Lola la Tinderela Vol 2 3
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Esa noche canté como si hubiera escrito personalmente todas las canciones de despecho del mundo.

Algunas ni siquiera tenían relación con mi vida, pero eso nunca ha sido un impedimento para cantarlas con sentimiento.

Si la canción decía que alguien había sufrido por amor, yo sufría también.

Si alguien había sido abandonado, yo sentía el abandono.

Si alguien había decidido no volver con su ex, yo estaba ahí defendiendo esa decisión como si fuera mi asunto.

Y, claro, tomé.

Porque aparentemente el gin también forma parte de mi proceso de sanación.

La noche pasó entre música, risas, tragos y baile. Yo estaba feliz, completamente desconectada de la idea de que al día siguiente tenía un brunch.

Porque, por supuesto, Lola había encontrado un huequito en su agenda.

Lo que Lola aparentemente no había encontrado era un huequito para recordar que tenía una noche anterior.

Y llegó el domingo.

Dios mío.

Abrí los ojos y sentí que acababa de sobrevivir a una tragedia nacional.

La cabeza me palpitaba con una intensidad que no tenía ningún sentido. No podía ni abrir los ojos. La luz que entraba por la ventana parecía un ataque personal. El sol, que normalmente me encanta, esa mañana era mi peor enemigo.

Me quedé acostada pensando:

¿Quién me mandó a mí a tomar?

Una pregunta muy profunda. Una pregunta que, curiosamente, siempre aparece después de tomar y nunca antes.

Intenté abrir los ojos otra vez. Error.

Los cerré inmediatamente. Mi cabeza latía. Mi cuerpo pedía silencio. Mi alma pedía agua.

Y en algún lugar de mi teléfono… estaba ese mensaje.

Brunch.

Ahí fue cuando recordé que, apenas unas horas antes, yo había decidido que necesitaba darme tiempo entre una relación y otra, que debía estar sola, que no era mi momento y que, por primera vez en mi vida, iba a escuchar mis propias recomendaciones.

Qué bonito. Qué madura. Qué responsable.

Lástima que esa misma mujer ahora estaba acostada en la oscuridad, negociando con el universo para poder sobrevivir hasta el mediodía.

El brunch llegó.

Y quiero que quede claro que hice un esfuerzo sobrehumano por estar allí. De hecho intente cancelarle, pero no se dejo.

Primero, porque tenía una resaca que todavía estaba intentando perdonarme. Y segundo, porque llegué con la esperanza de algo que, en mi opinión, era bastante básico: un café.

Pero adivinen qué.

No había café.

Sí.

Lo sé.

Yo tampoco lo entiendo.

¿Cómo puede existir un lugar donde sirven brunch y no hay café? Es una pregunta que todavía me persigue. Pero en ese momento no estaba en condiciones de iniciar una investigación internacional, así que simplemente acepté mi destino.

Y como si la falta de café no fuera suficiente castigo, tampoco me quité los anteojos de sol.

En ningún momento. Ni para comer. Ni para hablar. Ni para mirar el menu – que dicen – claro que ni comi nada, no podia pasar alimento.

Nada.

Los anteojos permanecieron firmemente instalados en mi cara durante todo el brunch, porque mis ojos todavía no estaban preparados para enfrentarse a la luz del día ni, mucho menos, a la realidad de mis decisiones de la noche anterior.

Ella, en cambio, parecía estar perfectamente bien.

Yo estaba allí, detrás de mis lentes, tomando agua y tratando de parecer una mujer funcional.

Y debo decir que el brunch estuvo bien.

Muy bien. Ella me gustaba. Eso ya lo sabía. Pero yo seguía aferrada a mi decisión.

No iba a salir con nadie.

No hasta estar lista.

No quería repetir la historia de Elena. No quería entrar en algo nuevo mientras todavía estaba acomodando cosas dentro de mí. No quería confundir atracción con necesidad, compañía con disponibilidad emocional o una buena conversación con la obligación de comenzar una relación.

Así que cuando terminamos, nos despedimos.

Y me fui. Otra vez. Muy digna. Muy segura de mi decisión.

Muy convencida de que había cerrado la puerta correctamente.

Hasta que llegó el mensaje.

—¿A ti te gusto?

Lo leí.

Sonreí.

Porque, vamos… tampoco era necesario ser detective.

Le contesté:

—Pues sí.

Y entonces llegó la siguiente pregunta:

—¿Y por qué no me diste un besito?

Me quedé mirando el teléfono.

Así que le respondí:

—¿Y por qué no me lo diste tú?

Jajajaja.

No sé si fue una respuesta madura, pero definitivamente fue una respuesta muy Lola.

Ella insistió.

—Yo quiero un beso suyo.

Y ahí… ahí cambió algo. No sé exactamente qué.

Tal vez fue la manera en que lo dijo.

Tal vez fue que, por primera vez, dejó de ser una simple invitación a brunch, una mujer linda con un acento que me gustaba y una cita que yo había aceptado porque, bueno, siempre encuentro un huequito.

Tal vez fue simplemente que me hizo sonreír frente a la pantalla.

Pero aquel mensaje marcó un antes y un después.

Porque fue ahí cuando realmente comenzó la historia con esta mujer.

Una mujer de una nacionalidad con la que nunca antes había tenido la oportunidad de compartir una historia así.

Y tengo que decirlo: me ha encantado conocerla.

Pero no les voy a contar todo todavía. No todavía.

Porque mientras esta historia comenzaba a tomar forma, había otras cosas sucediendo en mi vida.

Otros momentos que también merecen ser contados.

Y además…

si les cuento todo ahora, ¿qué gracia tendría?

Así que guarden este detalle: ella quería un beso.

Y yo todavía no sabía que ese beso iba a ser apenas el comienzo.