Lords de los cielos CAPÍTULO 2 El Lord de las Cenizas #3
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CAPÍTULO 2 El Lord de las Cenizas #3

—Bueno —dijo, mirando a Sofía como si acabara de hacer un truco de magia—. La torre tiene una grieta. Pequeña, pero está ahí. Y los goznes... los goznes están prácticamente sueltos. Con dos buenos golpes de ariete, la puerta cae.

*Gracias, piedra, por enseñarme tanto*, pensó.

El silencio que siguió fue de una naturaleza completamente diferente al anterior.

—¿Cómo? —preguntó el gigante calvo, volviéndose hacia Sofía—. ¿Cómo ha podido ver eso en un simple paseo?

Sofía se encogió de hombros, tratando de parecer más tranquila de lo que estaba.

—Cuando llevas quince años mirando edificios, aprendes a ver las cosas que otros no ven. Es mi trabaj… digo, era mi hobby.

Si no aprendía a mentir iban a atraparla muy pronto.

—Tu trabajo —repitió Kaelen. Ya no sonreía, pero sus ojos grises la escrutaban con una intensidad nueva—. En Monteverde, las mujeres de la nobleza no trabajan. Tejen. Cantan. Aprenden a sonreír en las cenas.

Sí, Sofía se sentía sobre tierras movedizas y se estaba hundiendo demasiado rápido.

—Pues yo debo ser una pésima noble —respondió Sofía—. Canto fatal, tejer me da urticaria y mis sonrisas dejan bastante que desear.

El joven nervioso soltó otra risa ahogada y esta vez se le unió el gigante calvo. Hasta Dain, a regañadientes, torció los labios en algo que podría haber sido una sonrisa.

Kaelen la miró un largo momento. Luego, sin previo aviso, se dirigió a los capitanes.

—La reunión ha terminado. Dain, quiero un informe detallado de los daños en las murallas antes del anochecer. Jorund, revisa los suministros de la armería. Varn, coordina las patrullas nocturnas. Todos fuera.

Los capitanes obedecieron sin rechistar. Cuando la puerta se cerró tras el último de ellos, Kaelen y Sofía se quedaron solos en la gran sala vacía.

—Siéntate —dijo él, señalando una silla.

Sofía obedeció. Sus piernas, de repente, habían decidido que sostenerla era demasiado esfuerzo.

Kaelen no se sentó. Se apoyó en el borde de la mesa, cruzó los brazos y la miró desde arriba. Desde esa posición, parecía todavía más imponente.

—La Elara que conocí hace una semana —dijo lentamente— no sabía nada de edificios. No sabía nada de defensas. No sabía nada de nada. Se pasaba el día en sus habitaciones, llorando.

*Señor, ayúdame, va a matarme*, suplicó Sofía mentalmente.

Iba a descubrirla, la leía como un maldito libro abierto.

—El golpe...

—Basta.

La palabra cortó el aire como un latigazo. Sofía calló.

Tembló ligeramente.

—No sé quién eres —continuó Kaelen, bajando la voz—. No sé de dónde has salido. Pero sé que no eres ella.

El corazón de Sofía dio un vuelco. Lo sabía. Lo sabía y ahora iba a matarla o a encerrarla o a hacerle algo peor. En las novelas que había leído, los señores feudales no solían ser comprensivos con las suplantaciones de identidad.

—Sin embargo —prosiguió Kaelen, y su tono cambió ligeramente, volviéndose casi reflexivo—, tampoco me importa.

Sofía parpadeó.

—¿Cómo?

Su mente acababa de detenerse en seco.

Este hombre acababa de decir que le daba igual que ella no fuera la esposa que conocía.

—La Elara que me envió el conde de Monteverde era inútil. Una carga. Alguien a quien proteger, alimentar y soportar en las cenas. Tú, en cambio, acabas de demostrar más utilidad en diez minutos que ella en una semana.

Sofía empezó a sentir que le latía un ojo peligrosamente. Iba a golpearlo con un candelabro, el más grande que viera.

—¿Utilidad? —Sofía no pudo evitar que su voz sonara ofendida—. ¿Eso soy para ti? ¿Una herramienta útil?

Kaelen inclinó la cabeza, estudiándola.

—En tiempos de guerra, todos somos herramientas. Unos sirven para blandir espadas. Otros para curar heridas. Otros para... ver grietas en torres. Tú has resultado ser una herramienta inesperadamente valiosa.

—Qué romántico —resopló.

—El romance es para los trovadores y los tontos. Yo soy un señor de la guerra.

Sofía se levantó. No sabía muy bien de dónde sacaba el valor, pero sus piernas la obedecieron y sus pulmones se llenaron de aire.

—Pues escúchame, señor de la guerra —dijo, mirándolo a los ojos—.

No soy una herramienta. No soy un mueble.

No soy la esposa sumisa que esperabas. Me llamo Sofía...

Elara y tengo una puta carrera y una puta vida que alguien me ha arrancado para traerme a este puto mundo de mierda.

Así que, si quieres que te ayude, vas a tener que tratarme como a una persona, no como a un accesorio.

El silencio que siguió fue eterno.

Kaelen no se movió. Su expresión no cambió. Pero sus ojos... sus ojos grises se oscurecieron, y durante un instante, Sofía vio algo en ellos que no supo identificar. ¿Sorpresa? ¿Respeto? ¿Ira?

Finalmente, habló.

—Eres la primera persona que me habla así en diez años.

—Alguien tenía que hacerlo.

Otra pausa. Larga, tensa y cargada de electricidad.

—Está bien —dijo Kaelen al fin—. No eres una herramienta.

Eres mi esposa. Y como mi esposa, te quedas en esta fortaleza y haces lo que yo digo.

Pero... —levantó una mano cuando ella abrió la boca para protestar—, tendré en cuenta tus opiniones.

Sobre las defensas. Sobre el castillo. Sobre lo que sea que sepas hacer.

Bueno, algo era algo y sorprendentemente no le importaba que el cuerpo de su esposa estuviera poseído por el de otra mujer.

Ni siquiera preguntó de dónde venía o mil preguntas que hubiera hecho Sofía de ser al revés. Estaba claro que a ese hombre solo le importaba la guerra y el resto eran meros objetos que usar.

—¿Es una tregua?

—Es una tregua.

Sofía asintió lentamente.

—Entonces, ¿puedo ir a ver esa grieta de la torre? Porque si vamos a tener una guerra, prefiero no estar debajo cuando se caiga.

Ya había muerto una vez, no necesitaba una segunda.

Esta vez, la sonrisa de Kaelen fue más evidente. Todavía pequeña, todavía controlada, pero inconfundible.

—Puedes. Pero te acompaño. Si vas a inspeccionar mi fortaleza, quiero oír todo lo que ves.

Sofía asintió y se encaminó hacia la puerta. Cuando su mano tocó el picaporte, de hierro forjado, frío, susurrándole historias de herreros muertos hacía siglos, se detuvo.

—Una última cosa.

—¿Qué?

—¿De verdad mataste a veinte hombres tú solo en la batalla de Valle Frío?

Sí, su mente seguía atascada en esa información efímera y poco productiva…

Kaelen la miró desde la mesa. Su expresión era ilegible de nuevo.

—Eran veintitrés.

Sofía tragó saliva y abrió la puerta.

—Genial. Solo quería saberlo.

Mientras bajaban las escaleras hacia la torre, ella no pudo evitar preguntarse en qué se había metido exactamente.

Un matrimonio forzado con un señor de la guerra que mataba veintitrés hombres en una batalla.

Una guerra civil a punto de estallar. Un poder de piedra que no entendía.

Y un castillo lleno de grietas que ella, arquitecta de Madrid, tenía que reparar.

En su vida anterior, lo más peligroso que había enfrentado era un cliente que quería poner suelo de mármol en una terraza sin aislamiento térmico.

*Ay, madre*, pensó. *Si me vieras ahora. *

Pero su madre no podía verla. Su madre estaba en otro mundo, probablemente preocupada porque no contestaba al teléfono.

Sofía respiró hondo y siguió a Kaelen escaleras abajo. No había tiempo para llorar lo perdido. Había un castillo que revisar, una guerra que evitar, y un marido carnicero al que convertir en algo parecido a un aliado.

Tampoco es que tuviera otra opción.