Capitulo 2
Hay mujeres que llegan a tu vida como un accidente.Y hay otras que llegan como una canción que no puedes dejar de escuchar aunque ya te sepas el final.
Elena había sido ambas.
En el libro pasado, Lola hizo lo que llevaba meses perfeccionando: correr antes de quedarse.
Terminó con Elena no porque dejara de interesarle, sino porque quererla empezó a darle miedo.
No el miedo adolescente de “me van a romper el corazón”.
No. Ese ya lo conocía. Era otro más adulto, más silencioso.
El miedo de encontrar algo real y no saber cómo sostenerlo sin arruinarlo con las manos.
Y claro, como toda persona emocionalmente funcional después de meses de pensarlo y correr como si las millas fueran a borrar todos sus pensamientos, Lola tomó la decisión más estúpida posible creyendo que era la más madura.
La dejó ir.
Ahora habían pasado tres semanas. Veintiún días exactos.
No porque Lola los estuviera contando… aunque sí los estaba contando. Y lo peor no era extrañarla. Lo peor era que ahora todo tenía algo de Elena.
Las canciones. Los cafés. Las happy hours. Los atardeceres. Los amaneceres en sus corridas matutinas como si el universo tuviera sentido del humor.
Incluso escribir empezó a parecerse a ella.
Lola estaba sentada frente a su laptop con mil notas en varias servilletas y sin poder parar de escribir. Tenía el cabello recogido de cualquier manera, unas gafas descansando en la punta de la nariz y un Word en blanco mirándola. Una necesidad de escribir, de escribirla.
Y había una diferencia enorme. Antes inventaba personajes. Ahora todos terminaban hablando como Elena.
Era irritante. Hermoso, también.
Se paro a preparar otro café negro, esos que no se ven ricos, pero saben a gloria. Ese era el nivel de frecuencia con el que iba últimamente: ya parecía escritora francesa o eso queria pensar.
Miró el cursor titilando. Pensó en Elena. Obviamente.
Lola suspiró y empezó a escribir:
“Hay mujeres que no se van cuando la “relacion” termina. Se quedan viviendo en la manera en que miras el mundo.”
Se quedó observando la frase….. Mierda.
Eso era completamente Elena.
Y ahí estaba el verdadero problema: Lola sabía lo que quería.
Lola volvio a mirar la laptop, y en eso Marina, su mejor amiga, apareció con una bolsa de croissants.
—Tienes cara de estar escribiendo sobre esa mujer otra vez.
Lola ni siquiera levantó la vista.
—Estoy trabajando.
—Ajá. Picasso también decía eso y terminó pintando a todas sus exes deformes.
Lola soltó una risa pequeña.
—No estoy obsesionada.
Marina mordió un croissant.
—Lola. Cariño. Hace tres semanas terminaste a la mujer que dices que era la mujer de tu vida y ahora escribes frases como si fueras una poeta de instagram.
Silencio.
Ataque válido.
Porque sí. Elena seguia instalada en todos lados. En sus textos. En su humor.En la música que elegía. En la versión de sí misma que estaba empezando a descubrir.
No cuando alguien entra en tu vida. Sino cuando, incluso después de irse, reorganiza la habitación completa de tu alma.
Lola odiaba admitir cuando Marina tenía razón.
Principalmente porque Marina jamás manejaba la verdad con delicadeza. La lanzaba como una silla en una pelea de bar.
—No entiendo cómo pudiste terminar con Elena —dijo mientras abría otro croissant—. Esa mujer te miraba como si fueras literatura rusa.
—La literatura rusa es larguísima y depresiva.
—Exacto.
Lola rodó los ojos, pero sonrió igual.
Afuera comenzaba a llover. Miami, tenía esa capacidad cinematográfica de volverse melancólica sin esfuerzo, como una ex que sabía exactamente cuándo subir una historia triste a Instagram.
Lola cerró la laptop.
Había escrito tres páginas completas sobre una mujer que no nombraba pero que claramente era Elena. Porque Elena ahora vivía ahí: entre líneas, metáforas y comas inesarias.
Era humillante.
Como si fuera una escena de alto impacto emocional. Que lo era.
—¿Ya le escribiste? —preguntó Marina.
—No.
—¿La stalkeaste?
—Eso no cuenta como contacto humano.
—Lola.
—Solo vi una historia.
Marina levantó una ceja.
—¿Cuántas veces?
Lola tomó café.
Marina negó con la cabeza y tomó otro croissant.
—Escribe.
—¿Qué?
—Lo que sea que estás pensando.
—Estoy pensando que quiero escribirle.
Marina dejó el croissant sobre la mesa.
Por primera vez en toda la conversación no hizo un chiste.
—Entonces escríbele.
Lola miró el teléfono.
Era tan sencillo.
Abrir el chat.
Escribir su nombre.
Un “Hola”. Un “¿Cómo estás?” Un “Te extraño”.
Tres palabras podían destruir tres semanas de esfuerzo.
Y, durante unos segundos, Lola estuvo a punto de hacerlo.
Abrió la conversación.
Escribió: Espero que estés bien.Lo borró.
Después dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó mirando la pantalla negra.
—¿No vas a escribirle? —preguntó Marina.
Lola negó con la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
Lola tardó unos segundos en responder.
—Porque extrañarla no significa que tenga que volver.
Marina la miró en silencio. Y, por una vez, no hizo ningún comentario inteligente.
Lola volvió a abrir la laptop. El documento seguía ahí. Tres páginas.
Una mujer sin nombre. Y sonrió. No porque ya no doliera.
Sino porque, por primera vez, podía escribir sobre Elena sin intentar recuperarla.
Guardó el documento. Lo cerró.
Y esa noche, por primera vez en veintiún días, Lola no contó cuánto tiempo llevaba sin hablarle.
Afuera seguía lloviendo sobre Miami.
Y por alguna razón, la ciudad ya no parecía estar esperando a nadie.
Lola se levantó, puso agua para otro café y abrió un documento nuevo.
El cursor comenzó a parpadear sobre la página en blanco.
Lola lo miró durante unos segundos.
Esta vez no pensó en Elena.
Pensó en una historia completamente distinta.
Y empezó a escribir.
Conoci a alguien
Un par de días después de terminar el primer libro, terminar a Elena y seguir con mi vida...conoci a alguien.
Y digo “conocí” casi como si hubiera sido algo planeado, cuando la realidad era completamente distinta.
Yo no tenía ninguna intención de salir. Cero.
Después de todo lo que había vivido con Elena, lo último que me apetecía era ponerme una camisa, salir de mi casa y sentarme frente a alguien a fingir que tenía ganas de conocerla.
Pero ella insistió. Y cuando una mujer insiste lo suficiente tienes que decir que si, Así que le dije: “Claro. Nos vemos en tal lugar”.
El lugar estaba tan cerca de mi casa que podía ir caminando.
Mi plan era sencillo y, según yo, perfectamente controlado: llegaba, me tomaba un gin, conversaba un rato y, después de una hora, regresaba a mi casa a leer o a seguir escribiendo.
Una hora. Un gin. Casa. ¿Qué podía pasar?
Exactamente. ¿Qué podía pasar?
El lugar era un rooftop que, desde mi punto de vista, tenía uno de los mejores happy hours de la zona.
Un sitio que conocía demasiado bien. Aunque, por supuesto, yo nunca lleve a Elena ahi.
Ese lugar pertenecía a otra etapa de mi vida, a mis citas, a mis noches de conocer mujeres y a ese pequeño ritual que ya dominaba casi de memoria.
Yo conocía a las hostess, conocía a los bartenders, sabía dónde sentarme, qué pedir y hasta cómo funcionaba aquella pequeña maquinaria de encuentros que ocurrían una noche por semana bajo las luces del rooftop y vista a la bahia.
Era, de alguna manera, territorio conocido.
Y quizás por eso me pareció tan fácil decir que sí.
No había misterio. No había riesgo. O al menos eso creía.
Llegué tarde, por supuesto.
No porque hubiera ocurrido algo extraordinario. Simplemente porque no tenía demasiado interés en estar allí y mi reloj interno parecía estar perfectamente de acuerdo conmigo. Pero cuando finalmente llegué, descubrí que aquella noche ni siquiera tendría la oportunidad de tomarme mi famoso gin.
El rooftop estaba cerrado. Había una boda.
Me quedé ahí, parada frente a la entrada, mirando el lugar que conocía tan bien convertido en un escenario completamente distinto. Las luces, el movimiento, los preparativos… todo indicaba que esa noche el lugar no estaba hecho para citas, tragos ni encuentros improvisados.
Entonces sonó mi teléfono.
Era ella.
—El lugar está cerrado —me dijo—. Estoy abajo, en el restaurante.
Miré hacia el restaurante.
Y ahí estaba otro lugar que yo conocía, era un restaurante precioso, un jardin frente a la bahia de Biscayne.
Bajé.
Al entrar al restaurante la vi.
Estaba sentada en una mesa que daba directamente frente al mar.
A un costado teníamos la barra, de esas que parecen hechas para Instagram, completamente rosa, divina, como si alguien hubiera decidido que hasta los tragos necesitaban un escenario bonito.
Sobre nosotras, un par de palmeras hacían las veces de techo y, entre sus hojas, colgaban varias orquídeas que se movían apenas con la brisa.
Hacía calor, pero no ese calor insoportable que te hace arrepentirte de haberte puesto una camisa.
Era un calor agradable, de esos que te recuerdan que estás cerca del mar.
El restaurante estaba lleno, algo que tenía todo el sentido del mundo: mi querido rooftop estaba cerrado por una boda y, aparentemente, toda esa gente había decidido caer aquí.
Perfecto. Más gente. Más ruido. Más posibilidades de que esta cita durara menos de una hora.
Ella llevaba lentes de sol.
Yo también.
Hubo un saludo, una sonrisa y ese pequeño instante en el que uno intenta leer a la otra persona sin que se note que la está leyendo.
—¿Qué quieres tomar?
La pregunta era sencilla.
Mi respuesta, para quienes ya me conocen, era todavía más sencilla.
—Gin and soda.
Porque hay cosas que no necesitan pensarse.
Ella ya tenia un proseco .
Y así empezó.
Dos tragos frente al mar, el sol cayendo sobre el agua y yo intentando convencerme de que aquella salida no significaba absolutamente nada.
Después de todo, yo había dicho que estaría una hora.
Una hora. Un gin. Y a casa.
Hasta que llegó la cuenta.
Y aquí viene la parte que todavía me hace reír.
Ese lugar no tenía happy hour. Mi rooftop sí.
Pero el restaurante no.