Capitulo 8
Los días siguientes pasaron rápido.
Entre el trabajo, las reuniones, los mensajes que nunca terminaban y los compromisos que Lola aceptaba con esa facilidad que después la hacía preguntarse por qué había dicho que sí, casi no tuvo tiempo para pensar.
Casi.
También decidió dejar de ver a Julieta durante un par de días. No porque hubiera pasado nada malo.
Todo lo contrario. Precisamente porque todo estaba demasiado bien.
Lola necesitaba entender qué estaba pasando con Elena antes de seguir avanzando con alguien más.
Quería entenderla. Pero, sobre todo, quería entender qué le pasaba a ella cuando estaba con Elena.
Porque con Julieta todo parecía sencillo. Ligero y divertido.
Así que decidió bajar el ritmo. Observar. Pensar.
Y, por una vez, no correr inmediatamente hacia la siguiente distracción.
Lo cual, para Lola, ya podía considerarse un avance histórico.
Y entonces llegó el día de su segunda cita con Santiago.
Mientras manejaba hacia Coconut Grove, pensó en la primera sesión.
No habían hablado demasiado de Elena. No habían encontrado respuestas definitivas.
Ni siquiera había salido con una conclusión brillante que pudiera escribir en una libreta y pegar en la nevera.
Pero algo había cambiado.
Lola estacionó frente al consultorio, apagó el motor y se quedó unos segundos dentro del carro.
Respiró profundamente.
—Bueno, Lola —se dijo—. Segunda sesión.
Abrió la puerta.
Y mientras caminaba hacia el edificio, una pregunta comenzó a darle vueltas en la cabeza:
¿Qué iba a preguntarle Santiago esta vez?
La respuesta, como descubriría unos minutos después, probablemente iba a ser mucho más incómoda de lo que esperaba.
El no haber obtenido respuestas en la primera sesión había dejado a Lola con más preguntas de las que tenía cuando entró.
Así que esta vez llegó preparada. O eso quería creer.
Durante los días anteriores había pensado mucho en Elena. En lo que había pasado entre ellas durante ese año. En las veces que se habían acercado, se habían alejado y habían vuelto a encontrarse como si ninguna de las dos supiera realmente cómo dejar aquello atrás.
Y Lola estaba cansada. Cansada de darle vueltas. Cansada de intentar entender qué eran.
Porque, por primera vez en su vida, había algo que no podía definir con una palabra sencilla. No podía decir que Elena era su novia.
Porque no lo era. Tampoco podía decir que era su ex. Porque, técnicamente, tampoco.
No eran una pareja. Pero tampoco eran simplemente amigas.
Había algo. Había una conexión que seguía apareciendo incluso cuando las dos intentaban hacer como si no existiera.
Pero no había esa certeza de poder decir: “Esta es mi pareja.”
Y eso era precisamente lo que más la desconcertaba.
Lola estaba acostumbrada a saber dónde estaba parada. Lo que no sabía manejar era estar en ese territorio extraño donde dos personas se quieren, se buscan, hay intimidad, se desean… pero nadie sabe exactamente qué son.
Y ahora tenía un terapeuta sentado frente a ella.
Un hombre cuya profesión, aparentemente, consistía en hacer preguntas que una llevaba años evitando.
Lola entró al consultorio, se sentó y lo miró directamente.
—Hoy sí tengo preguntas.
Santiago sonrió.
—Eso es bueno.
—No necesariamente —respondió ella—. Porque necesito respuestas.
Él tomó su libreta.
—Entonces empecemos por ahí.
Lola respiró profundo.
Había una pregunta que llevaba demasiado tiempo tratando de responder.
¿Qué era Elena para ella?
Y, por primera vez, estaba dispuesta a averiguarlo.
Santiago pasó la página de su libreta.
—Vamos a empezar con el apego ansioso.
Lola asintió.
—Ese es Elena.
Santiago levantó la mirada.
—¿Así de rápido?
—Sí.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque la conozco.
—Eso no responde mi pregunta.
—Doctor, yo podría escribirle una biografía.
Santiago sonrió.
—Bueno. Explícame.
Lola se acomodó en el sillón.
—Elena necesita saber que todo está bien.
—¿Constantemente?
—Constantemente.
—¿Qué pasa si siente que alguien se está alejando?
—Se pone nerviosa.
—¿Y qué hace?
—Pregunta.
—¿Qué tipo de preguntas?
Lola empezó a imitarla.
—“¿Estás bien?”
Santiago anotó.
—“¿Estás molesta conmigo?”
Otra anotación.
—“¿Hice algo?”
Lola levantó un dedo.
—Y mi favorita: “¿Seguro que no pasa nada?”
—¿Y tú qué respondías?
—“No pasa nada”.
—¿Y ella?
—“¿Segura?”
—¿Y tú?
—“Sí.”
—¿Y ella?
Lola suspiró.
—“Pero te siento diferente.”
Santiago dejó el bolígrafo.
—Ahí está.
—¿Qué?
—La hipervigilancia emocional.
—¿Eso es una enfermedad?
—No. Es estar demasiado pendiente de pequeñas señales de distancia o rechazo.
Lola asintió.
—Eso es Elena.
—¿Qué señales buscaba?
—Todo.
—¿Todo?
—Mi tono de voz. Mis mensajes. Si tardaba en contestar. Si estaba cansada. Si decía “ok” en lugar de “okey”. Si ponía un punto al final de una oración.
Santiago frunció el ceño.
—¿Un punto?
—Sí.
—¿Y eso qué significaba?
—Que estaba molesta.
—¿Y si ponías tres puntos?
—Que estaba muy molesta.
—¿Y si no ponías ningún emoji?
—Catástrofe.
Santiago se quedó unos segundos en silencio.
—Lola...
—Ya sé.
—No, no sabes.
—¿Qué?
—Que para alguien con un estilo de apego ansioso, pequeñas señales pueden sentirse enormes porque existe una preocupación constante por perder la conexión.
Lola dejó de sonreír.
—Elena siempre tenía miedo de que yo me fuera.
—¿Y tú te ibas?
—No.
—Pero ella no podía saberlo con certeza.
Lola bajó la mirada.
—Supongo que no.
Santiago continuó.
—El apego ansioso no significa que una persona sea “intensa”, ni que quiera demasiado. Significa que puede necesitar más confirmación de que el vínculo sigue siendo seguro.
Lola se quedó callada.
—Eso era Elena.
—¿Y cómo respondías tú cuando ella necesitaba esa seguridad?
Lola se encogió de hombros.
—Intentaba tranquilizarla.
—¿Siempre?
—Bueno...
—Lola.
—A veces me cansaba.
—¿Y qué hacías cuando te cansabas?
—Me alejaba un poco.
Santiago levantó la mirada.
Lola se quedó congelada.
—¿Qué?
—Nada.
—No. Esa cara otra vez no.
—Solo estoy pensando.
—¿En qué?
—En que quizá acabas de describir una dinámica bastante conocida.
Lola frunció el ceño.
—¿Cuál?
—Una persona siente miedo de perder al otro, así que busca cercanía.
—Elena.
—La otra persona siente presión ante esa necesidad de cercanía, así que toma distancia.
Lola tragó saliva.
—Yo.
—Y cuanto más se aleja una...
—Más ansiedad siente la otra.
—Exactamente.
Lola se quedó mirando al terapeuta.
—Entonces Elena se acercaba porque tenía miedo de perderme...
—Sí.
—Y yo me alejaba porque sentía que necesitaba demasiado de mí.
—Sí.
—Y cuanto más me alejaba...
—Más intentaba ella acercarse.
Lola se dejó caer contra el respaldo.
—Dios.
Santiago sonrió.
—¿Qué?
—Nosotras éramos un carrusel emocional.
—Una descripción bastante gráfica.
—Y yo pensando que simplemente teníamos mala suerte.
Santiago volvió a abrir la libreta.
—Esto es importante, Lola: entender el apego ansioso no significa justificar cualquier comportamiento. Tampoco significa convertir a Elena en “la ansiosa” y ya.
—Pero ella sí era la ansiosa.
—Puede haber tenido esos patrones.
—Los tenía.
—Y tú tenías los tuyos.
Lola hizo una pausa.
—¿Cuáles?
Santiago pasó la página.
—Eso lo vamos a descubrir.
Lola lo miró con desconfianza.
—No me gusta cómo está sonriendo.
—No tienes que preocuparte.
—Eso dicen los terapeutas justo antes de decir algo horrible.
Santiago sonrió.
—Porque si Elena buscaba cercanía cuando tenía miedo...
Hizo una pausa.
—Tenemos que entender qué hacías tú cuando alguien se acercaba demasiado.
Lola se quedó en silencio.
—¿Y eso qué significa?
Santiago cerró la libreta.
Salí de aquella sesión con una respuesta. Bueno… creo que con dos.
Una de ellas era que empezaba a entender un poco mejor lo que estaba pasando conmigo y con Elena.
La otra era que creía saber cuál era el tipo de apego que tenía Lola. Sí. Lola.
Pero había algo que todavía no quería confirmar. Eso se lo iba a dejar a Santiago.
Esperaría hasta la próxima consulta para descubrir si mi teoría era cierta.
Por ahora tenía otras cosas en las que pensar. Como Elena. Tomé el carro y me fui directo a su casa.
Ya me estaba esperando con una copa de vino y habíamos quedado en pedir sushi.
Así que, sinceramente, la tarde-noche estaba perfectamente cuadrada. Era martes por la tarde y el día estaba espectacularmente bello.
De esos días de Miami en los que hasta el tráfico parece tener mejor actitud.
Y mientras manejaba hacia su casa, me di cuenta de algo que probablemente no debería haberme sorprendido: Tenía ganas de verla. Muchas.
Cuando llegué, Elena abrió la puerta y ahí estaba. Y de repente, todo me pareció todavía más bonito, simplemente era ella.
Porque podía pasar una hora entera hablando con Santiago sobre mis patrones emocionales…
y después llegar a casa de Elena y olvidar absolutamente todos mis buenos propósitos.
Al parecer, la terapia iba a necesitar bastante más de una sesión.
A veces, cuando estoy con ella con Elena, el momento se llena de tantos matices que siento que alguien abre un abanico de colores justo delante de mí.
Y yo los veo todos. El problema es que no sé qué hacer con ninguno.
Eso se siente cuando pintas un cuadro y tienes delante un lienzo completamente blanco.
Los que nunca han pintado creen que lo difícil es elegir el color.
No.
Lo difícil es dar el primer pincelazo.
Porque una vez que tocas el lienzo, ya no existe el blanco perfecto. Ya hiciste algo. Ya cambiaste la historia. Y entonces tienes que decidir si sigues, si corriges, si agregas otro color encima o si te quedas mirando aquello que acabas de hacer preguntándote qué demonios estabas pensando.
Con Elena me pasaba exactamente eso. Ella era mi lienzo en blanco y, al mismo tiempo, todos los colores posibles.
Rojo para el deseo.
Azul para todo lo que no sabía decir.
Amarillo para esa felicidad inesperada que aparecía cuando menos me lo esperaba.
Negro para mis miedos.
Y algún color que todavía no sabía nombrar para aquello que empezaba a sentirse demasiado parecido al amor.
Yo podía verlos todos. Lo que no sabía era cuál debía escoger primero.
Y aquella noche, dejé de pensar en el cuadro terminado. Solo quería pintar.
Ya había terminado con Julieta. Había cerrado una puerta, aunque todavía quedaban algunas cosas flotando en el aire. Y mientras avanzaba hacia Elena, algo dentro de mí empezaba a acomodarse.
Elena nunca terminó de entender que yo no era como las otras mujeres que ella había conocido, por qué Yo no le decía lo mucho que me gustaba …
Pero yo Lola si soy súper romántica. Muchísimo más de lo que aparento. Lo que pasa es que mi romanticismo tiene pésima comunicación con mi cara. Por fuera puedo parecer seca, tranquila, incluso un poquito indiferente.
Por dentro, en cambio, tengo una orquesta sin director.
Y con ella, peor. cada pincelada cambiaba el color de la siguiente.
Porque todo lo que he hecho con ella se me ha quedó guardado en algún lugar de la memoria.
Por ejemplo, aquella noche en tu casa. Estábamos en aquel sillón. Jugábamos a las preguntas.
Yo tenía tantas cosas que quería preguntarte que, en teoría, aquella noche iba a salir de allí con una enciclopedia completa sobre ti.
Tú intentando que yo tomara un poco más y yo intentando conservar la poca lucidez que me quedaba para poder sobrevivir a una mujer que me desordenaba hasta las ideas.
Y después…
Nada. Vacío absoluto.
Lo único que recuerdo con claridad es una de tus preguntas:
“¿Qué te da miedo cuando estás conmigo?”
Todavía no sé qué responderte.
De hecho, creo que todavía estoy intentando descubrirlo.
Pero sí recuerdo que me la has preguntado varias veces en el pasado.
Y quizá la respuesta estaba precisamente ahí: en todo lo que no sabía decir y en todo lo que tú provocabas en mí.
Después de un par de vinos, el apartamento empezó a sentirse más pequeño.
O quizá éramos nosotras las que estábamos ocupando demasiado espacio.
Hacía calor. O quizá simplemente empezamos a acercarnos demasiado.
Era ya de noche el sol se había escondido. Y fuimos hacia la cocina ha servirnos otra copa.
No sé exactamente en qué momento dejé de pensar y empecé simplemente a sentir. Solo recuerdo acercarme a ti y quedamos atrapadas en la barra de la cocina.
Mis manos encontraron tu cintura casi como si ya supieran el camino.
Te acerqué a mí.
Y por un instante se me olvidó absolutamente todo: las preguntas, las respuestas, el miedo.
Mis manos recorrieron tu cuerpo con esa mezcla de deseo, familiaridad y curiosidad que aparece cuando quieres memorizar algo.
Te acerqué más.
Y el mundo se redujo a tu respiración, a mi pulso y a esa distancia diminuta entre las dos que, de repente, parecía demasiado grande queriendo más.
Había deseo. Mucho.
De ese que no necesita explicarse porque el cuerpo se adelanta a cualquier conversación.
Recorrimos el apartamento como si estuviéramos bailando una canción que ninguna de las dos podía escuchar.
De la cocina a la sala y de ahí aquella ventana que da a la terraza con la noche de Miami detrás de ti y yo intentando recordar en qué momento había perdido completamente el guion.
Me besabas. Sentí tu pelo sobre mi rostro. Tu olor. No era el perfume.
Era tu olor. El tuyo.
Ese que probablemente nadie más habría reconocido, pero que mi cuerpo identificó antes que mi cabeza.
Si aquello hubiera sido una película, probablemente alguien habría gritado: “¡Corten!”
Pero nadie gritó nada.
Llevábamos meses sin estar juntas y yo tenía una necesidad casi física de volver a sentirte cerca, de recuperar esa familiaridad de tu cuerpo, de tu olor, de tu manera de acercarte a mí.
Porque hay cosas que no se piensan. Simplemente se sienten. En la piel, en el cuerpo, en ese pequeño escalofrío que aparece antes de que la cabeza alcance a entender qué está pasando.
Y aquella noche se me quedó precisamente ahí.
En la memoria. En el cuerpo.
En ese lugar donde una guarda las cosas que no sabe explicar pero que, muchos años después, todavía pueden volverse a sentir con cerrar los ojos.
Quizá eso era lo que me daba miedo cuando estaba contigo.
No tú. Lo que me pasaba a mí cuando estabas cerca.
Lo que sí, siempre he sabido que el primer color siempre había sido el mismo. TU.