Lola la Tinderela Vol 2 Capitulo 3 #2
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Capitulo 3 #2

Julieta ya estaba acostada. Y llevaba una bata negra de seda.

Negra.

De seda.

Mi cuarto olía completamente a su perfume.

Y yo, que hasta ese momento todavía intentaba convencerme de que éramos dos adultas responsables que iban a ver una película, empecé a sospechar que alguien había cambiado el guion sin avisarme.

Me acerqué a la cama. Le pregunte:

—¿Ya sabes qué quieres ver?

Ella sonrió.

No contestó.

Solo me miró.

Y ahí entendí algo que debería enseñarse en la escuela:

Hay sonrisas que son respuestas.

Y hay respuestas que definitivamente no necesitan subtítulos.

Julieta estiró la mano. Tomó el control remoto. Y apagó el televisor.

Yo miré la pantalla negra. Después la miré a ella.

Y pensé: Bueno, Lola...

parece que hoy tampoco vas a terminar una película.

Lo que pasó después se queda entre Julieta, Lola y el pobre televisor, que honestamente nunca tuvo ninguna posibilidad.

Solo diré que aquella noche confirmé una teoría: Hay citas que uno recuerda por la conversación. Otras, por la cena.

Y después están esas en las que nadie recuerda qué película iban a ver... porque, sencillamente, la película nunca empezó.

Mientras tanto, con Elena seguíamos saliendo. En teoría, como amigas.

No les voy a contar demasiado de la primera parte de esta temporada.

No porque no hayan pasado cosas —créeme, pasaron— sino porque quiero enfocarme en la última parte, que es donde la historia realmente empieza a ponerse interesante.

Además, si algo quiero que hagamos con este libro es pasarla bien leyendo, reírnos un rato y, de paso, aprender algunas cositas que quizá nos sirvan para la vida.

Así que tengan paciencia. Porque hasta ahora apenas estamos calentando motores.

Aguarden... que esto se pone bueno.

Yo seguía convencida de que sabía perfectamente dónde estaba parada.

Elena era mi amiga. Y eso era todo. O al menos eso era lo que yo me decía.

Porque mientras yo intentaba mantener cada cosa en su lugar, había algo entre nosotras que empezaba a ocupar un espacio que no habíamos acordado.

Y todavía no habíamos hablado de eso.

Hay lugares que uno guarda en la memoria por la comida.

Y otros por la persona con la que estuvo sentado frente a la mesa.

Ese restaurante japonés era uno de esos.

Ya había ido antes con un grupo de amigos. Recordaba haber salido encantada con el ambiente, con los rollos de sushi y con la falsa tranquilidad de pensar que era un lugar "normal". Nunca pregunté los precios. Así que, cuando pensé en un lugar para invitar a Elena, no lo dudé.

Le va a encantar, pensé.

Lo que no imaginé fue que el famoso Happy Hour tenía un concepto bastante creativo de la palabra happy.

Sonreí cuando llegó la cuenta, aunque por dentro hice una operación matemática digna de un contador tratando de convencerme de que, al final, la experiencia sí lo valía.

Y la verdad...

Lo valía.

El restaurante tenía esa luz tenue que hace que todo parezca más lento. El murmullo de las conversaciones se mezclaba con el sonido de los cuchillos golpeando suavemente los platos y el desfile constante de meseros cargando pequeñas obras de arte sobre bandejas negras.

Afuera, Miami seguía corriendo. Adentro, el tiempo parecía haberse sentado a cenar con nosotras.

Como siempre, la conversación encontró su propio camino.

Hablamos de viajes y Elena me contó de África.

Yo, que de África conozco Egipto y poco más —y eso contando las pirámides como experiencia africana—, me dejé llevar.

Me habló de esas fotografías con cielos naranja, atardeceres que parecen retocados con Photoshop y paisajes tan inmensos que una se siente diminuta hasta para hacerse un selfie.

Y claro, yo ya estaba allí mentalmente, aunque físicamente seguía bastante más cerca de mi copa.

Luego me contó que para llegar a algunos de esos lugares hay que coger una avioneta.

Una avioneta. No un Uber, no un taxi, no un coche con aire acondicionado: una avioneta.

Me imaginé volando sobre aquella inmensidad, mirando por la ventanilla y pensando que, si aquello era África, quizá había llegado el momento de ampliar mi currículum de viajes más allá de Egipto y los aeropuertos con duty free.

Había una facilidad que todavía no lograba explicar. Esas conversaciones donde ninguna de las dos tenía que impresionar a la otra. Donde los silencios no pedían disculpas y las risas aparecían sin esfuerzo.

Y entonces pasó, uno de esos momentos que casi nunca me pasan.

De repente dejé de escuchar por un segundo.

No porque hubiera perdido el interés. Todo lo contrario.

Me descubrí observando su rostro con una atención que me tomó por sorpresa. No era simplemente mirarla. Era observar cada gesto: la forma en que sonreía antes de terminar una frase, cómo sus ojos cambiaban cuando hablaba de algo que realmente le apasionaba.

Era como si mis ojos quisieran pintarla para no olvidar ningún detalle.

Sí.

Suena romántico. Y probablemente lo era.

Mientras hablaba, ocurrió una cosa extraña.

El tiempo hizo trampa. No sé cómo explicarlo de otra manera.

Debieron haber sido cinco segundos. Tal vez menos. Pero mi memoria insiste en que fueron mucho más.

Podría jurar que vi el momento cuadro por cuadro.

La manera en que levantó la mirada antes de sonreír. La pequeña pausa entre una palabra y la siguiente. El movimiento casi imperceptible de una mano acompañando una historia. La luz dibujando una sombra distinta sobre su rostro cada vez que inclinaba la cabeza.

Todo ocurrió en un instante. Y, al mismo tiempo, ocurrió despacio.

Al investigar un poco descubrí que la neurociencia tiene una explicación para eso. Cuando algo nos impacta de verdad, el cerebro puede registrar una cantidad extraordinaria de detalles y hacer que un instante parezca mucho más largo cuando lo recordamos.

La ciencia tiene sus explicaciones. Yo tenía otra teoría.

Quizá eso solo ocurre cuando dos personas se están observando al mismo tiempo.

Porque mientras yo intentaba guardar cada gesto suyo, Elena también había notado que algo estaba pasando conmigo.

De pronto dejó la frase a la mitad.

Sonrió y me dijo:

—Te me fuiste...

Volví de golpe.

Como quien regresa de un lugar donde no sabía que había estado.

Sonreí.

No supe qué contestar.

¿Cómo le explicas a alguien que no estabas distraída?

Que, en realidad, estabas más presente que nunca. Que no te habías ido.

Que, de alguna manera extraña, te habías quedado atrapada en su mirada.

Y pensé que quizá la neurociencia tenía razón. O quizá no.

Porque todavía no conozco ningún estudio capaz de explicar qué ocurre cuando dos personas dejan de mirarse...