CAPÍTULO 1 El Terremoto y el Despertar #2
No con palabras, no exactamente. Fue más como una sensación, un eco, un recuerdo que no era suyo.
Por un instante, vio —o sintió, o supo— el momento en que aquellos sillares habían sido colocados, hacía siglos.
Hombres con túnicas rudas, grúas de madera, canciones en una lengua antigua.
Y luego, capas y capas de historia superpuestas: un incendio, un asedio, risas en un gran salón, lágrimas en una habitación como aquella, el peso de los años, de las generaciones, de las vidas vividas entre aquellos muros.
Sofía apartó las manos de la ventana como si se hubiera quemado.
—¿Qué coño ha sido eso? —susurró.
Su corazón latía desbocado. Se miró las palmas de las manos, esperando encontrar algo, una marca, una quemadura, cualquier cosa.
Pero estaban igual que siempre. Bueno, no igual que siempre: eran más suaves, con menos callos, con uñas más cuidadas.
Las manos de una lady, no las de una arquitecta que pasaba la mitad del día en obras.
Un golpe en la puerta la hizo girar en redondo.
—¿Señora? —era Lina otra vez—. El señor Kaelen ha regresado. Pregunta por usted.
Sofía tragó saliva. El señor Kaelen. El hombre con el que la auténtica Elara estaba casada, según había deducido de las palabras de Lina. Su esposo. Un completo desconocido.
—Dile... dile que no me encuentro bien —dijo, odiando el temblor de su voz.
Hubo un silencio al otro lado de la puerta.
—Señora, el señor Kaelen no es... No es alguien a quien se pueda decir que no. Es el Lord de esta fortaleza. Y usted es su esposa.
Su esposa.
La palabra le golpeó como un mazazo. No solo había transmigrado a otro mundo, sino que había transmigrado a un matrimonio concertado con un señor feudal al que sus sirvientes parecían temer.
—Está bien —dijo, enderezando la espalda, buscando en el fondo de su ser la misma determinación que usaba para enfrentarse a promotores inmobiliarios con ínfulas—. Dile que pasaré a verle en cuando esté decente.
Otro silencio.
—Señora... Usted ya está decente. Y él está al otro lado de la puerta.
Fantástico. En el mejor momento.
Sofía sintió que el suelo se abría bajo sus pies por segunda vez en menos de una hora.
La puerta se abrió.
El hombre que entró en la habitación era exactamente lo que Sofía imaginaría si alguien le pidiera que dibujara a un señor de la guerra de fantasía.
Alto, muy alto, con una presencia que llenaba el espacio y hacía que el aire pareciera más denso.
Vestía una túnica de cuero negro sobre una cota de malla que tintineaba suavemente con cada movimiento.
En el cinto, una espada larga, y en la cara, unas cicatrices que surcaban su mejilla izquierda como el mapa de un río seco.
Pero lo que más le impactó no fue su tamaño ni sus armas.
Fueron sus ojos. Grises, del color del acero recién forjado, y tan fríos como el viento que entraba por la ventana.
La miraron a ella con una mezcla de evaluación y desprecio, como quien examina un mueble que ha heredado y no sabe muy bien dónde colocar.
Era malditamente sexy, como un dios oscuro capaz de llevarse su alma, y sus bragas, con una sola palabra.
—Veo que has despertado —dijo. Su voz era grave, raspada, como piedras frotándose—. Una lástima. Me habían dicho que los caballos de Monteverde eran nobles. El tuyo debió pensar lo contrario al arrojarte por un acantilado.
Sofía parpadeó. No era exactamente el saludo cálido que esperaría de un esposo preocupado.
*¿Será bastardo? *, pensó Sofía.
—Supongo que las presentaciones no van a ser lo nuestro —dijo antes de poder morderse la lengua.
El hombre —Kaelen, recordó su nombre— enarcó una ceja. La cicatriz de su mejilla se tensó con el gesto.
—¿Presentaciones? Llevas una semana en mi casa y tres días ocupando mi cama. Creo que las presentaciones están un poco pasadas de moda.
Su cama.
Ese hombre era la cúspide de la hospitalidad y la alegría.
Sofía miró el colchón en el que había estado tumbada y sintió un calor incómodo subirle por las mejillas.
—Me refiero a que... Bueno, no sé muy bien qué se supone que debo decir. Me he despertado hace una hora en un lugar que no conozco, con una criada que me llama lady Elara y un dolor de cabeza que no me deja pensar con claridad. Así que perdona si no estoy para cortesías.
Kaelen la estudió durante un largo momento. Su expresión era ilegible, como tallada en la misma piedra del castillo.
—Eres diferente —dijo al fin.
*Menudo genio*, pensó.
—¿Diferente?
—La Elara que llegó aquí hace una semana no hablaba así. Se sonrojaba cuando yo entraba en una habitación. Tartamudeaba. Miraba al suelo.
El corazón de Sofía dio un vuelco. Mierda. Mierda, mierda, mierda. La auténtica Elara había sido una sumisa tímida. Y ella acababa de soltarle un discurso digno de una clase de oratoria.
—El golpe —improvisó—. Dicen que los golpes en la cabeza pueden cambiar a las personas.
Kaelen dio un paso adelante. Solo uno, pero pareció acortar la distancia entre ellos más de lo razonable. Sofía tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no retroceder.
—No me gustan los cambios que no entiendo —dijo, bajando la voz—. No me gustan las mentiras. Y no me gusta que en mi propia fortaleza haya cosas que no puedo controlar.
—No te estoy mintiendo.
—¿No?
La miró fijamente a los ojos. Sofía sostuvo su mirada, aunque por dentro se estuviera meando de miedo. Había algo en aquellos ojos grises que parecía capaz de atravesar capas y capas de mentiras, de llegar directamente al núcleo de la verdad.
—No —repitió, con más firmeza de la que sentía.
Pasaron cinco segundos. Diez. Quince.
—Bien —dijo Kaelen, dando media vuelta—. Que el maestro Thurmond te examine esta tarde. Mañana hay una reunión con los capitanes. Asistirás.
—¿Yo? ¿Por qué?
Se detuvo en la puerta sin volverse.
—Porque eres mi esposa. Porque el rey ha muerto. Y porque, te guste o no, lady Elara, esto es una guerra. Y en la guerra, hasta las piezas más pequeñas tienen un lugar en el tablero.
Salió sin esperar respuesta, dejando la puerta abierta y a Sofía temblando junto a la ventana.
Lina entró al momento, con los ojos como platos.
—¿Señora? ¿Se encuentra bien? El señor Kaelen nunca habla tanto con nadie.
Pues no se sentía afortunada precisamente.
Sofía se dejó caer en el borde de la cama, de repente agotada.
—Estoy... estoy bien, Lina. Solo necesito un momento.
Pero no estaba bien. No estaba bien en absoluto.
Había muerto en Madrid y había despertado en el cuerpo de una lady en un castillo de fantasía.
Tenía un marido que la miraba como si fuera un insecto bajo un cristal.
Alguien llamado "el rey" había muerto, y eso significaba guerra.
Y para rematarlo, las piedras de aquel lugar parecían tener memoria y se la transmitían a ella como si fuera una antena parapsicológica.
Se llevó las manos a la cara y respiró hondo.
*Vale, Sofía. Esto es un problema. Un puto problema enorme. Pero los problemas se solucionan. Paso a paso. Día a día. *
Se levantó y volvió a la ventana. Esta vez, cuando apoyó las manos en el alféizar, se preparó para la sensación. Y vino, sí, pero más suave, como un eco lejano, como si la piedra la reconociera y la aceptara.
*Bienvenida*, parecía decirle. *Bienvenida a casa. *
Sofía apartó las manos y se las frotó en el camisón.
—No quiero tu puta bienvenida —murmuró—. Soy una arquitecta de Madrid y quiero volver a mi piso de Malasaña.
Pero en el fondo, muy en el fondo, sabía que no iba a ser tan fácil.
Al otro lado del pasillo, Kaelen se detuvo un momento, apoyando una mano en la pared de piedra. Frunció el ceño, confuso por algo que no lograba identificar.
Algo en esa mujer había cambiado. Algo en sus ojos, en su forma de hablar, en su manera de sostenerle la mirada.
Y no sabía si eso era bueno o era la amenaza más peligrosa que había entrado en su fortaleza en años.