Capítulo 22
—Malcolm Reddick. Cincuenta y seis años. Fundador de Reddick Meridian Holdings, aunque hace seis años dejó la dirección ejecutiva y se convirtió en inversor privado. Lo que sea eso —dijo Louie.
La imagen estaba en la pantalla. Logan observó el rostro. Cabello negro plagado de canas, cuidadosamente cortado. Ojos azules. Mandíbula cuadrada. Traje oscuro y una sonrisa que parecía ensayada para inspirar confianza.
La fotografía había sido tomada durante una gala benéfica. Reddick sostenía una copa de champán mientras conversaba con un senador. No parecía un hombre que compraba mujeres. Pero Louie lo había identificado como el cliente interesado en Nadia.
—¿Estás seguro? —preguntó Scott.
Louie hizo aparecer una sucesión de datos junto a la imagen.
—El identificador del mensaje recuperado en Northstar rebotó por seis servidores y dos redes privadas. Estaba bien oculto, pero el imbécil utilizó el mismo protocolo para confirmar una transferencia desde una cuenta de las Caimán.
—Eso no lo convierte en el comprador.
—La cuenta pertenece a una fundación controlada por tres sociedades. Dos terminan en un administrador de Reddick Meridian y la tercera pagó la restauración de uno de sus autos.
Logan se inclinó sobre la mesa.
—¿Cuánto transfirió?
—La primera operación fue de ciento cincuenta mil dólares. Después aparece otra autorización por setenta y cinco mil.
—Pago triple si llegaba intacta —recordó Scott.
Logan apretó sus dientes hasta que alguno crujió. Apretó las manos sobre el borde de la mesa. Tenía que mantener la cabeza fría.
—No era la primera vez que compraba —respondió Louie—. Encontré otros pagos con la misma ruta. Cinco en los últimos ocho años y quizá tres anteriores, pero todavía no puedo confirmarlos.
—¿Cinco mujeres?
—Cinco transferencias. No sé si cada una corresponde a una mujer.
—Corresponden —dijo Logan.
No necesitaba esperar la confirmación. Un hombre que pagaba ciento cincuenta mil dólares por una mujer no había descubierto aquel mercado por casualidad.
Louie abrió una segunda fotografía. Reddick aparecía junto a una mujer alta y rubia. Llevaba un vestido plateado y observaba las cámaras con una expresión casi ausente.
—Irina Volnova Reddick. Cuarenta y dos años. Nació en San Petersburgo. Fue modelo durante los noventa y principios de los dos mil. Se casaron hace diecisiete años. Tienen dos hijos, ambos estudian en Europa.
—¿Ella sabe algo? —preguntó Scott.
—No hay forma de saberlo. Mantiene una agenda social propia, pasa varios meses al año en Francia y rara vez aparece con él fuera de eventos públicos.
La siguiente imagen mostraba a una mujer de cabello oscuro saliendo de un restaurante.
—Leyla Arslan. Turca. Fue pareja de Reddick durante casi dos años antes de que se casara con Irina. Actriz en su país, aunque abandonó su carrera cuando se mudó a Estados Unidos.
—¿Qué fue de ella?
—Regresó a Estambul. No concede entrevistas y su familia se niega a hablar de Reddick.
Louie hizo aparecer otros rostros. Una brasileña. Una coreana. Una mujer etíope que había trabajado para una de sus fundaciones. Una joven india fotografiada junto a él en Londres.
Todas eran extraordinariamente hermosas. Todas diferentes.
—Estas mujeres son las que muestra. Pero denota su gusto. Colecciona nacionalidades —dijo Scott.
Louie apoyó los codos sobre la mesa.
—Autos, arte, vinos, propiedades y, por lo que parece, mujeres. No repite procedencia. Al menos no entre las que pudimos identificar.
La repugnancia le produjo a Logan un sabor amargo en la boca.
—¿Denuncias?
—Una.
Apareció el rostro de una mujer asiática. Era delicado, de una perfección casi frágil, pero su mirada resultaba más firme que las de las demás.
—Mei-Ling Lau. Nació en Hong Kong y llegó a Estados Unidos para estudiar diseño. Hace diez años denunció que Reddick la retuvo contra su voluntad durante seis semanas.
Logan levantó la cabeza con celeridad.
—¿Seis semanas?
—En una propiedad que ella no pudo identificar.
Dijo que las ventanas estaban cubiertas, que las puertas se controlaban electrónicamente y que había personal de seguridad armado.
Aseguró que él le quitó el pasaporte y la amenazó con hacer arrestar a su hermano por fraude.
Escapó por un descuido de la seguridad durante una tormenta, al parecer.
—¿Qué pasó con la causa?
—Nada. Los abogados de Reddick demostraron que ella había aceptado regalos, viajado voluntariamente con él y utilizado una tarjeta a su nombre. La policía no encontró la propiedad que describía. Después ella retiró parte de la declaración y regresó a Hong Kong.
—La compró —dijo Logan.
—O la asustó.
—Las dos cosas —concluyó Scott—. ¿Dónde está ahora?
—Viva. Trabaja en Singapur. Ronan intenta localizarla sin alertar a nadie.
Logan volvió a mirar el rostro de Reddick. Durante diez años, el hijo de puta había aprendido de aquella denuncia. No había dejado de retener mujeres. Solo había encontrado un sistema más eficiente para seleccionarlas, trasladarlas y borrar los rastros.
—La respuesta que encontramos se envió desde uno de sus dispositivos —dijo—. ¿Puedes situarlo?
—El mensaje salió por la red privada, pero encontré una conexión anterior. Un teléfono asociado al identificador estuvo durante cuatro horas en una propiedad de Massachusetts.
Louie cambió de pantalla. Apareció una vista aérea de una finca rodeada de bosque. La casa principal tenía forma de herradura y se encontraba al final de un camino sinuoso. Había una piscina cubierta, dos dependencias y una construcción más pequeña cerca del límite occidental.
—Está a poco más de una hora de Providence —dijo Louie.
El miedo llegó antes que el pensamiento. Una hora. Malcolm Reddick había estado a poco más de una hora de Nadia todo este tiempo.
—¿De quién es? —preguntó Logan.
—Crownmere Holdings. La sociedad pertenece a otra sociedad registrada en Nevada que termina en un bufete utilizado por Reddick. Compraron la finca hace doce años.
—Después de la denuncia de Lau.
—Un año después.
Scott se acercó a la pantalla.
—¿Su familia utiliza la propiedad?
—No encontré una sola fotografía social tomada allí. Su esposa aparece en las residencias de Boston, Nueva York y Francia. Sus hijos tampoco la visitan. Según los registros, Crownmere contrata jardineros, mantenimiento, suministro de alimentos y una empresa de seguridad privada.
Louie amplió la imagen.
—Ocho guardias se alternan durante la semana. Todos son antiguos militares o policías. La finca tiene cámaras térmicas, inhibidores de señal y un sistema de vigilancia que costaría demasiado incluso para un hombre paranoico.
—¿Qué es la construcción occidental? —preguntó Logan sin dejar de mirar las instalaciones.
—Oficialmente, una bodega y refugio contra tormentas.
—¿En Massachusetts?
—Quizá teme huracanes muy selectivos.
Aparecieron unos planos incompletos.
—La construcción visible solo ocupa ciento veinte metros cuadrados —continuó Louie—. Pero el consumo eléctrico y la ventilación indican un espacio subterráneo mucho mayor. Entre cuatrocientos y seiscientos metros.
—Un búnker —dijo Scott.
—Con entrada desde la casa y una posible salida independiente hacia el bosque.
Logan señaló el camino de acceso.
—Necesitamos vigilancia sobre la propiedad.
—Ya la pedí.
—No. Tiene que haber hombres allí.
—No podemos mover personal sin saber si Reddick está en la finca —advirtió Scott—. Alder House tiene prioridad. Las mujeres serán trasladadas mañana.
—Reddick sabe que Nadia sobrevivió.
—No sabe dónde está.
—No podemos asegurarlo.
Scott sostuvo su mirada.
—¿Qué propones?
—Moverla a una propiedad que no aparezca vinculada con Pipen.
—Tenemos una operación en proceso y necesitamos su ayuda. Ella dijo claro que quiere ser parte.
—Puede trabajar desde un lugar seguro.
—La agencia es segura.
—Northstar también debía serlo para ellos y entramos.
Louie giró ligeramente en su silla.
—No quiero interrumpir el concurso de testosterona, pero hay algo más.
—Habla —ordenó Scott.
—Reddick no parece invitado a Alder House.
—¿Cómo lo sabes?
—Ronan consiguió una parte de la lista. Hay números y alias. El identificador de Reddick no aparece.
—Ya había comprado lo que quería —dijo Logan.
—Eso parece. Los invitados de Alder House pujarán por las mujeres que todavía no tienen comprador. Reddick pagó por una entrega privada.
La pantalla mostró otra vez los rostros de las mujeres vinculadas con él.
Distintas edades. Diferentes colores de piel, ojos y cabello.
Bellezas elegidas como piezas que debían diferenciarse unas de otras.
Nadia había sido otra elección. Búlgara.
Hermosa. Ojos verdes. Filóloga. Capaz de hablar varios idiomas y de sentarse a la mesa de un millonario sin parecer fuera de lugar.
—Todo en ella encaja con la colección —dijo Logan—. La cara, el cuerpo, el acento, los idiomas. Para un hombre como Reddick, Nadia es la clase de mujer que querría poseer.
Algo cayó detrás de él. Logan se volvió. Una carpeta estaba en el suelo. Nadia permanecía a pocos pasos de la puerta. Llevaba varios documentos contra el pecho y tenía el rostro completamente inmóvil. No supo cuánto había escuchado.
—Nadia.
Ella se agachó y recogió la carpeta.
—Elijah encontró nombres escritos distinto —dijo—. Pensé que Louie necesitaba.
La voz sonaba extraña. Louie extendió una mano.
—Sí. Gracias.
Nadia cruzó la sala y dejó los documentos sobre la mesa. Evitó mirar la pantalla, pero Logan vio cómo sus ojos se detenían un instante en las fotografías de las mujeres.
Después lo miró a él.
—¿Quién es?
Logan quiso apagar la pantalla. Sabía que hacerlo solo confirmaría que intentaba protegerla de información que le pertenecía.
—Malcolm Reddick —respondió—. Creemos que es el hombre que pagó por ti.
Nadia contempló la fotografía.
—No parecer monstruo.
—Los monstruos rara vez parecen monstruos —dijo Scott.
—Creemos que utiliza esta propiedad para retener mujeres.
Nadia observó la finca y se estremeció. No tuvo dudas de que se estaba imaginando allí, sometida, víctima.