Capitulo 9 #2
Santiago sonrió.
—Eso suena bastante cercano.
Lola se quedó mirando la hoja.
—Entonces el amor no era el problema.
—Puede que no.
—El problema era cómo reaccionábamos cuando teníamos miedo. Santiago asintió.
—Exactamente.
Lola levantó la mirada.
—¿Y cuál es el último?
—El apego seguro.
Lola sonrió.
—Ese sí quiero.
—¿Por qué?
—Porque suena como el que tiene la gente que no necesita tres horas para descifrar un “ok”.
Santiago soltó una carcajada.
—Es una buena descripción.
—Entonces explíqueme cómo funciona una persona normal.
Santiago sonrió.
—No existe la persona emocionalmente perfecta.
—Qué decepción.
—Pero sí existe una forma más segura de relacionarse.
—¿Y cómo se ve?
Santiago cerró la libreta.
—Ahora te lo voy a enseñar.
Lola se acomodó en el sillón.
Por primera vez desde que había llegado a terapia, no estaba pensando en Elena.
Estaba pensando en ella. Y este era el verdadero comienzo de todo.
Santiago se acomodó en su silla.
—Bien.
Lola lo miró con atención.
—El último.
—El apego seguro.
—Suena aburrido.
Santiago sonrió.
—¿Por qué?
—Porque los otros tres tienen drama.
—¿Y el seguro no?
—No sé. ¿Qué hace una persona con apego seguro? ¿Manda mensajes y responde?
—Entre otras cosas.
—Wow. Qué emocionante.
Santiago se rio.
—El apego seguro no significa que una persona nunca tenga miedo, nunca se ponga celosa o nunca tenga conflictos.
—Ah.
—Significa que puede sentirse cómoda con la cercanía y con la independencia. Puede expresar lo que necesita sin asumir automáticamente que será rechazada. Y puede tolerar cierta incertidumbre sin sentir que la relación está a punto de desaparecer.
Lola pensó.
—Entonces, si yo tardara tres horas en responder...
—Podrías pensar: “Probablemente está ocupada”.
—En vez de “ya no me quiere”.
—Exactamente.
—¿Y si alguien necesita espacio?
—Puedes entender que pedir espacio no necesariamente significa abandonar la relación.
Lola asintió.
—¿Y si alguien quiere estar cerca?
—Puedes permitir esa cercanía sin sentir inmediatamente que estás perdiendo tu libertad.
Lola hizo una pausa.
—Eso último me cuesta.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabe?
—Llevamos varias sesiones.
—Cierto.
Santiago sonrió.
—Una persona con apego seguro puede decir: “Necesito un poco de espacio”, sin convertirlo en una desaparición de tres semanas.
Lola levantó la mano.
—Pregunta.
—Adelante.
—¿Y si desapareces tres semanas?
—Entonces probablemente tenemos otro problema.
Lola sonrió.
—Me gusta este tipo de terapia.
Santiago continuó.
—También puede decir: “Necesito que me reafirmes que estamos bien”, sin exigir que la otra persona demuestre su amor cada cinco minutos.
Lola hizo una mueca.
—Eso suena dirigido.
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Muy seguro?
—Lola.
—Está bien.
Santiago volvió a la libreta.
—El apego seguro también implica poder hablar de los conflictos sin asumir inmediatamente que una discusión significa el final de la relación.
Lola se quedó pensando.
—Entonces puedes estar enojada con alguien y seguir queriéndolo.
—Sí.
—Puedes necesitar espacio y seguir queriéndolo.
—Sí.
—Puedes necesitar cercanía y no ser una persona dependiente.
—Exactamente.
Lola bajó la mirada.
—Eso cambia bastante las cosas.
—¿Qué cambia?
—Que quizá yo confundía independencia con no necesitar a nadie.
Santiago no dijo nada.
—Y quizá Elena confundía amor con necesitar constantemente saber que yo seguía ahí.
—Puede ser.
—Entonces las dos estábamos tratando de sentirnos seguras.
—Sí.
—Solo que cada una lo hacía de una manera diferente.
Santiago asintió.
Lola se quedó en silencio unos segundos.
—¿Y sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que ahora entiendo por qué no podía avanzar.
—Cuéntame.
Lola respiró profundamente.
—Porque yo pensaba que para avanzar tenía que dejar de querer a Elena.
Santiago la miró.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que avanzar no significa dejar de sentir.
—¿Qué significa?
Lola sonrió ligeramente.
—Aprender a no hacer de ese sentimiento mi casa.
Santiago dejó el bolígrafo.
—Eso es bastante importante.
—No se emocione. Lo acabo de inventar.
—Aun así.
Lola miró las cuatro palabras escritas en la hoja:
Ansioso.Evitativo.Desorganizado.Seguro.
—Entonces...
—¿Sí?
—¿Cuál soy yo?
Santiago sonrió.
—Esa es la pregunta equivocada.
Lola frunció el ceño.
—¿Cómo que equivocada?
—Los estilos de apego no son casillas donde tienes que encerrarte para siempre.
—Pero acabamos de pasar una hora hablando de ellos.
—Para que entiendas tus patrones, no para ponerte una etiqueta.
Lola volvió a mirar la hoja.
—Entonces puedo tener comportamientos evitativos en una relación...
—Sí.
—Y ansiosos en otra.
—Sí.
—Y cambiar con el tiempo.
—Sí.
—¿Y puedo aprender a relacionarme de una manera más segura?
—Exactamente.
Lola sonrió.
—Entonces no estoy rota.
Santiago negó con la cabeza.
—No.
—¿Ni Elena?
—Tampoco.
Lola respiró profundamente.
—Solo éramos dos personas intentando amar con las herramientas que teníamos.
—Eso parece.
Ella volvió a mirar las cuatro palabras y dejó de preguntarse:
“¿Por qué no puedo dejar de querer a Elena?”
La pregunta había cambiado.
Ahora era: “¿Qué aprendí sobre el amor... y qué quiero aprender de nuevo?”
Santiago cerró la libreta.
—Nos vemos la próxima semana.
Lola se levantó.
—¿Eso es todo?
—Por hoy.
—¿Y qué hago mientras tanto?
Santiago sonrió.
—Nada.
Lola lo miró con sospecha.
—¿Nada?
—Intenta observarte.
—¿Sin analizar cada mensaje?
—Exactamente.
—¿Sin revisar si Elena está en línea?
—Exactamente.
—¿Sin inventarme escenarios?
—Exactamente.
Lola caminó hacia la puerta.
—Esto de sanar está bastante mal diseñado.
Santiago se rio.
—Nos vemos el martes.
Lola abrió la puerta.
—Doctor.
—¿Sí?
—Si Elena me escribe...
—Respira.
—¿Y si dice “tenemos que hablar”?
—Respira dos veces.
Lola asintió.
—Perfecto.
Hizo una pausa.
—¿Y si manda un corazón?
Santiago la miró.
—Ahí ya no puedo ayudarte.
Lola sonrió.
—Sabía que por algo me gustaba venir aquí.