CAPÍTULO 2 El Lord de las Cenizas #2
—No se preocupe —dijo Thurmond, volviendo a su mesa y empezando a revolver entre sus frascos—. Su secreto está a salvo conmigo. Llevo sesenta años en este castillo y he visto cosas mucho más extrañas que una transmigrante con poderes de tierra. Lo que me preocupa es otra cosa.
Fantástico. Ese hombre lo había visto todo.
—¿El qué? —preguntó torpemente.
Estaba claro que su mente seguía aturdida.
—El hecho de que haya desarrollado esos poderes justo ahora, justo aquí. La magia no funciona así. O se nace con ella o no se tiene. Usted no nació con ella. Usted vino de otro mundo y, sin embargo, puede sentir la piedra. Eso significa que alguien o algo la trajo aquí por una razón.
La palabra resonó en la mente de Sofía con ecos siniestros.
—¿Una razón?
—Los dioses —Thurmond se encogió de hombros—. El destino. Una profecía. Quién sabe. Pero en mi experiencia, las cosas no pasan porque sí. Y menos en los tiempos que corren.
Wow, wow, wow, wow, espera, ahora los dioses también estaban incluidos…
Seguro que estaba alucinando, eso no podía ser real.
—¿Qué tiempos? —preguntó sin darse cuenta, solo necesitaba saber más y más.
El anciano la miró por encima de sus gafas.
—El rey ha muerto. El hermano del rey, Lord Caspian, lleva años codiciando el trono. Y Kaelen, su marido, es el único que puede oponérsele militarmente. Si Caspian declara la guerra —y lo hará—, Roca Negra será el primer objetivo. Y usted, como esposa del Lord, será una pieza clave en ese tablero.
Sofía recordó las palabras de Kaelen. *Esto es una guerra. Y en la guerra, hasta las piezas más pequeñas tienen un lugar en el tablero. *
—¿Qué clase de pieza? —preguntó.
—No lo sé. Pero le aconsejo que aprenda a controlar ese don cuanto antes. En una guerra, todo puede ser un arma. Incluso una arquitecta de otro mundo con poderes de piedra.
Sus palabras la helaron al instante.
—¿Cómo lo sabe? Lo de arquitecta —preguntó en shock.
El hombre se limitó a sonreír.
—Como le he dicho, lady Elara, aquí hay magia. Algunos tenemos trucos bajo la manga, pero no se preocupe, no se lo contaré a nadie.
Sofía no pudo hacer más que verlo levantarse y caminar tranquilamente hacia la puerta. Saliendo de la habitación como si no acabase de estallar una bomba mental en la cabeza de ella.
Este mundo estaba loco.
La reunión con los capitanes resultó ser exactamente tan incómoda como Sofía había imaginado.
El salón del trono —bueno, no exactamente un trono, sino una sala con una gran mesa de roble y un sillón de madera tallada en el centro— estaba lleno de hombres armados que la miraron entrar con expresiones que iban desde el escepticismo hasta la abierta hostilidad.
*Encantadores*, pensó.
Kaelen ocupaba el sillón principal.
Y sí, seguía siendo condenadamente guapo. De este atractivo que resultaba hasta ofensivo, nadie podía ser tan atractivo sin vender tu alma al demonio. Esa simetría facial, esos músculos, esos hombros… Y las manos…
Se obligó a volver a la realidad.
A su alrededor, había media docena de capitanes con armaduras gastadas y caras curtidas por el viento del norte discutían a voces sobre algo que Sofía no logró captar al principio.
—...no podemos permitirnos una guerra en dos frentes —decía un hombre pelirrojo con una cicatriz que le partía la ceja—. Si Caspian ataca desde el sur y los bárbaros aprovechan para cruzar el paso del norte, estamos muertos.
—Los bárbaros no se moverán —respondió otro, más joven, con una energía nerviosa—. Llevan dos años tranquilos. El tratado de caza...
—El tratado de caza vale lo que vale el pergamino en el que está escrito —gruñó un tercero, un gigante calvo con una barba trenzada—. En cuanto huelan sangre, cruzarán.
—Silencio.
La voz de Kaelen no fue un grito. Fue un susurro grave que, sin embargo, atravesó el ruido como un cuchillo caliente a través de la mantequilla. Todos callaron al instante.
Él levantó la vista y la clavó en Sofía, que seguía en la entrada, sin saber muy bien si debía avanzar o salir huyendo.
—Acércate.
No era una invitación. Era una orden.
Una parte de Sofía se sintió tentada a desobedecer y lanzarle lo primero que tuviese a mano, pero por suerte, su lado más sensato, la obligó a seguirle el juego a ese hombre.
Así pues, obedeció, sintiendo las miradas de los capitanes sobre ella como insectos caminándole por la piel.
Llegó hasta la mesa y se detuvo, a unos pasos de Kaelen. Nadie le ofreció una silla. Nadie dijo nada.
—Esta es mi esposa —dijo Kaelen, sin mirar a los capitanes, sin apartar sus ojos grises de ella—. Lady Elara de Monteverde. A partir de ahora, asistirá a todas las reuniones del consejo. Tendrá voz y voto en las decisiones que afecten a la fortaleza.
*¿Voto ha dicho? ¿Este hombre fuma hierba o algo? *
El silencio que siguió fue tan denso que podrías haberlo cortado con una de las espadas que colgaban de las paredes. No los culpó, ella también lo estaba procesando.
El pelirrojo de la ceja partida fue el primero en reaccionar.
—¿Voto? ¿Una mujer? ¿En un consejo de guerra?
Y ahí estaba la reacción que Sofía esperaba.
—¿Tiene algún problema con mi mujer, capitán Dain?
La voz de Kaelen seguía siendo calmada, pero algo en ella hizo que el tal Dain palideciera ligeramente.
—No, mi lord. Ninguno. Solo me pregunto qué experiencia militar puede aportar alguien que hasta hace una semana se desmayaba al ver una espada.
Sofía sintió que todas las miradas se volvían hacia ella. El momento de la verdad. O se ganaba un respeto mínimo o pasaría el resto de su estancia en aquel castillo —que podía ser corta, si había guerra— siendo invisible.
Inspiró hondo. Luego, sin pensar demasiado, soltó lo primero que le vino a la cabeza.
—En mi mundo —dijo y se corrigió de inmediato—, en mi ciudad, quiero decir, estudiaba edificios como este. Como se construyen, como se defienden, como se caen.
Dain enarcó la ceja buena.
—¿Edificios? ¿Es albañil?
Ese hombre iba a masticar su puño tarde o temprano.
—Arquitecta. Es como un albañil, pero con estudios y mejor sueldo.
Alguien soltó una risa ahogada. El joven nervioso, para ser exactos. Kaelen no se movió, pero Sofía juraría que sus ojos brillaron un instante con algo parecido al interés.
—¿Y qué puede enseñarnos un alba... una arquitecta sobre defensas? —preguntó el gigante calvo.
Sofía se volvió hacia la mesa, donde había un mapa rudimentario de la fortaleza y sus alrededores. Sin pedir permiso —las cosas se piden, pensó, pero en este mundo parece que no—, se acercó y señaló el dibujo.
—Este es el castillo, ¿no? Roca Negra. Aquí el acantilado, aquí el camino de acceso, aquí las murallas.
—Eso ya lo sabemos —gruñó Dain.
Sofía sentía unas ganas terribles de estrangular a ese hombre. Aunque era guapo, había que reconocerlo, pero no lo suficiente como para perdonar lo estúpido que era.
—¿Y saben también que la torre del homenaje está construida sobre un terreno inestable?
¿Y que el muro oeste, el que da al mar, tiene una grieta de dos dedos de ancho en la base que, si no se repara, hará que se derrumbe con el próximo temporal?
¿Y que la puerta principal, aunque parece robusta, tiene los goznes desgastados y cedería bajo diez impactos de ariete bien dirigidos?
Silencio.
Sofía se dio cuenta de que estaba temblando.
No de miedo, sino de la misma adrenalina que sentía cuando defendía un proyecto ante un cliente hostil.
Había soltado todo aquello sin pensar, basándose en las observaciones que había hecho durante el camino hasta las dependencias de Thurmond, en los ecos que las piedras le habían susurrado al pasar.
El gigante calvo la miraba con los ojos entrecerrados.
—¿Cómo sabe eso de la torre?
—Lo he visto —mintió descaradamente porque lo que le enseñaba la piedra no era ver precisamente—.
Cuando he venido hacia aquí. La grieta en la base es evidente si sabes dónde mirar.
Y lo de los goznes... bueno, chirrían como un condenado cada vez que alguien abre la puerta. No hace falta ser un genio.
Kaelen se levantó.
Fue un movimiento lento, pausado, pero todos los capitanes dieron un paso atrás instintivamente. El hombre medía más de metro noventa y cuando se ponía de pie, parecía ocupar la mitad de la sala.
Había una parte de Sofía que se derretía sin poderlo evitar cada vez que lo miraba.
—Dain —dijo—. Ve a comprobarlo.
—¿Mi lord?
—La torre. Los goznes. Ve a comprobarlo ahora.
Dain dudó un momento, luego asintió y salió de la sala con paso rápido. El resto de los capitanes intercambiaron miradas incómodas. No les culpó, estaba claro que las mujeres en ese lugar eran meros objetos decorativos.
Limpiar, cocinar, ser madre…
Kaelen se volvió hacia Sofía. Estaban lo bastante cerca como para que ella pudiera ver los detalles de su rostro que antes había pasado por alto: las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos, la forma en que la cicatriz se curvaba hacia la comisura de los labios, el vello incipiente de su mandíbula sin afeitar.
Era más sexy todavía de cerca.
—Si has mentido —amenazó en voz baja, solo para ella—, esto va a ser muy embarazoso.
—Si no he mentido —respondió ella, manteniéndole la mirada—, ¿vas a pedir disculpas?
Los labios de Kaelen se tensaron. Durante un instante, Sofía pensó que había ido demasiado lejos. Iba a quemarla en la hoguera o a tirarla por un acantilado, de eso estuvo segura.
Luego, para su absoluto asombro, él hizo algo que no esperaba.
Sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible, un mero gesto en las comisuras de los labios. Pero estaba ahí. El Carnicero de las Montañas Negras había sonreído.
—Eres peligrosa —murmuró.
—Soy una arquitecta con un golpe en la cabeza —corrigió ella—. Hay una diferencia.
La espera duró lo que tardó Dain en ir a la torre y volver. Diez minutos. Quince. El ambiente en la sala era tenso, nadie hablaba, nadie se movía. Sofía se mantenía junto a la mesa, sin atreverse a sentarse en una silla que nadie le había ofrecido, sintiendo el peso de las miradas.
Cuando Dain entró de nuevo, traía una expresión de incredulidad en el rostro.