Logan (Agencia Pipen 5) Capítulo 29
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Capítulo 29

Había cuatro mujeres detrás de las puertas de cristal.

Las habitaciones parecían dormitorios de un hotel costoso.

Camas amplias, alfombras, muebles claros y cuartos de baño revestidos de mármol.

En una de ellas había flores frescas. En otra, una bandeja de comida permanecía intacta sobre una mesa.

Ninguna puerta tenía picaporte en el interior.

Una mujer asiática estaba sentada sobre la cama, con las piernas recogidas contra el cuerpo. Otra permanecía de pie junto al cristal y observaba a los recién llegados sin ninguna expresión. Las dos últimas parecían dormidas o drogadas.

—¿Son suyas? Son hermosas, unas mujeres increíbles. Supongo que el dinero sí puede comprar todo —dijo Matt.

Buscaba que Reddick picara, que admitiera su crimen. Este caminó a lo largo del corredor.

—Todo lo que se encuentra en esta propiedad me pertenece.

La cámara oculta en el broche de Nadia grabó la respuesta. No podían transmitir desde el búnker, pero el dispositivo almacenaba cada palabra. Solo necesitaban salir con él. Vivos. Matt observó a la mujer que estaba junto al cristal.

—Parece infeliz.

Reddick sonrió.

—La felicidad es una expectativa infantil. Tiene seguridad, alimentos, ropa y todo cuanto necesita.

—Excepto una puerta.

—Las puertas sirven para proteger aquello que tiene valor. Lo que importa es que me hagan feliz a mí.

Nadia mantuvo las manos detrás de la espalda. La cuerda falsa le rozaba las muñecas. Podía romperla, pero hacerlo demasiado pronto acabaría con la operación. Nathan e Ivan permanecían unos pasos detrás.

Los guardias de Reddick les habían quitado las armas, pero Nadia sabía que ambos conservaban pequeñas hojas de material cerámico ocultas en la ropa.

Logan se lo había explicado; hombres como ellos podían matar con cualquier objeto.

Con sus manos. Pero eso tal vez no bastaría contra seis hombres armados.

Reddick se detuvo frente a la primera habitación, vacía.

—Esta era de Mei-Ling —dijo, casi con nostalgia—. Ha estado libre por demasiado tiempo.

Matt tiró de la cuerda, recordándole su papel.

—Usted monstruo —dijo Nadia, dejando a su odio y pavor fluir.

Comenzaba a perder el valor. Logan había tenido razón.

—Cállate, perra. No necesita hablar con ella, señor—dijo Matt, claramente apreciando el cambio en ella.

—Pagué también por su inteligencia —Reddick le sostuvo el mentón y ella luchó por liberarse—. Sería decepcionante descubrir que solo es una cara bonita.

La sonrisa de Reddick desapareció.

—Querer salir.

—No puedes. Ya no más. Eres una hermosa mariposa en mi alfiletero. Vivirás aquí hasta que yo quiera.

Una respuesta clara. Una nueva admisión.

Nadia vio que los dedos de Nathan cambiaban de posición.

Había activado la señal de confirmación.

Un repetidor minúsculo, adherido al interior del ascensor, llevaría el pulso hasta la superficie.

Mujeres localizadas. Confesión obtenida. El FBI podía acercarse.

—Quiero el dinero —dijo Matt.

Reddick soltó el rostro de Nadia.

—Está en la sala siguiente.

Las puertas del fondo se abrieron. La habitación parecía una oficina privada. Había una mesa, varias pantallas de vigilancia y dos maletines negros. Un guardia levantó uno y lo colocó sobre el escritorio. Matt abrió la tapa. Filas de billetes llenaban el interior.

—Un millón —dijo Reddick—. Menos cien mil por el hematoma.

Matt soltó una risa, pero la seriedad de Reddick avisó que no mentía.

—No negociamos después de entrega.

—La mercancía llegó dañada.

—La mercancía camina, habla y tiene todos los dientes. Considérelo coste de recuperación.

Reddick observó a Nadia.

—Quítele la cuerda.

Matt fingió dudar.

—Después de salir.

—Ella se queda aquí.

El aire cambió. Matt dejó de tocar el dinero.

—No nos tome por pendejos. Es nuestra garantía.

—El acuerdo termina cuando cobren. Ella se queda aquí.

—La mujer no se despega de mí hasta que estemos fuera de la propiedad.

Reddick hizo un gesto. Dos guardias apuntaron hacia Nathan e Ivan.

—No están en posición de imponer condiciones.

Matt levantó las manos.

—Tranquilo. Solo quiero cobrar.

—Entonces quite la cuerda.

Matt se situó detrás de Nadia. Sus dedos encontraron el cierre preparado y liberaron sus muñecas.

—Bien —dijo Reddick—. Ahora el vestido.

Matt mantuvo el papel.

—No me interesa un espectáculo. No tengo tiempo para esto.

—Quiero comprobar que no lleva dispositivos.

El guardia más cercano avanzó. Nathan se interpuso.

—Puede utilizar un detector.

—Ya lo hicimos arriba.

—Entonces no necesita desnudarla.

La atención de Reddick se concentró en él.

—Usted habla demasiado para ser seguridad.

Nathan no respondió. Uno de los monitores emitió una señal. El guardia situado junto a la consola miró la pantalla.

—Señor Reddick. Hay algo raro en el radar…

El corazón de Nadia se detuvo.

Reddick se volvió despacio.

—¿Qué es eso?

Nadie contestó.

—Cierren el búnker. ¡Ya!

Las puertas del corredor se bloquearon. Matt arrojó el maletín contra el guardia y se lanzó sobre el hombre más cercano. Nathan extrajo la hoja oculta y golpeó al segundo antes de que pudiera disparar. Ivan tomó al tercero por la muñeca y giró el arma hacia el techo.

El primer disparo hizo estallar una de las luces. Nadia rompió la cuerda que todavía colgaba de su muñeca y corrió hacia las habitaciones.

—¡Al suelo! —gritó a las mujeres.

Una de ellas comprendió. Se arrojó junto a la cama.

La que permanecía de pie no reaccionó. Nadia golpeó el cristal con sus dos puños para incitarla a moverse, y luego frenéticamente alrededor buscando alguna cerradura, algún control para abrir las puertas.

Justo entonces alguien le rodeó la cintura con un brazo y le puso un arma debajo de la mandíbula.

—Quieta, maldita.

¡Reddick! Nadia se quedó inmóvil.

—¡Suéltala! —gritó Nathan.

Reddick retrocedió con ella.

—Armas al suelo.

—No vas a salir.

—Ella tampoco si ustedes se acercan.

Nadia sintió el cañón contra la piel. Frío, metálico. Matt tenía sangre en un lado del rostro. Ivan sujetaba un arma arrebatada a uno de los guardias. Dos hombres yacían en el suelo. Controlados, pero habían subestimado a Reddick.

—No venir sola —dijo Nadia.

Reddick apretó el brazo alrededor de su cuello.

—No importa.

Pulsó algo junto a una de las pantallas. Un panel se abrió en la pared. Detrás había otro corredor. Uno que no habían visto en los planos, estaba segura. Nathan dio un paso adelante, pero Reddick elevó el arma.

—El siguiente disparo atravesará su garganta.

Nadia buscó la mirada de Matt. Después la de Ivan. Esperó hasta que ambos comprendieran. Con la mano izquierda, arrancó el broche del vestido. Lo dejó caer. Reddick comenzó a arrastrarla hacia el pasadizo.

—¡Nadia! —gritó Nathan.

El panel se cerró. La oscuridad los envolvió. Un brutal tirón la movilizó. El corredor descendía. Reddick obligó a Nadia a avanzar delante de él. Una hilera de luces se encendía a medida que pasaban y volvía a apagarse detrás. El aire se hizo más frío. Olía a humedad y sal.

—¿Adónde ir?

—Cállate. Perra… Has sido un problema desde el minuto uno…

—Sus hombres morir… Estar solo.

—Puedo contratar otros.

—El FBI venir… Saber todo.

El terror se mezclaba con la necesidad de manejarlo, de hacerle ver que estaba perdido. Podía matarla y, aun así, estaría perdido. Su confesión sería su perdición. Las pruebas estaban en la casa.

Esas mujeres… ¿Cuántos años habían sido juguetes para su mente depravada? El cañón presionó su espalda.

—Has cometido un error muy costoso al venir.

—Usted confesar.

—¿Ante quién? ¿Un traficante, dos mercenarios y una mujer comprada?

—Ante cámara.

Reddick la empujó contra la pared. Nadia se golpeó un hombro. Él buscó en su vestido y encontró la costura donde había estado colocado el broche.

—¿Dónde está?

Ella sonrió. El golpe le volvió el rostro de lado y el dolor trepó hasta su cerebro como agujas. El sabor de la sangre llenó su boca. Pero a eso se unió la loca sensación de triunfo. Ver su temor, su confusión, era glorioso.

—¿Dónde está el dispositivo?

—Arriba. Con FBI.

Reddick volvió a levantar la mano. Nadia no retrocedió. Él la miró con odio.

—Comprendo por qué Furtado tuvo problemas contigo, perra búlgara. Elegí mal…

—Furtado estar muerto… Varga estar preso. Y usted pronto… —escucharse hablar tan entera al confrontar a esta basura humana era exhilarante, aunque fuera lo último que dijera.

Oh, Logan, Logan. Perdóname, mi amor.

—Tú serás mi escudo. Escapar es sencillo cuando tienes dinero. Empezaré de nuevo… Sí, lejos… Otra colección.

Reddick la sujetó del brazo y la empujó para avanzar.  Nadia contó los pasos. Intentó recordar cada giro. Izquierda. Escalera. Corredor estrecho. El ruido del agua aumentó. Llegaron a un cobertizo construido dentro de una abertura natural de la costa.

Dos embarcaciones flotaban junto a una plataforma. Más allá de las puertas abiertas se extendía la ensenada oscura. Un hombre los esperaba.

—Encienda la lancha —ordenó Reddick.

El guardia miró a Nadia.

—¿Y los demás?

—No vienen. La policía rodeará la propiedad. Tenemos que irnos ya.

El hombre saltó a la embarcación más grande y encendió los motores. Reddick empujó a Nadia hacia la plataforma. Ella tropezó deliberadamente. Cayó sobre una rodilla y llevó una mano al tobillo.

—Levántate.

—Me lastimé.

Reddick la sujetó por el cabello. Nadia giró y le clavó el codo en el estómago. Él perdió el aire y ella corrió. Alcanzó a dar cuatro pasos antes de que una mano se cerrara en la parte posterior de su vestido. La tela se rasgó y Nadia cayó contra el suelo de madera.

Reddick la arrastró, rugiendo maldiciones, y Nadia arañó la plataforma, buscando algo a lo que aferrarse. Sus dedos encontraron una arandela de metal, justo cuando el guardia abandonaba el timón y saltaba para ayudar a Reddick.

Entre ambos la levantaron y la arrojaron sobre la lancha. Nadia golpeó duro contra una de las bancadas. El aire abandonó sus pulmones y se le nubló la vista. Reddick saltó detrás. Respiraba con pesadez y estaba rojo, sus ojos desencajados.

—Átele las manos.