Lola la Tinderela Vol 2 Capitulo 4
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Capitulo 4

Y aquí es donde tengo que detenerme un momento.

Porque, si vamos a contar esta historia de verdad, no puedo hacer como si Lola simplemente hubiera llegado hasta ahí por casualidad. No.

Lola estaba tomando decisiones.

Y algunas de ellas, vistas desde afuera, podían parecer bastante cuestionables.

Había dos mujeres. Había sentimientos. Había intimidad.

Y había una Lola bastante cómoda disfrutando de todo aquello mientras se repetía una frase que, en ese momento, le parecía completamente lógica:

No tengo ningún compromiso con nadie.

Técnicamente, era cierto.

Pero la vida emocional rara vez se lleva bien con la palabra “técnicamente”.

Y ahí empezó una de las cosas más interesantes que descubrí sobre mí misma.

Yo había pasado de querer entender el mundo del dating a convertirme, sin proponérmelo demasiado, en una especie de especialista.

Ya sabía leer ciertas señales. Sabía cuándo una mujer estaba interesada.

Sabía cuándo una cita podía convertirse en algo más. Sabía cuándo había química.

Sabía cuándo había que dejar espacio. Sabía incluso cómo mantener una conversación interesante mientras mi cerebro analizaba silenciosamente absolutamente todo.

Había aprendido el juego.

El problema era que también había aprendido a jugarlo sin tener que elegir.

Y eso le permitía disfrutar de diferentes partes de diferentes personas.

Elena seguía estando ahí… Elena habia regresado, sin yo pedirselo, regreso sola.

La mujer que había conocido al principio de esta historia, la que me había fascinado, la que había conseguido entrar en un lugar dentro de mí que yo todavía no sabía explicar.

Pero ahora ocupaba otra posición. Había cambiado.

No necesariamente porque ella hubiera cambiado. Había cambiado mi manera de verla.

Y eso no impedía que pudiéramos salir, reírnos, cenar, compartir momentos y seguir teniendo una conexión.

Mientras tanto, Julieta había entrado en otra parte de mi vida.

Una parte mucho más física. Más espontánea y mucho más fácil.

Y yo podía disfrutar de ambas cosas porque, en mi cabeza, ninguna de las dos me había pedido todavía algo que yo no estuviera dispuesta a dar.

Entonces... ¿estaba jugando con ellas?

Probablemente, si lo miramos desde el lugar de quien está esperando una respuesta emocional clara, sí.

Pero yo no lo vivía así.

Y creo que ahí está precisamente la parte incómoda.

Las personas rara vez nos vemos a nosotros mismos como los villanos de nuestra propia historia.

Yo no me levantaba por la mañana pensando: Hoy voy a confundir emocionalmente a dos mujeres.

No.

Yo pensaba: Estoy viviendo. Estoy conociendo. Estoy descubriendo qué quiero.

Y probablemente todas esas cosas eran ciertas.

El problema era que también había otra verdad que todavía no quería mirar demasiado de cerca: estaba evitando elegir.

Y evitar elegir también es una elección.

Porque cuando tienes varias puertas abiertas, no tienes que enfrentarte todavía a la posibilidad de cerrar una.

Y cerrar una puerta significa aceptar que quizá detrás de ella había algo que valía la pena.

Eso, para alguien que todavía estaba descubriendo cómo quería amar, podía dar bastante miedo.

En fin como esto estaba pasando investigue un poco y te cuento, que Lola, no es la unica que ha pasado por esto, todos tenemos una manera distinta de vincularnos.

Hay personas que necesitan exclusividad para sentirse tranquilas. Otras necesitan libertad. Hay quienes se enamoran primero y preguntan después.

Hay quienes necesitan conocer, observar, probar la convivencia, dejar que el tiempo les diga qué sienten.

Y ninguna de esas formas es, por sí sola, buena o mala. Solamente son diferentes.

El problema aparece cuando dos formas diferentes de amar intentan convivir sin hablar el mismo idioma.

Porque puedes querer a alguien y aun así no saber quererla de la manera que esa persona necesita.

Puedes ser sincera con lo que sientes y, aun así, lastimar.

Yo creía que mientras no prometiera algo, no estaba rompiendo nada.

Mientras nadie me preguntara demasiado, podía vivir cada historia en su propio compartimento.

Elena por aquí.

Julieta por allá.

Lola en el medio.

Todo perfectamente organizado. O eso creía.

Porque el corazón tiene una pésima relación con los compartimentos.

Tarde o temprano mezcla todo.

Y cuando eso sucede, ya no importa cuánto hayas organizado las pestañas abiertas.

Tienes que mirar la pantalla completa.

Pero, la historia nunca empieza exactamente donde uno cree que empieza.

A veces creemos que todo comenzó con una persona. Con una relación. Con un beso. Pero casi nunca es así.

Las decisiones que tomamos hoy suelen tener raíces mucho más antiguas. Algunas tan escondidas que ni siquiera nosotros sabemos que están ahí.

Y si de verdad queremos entender por qué Lola hacía lo que hacía, vamos a tener que retroceder un poco.

No demasiado.

Solo lo suficiente para conocer a la mujer que existía antes de todas estas historias.

Porque Lola no apareció de repente en un rooftop, con un gin en la mano y una agenda con demasiadas pestañas abiertas.

Esa mujer ya venía de algún lugar.

Venía de experiencias. De relaciones. De aprendizajes y tambien de heridas.

De cosas que le salieron bien y de otras que, digamos... podrían haber salido considerablemente mejor.

También venía de una manera muy particular de entender el amor.

Y quizá ahí está la clave.

Porque antes de preguntarnos por qué Lola podía querer a dos personas de maneras diferentes, por qué podía sentirse atraída por alguien sin querer construir una relación o por qué le costaba tanto detenerse y elegir, primero tenemos que entender algo mucho más básico:

¿Qué significaba amar para Lola?

Así que vamos a hacer algo que normalmente no hacemos.

Vamos a dejar las citas por un momento. Vamos a apagar la música. Vamos a guardar el gin. Y vamos a retroceder.

Porque para entender a Lola hoy, primero tenemos que regresar unos años atrás.

A la Lola de antes de este año.

La versión que todavía creía que tenía todo bastante bajo control.

Spoiler: no lo tenía.

Conozcamos un poco mejor a Lola.

No prometo que ella esté de acuerdo con todo lo que vamos a descubrir, pero tampoco le vamos a pedir permiso.

Empecemos.

Lola tiene cuarenta y tantos años y una teoría: todas las personas terminan contándote quiénes son.

Solo hay que hacer la pregunta correcta. Y, sobre todo, saber escuchar la respuesta.

—¿Y eso cómo lo aprendiste?

Bueno... años de experiencia.

Y probablemente una cantidad poco saludable de conversaciones que nadie me pidió analizar.

Trabajo en publicidad porque me fascina la forma en que las personas toman decisiones.

Mientras otros intentan vender productos, yo intento entender por qué alguien compra una idea, una promesa o incluso un recuerdo.

Para mí, la publicidad es psicología con fecha de entrega.

Una campaña nunca empieza con un slogan. Empieza con una pregunta.

¿Quién es esta persona?

¿Qué quiere?

¿Qué teme?

¿Qué está tratando de demostrar?

Así funciona mi cabeza. Un poco agotador para mí. Bastante útil para mi trabajo.

Y posiblemente desesperante para cualquiera que tenga una conversación conmigo y cometa el error de decirme:

—No sé, simplemente me gustó.

Porque inmediatamente quiero saber:

—¿Qué exactamente te gustó?

Tengo ese raro talento —o defecto, dependiendo de a quién le preguntes— de encontrar detalles que aparentemente nadie más vio.

Puedo salir de una reunión recordando que el cliente no dejó de tocarse el reloj cada vez que hablaba de su padre.

O notar que una palabra aparentemente insignificante cambió por completo la manera en que una marca hacía sentir a millones de personas.

Mi jefe dice que tengo un don extraño para ver lo que va a pasar antes de que pase.

Mis amigos dicen que soy una de las mujeres más inteligentes que conocen.

Y como este libro es mío, vamos a quedarnos con las dos primeras versiones.

También juego tenis una o dos veces por semana.

No porque sea especialmente competitiva. Bueno... tal vez un poquito.

Pero, sobre todo, porque es el único lugar donde mi cabeza se calla.

La cancha tiene algo maravilloso: no puedes analizar la vida mientras intentas devolver una pelota que viene a ciento veinte kilómetros por hora.

O puedes intentarlo. Pero la pelota te recuerda rápidamente quién manda.

Me gusta la precisión del deporte, la honestidad del marcador y esa sensación de que, durante una hora, solo existe una pregunta importante:

¿Dónde va a caer la siguiente pelota?

Nada de relaciones. Nada de trabajo. Nada de decisiones existenciales.

Pelota. Golpe. Corre. Respira. Y vuelve a empezar. Una maravilla.

Vivo sola.

Mi apartamento tiene más libros que adornos y más plantas de las que cualquier persona sensata recomendaría para alguien que viaja tanto.

Tengo buen café siempre. Siempre.

Hay límites que una puede cruzar en esta vida, pero quedarse sin buen café no es uno de ellos.

También suele haber música sonando mientras trabajo y tengo una libreta donde anoto frases que escucho en restaurantes, aeropuertos, ascensores o cualquier lugar donde alguien diga algo que me parezca interesante.

No porque crea que algún día voy a utilizarlas. Simplemente me parece un desperdicio dejar escapar una buena historia.

Y hablando de historias...

Yo creo profundamente en el amor.

Sí. Ya sé.

Después de todo lo que van a leer, esta afirmación puede resultar ligeramente sospechosa.

Pero sí.

Creo en el amor. No en el amor perfecto.

Ni en ese amor que llega para resolverte la vida, pagar tus cuentas, sanar tus traumas y, de paso, recomendarte una buena serie para Netflix.

Creo en otro.

En el que aparece cuando dos personas dejan de intentar impresionarse y empiezan, casi sin darse cuenta, a decirse la verdad.

Por eso nunca me ha interesado demasiado saber solamente a qué se dedica alguien.

Quiero saber cómo llegó a convertirse en la persona que tengo enfrente.

Qué le pasó. Qué la marcó. Qué la hizo reír. Qué la hizo desconfiar. Qué aprendió.

Y qué cosas todavía no ha aprendido.

Quizá por eso hago tantas preguntas.

O quizá por eso termino metida en tantas historias.

Pero esa conclusión la dejamos para después.

También corro todas las mañanas. No persigo marcas personales.

No tengo medallas escondidas en un cajón.

Y si algún día me ven corriendo a toda velocidad, probablemente no estoy entrenando para una carrera.

Probablemente estoy huyendo de alguna idea. Correr es mi manera de conversar conmigo misma.

Algunas personas meditan. Lola corre.

Y mientras corro, aparecen respuestas a preguntas que ni siquiera sabía que me estaba haciendo.

Mi cerebro es básicamente una detective privada que trabaja veinticuatro horas y nunca me pidió permiso para aceptar el empleo.

También escucho podcasts sobre prácticamente cualquier cosa.

Neurociencia. Arquitectura. Historia. Economía. Gastronomía. Filosofía. AI.

Y, ocasionalmente, historias sobre personas que hicieron cosas completamente absurdas y que, por alguna razón, me parecen fascinantes.

No intento saber un poco de todo. Me interesa algo más.

Me gusta ver qué ocurre cuando dos disciplinas que jamás deberían haberse encontrado terminan conversando.

Porque muchas de las mejores ideas aparecen precisamente ahí. Entre dos cosas que, en teoría, no tienen nada que ver.

Un poco como las personas. Y quizá eso explica más de mí de lo que parece.

Cuando terminé la universidad hice un viaje de mochila por Canadá con mi mejor amiga.

Yo pensaba que iba a descubrir países. Qué ingenua. Terminé descubriéndome a mí misma.

No en una montaña espectacular ni frente a un paisaje digno de una postal.

En las pequeñas cosas. El viento helado mientras esperaba un autobús.

La emoción de despertar en una ciudad que no conocía.

Perder un tren. Perder un avión. Perderme yo misma alguna que otra vez.

Y descubrir que, al final, siempre existe otro camino.

Desde entonces viajo con una curiosidad bastante difícil de apagar.

No colecciono destinos. Colecciono sensaciones.

El olor de una calle después de la lluvia. El primer café de una ciudad desconocida.

Una conversación inesperada. La música que sale de un bar al que ni siquiera pensaba entrar.

La manera en que cambia la luz de un lugar cuando cae la tarde.

Porque para mí viajar nunca ha sido solamente cambiar de lugar.

Es recordar que el mundo todavía puede sorprenderte.

Y creo que, en el fondo, eso es lo que siempre he buscado.

Que algo me sorprenda.

Así que, antes de seguir con todo lo que ocurrió después, necesitábamos hacer esta pequeña parada.

Porque todavía nos falta conocer bastante de Lola.

Y créanme... hay algunas cosas que ni siquiera Lola entiende todavía sobre Lola.

Pero para eso tenemos todo este libro.