Capitulo 6
Pero… ¿de dónde apareció Julieta?
Bueno, para entender eso tenemos que regresar un poquito.
Porque Julieta no apareció mágicamente después de Elena.
Ella ya estaba ahí.
Cuando en el primer libro las cosas comenzaron a ponerse serias con Elena, Lola hizo algo que en aquel momento le pareció perfectamente lógico: dejó de escribirles a todas las demás.
No porque hubiera hecho una promesa.
No porque Elena se lo hubiera pedido.
Ni siquiera porque hubiéramos tenido esa conversación adulta y madura de “¿qué somos?”.
Simplemente decidió que quería conocerla de verdad.
Así que, de un día para otro, Lola pasó de tener varias conversaciones abiertas a comportarse como si hubiera firmado un contrato de exclusividad que nadie le había presentado.
Muy madura ella.
Quería darle mi atención, mi tiempo y, sobre todo, quería descubrir qué podía pasar entre nosotras sin tener cinco conversaciones paralelas corriendo en segundo plano.
Así que aquellas historias quedaron suspendidas.
Algunas en mi teléfono.
Otras, probablemente, en la bandeja de mensajes que uno abre, mira y piensa:
después contesto.
Spoiler: ese “después” puede durar meses.
De vez en cuando aparecía algún mensaje.
—¿Cuándo nos vemos?
—¿Estás ocupada?
—¿Qué haces este fin de semana?
Y yo respondía:
—Estoy ocupada.
Y lo curioso es que era verdad.
No estaba ocupada con reuniones, campañas, ni compromisos.
Estaba ocupada con Elena.
Durante ese tiempo no quería repartir mi atención. Quería saber quién era ella cuando no había ruido alrededor. Quería darle a esa historia una oportunidad real.
Y se la di.
Después las cosas con Elena terminaron.
Y entonces ocurrió algo bastante chistoso, mi teléfono, que durante meses había tenido una vida social prácticamente inexistente, decidió resucitar.
Mensajes. Invitaciones. Conversaciones que yo misma había dejado en pausa.
Era como abrir una gaveta que llevabas meses sin tocar y descubrir que, efectivamente, todavía había cosas ahí.
Y una de esas cosas tenía nombre: Julieta.
Aunque, para ser completamente justa, Julieta tampoco apareció exactamente después de Elena. Ella ya había empezado a moverse antes de que aquella historia terminara.
Julieta es de esas mujeres que saben lo que quieren.
Y cuando digo que lo sabe, no me refiero a esa versión diplomática de “creo que tengo una idea de lo que busco”.
No. Julieta sabe. Y, además, tiene la maravillosa costumbre de hacértelo saber.
Eso, debo reconocerlo, resulta bastante difícil de ignorar.
Pero Julieta no era la única.
Había otras historias que habían quedado flotando alrededor de la mía.
Algunas quizá ya las conocieron brevemente en el primer libro. Otras estaban a punto de aparecer.
No todas tendrían el mismo peso. No todas llegarían al mismo lugar.
Pero todas formaban parte de algo que estaba empezando a entender sobre mí misma: cuando una historia terminaba, no necesariamente desaparecían todas las demás.
Algunas simplemente habían estado esperando.
Y antes de que alguien piense que yo estaba llevando una especie de departamento de relaciones públicas con una cartera llena de candidatas, aclaremos algo.
Cuando Elena estuvo en mi vida, yo estaba con Elena.
Punto. No me arrepiento de haber cerrado las otras puertas durante ese tiempo.
Al contrario. Creo que cuando alguien realmente te importa, quieres estar ahí.
El problema es que después de Elena aquellas puertas seguían existiendo.
Y algunas empezaron a abrirse otra vez. Ahí apareció Julieta.
Y con ella comenzó una historia completamente diferente.
Porque si Elena me había obligado a mirar hacia adentro, Julieta llegó con una energía bastante distinta.
Más directa. Más ligera. Más sencilla
Así que, si en este momento alguna de ustedes está pensando:
“OMG… ¿Lola volvió a entrar a Tinder?”
¡NO!
Jajajajaja. Tranquilas. No volví a Tinder.
Aunque una buena amiga me enseñó algo que jamás deberíamos olvidar: nunca digas nunca y nunca digas siempre.
Esas dos palabras tienen una costumbre horrible de regresar años después para recordarte que hablaste demasiado rápido.
Pero en este caso, y por ahora, puedo decirlo con absoluta seguridad:
No volví a Tinder.
Después de todo lo que viví en el primer libro, creo que ya había generado suficiente material para varias vidas.
Así que no. No hubo swipe right.
No hubo swipe left.
No hubo: “¿Qué buscas aquí?”
No hubo mujeres abrazando tigres que, claramente, no conocían personalmente.
No hubo perfiles que decían: “Solo estoy aquí para ver qué pasa”, mientras llevaban tres años activas.
Nada de eso. Esta vez las historias no llegaron porque Lola salió a buscarlas.
Llegaron solitas. Y créanme… cuando una no está buscando absolutamente nada, es exactamente cuando la vida parece decir: Ah, ¿no? Mira esto.
Porque mientras todo ese drama emocional con Elena estaba ocurriendo —y créanme, yo todavía no sabía que aquello apenas estaba comenzando— había otra historia desarrollándose por debajo de la mesa.
Regresemos a Julieta.
La del rooftop cerrado por una boda.
La del restaurante frente al mar.
La del brunch sin café, una experiencia que sigo considerando una agresión emocional.
La de los lentes de sol que prácticamente no me quité porque tenía una resaca que merecía reconocimiento internacional.
Y sí… la del famoso “beijo”.
Bueno, Julieta no es realmente su nombre. Ya saben cómo funciona esto: algunos nombres necesitan una pequeña capa de ficción.
Pero digamos que el nombre le queda. Julieta tenía carácter. Y cuando una mujer tiene carácter, se nota.
Recuerdan que yo llevaba semanas diciéndome que necesitaba tiempo.
Espacio. Calma. Nada complicado. Una pausa. Una vida emocional tranquila.
Qué bonito cuando una todavía cree en sus propios planes.
Porque mientras yo intentaba convencerme de que no estaba buscando absolutamente nada, Julieta empezaba a convertirse en algo bastante difícil de ignorar.
Y lo peor —o lo mejor, dependiendo de cómo quieran contar esta historia— era que yo estaba disfrutando muchísimo.
No había un plan.
No había una decisión consciente de mi parte. Simplemente estábamos pasando tiempo juntas. Más natural.
Hasta que un día me di cuenta de algo: yo ya estaba haciendo espacio para ella.
Y aquí, por supuesto, ahora Lola, decide abandonar la narracion en primera persona y pasar a la tercera, porque mantener una sola voz durante todo un libro sería, aparentemente, demasiado sencillo.
Lo hace de manera irracional y racional al mismo tiempo; Y como la escritora tiene un trabajo en este libro —alguien tendrá que tomar el control—, ahora le toca a ella explicar por qué demonios la historia cambia de perspectiva como si tuviera vida propia.
Lo hace de manera irracional y racional al mismo tiempo.
Hay intención detrás de cada voz, aunque a veces parezca que la narración simplemente tomó sus propias decisiones y decidió no consultar a nadie.
Así que paciencia. En las próximas páginas, la escritora se encargará de demostrar que, contra todo pronóstico, existe un método detrás de esta locura.
A veces ella cuenta la historia; otras, se observa desde afuera, como si necesitara tomar cierta distancia para entender lo que le está pasando a Lola.
Así funciona esta narrativa: un poco de método, un poco de locura y bastante descaro. Y si en algún momento el lector se pregunta quién está contando realmente la historia… bueno, que siga leyendo.
Y ya que estamos hablando de cambios de tono, prepárense: lo que viene tendrá una temperatura ligeramente distinta. Un poco más cálida, más cercana, más candente… y sí, también más sensual. La escritora ha sido advertida. El lector, también.
Con Julieta, el perfume empezó a convertirse en una cosa entre ellas.
Lola llevaba meses saliendo con Julieta y, para entonces, Julieta ya reconocía su perfume incluso antes de verla.
Había terminado convirtiéndose en una pequeña obsesión entre las dos.
Julieta le pedía que se lo pusiera cuando iban a verse, como si aquel aroma tuviera algún efecto secreto sobre ella.
Y, siendo sinceras, probablemente lo tenía.
Bastaba con que Lola se acercara para que Julieta cambiara ligeramente la expresión. Respiraba un poco más profundo, se quedaba cerca unos segundos de más y, de pronto, parecía que el perfume tenía toda su atención.
Lola, naturalmente, fingía no darse cuenta.
Una actuación bastante mediocre, si se le pregunta a la escritora.
Con ellas, el perfume había dejado de ser simplemente perfume. Se había convertido en una especie de código secreto: una gota en el cuello, una mirada que duraba demasiado y ese pequeño hormigueo en el estómago que ninguna de las dos parecía tener demasiada prisa por detener.
Aquella noche habían salido a cenar. Julieta manejaba. Lola miraba por la ventana.
—Cuando regresemos a casa, ponte tu perfume.
Lola la miró, divertida.
—Pero si ya es hora de dormir.
Una pregunta perfectamente ingenua. O eso quiso hacernos creer.
Porque, queridos lectores, a estas alturas ya deberían sospechar que cuando Julieta pedía el perfume a esas horas, dormir probablemente no estaba entre sus planes inmediatos.
Y la escritora, que tampoco nació ayer, solo puede mirar a Lola desde su privilegiada tercera persona y preguntarse: ¿de verdad no lo veía venir?
Y ustedes, amigos lectores… ¿ya saben hacia dónde va esto, verdad?
Lola giró la cabeza.
—¿Otra vez?
—Sí.
—¿Qué tienes con mi perfume?
Julieta sonrió.
—Me gusta cómo huele en ti.
—Es el mismo de siempre.
—Precisamente.
Cuando llegaron al apartamento, Julieta dejó las llaves sobre la mesa y puso música.
Después encendió un par de velas.
Lola la observó desde la entrada.
—¿Siempre recibes a tus citas así?
—No.
—Ah.
—Solo a las que me gustan.
Lola sonrió.
—Eso fue peligrosamente efectivo.
Julieta se acercó al mueble donde Lola había dejado su bolso.
—¿Y el perfume?
—Sabía que no se te iba a olvidar.
Lola sacó el frasco.
Dos sprays.
Uno en el cuello. Otro en la muñeca.
Julieta la miró.
—Eso es todo.
—¿Qué esperabas? ¿Que me bañara en él?
Julieta se acercó.
—No estaría tan mal.
Lola soltó una risa. Pero Julieta ya estaba frente a ella. Se inclinó lentamente hacia su cuello.
Primero respiró. Nada más.
Lola sintió su respiración sobre la piel y, de repente, la música pareció bajar de volumen.
—¿Qué? —susurró Lola.
—Nada.
Julieta volvió a olerla. Esta vez más despacio. Lola sonrió.
—Definitivamente tienes un problema con este perfume.
—No.
Julieta dejó un beso justo debajo de su oreja.
—Tengo un problema contigo. Lola cerró los ojos. Y ahí entendió que quizá el perfume nunca había sido el verdadero problema.
Julieta volvió a acercarse, siguiendo lentamente el rastro que Lola había dejado en su propia piel.
Del cuello al hombro. Sin prisa. Como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Lola dejó escapar una pequeña risa.
—¿Estás siguiendo el perfume?
Julieta levantó la mirada.
—Puede ser.
—Eso parece una investigación.
—Entonces quédate quieta.
Y Lola, que normalmente tenía una opinión para absolutamente todo, decidió que por una vez podía guardar silencio. Las velas seguían encendidas. La música seguía sonando.
Y el perfume, aparentemente, había encontrado exactamente dónde quería quedarse.
Y, por supuesto, aquella noche duró horas.Horas.
Porque aparentemente Julieta había decidido que el perfume de Lola necesitaba un estudio mucho más profundo.
—¿Todavía? —murmuró Lola entre risas.
Julieta no contestó. La respiración cálida contra su piel le provocó un escalofrío que Lola intentó disimular y fracasó miserablemente.
—Vas a terminar gastándome el perfume —dijo.
—Entonces mañana compras más.
—Ah, claro. Qué solución tan práctica.
Julieta sonrió contra su piel. Después hubo silencio.
De esos silencios que no son incómodos porque ninguna de las dos tiene intención de llenarlos.
La música cambió varias veces. Las velas fueron consumiéndose lentamente. En algún momento dejaron de saber qué canción estaba sonando.
Solo quedaron las respiraciones. La cercanía. La piel rozándose apenas. El calor de una mano.
Un beso que empezaba en el cuello y terminaba convirtiéndose en otro, y después otro.
Lola ya no sabía si seguía oliendo a perfume o si el perfume se había convertido simplemente en parte de Julieta.
—¿Sabes qué? —dijo Lola en algún momento.
—¿Qué?
—Creo que ya entendí por qué te gusta tanto.
Julieta levantó la mirada.
—¿Por qué?
Lola sonrió.
—Porque huele a mí.
Julieta se rio.
—Qué humilde.
—Estoy haciendo una observación científica.
—Claro.
—Tengo testigos.
—¿Ah, sí?
—Tú.
Julieta volvió a acercarse.
—Entonces seguire investigando.
Y Lola obedeció.
La noche siguió avanzando. Lola estaba agotada.
Pero había algo en quedarse ahí, tan cerca, escuchando la respiración de Julieta y sintiendo su piel contra la suya, que hacía que dormir pareciera una pérdida de tiempo.
Y esa risa se quedó flotando entre las dos.
Cuando finalmente empezó a entrar la primera luz por las ventanas, Lola abrió los ojos.
El cielo de Miami estaba cambiando lentamente de negro a azul. Y Julieta seguía ahí. Cerca. Con la cabeza apoyada junto a ella.
Lola respiró profundamente. Mientras Julieta empezaba a ocupar ese espacio, otra historia tampoco había terminado de desaparecer.
Algunas historias no se terminan cuando dejamos de hablar de ellas, unas solamente simplemente esperan. Y Elena todavía tenía algo que decir.