Capítulo 27
—¡Sergei! —gritó Nadia desde Providence.
La imagen había desaparecido, pero el micrófono continuaba transmitiendo. Un cuerpo golpeó la pared. Después se oyó un gruñido, cristales quebrándose y el sonido de algo pesado al caer.
—Sergei, responde —ordenó Nathan.
Nada. Logan descendió la ladera corriendo. Alder House se había transformado. Las luces de los jardines se habían apagado. Los guardias abandonaban sus puestos mientras los invitados salían de la galería, confusos, buscando vehículos y personal de seguridad.
—Louie, cierra la verja principal —ordenó Scott.
—Ya estoy en eso.
Las hojas metálicas comenzaron a juntarse. Dos automóviles aceleraron hacia la salida. El primero frenó. El segundo lo golpeó por detrás y quedó atravesado en el camino.
—Nadie sale —dijo Scott—. Tenemos grabaciones de los compradores y confirmación visual de las mujeres. Estoy llamando a mi contacto federal para que comande la respuesta policial. Activa esta, Louie.
—Hecho.
—Tiempo de respuesta? —preguntó Ivan.
—Quince minutos.
—Esto terminará antes.
Logan llegó hasta el muro occidental. Un guardia apareció entre los árboles y levantó el arma. Logan disparó primero. El hombre cayó.
—Oeste despejado —informó—. Entrando en la casa.
—Darius y yo vamos a las caballerizas —respondió Nathan—. Piotr, libera a las mujeres de la camioneta.
—Con placer.
—Ivan, controla la galería.
—En movimiento.
Logan atravesó una puerta de servicio. Dos camareros se encontraban agachados detrás de una mesa.
—Salgan por la cocina y corran hacia el bosque —ordenó—. Manos visibles.
No tuvo que repetirlo. La música había cesado, pero una voz femenina continuaba repitiendo por los altavoces que los invitados debían mantener la calma.
Nadie la obedecía. Hombres de traje gritaban a los guardias.
Una mujer con un vestido dorado golpeaba una puerta cerrada.
Otros intentaban ocultarse o destruir sus teléfonos.
—Louie, no permitas que borren nada.
—Estoy capturando las comunicaciones. Elijah bloqueó el acceso exterior a la red.
—Varios están rompiendo dispositivos.
—Déjalos. Recuperaré las memorias.
Logan llegó a la escalera. Un hombre bajaba hacia él. Llevaba un arma oculta contra la pierna. Logan la vio antes de que pudiera levantarla. Le golpeó la muñeca, lo estrelló contra la baranda y lo dejó inconsciente en el suelo.
—Bajo al sótano.
—Marek sube —dijo Elijah—. Lo veo en una cámara del corredor este. Está herido en el brazo.
—¿Sergei?
—No aparece.
Logan aceleró.
—Louie, busca otra cámara.
—Estoy buscando.
Llegó al nivel inferior. La puerta de la habitación de los vestidos estaba abierta. Había sangre en el suelo y uno de los estantes había caído. La cámara de Sergei continuaba debajo de una mesa.
Pero él no estaba allí.
—Encontré movimiento —informó Elijah—. Pasillo entre sótano y galería.
La imagen apareció en la pantalla de la muñeca de Logan. Marek corría hacia la escalera con una mano apretada contra el brazo. Detrás de él avanzaba Sergei. El búlgaro sangraba por la frente y llevaba la camisa rota a la altura del hombro. Estaba vivo. Y furioso.
—No tuerzas el objetivo principal —ordenó Nathan—. ¿No tenía él a Elena?
—Uno de sus esbirros la sacó…
—Ya sabemos dónde está —intervino Louie—. Cámara seis. Corredor de preparación. Un guardia se la lleva hacia la galería.
Sergei se detuvo. Marek continuó corriendo. El búlgaro miró hacia la escalera y después hacia el corredor opuesto.
Eligió de inmediato.
—Voy por Elena.
Logan cambió de dirección.
—Yo me encargo de Varga.
Nathan y Darius alcanzaron las caballerizas cuando la camioneta comenzaba a moverse. Piotr corría detrás del vehículo.
—¡Detente! —gritó Nathan.
—Tú para —gritó Piotr.
—Hablaba con el conductor —gruñó Nathan.
—También yo.
Piotr alcanzó la puerta trasera y sujetó el tirador. El vehículo aceleró y lo arrastró varios metros.
—Suéltala —gritó Darius.
—No.
Plantó un pie sobre el estribo y golpeó el cristal lateral con fuerza brutal.
La primera vez lo agrietó. La segunda, el vidrio cayó sobre el conductor.
El hombre perdió el control. La camioneta se desvió hacia una cerca.
Nathan corrió en diagonal, abrió la puerta y sacó al conductor antes de que pudiera recuperar el arma.
El vehículo chocó contra un abrevadero y se detuvo. Piotr abrió las puertas traseras. Cuatro mujeres se encontraban dentro. Tenían las muñecas unidas con bridas y llevaban vestidos de noche. Dos gritaron al verlo. Piotr levantó las manos.
—¡Salvar! No peligro —dijo con voz calma que apenas se escuchó en el griterío de mujeres aterradas.
Nathan se acercó más despacio, sus manos arriba.
—Somos un equipo de rescate. Venimos a sacarlas de aquí.
Ninguna se movió.
—Nadia —dijo por el comunicador—. Necesitamos idiomas.
—Veo a Amina —respondió ella—. Está en la esquina derecha.
Nadia habló en su pobre inglés y después repitió la frase en ruso y en búlgaro. Amina levantó la cabeza, las otras se miraban y susurraron.
—Dile que el hombre grande se llama Piotr —pidió el polaco—. Que parece ogro pero bueno.
Nadia transmitió el mensaje de otra forma:
—Amina, esos hombres son amigos. Soy Nadia, del contenedor. ¿Me recuerdas? Yo estoy con ellos. Estás segura.
La mujer comenzó a llorar. Pronunció el nombre de Nadia y se arrastró hacia la puerta. Piotr retrocedió para darle espacio. Nathan cortó sus bridas y le entregó una manta. Las otras comenzaron a seguirla.
—Cuatro localizadas —informó Nathan—. Necesitamos equipo médico en las caballerizas.
—En camino —respondió Scott—. La policía y los federales están a diez minutos.
Un motor arrancó detrás del edificio. Darius miró hacia el camino oriental. Un segundo vehículo salió de un cobertizo.
—Tenemos fuga.
—Ve —dijo Nathan—. Yo me quedo con las mujeres.
Darius corrió hacia uno de los todoterrenos del personal de seguridad. Sacó al conductor, se puso al volante y arrancó tras la furgoneta. Piotr lo observó alejarse.
—Eso fue innecesariamente dramático.
Nathan le lanzó una mirada.
—Corta las bridas.
Sergei llegó al corredor de preparación cuando el guardia empujaba a Elena hacia la galería. La muchacha más joven continuaba aferrada a ella. Elena intentaba cubrirla con su cuerpo mientras el hombre las obligaba a avanzar.
—Muévanse —ordenó el guardia.
Sergei salió de las sombras.
—Suéltalas.
El guardia giró. Elena levantó la cabeza.
Durante un instante, ninguno de los dos pareció respirar.
Sergei había imaginado aquel momento cada noche desde su desaparición.
Se había preparado para encontrarla herida, drogada o muerta.
No se había preparado para que Elena lo mirara sin reconocerlo. En shock.
—Leni —dijo.
Los ojos de ella se llenaron de algo parecido al miedo. Después, parpadeó y su faz cambió.
—¡Chicho Sergei!
La voz apenas fue un susurro. El guardia le rodeó el cuello con un brazo y le colocó el arma contra la sien. Sergei se detuvo.
—Retrocede.
—Déjala ir.
—Tira el arma.
Sergei la dejó en el suelo. Elena respiraba demasiado rápido. Tenía un lado del rostro hinchado y una herida seca cerca del cabello.
—Todo estará bien —le dijo Sergei en búlgaro.
El guardia la sacudió y Sergei entrecerró sus ojos. La furia era como una marea que debía controlar. La vida de Elena pendía del índice de un hombre acorralado.
—Vas a quitarle esa arma de la cabeza.
—Voy a salir con ella.
—No.
—Entonces la mato.
La muchacha que se encontraba junto a Elena lloraba en silencio. Sergei levantó las manos.
—Puedes salir. Te daré el vehículo que quieras.
—También vienes conmigo.
—Bien.
El guardia miró hacia el arma abandonada.
—Patéala.
Sergei obedeció. El arma se deslizó por el suelo y chocó contra la pared.
—Ahora de rodillas.
Sergei comenzó a bajar, pero clavó sus ojos en Elena y le hizo un gesto. Uno antiguo, de la época en la que le había enseñado a defenderse en las calles. Ella entendió de inmediato. Buena chica, inteligente.
Elena cerró los ojos y dejó caer todo su peso sobre sus rodillas. El movimiento sorprendió al guardia. El brazo alrededor de su cuello se deslizó y el cañón se separó de su cabeza.
Elena le clavó el tacón en el pie. Sergei atravesó la distancia entre ellos y sujetó la muñeca armada con fuerza extrema, retorciéndola hasta escuchar un chasquido, tras lo cual golpeó al hombre en la garganta.
El guardia cayó de rodillas. Sergei volvió a golpearlo.
Y otra vez, hasta que Elena pronunció su nombre.
Eso lo detuvo. El hombre quedó inconsciente sobre el suelo y Sergei se volvió para ver a su sobrina. Elena continuaba inmóvil, observándolo. La muchacha más joven se escondía detrás de ella.
Él no se acercó.
—Soy yo.
—Lo sé.
—Vine a buscarte.
Los labios de Elena temblaron.
—Tardaste.
La frase lo atravesó.
—Lo sé.
Ella dio un paso. Después otro. Sergei abrió los brazos y Elena se lanzó contra él.
La fuerza del abrazo casi lo hizo perder el equilibrio.
Sergei enterró el rostro en su cabello y la sostuvo como si todavía fuera la niña que se dormía en su sofá después de esperar que él regresara de alguna misión.
—Sabía que vendrías —sollozó ella.
—Lo siento.
—Sabía que vendrías.
—Perdóname, Leni. Demoré.
Elena apretó los brazos alrededor de su cuello.
—Sácanos de aquí.
—Sí. Sí, ya terminó. Vamos.
Logan alcanzó a Marek en la parte trasera de la galería. El traficante empujó a dos invitados fuera de su camino y atravesó una puerta de cristal. Los hombres se apartaban al verlo sangrar, más preocupados por protegerse que por comprender qué ocurría.
Ivan apareció desde el extremo contrario. Había desarmado a uno de los guardias y utilizaba su arma para controlar a los compradores.
—Al suelo —ordenó—. Todos.
Un hombre con esmoquin quiso probar su suerte. La que el dinero solía abonar, probablemente .
—¿Sabe quién soy?
Ivan lo golpeó detrás de las rodillas.
—Ahora eres el hombre que está en el suelo. Y va a ir a prisión pronto.
Marek ya casi llegaba a la salida, pero esta se cerraba. Tomó a una mujer del brazo, le colocó un cuchillo contra la garganta y retrocedió.