Capitulo 5
Después de años construyendo una vida que, desde afuera, parecía tener bastante sentido, Lola tomó una de las decisiones más difíciles de su vida: irse.
Renunció al trabajo que más había disfrutado hasta ese momento. Dejó una rutina que funcionaba, personas que quería, una ciudad que conocía de memoria y una relación que significaba muchísimo para ella.
No fue una decisión impulsiva. Y justamente por eso fue tan difícil.
Porque hay decisiones que tomamos cuando todo está mal. Esas son relativamente fáciles.
Lo complicado es decidir irte cuando, en teoría, todo está bien.
Lola llegó a París en 2002.
Y París, como buena parisina, no hizo ningún esfuerzo especial por recibirla.
Hacía frío. Había días grises. Había calles que no sabía pronunciar y momentos en los que se preguntaba qué demonios estaba haciendo tan lejos de casa.
Pero también estaba esa sensación maravillosa de empezar de cero.
Después llegó Madrid. Una maestría. Nuevos amigos. Nuevos lugares. Otra versión de ella misma.
Por primera vez en mucho tiempo, Lola no era la estratega de publicidad que todos conocían. No era la profesional que tenía respuestas para todo. No era la persona que sabía perfectamente qué hacer después.
Era Lola.
Una mujer —una niña, en realidad, en aquel entonces— intentando descubrir quién era cuando nadie estaba esperando nada de ella.
Y eso puede ser mucho más difícil de lo que parece.
Porque cuando nadie te dice quién tienes que ser, te toca averiguarlo.
Durante esos años entendió algo que tardaría mucho más tiempo en poner en palabras:
muchas de nuestras decisiones no nacen únicamente de lo que queremos.
También nacen de lo que tememos.
A veces buscamos libertad porque tenemos miedo de quedarnos.
A veces cambiamos de ciudad pensando que estamos cambiando de vida, cuando en realidad nos llevamos exactamente los mismos problemas en la maleta.
Y a veces dejamos ir cosas maravillosas simplemente porque todavía estamos intentando entender quiénes somos.
Lola todavía no sabía que aquellos años en Europa terminarían enseñándole mucho más sobre las elecciones que sobre los lugares.
Pero para entender eso tenemos que volver a París.
París fue la primera ciudad que recibió a Lola en 2002.
Vivía en la Cité Internationale Universitaire de Paris, en la Maison de Norvège.
Su habitación era pequeña. Muy pequeña. Cama individual. Escritorio.
Una silla que parecía haber sido diseñada por alguien que tenía algo personal contra la comodidad.
Y una ventana.
Eso era prácticamente todo. Pero para Lola era mágico.
Era su primer espacio completamente suyo.
Desde la ventana podía ver las otras maisons: edificios que representaban países, culturas y formas de vida completamente diferentes.
Por los jardines caminaban estudiantes de todas partes del mundo.
Todos cargando libros, sueños y esa mezcla bastante incómoda de emoción y miedo que aparece cuando uno está lejos de casa.
Los baños estaban fuera del cuarto. La comida ocurría en la cafetería.
El desayuno y el almuerzo costaban alrededor de 1,25 euros.
Y para Lola aquello no era sacrificio. Era aventura.
Cada pequeño inconveniente parecía formar parte de una historia que algún día tendría que contar.
Después tomaba el tren hasta la Alliance Française para aprender y perfeccionar su francés.
Aunque esa era la razón oficial. La verdadera era otra. Necesitaba una excusa para estar ahí.
Porque Lola no quería simplemente visitar París.
Quería sentir que pertenecía a la ciudad, aunque fuera por un tiempo.
Así que caminaba. Muchísimo. Sin rumbo.
Doblando esquinas porque algo le llamaba la atención. Entrando en calles que no aparecían en ninguna guía. Sentándose en cafés, librerías y parques.
Podía pasar horas observando a la gente.
Cómo podían sentarse solos durante veinte minutos sin mirar el teléfono cada treinta segundos.
Eso último, por cierto, hoy sería considerado una habilidad espiritual.
Le fascinaba París. Era elegante y caótica. Hermosa y gris. Un poco dramática. Un poco indiferente. Muy francesa.
Y quizá por eso la quería tanto.
París no intentaba gustarle. Simplemente existía.
Y Lola estaba aprendiendo a hacer lo mismo.
Hasta que un día empezó a extrañar. Al principio había sido todo emoción.
La sensación de estar construyendo una vida completamente nueva.
Pero poco a poco aparecieron los recuerdos de la vida que había dejado atrás.
Extrañaba su rutina. Su trabajo. La facilidad de estar en su propio idioma.
Y, sobre todo, extrañaba a alguien.
Porque Lola no se había ido de una vida que odiaba.
Había dejado un trabajo que amaba, un buen salario, un auto, amigos, cenas, proyectos y una relación que ocupaba un lugar enorme en su vida.
Había dejado una vida que funcionaba.
Y ahora estaba descubriendo que una vida puede funcionar perfectamente y aun así no ser suficiente para lo que uno necesita en ese momento.
Hasta que llegó aquel viernes. Parecía una mañana normal.
De esas que todavía no saben que van a convertirse en un recuerdo.
Recibió una llamada.
Y en pocos minutos todo cambió.
La relación a distancia estaba siendo difícil.
La falta de estar juntas. La incertidumbre. Los días sin verse. Todo empezaba a pesar.
Y entonces escuchó algo que nunca imaginó escuchar: quizás era mejor terminar.
La otra persona quería intentar algo con alguien más.
Lola se quedó en silencio.
No porque no hubiera entendido. Había entendido perfectamente. Ese era el problema.
Tenía clase de francés esa mañana.
Y fue.
Porque aparentemente incluso con el corazón roto una tenía responsabilidades académicas.
Se sentó.
Abrió su cuaderno.
El profesor hablaba.
Los estudiantes repetían palabras. La pizarra se llenaba de frases en francés.
Y Lola estaba ahí físicamente. Mentalmente estaba a miles de kilómetros.
Solo podía pensar:
¿Qué estoy haciendo aquí?
¿Cómo podía estar conjugando verbos mientras la persona que ella consideraba el amor de su vida acababa de decirle que quería terminar?
No podía.
Levantó la mano.
—Excusez-moi, monsieur, est-ce que je peux aller aux toilettes, s'il vous plaît?
El profesor asintió.
Lola salió del salón.
Y no fue al baño.
Fue directamente a las computadoras.
Abrió Air France.
Buscó el siguiente vuelo a México. Cinco horas.
Precio: 1.000 euros. Mil. Euros.
Era prácticamente el presupuesto de un mes completo.
Y aquí ocurrió algo bastante interesante.
La mujer que podía pasar semanas analizando una campaña, estudiando comportamientos y contemplando todas las posibilidades antes de tomar una decisión...
compró el boleto.
Sin comité. Sin Excel. Sin presentación de PowerPoint.
Sin siquiera preguntarle a nadie: ¿Ustedes qué harían?
Compró.
Porque había una sola cosa que tenía clara: tenía que estar en México.
No podía terminar una relación por teléfono.
Necesitaba verla. Hablar frente a frente. Mirarla a los ojos. Entender qué estaba pasando.
Volvió a la Cité Universitaire, recogió sus cosas y salió rumbo a Charles de Gaulle.
Durante el trayecto sentía esa mezcla extraña entre miedo y certeza que aparece cuando uno cree que está haciendo exactamente lo que tiene que hacer.
Antes de subir al avión hizo una llamada.
—Espérame. Ya voy para allá.
Silencio.
—Llego en diez horas. Hablamos cuando esté contigo.
Ese fue probablemente el acto más espontáneo de su vida.
Y ahí estaba Lola. La misma mujer que analizaba todo.
La misma que encontraba patrones donde nadie más los veía.
La misma que necesitaba entender antes de decidir.
Excepto que esta vez no estaba pensando. Estaba sintiendo.
Y cuando algo le importaba de verdad, la lógica podía hacer fila.
Cuando llegó a México no encontró una relación terminada.
Encontró una conversación pendiente. Hablaron. Lloraron. Se abrazaron. Se escucharon.
Y, contra todo pronóstico, volvieron a encontrarse.
Tres días después, Lola estaba nuevamente en París.
Diez días después llegó ella.
La persona por la que Lola había cruzado un océano.
Y sí.
Volvieron. Por ocho años.
Lo que siguió fue una de las épocas más bonitas de su vida.
París dejó de ser solamente la ciudad donde Lola había llegado sola.
Ahora tenía conversaciones, cenas, caminatas, planes, discusiones, reconciliaciones y recuerdos compartidos.
La ciudad había dejado de ser un escenario. Se había convertido en una historia de dos.
Y durante mucho tiempo, Lola creyó que aquel episodio confirmaba una de sus teorías favoritas: que cuando dos personas quieren estar juntas, encuentran la manera.
Y quizá, en ese momento, tenía razón.
Pero con los años descubriría algo más incómodo.
Que encontrar la manera de permanecer juntos no siempre significa que deban permanecer juntos para siempre.
Y que una historia puede ser absolutamente real, profundamente hermosa y, aun así, tener un final.
Eso Lola todavía no lo sabía. En ese momento solo sabía una cosa: había cruzado un océano por amor.
Y el amor había respondido.
Las relaciones a distancia le enseñaron algo que ninguna película romántica explica demasiado bien. No se trata solamente de extrañar.
Se trata de aprender a construir intimidad cuando la persona que quieres no está físicamente contigo.
Celebrar algo importante a través de una llamada. Tener un mal día y conformarte con una voz.
Dormirte pensando en alguien que está en otro continente. Y después llega el reencuentro.
Ese momento en el que vuelves a verla. A veces basta una mirada.
No hace falta explicación. No hace falta discurso. Simplemente sabes.
Pero también existe el otro lado.
El momento en que vuelves a mirar a alguien que amas y algo se siente diferente.
No sabes exactamente qué cambió. Solo sabes que cambió.
Porque algunas distancias no se miden en kilómetros.
Se miden en silencios. En conversaciones que ya no ocurren. En cosas que antes se contaban y ahora se guardan.
Y quizá una de las cosas más difíciles de aceptar en el amor es esta:
puedes amar profundamente a alguien y, aun así, llegar a un lugar donde ya no sabes cómo seguir amándola de la misma manera.
Pero esa... es otra historia. Y merece su propio capítulo.
Ahora que ya conocen un poco más a Lola, podemos volver al presente.
Porque todo lo que les he contado hasta aquí no era simplemente para que conocieran el pasado de Lola.
Era para que entendieran algo: Lo que estaba pasando con Elena y Julieta no había empezado con ellas.
Lola ya llevaba muchos años aprendiendo, eligiendo, huyendo, regresando, enamorándose, equivocándose y volviendo a empezar.
Y ahora sí... podemos entrar al meollo de todo. Había dos mujeres que no tenían absolutamente nada que ver entre ellas... salvo por un pequeño detalle.
Lola pensaba que podía vivir cada historia por separado. El problema era que ella era la misma persona en las dos.