Lola la Tinderela Vol 2 Capitulo 9
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Capitulo 9

Poco a poco fuimos avanzando con algunas citas más. Y tengo que admitir que me estaba metiendo en un mundo que no conocía demasiado, pero que me estaba gustando descubrir.

También me estaba haciendo algo que, para mí, era bastante nuevo:

me estaba quedando quieta. Menos ruido. Menos gente.

Menos necesidad de estar haciendo algo todo el tiempo.

Mi atención se había centrado casi completamente en Elena.

Ella, en cambio, parecía necesitar un poquito más de mí.

Me pedía que la llamara más. Que habláramos más.

Que texteáramos durante el día.

Y yo pensaba: ¿Pero para qué vamos a textear todo el día si ya sabemos que nos vamos a ver?

Ese era mi problema. O quizás uno de mis problemas. La comunicación nunca había sido mi deporte favorito.

Yo era más reservada. Podía querer muchísimo a alguien y, aun así, pasar varias horas sin escribirle.

No porque no me importara.

Simplemente porque así funcionaba yo.

Elena parecía funcionar distinto. Ella buscaba más cercanía.

Yo necesitaba más espacio.

Y, aunque todavía no lo entendía completamente, Santiago sí estaba empezando a ponerle nombre a algunas de esas cosas.

Ese día, la sesión era temprano en la mañana.

Muy temprano. Así que salí, corrí, regresé a casa, me di un baño a velocidad olímpica y prácticamente salí disparada hacia el consultorio.

No podía faltar.

Las sesiones estaban empezando a ponerse interesantes.

Y, además, yo sentía que con Elena las cosas iban tomando muy buen paso.

Me sentía más easy con ella. Más cómoda. Más tranquila.

Entré al consultorio todavía con esa sensación de haber corrido media vida para llegar a tiempo.

Santiago me miró.

—¿Corriste esta mañana?

—Sí.

—¿Mucho?

Sonrió.

—¿Y cómo estás?

Me senté.

—Bien.

Y por primera vez, decirlo no me pareció una respuesta automática.

Estaba bien. Estaba disfrutando lo que estaba pasando con Elena.

Pero también empezaba a notar nuestras diferencias.

Santiago me habló entonces de los tres últimos estilos de apego.

—Ahora vamos a hablar del apego evitativo.

Lola se acomodó en el sillón.

—Ese tampoco soy yo.

Santiago no respondió.

—¿Qué?

—Nada.

—No haga eso.

—¿Qué?

—Ese silencio de terapeuta que significa que ya sabe algo.

Santiago sonrió.

—¿Qué hacías tú cuando Elena necesitaba demasiada cercanía?

—¿Demasiada?

—Sí.

—Bueno... depende.

—¿De qué?

—De cuánto era “demasiada”.

—¿Qué era demasiada para ti?

Lola pensó.

—Que necesitara hablar de lo que sentía todo el tiempo.

Santiago asintió.

—¿Algo más?

—Que quisiera saber qué me pasaba.

—¿Algo más?

—Que quisiera saber qué éramos.

—¿Algo más?

—Que quisiera hablar de nuestra relación.

—¿Algo más?

Lola lo miró.

—¿Usted tiene una lista?

—No.

—Porque parece que está disfrutando demasiado esto.

Santiago sonrió.

—¿Qué hacías cuando Elena quería hablar de la relación?

Lola respondió rápidamente:

—Hablábamos.

Santiago esperó.

—Bueno... no siempre.

—¿Qué hacías?

—A veces cambiaba de tema.

—¿Por qué?

—Porque no quería discutir.

—¿Y cuando ella insistía?

—Le decía que no era el momento.

—¿Y cuándo era el momento?

Lola se quedó callada.

—Nunca.

Santiago levantó una ceja.

—Bueno...

—¿Qué?

—Eso suena un poco evitativo.

Lola cruzó los brazos.

—O suena a que no me gusta el drama.

—¿Y cómo reaccionabas cuando Elena te decía que sentía que te estabas alejando?

—Le decía que no era cierto.

—¿Aunque sí estuvieras tomando distancia?

—Bueno...

—Lola.

—Sí.

—¿Por qué?

Lola suspiró.

—Porque me sentía atrapada.

Santiago dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Ahí está.

Lola bajó la mirada.

—Cuando alguien se acerca demasiado emocionalmente, ¿qué sientes?

—Presión.

—¿Y qué haces con esa presión?

—Me alejo.

—¿Y cuando te alejas?

—Me siento mejor.

—¿Y cuando Elena se angustia porque te alejaste?

Lola cerró los ojos.

—Me siento todavía más presionada.

Santiago asintió.

—Ese puede ser un patrón evitativo.

Lola lo miró.

—Pero yo sí la queria.

—Nunca dije que no.

—No quiero que parezca que no me importaba.

—No tiene por qué parecerlo.

—Porque me importaba muchísimo.

Santiago hizo una pausa.

—Ese es precisamente el punto.

Lola levantó la mirada.

—¿Cuál?

—El apego evitativo no significa que una persona no quiera amar. Puede significar que la cercanía emocional activa una necesidad de proteger su independencia.

Lola permaneció callada.

—Tú podías querer a Elena —continuó Santiago— y al mismo tiempo sentir que necesitabas espacio cuando ella quería acercarse.

—Sí.

—Podías extrañarla cuando no estaba...

—Muchísimo.

—Y sentir ganas de escapar cuando estaba demasiado cerca.

Lola respiró profundamente.

—Sí.

—¿Te das cuenta de la contradicción?

—Todos los días.

Santiago sonrió.

—No es necesariamente una contradicción. Es un conflicto entre dos necesidades: querer conexión y querer proteger tu espacio.

Lola se quedó pensativa.

—Entonces...

—Entonces quizá no te alejabas porque no la quisieras.

—¿Sino?

—Porque la intimidad te hacía sentir vulnerable.

Lola se quedó mirando sus manos.

—Eso sí me da miedo.

—¿Qué cosa?

—Que alguien me necesite tanto que yo termine siendo responsable de cómo se siente.

Santiago asintió.

—Eso es importante.

—Porque cuando Elena estaba triste, yo sentía que tenía que arreglarlo.

—¿Y si no podías?

—Sentía que estaba fallando.

—Así que tomabas distancia.

—Sí.

—Para recuperar el control.

Lola asintió lentamente.

—Y probablemente Elena interpretaba esa distancia como rechazo.

—Sí.

—Y entonces buscaba todavía más cercanía.

—Sí.

Lola soltó una risa amarga.

—Y entonces yo quería salir corriendo.

—Exactamente.

—Qué relación tan saludable tenemos.

Santiago sonrió.

—No estamos aquí para juzgar la relación.

—Qué pena. Yo ya tenía una presentación preparada.

Santiago ignoró el comentario.

—Pero hay algo más.

Lola levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Hasta ahora tenemos a Elena buscando seguridad y a ti buscando espacio.

—Sí.

—Y eso puede crear un ciclo.

—¿Cuál?

Santiago tomó una hoja y escribió:

Elena se acerca → Lola se aleja → Elena se angustia → Elena se acerca más → Lola se aleja más.

Lola observó el papel.

—Eso éramos nosotras.

—Sí.

—Todo el tiempo.

—Probablemente.

Lola suspiró.

—Entonces ninguna de las dos estaba intentando destruir la relación.

Santiago negó con la cabeza.

—Quizá las dos estaban intentando sentirse seguras.

Lola miró el esquema.

—Solo que de maneras completamente diferentes.

—Exactamente.

Santiago tomó nuevamente su libreta.

—Pero aquí es donde las cosas se complican.

—¿Por qué?

—Porque existen personas que no solamente quieren cercanía...

Lola lo miró.

—También le tienen miedo.

—Exactamente.

Lola frunció el ceño.

—Eso suena peor.

Santiago sonrió.

—Bienvenida al apego desorganizado.

Lola abrió los ojos.

—¿Hay uno peor?

—No dije peor.

—Pero lo dijo con cara de “prepárate”.

—Porque este es interesante.

—Doctor...

—¿Sí?

—Apego desorganizado.

—Sí.

—¿Y qué significa?

Santiago se acomodó en su silla.

—Que una persona puede experimentar simultáneamente una necesidad intensa de conexión y un miedo intenso a esa misma conexión.

Lola frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Exactamente.

—¿Cómo puedes querer que alguien esté cerca y querer salir corriendo cuando se acerca?

Santiago sonrió.

—Ahora sí estamos llegando a una parte interesante.

Lola se cruzó de brazos.

—Pero eso suena agotador.

—Lo es.

—¿Y cómo se ve en una relación?

—Puede verse como acercarse y alejarse. Buscar intimidad y después rechazarla. Querer confiar y, al mismo tiempo, desconfiar. Sentir muchísimo amor y, de pronto, sentir miedo de ese mismo amor.

Lola se quedó pensativa.

—¿Y eso puede pasarle a la misma persona?

—Sí.

—¿En el mismo día?

—Sí.

—¿En la misma conversación?

—También.

Lola abrió los ojos.

—Eso sí suena peligroso.

Santiago sonrió.

—No necesariamente peligroso. Pero sí puede ser muy confuso para ambas personas.

Lola miró hacia otro lado.

—Con Elena pasaba algo así.

—Cuéntame.

—A veces Elena quería estar pegada a mí. Necesitaba saber que yo estaba ahí, que la quería, que no me iba a ir.

—Ajá.

—Pero otras veces, cuando yo intentaba acercarme demasiado...

Lola hizo una pausa.

—¿Qué?

—Se cerraba.

—¿Se alejaba?

—Sí.

—¿Y eso te confundía?

—Muchísimo.

Santiago asintió.

—¿Qué pensabas?

Lola imitó su propia voz:

—“¿Pero qué quieres de mí?”

—¿Y qué hacía ella?

—Decía que no pasaba nada.

—¿Y tú le creías?

Lola soltó una carcajada.

—¡Claro que no!

—¿Por qué?

—Porque hacía exactamente lo mismo que yo.

—¿Qué?

—Decía “no pasa nada” cuando claramente le pasaba todo.

Santiago sonrió.

—Entonces, ¿qué ocurría?

Lola empezó a recordar.

—A veces me buscaba muchísimo.

—¿Y tú?

—Yo me alejaba.

—Luego...

—Ella se alejaba.

—Y tú...

—La buscaba.

Santiago levantó una ceja.

Lola lo miró.

—No me mire así.

—¿Así cómo?

—Como si acabara de resolver un crimen.

—Solo estoy siguiendo la historia.

—Pues deje de seguirla tan bien.

Santiago sonrió.

—¿Te das cuenta?

—¿De qué?

—Que ustedes podían intercambiar posiciones.

Lola se quedó callada.

—Cuando Elena tenía miedo, buscaba cercanía.

—Sí.

—Cuando tú sentías demasiada cercanía, buscabas distancia.

—Sí.

—Pero cuando tú sentías que Elena se alejaba...

Lola completó la frase:

—Yo quería que volviera.

Santiago asintió.

—Y cuando ella sentía que tú te alejabas...

—Ella quería que yo volviera.

Silencio.

—Entonces...

Lola miró la hoja.

—¿Las dos estábamos haciendo lo mismo?

—De maneras diferentes.

Lola soltó una pequeña risa.

—Qué desastre.

—Más que desastre, parece un patrón.

—¿Y de dónde sale?

Santiago hizo una pausa.

—Los estilos de apego pueden estar relacionados con las experiencias tempranas de las personas y con lo que aprendieron sobre la disponibilidad, la seguridad y la confianza en las relaciones. Pero no son una sentencia ni una etiqueta permanente.

Lola asintió.

—Entonces no significa que alguien esté condenada a repetirlo.

—Exactamente.

—¿Se puede cambiar?

—Los patrones pueden cambiar. Las personas pueden desarrollar formas más seguras de relacionarse.

Lola respiró profundamente.

—Entonces quizá eso era lo que estaba pasando con Elena.

—Quizá.

—Ella quería sentirse segura.

—Sí.

—Yo quería sentirme libre.

—Sí.

—Y ninguna sabía cómo pedir lo que necesitaba sin hacer que la otra se sintiera amenazada.