Lola la Tinderela Vol 2 Capitulo 7
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Capitulo 7

Lola llevaba meses diciendo que ya había superado a Elena. Y, técnicamente, era verdad. Ya no revisaba sus redes cada cinco minutos.

Ya no abría la conversación de WhatsApp, escribía “hola”, lo borraba, escribía “te extraño”, lo borraba y terminaba mandándole un meme como si aquello fuera una estrategia emocionalmente saludable.

Había progreso. El problema era que cada vez que alguien le preguntaba:

—¿Ya la superaste?

Lola necesitaba unos tres segundos más de los socialmente recomendables antes de responder.

—¿Entonces ya estás lista para conocer a alguien más?

Lola respondía: —Sí.

Y su corazón: - No

En cambio, su mejor amiga, Marina no necesitaba esos tres segundos.

Marina estaba sentada frente a ella, comiendo edamames y bebiéndose una cerveza con la tranquilidad de quien había encontrado el perfecto equilibrio entre cuidarse y sabotearse un poquito.

Porque los edamames eran saludables, y eso debía contar para algo, ¿no?

Marina conocía todas las historias de Lola.

Las oficiales, las que tenían una versión ligeramente maquillada y, por supuesto, las que Lola juraba que jamás le había contado.

Sabía de Elena. Sabía de Julieta. Y también conocía a Elena, lo que hacía que sus opiniones fueran considerablemente más incómodas.

—Mira —dijo Marina, mientras sacaba otro edamame de la vaina y le daba un trago a su cerveza—, no tienes que convencerme de que superaste a Elena. Pero tampoco tienes que convencerte tú.

Lola la miró.

—¿Y eso qué significa?

Marina se encogió de hombros, como si estuviera a punto de dar un consejo de vida y no simplemente decidir qué edamame comer después.

—Que puedes querer a alguien nuevo sin haber terminado de entender lo que sentías por alguien anterior. No todo tiene que estar perfectamente ordenado. Y, por favor, deja de actuar como si tener sentimientos fuera un fallo de configuración.

Lola sonrió.

Ese era el problema con Marina. Siempre tenía un consejo. Y lo peor era que, entre edamame y cerveza, casi siempre tenía razón.

Así que un martes, después de una conversación particularmente intensa con Marina su mejor amiga, Lola terminó sentada en el consultorio de un terapeuta.

El terapeuta se llamaba Dr. Santiago Reyes.

Tenía unos cuarenta y tantos, lentes, una libreta y esa expresión que tienen los terapeutas cuando saben que en los próximos cincuenta minutos alguien va a decir algo que les va a ahorrar el café de la tarde.

El consultorio del Dr. Santiago Reyes no se parecía en nada a los consultorios que Lola había imaginado.

No había paredes blancas, ni diplomas puestos estratégicamente para recordarle al paciente que estaba frente a un hombre que había estudiado más de diez años para escuchar problemas ajenos.

Era un espacio cálido, elegante y demasiado tranquilo.

De esos lugares en los que uno entra y automáticamente baja la voz, aunque nadie se lo haya pedido.

Las paredes eran de un tono beige suave, casi crema, y estaban decoradas con fotografías en blanco y negro de Miami.

No las típicas fotos de playas, palmeras y atardeceres que parecían sacadas de una postal turística, sino imágenes antiguas de la ciudad: calles mojadas después de la lluvia, edificios de Brickell, personas caminando por Little Havana y algún que otro paisaje que Lola no reconocía.

Había una biblioteca enorme ocupando una de las paredes.

Libros de psicología, relaciones, comportamiento humano y, mezclados entre ellos, algunos títulos que Lola jamás habría imaginado encontrar allí.

En una esquina había una planta enorme que parecía estar más sana emocionalmente que la mayoría de los pacientes del consultorio.

Lola la miró unos segundos.

—Por lo menos alguien aquí tiene su vida resuelta —pensó.

El sofá donde debía sentarse era de color gris oscuro, amplio y demasiado cómodo.

Un sofá incómodo habría sido mucho más fácil de manejar.

Frente a ella había un sillón de cuero marrón donde se sentaba el doctor, con una pequeña mesa de madera entre ambos. Sobre la mesa había una libreta negra, un bolígrafo y un vaso de agua.

Nada más.

Ni reloj.

Ni computadora.

Ni teléfono.

Ni distracciones.

Lola observó el lugar con atencion y se sento en el sillon.

—Esto está demasiado organizado —pensó—. Aquí definitivamente alguien sabe lo que está haciendo.

El Dr. Reyes apareció unos segundos después.

—Lola.

Ella levantó la mirada.

—Doctor.

—Puedes decirme Santiago.

Lola sonrió ligeramente.

—Bueno

—dijo Santiago—. ¿Qué te trae por aquí?

Lola respiró profundamente.

Había ido pensando que iba a hablar de Elena.

De Julieta.

De sus relaciones.

De por qué todo parecía complicarse justo cuando empezaba a sentirse bien.

Pero algo le decía que Santiago no iba a dejarla quedarse solamente en la superficie.

Lola respiró profundamente. Y contesto:

—Elena.

Santiago levantó la mirada.

—¿Elena?

—Sí.

—¿Tu pareja?

—No.

—¿Tu ex?

—Tampoco.

—¿Entonces?

Lola hizo una pausa.

—Ese es precisamente el problema.

Santiago anotó algo.

—Explícame.

—Estoy ilusionada o no se cual es la palabra perfecta, pero es de ella que quiero hablar.

—Bien.

—Pero no estamos juntas.

—Entiendo.

—Y sé que debería seguir adelante.

—Ajá.

—Y quiero seguir adelante.

—Perfecto.

—Pero no puedo.

Santiago dejó el bolígrafo sobre la libreta.

—¿No puedes o no quieres?

Silencio.

Lola lo miró.

—¿Usted viene así de agresivo de fábrica?

Santiago sonrió.

—Primera sesión.

—Ah.

—Tengo que aprovechar.

Lola cruzó los brazos.

—Yo sí quiero avanzar.

—Entonces, ¿qué te detiene?

—No sé.

—¿La esperanza de que Elena vuelva?

—No.

—¿La necesidad de sentir que todavía tienes una conexión con ella?

Lola frunció el ceño.

—Eso suena muy terapéutico. No me gusta.

—Lola.

—¿Qué?

—¿Qué pasa cuando Elena se aleja?

Lola respondió inmediatamente: —Me pongo tranquila.

Santiago esperó.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Y después?

—Después pienso en ella.

—¿Cuánto?

—Normal.

—¿Qué significa normal?

—Como... unas treinta y siete veces al día.

Santiago asintió lentamente.

—¿Y cuando Elena se acerca?

Lola sonrió.

—Me pongo feliz.

—¿Mucho?

—Muchísimo.

—¿Y cuando no sabes qué siente por ti?

Lola dejó de sonreír.

—Me descompongo.

Santiago tomó nuevamente su bolígrafo.

—Ah.

Lola lo señaló.

—No haga ese “ah”.

—¿Qué “ah”?

—Ese “ah” de terapeuta que significa “acabo de descubrir algo y tú todavía no”.

—No he descubierto nada.

—Está mintiendo.

—No es mentira.

—Entonces dígame qué escribió.

Santiago giró la libreta hacia él.

—No.

—¡Exacto!

Él sonrió.

—Lola, creo que el problema no es solamente Elena.

Ella se quedó callada.

—¿Entonces cuál es?

Santiago se inclinó ligeramente hacia adelante.

—La forma en la que tú te relacionas con el amor.

Lola parpadeó.

—¿Mi forma de amar está mal?

—No.

—¿Entonces?

—Es una forma de protección.

—¿Protección de qué?

—Del miedo.

Lola bajó la mirada.

Por primera vez desde que había entrado al consultorio, dejó de hacer chistes.

—¿Y cómo se supone que sé de qué tengo miedo?

Santiago sonrió.

—Ahí es donde se pone interesante.

Abrió una página nueva en su libreta.

—Porque cuando hablamos de vínculos, no todos reaccionamos igual.

Algunas personas necesitan mucha cercanía y sienten ansiedad cuando perciben distancia.

Otras necesitan sentirse independientes y se alejan cuando alguien se acerca demasiado.

Algunas quieren amor, pero al mismo tiempo le tienen miedo.

Y otras pueden disfrutar de la intimidad sin sentir que van a perderse dentro de ella.

Lola levantó una ceja.

—¿Me está diciendo que hay categorías?

—Cuatro grandes estilos de apego que suelen usarse para entender estos patrones.

—¿Y usted me va a decir cuál soy?

Santiago sonrió.

—No.

—¿No?

—Te voy a ayudar a descubrir qué haces tú cuando amas, cuando tienes miedo, cuando alguien se acerca y cuando alguien se aleja.

Lola se acomodó en el sillón.

—Bueno.

—¿Lista?

—No.

—Perfecto.

Santiago pasó la página.

Y así empezó la conversación que Lola llevaba años evitando.

Porque quizás el problema no era que todavía estuviera enamorada de Elena.

Quizás la pregunta más importante era:

¿qué parte de Lola estaba intentando protegerse cada vez que amaba a alguien?

Y para descubrirlo, primero había que hablar de los cuatro tipos de apego.

La primera sesión con el Dr. Santiago Reyes había terminado y Lola salió de su consultorio con una sensación extraña.

No podía decir que había resuelto gran cosa.

De hecho, si alguien le hubiera preguntado qué había aprendido exactamente durante aquella hora, probablemente habría tenido que pensarlo bastante.

Pero se sentía… liberada.

Como si hubiera dejado algo pesado dentro de aquel consultorio y, al salir, estuviera respirando un poco mejor.

Claro que, a cambio, se había llevado aproximadamente mil preguntas nuevas. Excelente.

Había ido a terapia para aclarar su cabeza y ahora tenía más preguntas que antes. Tal vez así funcionaba.

O tal vez el doctor simplemente era muy bueno haciendo preguntas.

Y, para su desgracia, Lola tenía la sensación de que quería volver a verlo. No necesariamente por las respuestas.

Quizás por las preguntas.

El consultorio estaba en Coconut Grove, así que decidió caminar un poco antes de regresar a casa.

Terminó entrando a una cafetería y pidió un café. Ya no era precisamente hora de tomar café.

De hecho, probablemente era una pésima idea. Pero en ese momento necesitaba uno.

Lola no sabía si necesitaba cafeína o simplemente algo que sostuviera entre las manos mientras intentaba ordenar todo lo que tenía dando vueltas en la cabeza.

Salió con el vaso caliente y caminó hacia su carro. Tenía unas ganas enormes de llegar a su computadora.

Quería escribir. Necesitaba escribir.

Había algo en la sesión que le había despertado una cantidad absurda de pensamientos y, cuando eso le pasaba, escribir era la única manera que conocía de ponerlos en algún lugar que no fuera su cabeza.