CAPÍTULO 2 El Lord de las Cenizas
Las siguientes horas fueron un torbellino de información absurda y revelaciones inquietantes.
Mientras Lina la ayudaba a vestir —y Sofía descubría que ponerse un corpiño del siglo XIV sin la ayuda de YouTube era una experiencia cercana al castigo medieval—, la muchacha parloteaba sin cesar, soltando datos sobre la vida de lady Elara como quien suelta migas de pan en un bosque.
—...y el señor Kaelen conquistó esta fortaleza hace cinco años, después de la Rebelión del Norte. Dicen que mató él solo a veinte hombres en la batalla de Valle Frío, por eso le llaman el Carnicero de las Montañas Negras, aunque a él no le gusta que le llamen así, claro, y...
—Espera, espera —la interrumpió Sofía, levantando una mano—. ¿Carnicero?
Lina asintió con toda naturalidad, mientras ajustaba las lazadas del corpiño con una destreza que sugería años de práctica.
—Sí, señora. Pero no se preocupe, nunca le ha hecho daño a una mujer. Que se sepa, al menos. Aunque con esos ojos... usted ya los ha visto, ¿verdad? Parece que le estuvieran midiendo a uno para el ataúd.
Sofía recordó la mirada de Kaelen y no pudo evitar un escalofrío. Sí, aquellos ojos grises tenían algo de funerario.
—¿Y por qué se casó con él? Quiero decir, ¿por qué quise casarme con él?
Lina frunció el ceño. Parecía haber dado por hecho que lady Elara tenía lagunas mentales, aunque no sabía que más que lagunas era un océano.
—Usted no se casó con él porque quisiera, señora.
Fue su padre, el conde de Monteverde, quien concertó la alianza.
El señor Kaelen necesitaba un enlace con una casa del sur para asegurar el apoyo del rey y su padre necesitaba un guerrero que protegiera sus tierras de las incursiones del este. Cosas de nobles, vamos.
Por supuesto, vendida como una vaca.
—Ah. Un matrimonio de conveniencia. Claro. ¿Y cómo era la relación entre... entre nosotros antes del accidente?
Lina dudó. Fue una duda brevísima, pero Sofía, entrenada en detectar mentiras en las juntas de obra, la captó al vuelo.
—Buena, señora. Normal. Lo normal en estos casos.
En otras palabras: inexistente. Sofía supo que no estaba teniendo una gran relación con su recién descubierto esposo.
—Lina.
—¿Señora?
—Sabes que no me gusta que me llames así, pero llevas conmigo una semana. ¿Cómo era realmente la relación?
La muchacha suspiró y bajó la voz, como si temiera que las paredes tuvieran oídos. A Sofía no le habría extrañado, después de la experiencia con la piedra.
—Usted le tenía miedo, señora. Mucho miedo. Se escondía en sus habitaciones cuando él estaba en el castillo. Una vez le oí llorar después de cenar con él. Y él... bueno, él la miraba como si fuera un mueble. Un mueble que había que mantener, pero al que no había que dirigir la palabra.
Genial. La auténtica Elara era una esposa aterrorizada que lloraba después de cenar. Y ella acababa de soltarle a Kaelen un discurso digno de una feminista del siglo XXI.
Estaba siendo todo lo contraria a la Elara real.
—¿Y él? ¿Cómo se comportaba con ella? Quiero decir, ¿era cruel, me maltrataba? —preguntó recordando que debía hablar de Elara como si fuera ella misma.
Dio gracias al cielo de no llamarse Rigoberta o cosas así, Elara era un nombre bonito.
—¡Oh, no, señora! —Lina pareció horrorizada por la mera sugerencia—. El señor Kaelen no es cruel. Es... frío. Distante. Como una montaña. Las montañas no son crueles, solo están ahí, impasibles. Pero tampoco abrazan, ¿entiende?
Sofía entendía perfectamente.
Con corpiño finalmente ajustado —y después de que Sofía comprobara, aliviada, que podía respirar, aunque fuera de manera superficial—, Lina la llevó a ver al maestro Thurmond.
El camino hasta sus dependencias fue un laberinto de pasadizos de piedra, escaleras de caracol y estancias que Sofía registraba con ojo profesional. Los historiadores de su época matarían por estar allí y ella solo quería irse.
Miró una ventana y una pregunta le vino a la mente, ¿si se tiraba volvería a casa o moriría de verdad?
Decidió dejar esa investigación para más adelante y centrarse en el castillo.
El castillo era impresionante desde el punto de vista arquitectónico.
Construido en diferentes fases, como delataban los cambios en el aparejo de los muros y el estilo de los arcos, combinaba la funcionalidad militar con una cierta rudeza estética.
No había concesiones a la belleza: todo era ángulo, piedra y propósito defensivo.
Pero también había algo más. Algo que Sofía no podía explicar con su formación académica.
Cada vez que rozaba una pared con la mano, cada vez que sus pies descalzos —Lina le había puesto unas medias de lana y unos zapatos de cuero blando— pisaban un suelo de losas, sentía ecos.
Recuerdos que no eran suyos. Como si la piedra del castillo fuera una esponja que hubiera absorbido siglos de vida y ahora, al contacto con ella, los estuviera soltando.
Un niño llorando. El choque de espadas. Risas en una cocina. El gemido de un herido.
—¿Señora? ¿Se encuentra bien? —preguntó Lina, notando su expresión.
—Sí, sí —mintió Sofía, apartando la mano de la pared como si quemara—. Sigo un poco mareada, nada más.
El maestro Thurmond resultó ser un hombre anciano, con una barba blanca que le llegaba al pecho y unas gafas de metal apoyadas en la nariz que parecían más un adorno que una ayuda óptica.
Sus ojos, sin embargo, eran agudos, y cuando miró a Sofía, ella tuvo la incómoda sensación de que estaba viendo algo más que una paciente con un golpe en la cabeza.
—Siéntese, siéntese —dijo, señalando un taburete junto a una mesa llena de frascos de vidrio y hierbas secas—. Voy a examinar esas costuras de su sien.
Mientras Thurmond manipulaba su herida con manos sorprendentemente firmes para su edad, Sofía aprovechó para observar la habitación.
Libros. Muchos libros. Apilados en estantes que amenazaban con derrumbarse bajo su peso, amontonados en rincones, abiertos sobre la mesa.
En un mundo sin imprenta, pensó, aquellos tomos manuscritos valdrían una fortuna.
—El corte cicatriza bien —dictaminó Thurmond—. La inflamación ha bajado. Puede dar gracias a los dioses de que no hubiera infección. Con lo sucio que estaba ese acantilado...
—Gracias —dijo Sofía—. ¿Y el resto? La memoria, los mareos...
—Normales después de un golpe así. El cerebro es un órgano delicado. Necesita tiempo.
Sí y un esquema o resumen de la vida de Elara para dejar de seguir metiendo la pata de esa forma.
—¿Y las... visiones?
La palabra se le escapó antes de poder morderla. Thurmond enarcó una ceja, y sus ojos se volvieron todavía más agudos.
—¿Visiones?
*Me acabo de cubrir de gloria*, pensó.
Sofía dudó. Pero algo en la mirada del anciano le dijo que podía confiar en él. O tal vez era la desesperación de no tener a nadie más a quien contarle lo que le estaba pasando.
—Cuando toco la piedra —susurró—, siento cosas. Recuerdos. Como si el castillo me contara su historia.
Thurmond se quedó muy quieto. Durante un largo momento, Sofía temió haber metido la pata, haber confesado algo que la llevaría directamente a la hoguera.
—¿Cuánto tiempo lleva sintiendo eso? —preguntó al fin, con una voz extrañamente calmada.
*Mayday, mayday, retrocede*, pensó.
Trató de buscar una excusa, pero era lamentable mintiendo. De niña su madre siempre la pillaba por lo mismo. Así que, decidió ser sincera y que ese hombre la creyese o la tirase por la ventana llamándola bruja.
—Desde que desperté. Antes de que usted me viera. Toqué la ventana de mi habitación y... fue como si mil años de historia me atravesaran.
El anciano asintió lentamente. Luego, para sorpresa de Sofía, esbozó una sonrisa.
—Interesante. Muy interesante.
Sofía se sorprendió.
¿Interesante?
¿Y ya está? No sé, ella había esperado algo… una reacción y no un simpe “interesante”. Curiosamente se sintió escupida en la cara sin tener muy claro el motivo.
—¿Sabe lo que es la magia elemental, lady Elara?
Su voz la sacó de sus pensamientos.
—¿Magia? ¿Como en los cuentos?
—No como en los cuentos. Como en la realidad. En este mundo, la magia existe. Hay cinco órdenes: fuego, agua, aire, tierra y espíritu. Quienes nacen con el don pueden sentir su elemento, comunicarse con él, dominarlo.
Sofía parpadeó.
Claro que sí. Magia. Lo que le faltaba. No era buena ni en regar las pobres plantas de su madre cuando se iba de vacaciones… Añadir magia a sus torpes manos no iba a ser una grandísima herida.
—¿Y usted cree que yo...?
—Lo que usted describe —la interrumpió Thurmond—, sentir la memoria de la piedra, es un don extremadamente raro. La magia de tierra, en su manifestación más pura. Los últimos registros de alguien con esa habilidad datan de hace trescientos años.
—Pero yo no soy de este mundo —soltó Sofía, y se arrepintió al instante.
*¿Por qué? Maldita sea mi capacidad de mentir* lloró en su mente.
Pero, para su sorpresa, Thurmond no se inmutó.
—Ya lo sé —declaró suavemente.
Sofía dejó salir todo el aire de sus pulmones como si acabasen de golpearle justo en el centro del pecho. Abrió y cerró la boca como un pez fuera del agua, su mente luchaba por comprender las palabras de ese hombre.
—¿Cómo?
Fantástico, no tenía una gran elocuencia con sus palabras. Seguramente ese hombre, alabado sea, pensaba que estaba loca.
—Porque la verdadera lady Elara de Monteverde vino a verme el primer día que llegó al castillo.
Estaba aterrorizada. Me contó que su padre la había obligado a casarse con el Carnicero, que prefería morir antes que compartir lecho con él, y me preguntó si tenía algún brebaje que la ayudara a soportarlo.
Usted, en cambio, se ha sentado en ese taburete con la espalda recta, me ha mirado a los ojos sin pestañear y me ha hablado de visiones como quien habla del tiempo.
Sofía abrió la boca para decir algo, pero no le salió nada. Solo parpadeó.
¿Cómo podía tomarse la noticia con tantísima calma?