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Y como mi gran plan de llevarla al lugar donde yo conocía a todo el mundo había terminado frustrado por una boda, ahora estábamos pagando precios de restaurante normal. Creo que a ella la cuenta le salió un poquito más cara de lo que esperaba.
Y, para mi sorpresa, ella decidió pagar.
Yo no sabía muy bien qué decir. Agradecí, por supuesto, pero en mi cabeza ya estaba haciendo cuentas de una manera completamente diferente.
Finalmente salimos. Yo empecé a caminar.
Ella me miró.
—¿Y tu auto?
—No traje auto. Me vine caminando.
Me miró con una expresión de sorpresa.
—¿Cómo? ¿Vives cerca?
—Sí. En alguno de esos edificios.
Señalé hacia los edificios que estaban alrededor.
Ella hizo una pausa.
—Te llevo.
—No, ¿cómo crees? Tranquila. Está aquí cerca.
Pero entonces llegó su auto.
Lo miré. Mmm… no está mal – asi no sudo de regreso a casa.
Y en ese instante comenzó una de esas conversaciones internas que suceden a una velocidad que ninguna persona que está enfrente de ti podría imaginar.
Bueno… si me lleva, llego más rápido.
Además, conocerá el edificio.
Pero no sabe en qué apartamento vivo.
No tiene mi número de apartamento.
Entonces es seguro.
Y si me deja en la entrada, perfecto.
Total, está aquí mismo.
Todo eso pasó por mi cabeza en cuestión de segundos.
La miré. Miré el auto. Volví a mirar el edificio.
Y finalmente pensé:
Dale. Llévame.
—Bueno… si no te molesta —le dije.
Claro que me había resistido. Claro que había dicho que no. Pero ya había tomado la decisión.
Y mientras caminaba hacia su auto, todavía no tenía la menor idea de que aquella pequeña decisión iba a cambiar completamente el rumbo de aquella noche.
Ni mucho menos el de la historia que estaba a punto de comenzar.
Me llevó hasta mi edificio, nos despedimos y subí a mi apartamento con una conclusión bastante sencilla: la mujer era linda. Muy linda, de hecho.
Pero si tengo que ser completamente honesta, Lo que más me gustó fue su manera de hablar.
Tenía un acento que me encantaba.
De esos acentos que hacen que una persona pueda decir absolutamente cualquier cosa y tú automáticamente quieras escuchar la siguiente frase. Podía estar diciendo “¿quieres otro prosecco?” y mi cerebro ya estaba pensando: qué bonito habla esta mujer.
Pero no. No era mi momento.
Eso me lo repetí mientras me quitaba los zapatos, dejaba el teléfono por ahí y me metía en la cama.
Y aquí viene la parte en la que, por una vez, hice algo sensato.
No la llamé. No le escribí. Nada. Silencio.
Porque había pensado mucho en algo que, con el tiempo, he entendido que es importantísimo: hay que darse tiempo entre una relación y otra.
Yo había conocido a Elena prácticamente inmediatamente después de terminar una relación larga, importante y emocionalmente intensa.
Y aunque en aquel momento yo creía que estaba lista, probablemente no lo estaba.
No había tenido tiempo de volver a encontrarme conmigo misma.
No había cerrado completamente una puerta cuando ya estaba intentando abrir otra.
Y eso tuvo consecuencias. Con Elena no conseguí abrirme al cien por ciento.
Había partes de mí que seguían protegidas, partes que todavía estaban procesando la relación anterior, partes que yo misma ni siquiera sabía que estaban ahí.
Y ahora, sin proponérmelo, parecía estar caminando exactamente hacia el mismo lugar.
Otra mujer. Otra historia. Otro “no estoy buscando nada”.
Qué maravilla.
Claramente yo era una mujer que aprendía de sus errores.
Bueno… a veces.
Así que decidí dejarlo ahí.
Ella era linda. Me había gustado. Su acento me había encantado. La noche había sido agradable.
Pero no era mi momento.
Además, yo ya tenía mi fin de semana completamente planeado.
Y cuando digo completamente planeado, no estoy exagerando. Mi agenda estaba heavy.
Tenía actividades por la mañana, actividades por la tarde, cosas que hacer, lugares a los que ir, gente que ver y probablemente tres versiones distintas de mí misma tratando de cumplir con todo.
Mi calendario no tenía espacio. Ni un huequito. Ni una rendija.
Ni siquiera una pequeña ventana de oportunidad por donde pudiera entrar una mujer con un bonito acento y complicarme la existencia.
Yo estaba ocupadísima. Organizada. Productiva. Independiente. En control.
Una mujer adulta que sabía perfectamente lo que quería.
Hasta que… me escribió.
—¿Quieres ir a brunch? … Silencio.
Miré el mensaje.
Volví a mirarlo.
Y ahí comenzó otra negociación interna.
No puedes. Estás ocupada. Ya tienes planes. No estás buscando conocer a nadie.
Acabas de decidir que necesitas tiempo. Además, dijiste que no era tu momento.
Todo eso era completamente cierto.
Y, por supuesto, absolutamente irrelevante.
Porque había una pequeña característica de mi personalidad que, lamentablemente, no había conseguido eliminar todavía: soy Lola.
Y Lola siempre encuentra un huequito. Siempre.
No importa si el calendario parece la agenda de un presidente en campaña, si tengo tres compromisos seguidos o si técnicamente no existe una sola hora libre.
De alguna manera… el huequito aparece.
Así que hice lo que cualquier mujer responsable, emocionalmente consciente y comprometida con respetar sus propios límites habría hecho.
Porque aparentemente yo no estaba lista para conocer a nadie… pero sí estaba perfectamente lista para hacer espacio para un brunch.
Y así, sin darme cuenta, estaba a punto de volver a verla.
Yo todavía pensaba que no era mi momento.
El problema era que la vida, como siempre, parecía tener otros planes.
Lo que ella no sabía —y lo que ustedes tampoco saben todavía— es que el sábado por la noche yo tenía otros planes.
Y cuando digo otros planes, quiero decir que terminé en Sala de Despecho.
Porque, evidentemente, nada dice “estoy tomándome un tiempo para mí y procesando mis emociones” como ir a un lugar de despecho a cantar canciones de amor perdido, tomar tragos y bailar como si la estabilidad emocional fuera un concepto inventado por otras personas.
Y ahí estaba yo. Cantando. Tomando. Bailando. Viviendo.
Porque una cosa sí puedo decir de mí misma: soy una mujer divertida. Muy divertida.
A veces demasiado divertida para mi propio bienestar.