.
La expresión de Kaelen cambió. De impaciente pasó a alerta en menos de un segundo.
—¿Qué clase de símbolos?
¿Ese hombre no se cansaba de hacer preguntas? Hubiera sido más fácil que la hubiera acompañado en vez de acribillarla a preguntas incómodas.
—Círculos. Espirales. Una montaña. No sé, no soy epigrafista. Pero la piedra... la piedra me habló. Más fuerte que nunca.
Porque sí, callarse no era una opción y acababa de explicarle de que la piedra le hablaba. Ese hombre iba a tener un aneurisma ya pronto o iba a usar el antiguo arte de la decapitación con ella.
Kaelen la miró fijamente. Durante un largo momento, Sofía temió que fuera a acusarla de locura o de herejía. En lugar de eso, dijo:
—Enséñamelo.
Por supuesto, pragmático y como si decir que hablar con la piedra era normal.
Bajaron juntos.
Esta vez Kaelen llevaba una antorcha, y su presencia hacía que las sombras bailaran de manera diferente en las paredes. El gato había desaparecido, pero Sofía notó su ausencia como una presencia en sí misma, como si el animal estuviera observándolos desde algún rincón invisible.
Cuando llegaron a la celda, Kaelen examinó los grabados en silencio. Su rostro, ya de por sí severo, se fue ensombreciendo por momentos.
—Esto es magia antigua —dijo al fin—. De antes de los cinco órdenes. De cuando la tierra hablaba directamente a los hombres.
A Sofía cada vez le gustaba menos ese mundo y esos cuentos y leyendas. Solo deseó regresar a casa y aprender a regar las plantas de su madre. Eso y comer los domingos allí sin falta.
—¿Sabes lo que significa? —preguntó Sofía.
—Sé lo suficiente para saber que no debería estar aquí. Mi abuelo construyó esta torre sobre algo. Sobre alguien. Estas marcas son... sellos. Protecciones. O advertencias.
Genial. Se sintió como Frodo yendo a tirar el anillo a Mordor.
—¿Advertencias de qué?
Kaelen se volvió hacia ella. Sus ojos grises, a la luz vacilante de la antorcha, parecían casi plateados.
—De que hay cosas que es mejor no despertar.
Una buena frase para una película de miedo y funcionaba porque ella estaba muerta de miedo.
Sofía tragó saliva. Recordó la sensación de la piedra gritando, el torrente de información, las palabras del hombre que había grabado aquellos símbolos.
*La que viene de fuera reconocerá el camino. *
—Creo que es demasiado tarde para eso —murmuró.
Salieron de las mazmorras en silencio. Kaelen parecía preocupado, algo que Sofía no había visto antes en él y que la inquietó más que cualquier amenaza explícita.