Capitulo 3
Era viernes. Lola lo recordaba perfectamente porque los viernes eran non stop.
Demasiadas reuniones. Demasiados Zooms. Demasiada gente diciendo “feliz viernes” como si el simple hecho de haber sobrevivido cuatro días laborales fuera motivo suficiente para celebrar.
Y, sin embargo, aquel viernes parecía uno cualquiera. Para entonces ya llevaba un par de salidas con Julieta.
No era nada serio. Al menos eso era lo que Lola se repetía.
Porque después de un par de semanas de haber terminando a Elena, Lola había decidido hacer algo que, en ese momento, le pareció perfectamente razonable.
Entré a WhatsApp, vi su nombre Elena y deslicé el dedo ligeramente hacia la izquierda.
Un movimiento pequeño, casi insignificante.
Y ahí estaba: Archivar.
Lo presioné como quien toma una decisión adulta y emocionalmente saludable.
La archivé. Problema resuelto. Bueno. El chat, al menos.
Sí. Así de sencillo. La archivé porque necesitaba espacio.
Porque estaba empezando a conocer a alguien más.
Porque no quería sentarme frente a Julieta mientras una parte de mí seguía esperando que Elena apareciera en mi teléfono.
Así que archivé nuestras conversaciones. Y, sobre todo, me convencí de que podía guardar una historia en una carpeta y seguir viviendo como si no hubiera ocurrido.
Durante un par de semanas funcionó. Julieta y yo seguimos saliendo.
Ella me hacía reír. Yo empezaba a acostumbrarme a su manera de mirarme.
No quería que el pasado tuviera una silla en la mesa mientras intentaba conocer a alguien nuevo. En ese momento, me pareció perfectamente razonable.
No hubo una llamada a medianoche, ni una de esas despedidas en las que una termina diciendo “siempre vas a tener un lugar en mi corazón”, porque, sinceramente, yo no estaba para tanta producción.
Había tomado una decisión.
Y cuando Lola toma una decisión, puede ser bastante radical.
Así que abrí nuestra conversación, la miré durante unos segundos y la mandé al archivo.
Listo.
Fuera de mi vista. Fuera de mi teléfono. Fuera de mi vida.
O al menos eso era lo que pretendía.
Después no volví a escribirle.
No pregunté cómo estaba. No busqué una excusa para aparecer.
No revisé si estaba conectada.
No hice ninguna de esas pequeñas trampas que hacemos cuando decimos que hemos soltado a alguien, pero seguimos buscando cualquier señal que nos confirme que todavía está ahí.
Nada. Silencio. Y, durante un tiempo, funcionó. La vida siguió. Yo seguí.
Empecé a llenar mis días con otras cosas. Trabajo, amigos, salidas, planes, conversaciones nuevas. Volví a mis rutinas y, poco a poco, Elena dejó de ocupar el espacio que había ocupado durante tanto tiempo.
No voy a decir que la olvidé. Eso sería mentira.
Hay personas que no se olvidan; simplemente dejan de aparecer todos los días en tus pensamientos.
Y yo había llegado a ese lugar.
Creía que había cerrado aquella historia.
Creía que había entendido por qué tenía que terminar.
Creía, incluso, que si algún día volvía a escuchar su nombre, ya no sentiría nada que no pudiera manejar.
Qué ingenua.
Porque hay algo que nadie te explica cuando terminas una relación:
tú puedes cerrar una puerta y aun así no tener ningún control sobre quién decide tocarla después.
Y Elena decidió tocar.
Todos sabemos cómo funcionan los mensajes archivados.
Bueno… todos menos yo.
Yo, aparentemente, tenía una interpretación bastante creativa de lo que significaba “archivar”.
En mi cabeza, archivar una conversación era prácticamente mandarla a una dimensión paralela.
Ahí quedaba. Guardada.
Yo estaba convencida de que una vez que archivaba a Elena, no iba a volver a recibir nada de ella. Ni mensajes. Ni notificaciones. Nada.
Era como decirle al teléfono:
“Gracias por todo. A partir de ahora, tú y yo no hablamos de esta persona.”
Qué ternura.
Un día estaba en una reunión por Zoom, completamente concentrada en lo que estaba pasando en la pantalla. Mi teléfono estaba por ahí, probablemente boca abajo, haciendo su trabajo de objeto inofensivo.
Yo ni lo miré.
Una hora después terminó la reunión.
Tomé el teléfono. Y ahí estaba. Una llamada perdida.
De Elena.
Me quedé mirando la pantalla.
—¿Ah?
Mi primera reacción fue confusión.
Qué raro.
Al parecer, yo no sabía que archivar un chat en WhatsApp era básicamente hacer absolutamente nada. Los mensajes siguen entrando y, peor aún, las llamadas también.
En fin.
Recuerden que yo no soy precisamente una persona tecnológicamente savvy. Mi especialidad es escribir libros, no entender cómo funciona WhatsApp.
Después recordé algo importante: yo nunca la había bloqueado.
¿Por qué habría de hacerlo?
Creo que llega un momento en la vida en que una ya no necesita bloquear a nadie.
Somos adultas. Si una relación termina, termina.
No hace falta convertir cada ruptura en una guerra civil digital.
No hay necesidad de bloquear, desbloquear, revisar quién vio qué, desaparecer de Instagram, reaparecer tres semanas después o hacer esas pequeñas maniobras que parecen propias de adolescentes con demasiado tiempo libre.
Yo pensaba que estábamos bien.
O, al menos, que habíamos llegado a ese punto civilizado de la vida donde, si algún día nos cruzábamos, nos saludábamos.
Hola.
Hola.
Una sonrisa.
Un abrazo, quizás.
Y cada una seguía su camino.
Adultas. Maduras. Resueltas. Perfecto.
Hasta que vi el mensaje.
“Llámame por favor.”
…
No.
No, no, no.
Volví a leerlo.
“Llámame por favor.”
Y en ese preciso instante mi corazón decidió convertirse en atleta olímpico.
Empezó a correr dentro de mi pecho como si alguien hubiera anunciado una emergencia nacional.
Mi cerebro, por supuesto, tampoco ayudó.
Porque una cosa es recibir un mensaje que dice “hola”.
Eso se puede manejar.
Uno puede contestar “hola” y seguir con su día.
Pero… “Llámame por favor.”
Eso es otra cosa.
Eso tiene una energía completamente diferente.
Mi primera pregunta fue inmediata:
¿Qué le pasó?
Porque claro, mi cerebro nunca considera primero las opciones normales.
No piensa:
“Quizás quiere hablar.”
No.
Mi cerebro piensa:
¿Está bien? ¿Pasó algo? ¿Está enferma? ¿Le pasó algo a alguien? ¿Por qué me está llamando? ¿Por qué ahora?
Y mientras mi cabeza fabricaba aproximadamente diecisiete escenarios diferentes en menos de treinta segundos, yo seguía mirando la pantalla.
El nombre seguía ahí.
Elena.
La mujer que yo había archivado.
La mujer con la que había decidido no tener más comunicación.
La mujer de la que estaba convencida que ya formaba parte de una historia terminada.
Y ahora me estaba diciendo: Llámame por favor.
Me senté.
Porque, aparentemente, mis piernas habían decidido que aquel era un buen momento para dejar de colaborar. Respiré.
Volví a mirar el mensaje.
Y entonces pensé algo que todavía hoy me causa gracia:
Bueno, Lola…
Parece que no entendías tan bien cómo funcionaban los mensajes archivados.
Porque la conversación podía estar archivada.
Pero Elena… definitivamente no.
Y así, sin que yo lo supiera, sin que lo hubiera planeado y sin que estuviera preparada para ello… comenzaba la siguiente temporada de mi historia con Elena.
Mientras tanto, con Julieta seguía saliendo.
Y aquí es donde mi brillante teoría de “no estoy buscando nada” empezó a mostrar algunas pequeñas fallas de ingeniería.
Porque la relación —si podemos llamarla así en ese momento— pasó de cero a diez en aproximadamente tres días.
Tres Días. Lo que yo no quería que pasara... pasó.
Y, para mi tranquilidad, yo estaba perfectamente organizada. O eso creía.
Julieta no me daba lata. No era complicada. No había dramas, no había interrogatorios, no había que descifrar mensajes de tres palabras durante cuarenta y cinco minutos.
Y, bueno... también había una parte de la relación que estaba resultando bastante eficiente. Si están pensando lo que creo que están pensando... Sí. También.
Digamos que el cardio estaba funcionando bastante bien.
De hecho, creo que hasta bajé un par de libras.
Una mujer puede estar confundida emocionalmente y, al mismo tiempo, tener una excelente condición física. No juzguen.
Así que ahí estaba yo: convencida de que había aprendido de mis relaciones anteriores, perfectamente consciente de mis límites y, por supuesto, absolutamente segura de que tenía todo bajo control.
El único pequeño detalle era que mi vida empezaba a parecerse peligrosamente a una agenda con dos pestañas abiertas.
Y yo, por supuesto, convencida de que sabía perfectamente cómo manejar las dos.
Los viernes se convirtieron en viernes Carioca.
Samba, risas y un acento que cada vez me parecía más divertido.
Y aquel viernes en particular... bueno.
Digamos que empezó como una cena y terminó demostrando que algunas mujeres tienen muy buenas intenciones... hasta que se quedan sin batería el control remoto.
Julieta pasó por mí y nos fuimos a cenar a uno de mis restaurantes argentinos favoritos.
De esos lugares donde una entra pensando: Hoy voy a comer ligero.
Y veinte minutos después está pidiendo entrada, plato fuerte, postre y una botella de vino como si hubiera estado perdida en el desierto durante tres días.
Yo no sé qué pasó. Bueno... sí sé. Pasó el vino.
Y el vino, como siempre, hizo su trabajo con una eficiencia que debería aparecer en LinkedIn.
Julieta se iba a quedar a dormir en mi casa.
Así que, para quienes todavía estén fingiendo inocencia, digamos que el concepto de “dormir” esa noche tenía bastante margen de interpretación.
Terminamos la cena y llegamos a casa felices, llenas y considerablemente más valientes de lo que habíamos salido.
Porque esa es otra cosa que nadie te explica sobre las citas:
Puedes llegar con el estómago completamente lleno y, misteriosamente, todavía tener espacio para otras actividades.
Apenas llegamos, Julieta me miró.
—¿Me puedo bañar?
—Claro.
Mientras ella se bañaba, yo hice lo que cualquier mujer adulta y responsable haría después de una cena romántica:
Organicé un poco la casa y le di de comer al perro.
Porque una podrá estar viviendo una situación potencialmente pasional, pero el perro no entiende de química.
El perro quiere cenar. Punto.
Cuando regresé al cuarto, la situación había cambiado considerablemente.