Lords de los cielos CAPÍTULO 1 El Terremoto y el Despertar
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Lords de los cielos

Lords de los cielos

Por Lighling Tucker

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CAPÍTULO 1 El Terremoto y el Despertar

La última sensación que Sofía experimentó en su vida fue el suelo moviéndose bajo sus pies.

No era un temblor cualquiera, de esos que en Madrid se sienten cada cierto tiempo y que los madrileños comentan en las oficinas durante cinco minutos antes de volver a sus cafés con leche.

Esto era diferente. Era un rugido que venía de las entrañas de la tierra, un animal despertando después de siglos de sueño.

Sofía levantó la vista del plano que estaba estudiando. El edificio frente a ella, la fachada del antiguo convento que su equipo llevaba meses restaurando, parecía ondular como si estuviera hecho de agua y no de piedra centenaria.

—¡Sofía, corre! —gritó alguien a su espalda.

Pero ella no corrió. Maldita manía de arquitecta, pensaría después, o tal vez no habría después para pensar nada.

En lugar de huir, sus ojos se fijaron en la grieta que se abría en la pared, en la forma en que los sillares de granito, colocados por manos del siglo XVII, comenzaban a bailar una danza imposible.

*La junta de mortero no aguantará*, analizó su cerebro entrenado. *El arco de medio punto va a fallar primero por la clave, luego...*

Luego el cielo se vino abajo.

O eso le pareció. En realidad, fue una piedra, una sola piedra desprendida del dintel, la que le golpeó en la sien. El dolor fue blanco, absoluto, y luego vino la oscuridad.

Lo último que escuchó, antes de que el mundo se apagara, fue el llanto de una niña. O quizás era el viento. O quizás era ella misma, intentando gritar.

El dolor seguía allí.

Eso fue lo primero que Sofía registró al emerger de la negrura. Un dolor de cabeza monumental, como si alguien le estuviera taladrando la sien derecha con un puntero láser. Intentó llevar la mano a la zona dolorida, pero su brazo pesaba como si estuviera hecho de plomo.

—¿Señora? ¿Señora, puede oírme?

La voz era femenina, joven, y hablaba con un acento extraño. Como si estuviera diciendo las palabras con cuidado, probándolas antes de soltarlas. ¿Castellano? Sí, era castellano, pero con una musicalidad antigua, como sacada de una película de época.

Sofía obligó a sus párpados a separarse. Fue como levantar dos losas de mármol.

Lo primero que vio fue un techo de madera. No el techo blanco y luminoso de una habitación de hospital, ni el cielo gris de Madrid, sino vigas oscuras, enormes, con nudos y vetas que bailaban como ríos en un mapa. Entre las vigas, yeso pintado de un color ocre cálido.

Parpadeó.

—Gracias a los dioses —suspiró la voz femenina—. Creíamos que no despertaría.

Sofía giró la cabeza y el mundo giró con ella, acompañado de una oleada de náuseas.

Había una muchacha inclinada sobre ella, con un rostro joven y redondo enmarcado por una cofia de lino blanco.

Vestía un corpiño marrón sobre una camisa de color crudo, y la miraba con unos ojos tan grandes y preocupados que parecían a punto de saltársele de las órbitas.

*¿Por qué parece salida de una feria medieval? *, pensó Sofía, confusa.

—¿Dónde...? —la voz de Sofía sonó ronca, extraña. No era su voz. Era más grave, más suave, con un timbre que no reconocía—. ¿Dónde estoy?

La muchacha frunció el ceño.

—En Roca Negra, señora. En sus habitaciones. ¿No lo recuerda? El accidente con el caballo... El señor Kaelen la encontró al pie del acantilado. Lleva tres días inconsciente.

Sofía la miró fijamente. Caballo. Acantilado. Señor Kaelen. Roca Negra.

—¿Qué hospital es este? —preguntó, intentando incorporarse.

La muchacha la sujetó por los hombros con una firmeza sorprendente para su tamaño.

—¿Hospital? No, señora, está en el castillo. En la fortaleza de Roca Negra. Por favor, no se levante, el maestro Thurmond dijo que necesitaba reposo absoluto...

Sofía se dejó caer contra el colchón. Porque era un colchón, se dio cuenta ahora, no una cama de hospital. Un colchón de plumas, hundido en el centro, cubierto con sábanas de lino áspero y un edredón de lana que le picaba en la barbilla. Olía a hierbas secas y a humo de chimenea.

Miró a su alrededor con ojos de arquitecta, buscando puntos de referencia, algo que anclar su realidad a aquello que estaba viendo.

La habitación era amplia, de piedra vista, con un ventanal estrecho por el que se colaba una luz grisácea.

En la pared opuesta, una chimenea de piedra labrada crepitaba con un fuego modesto.

Había un armario de roble macizo, una aparador con herrajes de hierro, un candil de aceite sobre una mesilla de noche...

y ninguna toma de corriente. Ningún interruptor. Ningún enchufe.

—¿Qué día es hoy? —preguntó Sofía, sintiendo que el suelo se abría bajo ella de nuevo, pero esta vez metafóricamente.

—El decimoquinto día del mes de la Cosecha, señora —respondió la muchacha como si fuera lo más normal del mundo—. El señor Kaelen preguntará por usted en cuanto regrese de la patrulla. Se ha preocupado mucho, aunque no lo demuestre.

Sofía cerró los ojos.

Mes de la Cosecha. Señor Kaelen. Patrulla. Castillo.

No, no, no. Esto no estaba pasando. Ella era Sofía Navarro, treinta y dos años, arquitecta especializada en restauración de patrimonio histórico, con una vida normal en un piso normal en el barrio de Malasaña.

Tenía una madre que la llamaba todos los domingos, un exnovio al que había bloqueado en WhatsApp hacía seis meses, y una colección de plantas en el balcón que probablemente se estaban muriendo de sed en ese mismo momento.

Había estado en una obra. Un terremoto. Una piedra.

—Necesito un espejo —dijo de repente.

—¿Señora?

—Un espejo. Por favor.

La muchacha dudó un momento, pero obedeció. Se levantó y fue hacia la tocador, de donde sacó un pequeño espejo de metal bruñido, sujeto por un mango de madera tallada. Se lo tendió con cautela, como si temiera que la propia imagen pudiera hacerle daño.

Sofía lo cogió con mano temblorosa y se miró.

El rostro que le devolvió el espejo no era el suyo.

Tenía los mismos ojos, sí, ese color avellana que a veces parecía verde y a veces marrón dependiendo de la luz.

Pero todo lo demás era diferente. El cabello era más largo, castaño oscuro, en lugar de su corte bob rubio ceniza.

Los pómulos más marcados, la nariz ligeramente respingona, la piel más pálida y salpicada de pecas que ella no recordaba tener.

Y en la sien derecha, justo donde a ella le había golpeado la piedra, un moratón amoratado y feo, cosido con tres puntos de hilo negro.

—¿Señora? —la voz de la muchacha sonó preocupada—. ¿Se encuentra bien? El golpe fue muy fuerte, pero el maestro Thurmond dijo que no le quedarían marcas...

Sofía dejó el espejo boca abajo sobre el colchón.

—¿Cómo me llamo? —preguntó.

La muchacha la miró como si acabara de preguntarle si el cielo era verde.

—Señora, es usted lady Elara. Lady Elara de Monteverde. ¿No lo recuerda?

—Elara —repitió Sofía, saboreando el nombre—. ¿Y tú?

—Soy Lina, señora. Su doncella. Llevo con usted desde que llegó a Roca Negra, hace una semana.

Una semana. Según Lina, lady Elara llevaba una semana en ese castillo. Y tres días inconsciente por un accidente de caballo. Un accidente que probablemente había matado a la auténtica Elara, dejando el hueco para que ella, Sofía, ocupara su lugar.

La palabra resonó en su mente con ecos de novelas que había leído, series que había visto, foros de internet que había frecuentado en sus épocas de ocio. Transmigración. Isekai. Reencarnación en otro mundo.

No podía ser. Eso era cosa de ficción, de entretenimiento, de gente que se evadía de la realidad. No le pasaba a una arquitecta de treinta y dos años con una hipoteca que pagar y una madre que la esperaba para comer el domingo.

—Necesito... necesito pensar —dijo Sofía—. ¿Puedes dejarme sola un momento?

Lina dudó.

—El maestro Thurmond dijo que no debía quedarse sola, que el golpe...

—Solo un momento —insistió Sofía, y algo en su tono, quizás el mismo que usaba con los obreros que no seguían los planos, hizo que la muchacha asintiera y se retirara hacia la puerta.

—Estaré al otro lado, señora. Si necesita algo, solo tiene que llamar.

La puerta se cerró con un golpe sordo de madera maciza.

Sofía se quedó mirando el techo de vigas, respirando hondo, intentando controlar el pánico que le crecía en el pecho como una marea negra.

*Piensa*, se ordenó a sí misma. *Eres una puta arquitecta. Resuelves problemas. Analizas estructuras. Esto es solo otro problema. *

Se incorporó con cuidado, esta vez haciendo caso omiso del martilleo en su sien. Las piernas le temblaron al apoyarlas en el suelo, y se dio cuenta de que vestía un camisón de lino hasta los tobillos, bordado en el cuello con un hilo desvaído.

Apoyándose en los muebles, logró llegar al ventanal.

La vista que se desplegó ante sus ojos la dejó sin aliento.

El castillo estaba construido sobre un acantilado.

Abajo, a una altura que le hizo retroceder instintivamente, el mar golpeaba contra las rocas en explosiones de espuma blanca.

Hacia el interior, se extendía un paisaje de colinas escarpadas, cubiertas de un verde oscuro y salpicadas de afloramientos rocosos.

En la distancia, montañas de picos nevados arañaban un cielo plomizo.

No había coches. No había carreteras asfaltadas. No había tendidos eléctricos. No había antenas de telefonía.

Solo naturaleza. Y un castillo de piedra. Y ella, atrapada en el cuerpo de una lady llamada Elara.

Sofía se aferró al marco de piedra de la ventana, sintiendo la frialdad del material bajo sus dedos. Y entonces ocurrió algo extraño.

La piedra *habló*.