Capítulo 25
Cuatro hombres descendieron de la camioneta.
Llevaban ropa oscura, chalecos y el rostro cubierto.
El primero avanzó hacia la entrada principal.
Los otros dos desaparecieron por el lado occidental de la casa.
Después la imagen se volvió negra. Logan vio todo con creciente alarma y observó trabajar a Louie.
Sostenía a Nadia en brazos, que temblaba. Estaba bien, sacudida por la comunicación con su familia, por la convicción de que ese bastardo tío suyo claramente hacía sus círculos de predador alrededor de su hermana.
Ahora, esto. La red de trata había hecho un movimiento con el que no contaban. Encontrar a Sorina debía ser un paso frenético para eliminar testigos, además de mostrar fuerza. Habían perdido a dos mujeres y dos refugios seguros, era algo que no podían dejar pasar.
Era esperable que pensaran algo así; lo que era inusitado era que hubiesen tenido éxito en relacionar a la agencia Pipen con la liberación de rehenes. Eso volvía todo mucho más peligroso. Logan supo sin sombra de duda que eso era amenaza para Nadia.
—Están usando un interferidor de señal —dijo Louie—. Todavía tengo conexión por cable con el sistema interno, pero no responde ninguna cámara exterior.
Scott ya se había movido en respuesta al ataque. Un equipo que controlaba el perímetro amplio iba a la propiedad en este instante. Había que esperar que los de sitio resistieran y asegurar a Sorina y al personal médico.
—Al helicóptero —escuchó decir a Nathan.
Darius ya debía estar preparando el vehículo.
—Voy con ellos —dijo Sergei, que pasó a la carrera por la puerta de la sala.
—Nadia, debo ir —dijo Logan, separándola con pesar, pero decidido.
Esta era una intrusión inesperada y peligrosa. Todos los guardias tenían que ayudar.
—Sí, yo también, deber calmar a Sorina, deber… Si escuchar disparos, si los vé…
—Nadia, no —La forma en que pronunció su nombre fue una orden—. Los hombres que entraron quieren matarla. ¡No vas a acercarte a esa propiedad!
Ella parpadeó y el miedo en su faz fue demoledor.
—No dije ir. Puedo hablar con ella desde aquí.
Logan miró a Louie.
—¿Puedes comunicarla?
—Si el circuito interno sigue activo, quizá. Primero necesito recuperar las cámaras.
Un ruido seco llegó desde los altavoces. Después otro. Disparos. Logan se puso en marcha, pero antes de salir, la miró.
—No salgas de este edificio.
Había miedo detrás de la dureza. Nadia lo reconoció porque también lo sentía.
—Ve —dijo—. Ayudar a ella.
Las aspas del helicóptero ya se movían cuando asomó al patio. Darius pilotaba, con Nathan a su lado. Sergei iba detrás, con Ivan, y a su lado ingresó Logan. No tuvo tiempo de tomar su arma, pero había reserva de estas en el vehículo, siempre listo.
—Seis minutos hasta la propiedad.
El viaje fue en silencio expectante. Cuatro minutos después, la voz de Louie se escuchó fuerte y clara.
—Tengo control del circuito de cámaras internas, por fortuna no están afectadas por el interferidor, usan otra red. Hay un guardia caído en la entrada. Los contacto con Mason, el jefe del equipo.
—Mason, informe —dijo Nathan.
La respuesta llegó entrecortada.
—Nate, estamos rodeados. Son cuatro, tal vez cinco. Jerry está herido en los accesos. Rivera está con el personal médico. Cerraron el ala este. Yo sostengo la entrada.
—Estamos en vuelo, llegamos en cuatro minutos —dijo Darius
—No estoy seguro de tenerlos.
Hubo un silencio mientras por el comunicador se mezclaban sonidos de disparos y voces en distintos idiomas. Español, inglés, mayormente.
—Louie, ¿tienes visión del área médica?
Hubo silencio.
—La habitación está vacía. Las sábanas están en el suelo y el soporte del suero está caído.
—Mierda —gruñó Sergei.
El comunicador crepitó.
—Contacto con Rivera.
Una voz grave habló.
—Sorina, la doctora y la enfermera están en el cuarto más seguro. Cubro el corredor de acceso.
—¿La paciente? —preguntó Scott.
—Está muy alterada. Es difícil de contener, va a delatar la posición —respondió Rivera.
—Louie, haz que Nadia hable con ella —dijo Logan—. Hasta que lleguemos, debe estar callada.
Louie le explicó y Nadia asintió con vehemencia, inclinándose hacia el micrófono.
—Sorina —dijo Nadia en rumano—. ¿Me escuchas?
Al principio solo respondió una respiración agitada.
—¡Nadia!
—Estoy aquí. Tranquila, Sorina, tranquila.
—¡Ellos vienen!
—Lo sé, pero no van a llegar a ti. Los hombres que te rescataron van a detenerlos. Debes estar callada.
Un sollozo llegó por los altavoces.
—Van a llevarme otra vez.
—No —Nadia apretó los labios, estremecida. Pobrecilla, pobrecilla . Concéntrate, haz que se calme o van a encontrarla. Tomó aire—. Mira alrededor, Sorina. ¿Qué ves?
—Oscuro.
—¿Hay alguien contigo?
—Mujeres. Y hombre afuera.
—Ese hombre está protegiendo la puerta. No van a entrar.
La respiración de Sorina se hizo todavía más rápida.
—Escúchame. Yo estoy contigo. Logan, Sergei y los otros van en helicóptero. Llegarán pronto.
—No quiero hombres.
—Ellos tampoco entrarán si no es necesario. Pero van a impedir que te lleven.
Otro golpe hizo vibrar la comunicación. Sorina gritó. En una de las cámaras, la puerta principal cedió. Un hombre lanzó un objeto dentro de la sala. Un guardia herido se cubrió el rostro. Una nube blanca llenó el espacio.
—Gas —dijo Nadia.
—Granada de humo —corrigió Louie—. ¡Mason, retírate¡
El guardia disparó dos veces hacia la entrada y retrocedió por el corredor. El atacante entró. Avanzó detrás de un escudo compacto mientras otro hombre lo cubría. No buscaban ocultarse. Se movían hacia el ala médica.
Nadia apretó el micrófono.
—Sorina, escucha solo mi voz.
—No puedo.
—Sí puedes. Cierra los ojos e imagina tu ciudad. La miras por tu ventana.
Silencio, menos agitación. Funcionaba.
—Pronto estarás ahí —repitió Sorina.
—Mi ventana…
—Tu casa, el sol en tu cara….
—Quiero volver —sollozó, quebrada
Nadia tenía un nudo enorme en su garganta y su pecho le dolía.
—Vas a volver, no tengas dudas —dijo Nadia—. Respira, hazlo sin pensar en nada más. Uno, dos, tres.
La voz femenina de la doctora tomó la posta, aprovechando que Nadia había logrado calmarla.
La cámara del corredor mostró al segundo guardia.
Rivera permanecía arrodillado detrás de una esquina, con el arma levantada.
Esperó hasta que el primer atacante cruzó la puerta de la sala.
Disparó. El hombre del escudo cayó contra la pared.
El segundo respondió. Rivera se ocultó cuando las balas arrancaron fragmentos de yeso.
—Son profesionales —murmuró Louie—. No están improvisando.
Una nueva imagen apareció. Otro atacante había entrado por una ventana del lavadero y avanzaba desde el extremo opuesto del corredor. Rivera no podía verlo.
—¡Detrás! —gritó Nadia.
El agente no la escuchaba. Louie cambió de canal.
—Rivera, tienes uno a tu espalda. Quince metros. Puerta del lavadero.
Rivera giró y disparó al mismo tiempo que el atacante. La cámara se sacudió bajo el estruendo. El hombre cayó de rodillas. Rivera chocó contra la pared y se llevó una mano al costado.
—Está herido —dijo Nadia.
Scott maldijo.
—Mason, llega hasta Rivera.
No hubo respuesta. La imagen de la sala seguía cubierta de humo.
Louie abrió el mapa aéreo. Un punto azul ya estaba sobre la propiedad.
El atacante que quedaba en el corredor arrastró el escudo de su compañero y avanzó.
Pasó junto a Rivera sin comprobar si estaba vivo.
No había ido a enfrentarse a los agentes. Iba por Sorina.
—La puerta segura soportará disparos —dijo Louie con una confianza de la que Nadia sospechó, porque tenía la boca torcida.
En la cámara, el hombre sacó algo de su mochila. Nadia comprendió al ver cómo lo colocaba sobre la cerradura. ¡Explosivos!
—Va a abrir. Va a… —Se acercó otra vez al micrófono—. Sorina —dijo al micrófono—. Tienen que alejarse de la puerta.
—No hay otro lugar.
El plano apareció en la pantalla. Era un espacio pequeño, situado entre el cuarto seguro y un baño auxiliar. No había puerta exterior, pero una abertura de ventilación comunicaba con el sótano. Demasiado estrecha para un adulto sano. Quizá no para Sorina.
—Hay un panel bajo en la pared que es acceso al conducto de servicio. Puede bajar hasta el lavadero. —preguntó Louie.
—Sí —respondió la enfermera.
—Allí entró uno de ellos —dijo Nadia.
—Ahora está caído.
—Muevan a Sorina.
Nadia tradujo.
—No puedo —sollozó Sorina—. Me duele.
—Tienes que hacerlo.
—No.
La palabra estaba llena de terror. Nadia acercó la boca al micrófono, resuelta.
—Sorina, ellos te raptaron, te vendieron…— La respiración se detuvo al otro lado—. Van por ti. Demuéstrales que se equivocaron de persona.
—Tengo miedo.
—Yo también tuve miedo. Pero debes vivir.
El silencio duró varios segundos. Después se oyó el movimiento de la enfermera.
—Está levantándose —informó.
Nadia cerró los ojos.
—Eso es. Un paso. Después otro.
El atacante terminó de colocar la carga. Nadia miró el punto del helicóptero, que ya había aterrizado
La explosión sacudió el corredor. La cámara se volvió blanca. Después aparecieron fragmentos de la puerta y una nube de polvo. Nadia dejó de oír a Sorina.
—¡Sorina!
Nada. El atacante esperó unos segundos y atravesó la abertura con el arma levantada. La doctora apareció desde el fondo y le golpeó el brazo con una bandeja metálica. El hombre gruño y la golpeó con el arma. Ella cayó contra la pared.
—¡No! —gritó Nadia.
El atacante entró en el cuarto seguro. Estaba vacío.
Vio la puerta de suministros y avanzó. Antes de alcanzarla, una figura apareció detrás.
¡Mason! El guardia herido le rodeó el cuello con un brazo.
El atacante giró y ambos chocaron contra la cama.
El arma cayó, pero el hombre sacó un cuchillo.
Mason intentó sujetarle la muñeca. La hoja descendió hacia su pecho.