Logan (Agencia Pipen 5) Capítulo 21 #2
67%

Capítulo 21 #2

El calor ascendió por el rostro de Nadia. No esperaba que aquella fuera la primera pregunta.

—Sí.

La mirada de Sorina la escrutó.

—Entonces confías.

—Con mi vida.

Logan no pudo comprender las palabras, pero debió de interpretar algo en el rostro de Nadia. Sus ojos se oscurecieron y su mano se cerró sobre el marco de la puerta.

—¿Está bien? —preguntó.

—Sí. Esperar afuera.

Logan obedeció. Sorina continuó mirando la entrada durante unos segundos.

—El otro —dijo finalmente—. Tío de Elena.

—¿Quieres verlo?

La joven dudó antes de asentir. Nadia hizo una señal hacia la cámara. Sergei apareció casi de inmediato. Se había quitado la chaqueta y el arma. Antes de entrar, miró a Nadia, esperando autorización. Ella señaló una silla situada junto a la pared.

—Ahí.

Sergei entró y se sentó. La silla pareció disminuir bajo su cuerpo. Mantuvo los brazos sobre las piernas y las manos visibles. La venda que cubría sus nudillos tenía una pequeña mancha de sangre. Sorina lo estudió.

—Tiene ojos de Elena —susurró.

El rostro de Sergei perdió toda dureza.

—Ella tiene los ojos de mi hermana —respondió.

No necesitaba traducción, pero no hablaría con Sorina a solas. La convicción de que estaba ayudando calmó a Nadia. Podía hacer la diferencia, colaborar para llegar a las otras chicas.

—¿Tienes fotografía? —preguntó.

Sergei sacó el teléfono muy despacio. Buscó una imagen y se lo entregó a Nadia, no a Sorina. Elena aparecía sentada en una terraza, con gafas de sol sobre la cabeza y una bebida en la mano. Reía hacia la persona que había tomado la fotografía. Sorina tocó la pantalla.

—Elena.

Sergei dejó de respirar.

—Dime cuándo la viste por última vez.

La pregunta salió demasiado deprisa. Sorina se encogió. Nadia cubrió el teléfono con la mano.

—Más despacio.

—Necesito saberlo.

—Y ella necesita poder responder.

Sergei se reclinó contra la silla. El esfuerzo por contenerse hizo temblar un músculo de su mandíbula.

—Lo siento.

Nadia tradujo la disculpa. Sorina volvió a mirar la fotografía.

—Hace dos días. Tal vez tres. No había ventanas. No sabíamos día.

—¿Estaba herida? —preguntó Sergei.

—Tenía golpe aquí.

Sorina tocó un lado de su cabeza.

—Pero caminaba. Hablaba. Ayudó a Blanca.

—¿Blanca? —preguntó Nadia.

—La de Moldavia. Muy joven.

Nadia miró hacia la cámara. Otro nombre. Otra mujer.

—¿Cuántas se llevaron?

Sorina levantó los dedos y comenzó a contar. Perdió la cuenta, volvió a empezar.

—Ocho. Tal vez nueve. Algunas llegaron después.

—¿Las mujeres del contenedor?

—Elena. La mujer de Moldavia. Dos de México. La morena que no hablaba.

—¿Amina?

Sorina asintió. Nadia tuvo que respirar antes de continuar. Amina estaba viva.

—¿Por qué no te llevaron?

La joven bajó la mirada hacia el vendaje.

—Yo tenía fiebre. Herida olía mal. Hombre dijo que cliente no aceptaría así. Curarme primero.

—¿Qué hombre?

—El jefe. Malo. Pegaba.

—¿Sabes su nombre?

Sorina cerró los ojos, concentrándose.

—Los otros decían Marek.

Sergei se inclinó hacia delante. Sorina se hizo atrás y parpadeó

—No —ordenó Nadia a Sergei—. Quédate donde estás.

Él volvió a apoyarse en la silla. Nadia acarició el brazo de Sorina.

—¿Cómo era?

—Alto. Delgado. Cabello casi blanco, pero no viejo. Cicatriz.

Tocó el lado izquierdo de su rostro, desde la oreja hasta la mandíbula.

—Le faltan dedos.

Levantó la mano derecha y dobló los dos últimos.

—Dos dedos de la mano derecha.

Sergei miró hacia la cámara. Louie ya estaría buscando.

—¿Hablaba rumano? —preguntó Nadia.

—Sí. También ruso. Dijo que mi comprador pagó por mujer sana, no por basura enferma.

La última palabra salió casi sin voz.

—No eres basura.

Sorina no la miró, pero las lágrimas volvieron a deslizarse por su rostro. Nadia las secó con los dedos.

—¿Qué ocurrió con las otras?

—Las lavaron. Tomaron fotografías nuevas. Midieron.

—¿Para qué?

—Catálogo.

La palabra sonó brutal. Fotografías de mujeres, probablemente con edades, idiomas, colores de ojos y cabellos. Para los que compraban vidas como si fueran carteras o trajes. Bastardos sádicos, inmundos, perversos. La mano de Nadia se cerró alrededor de la sábana.

—Evento. Hombres miran. Eligen. Pagan más.

Sergei se puso de pie, una expresión sombría en su cara y una vena latiendo en su sien. Sorina se encogió con un gemido.

—Siéntate —ordenó Nadia.

—¿Dónde?

—¡Siéntate!

Sergei obedeció. Logan apareció en el umbral, atraído por las voces. Nadia levantó una mano sin mirarlo y él permaneció fuera. Ella volvió toda su atención hacia Sorina.

—Estás segura. Nadie va a llevarte a ningún evento.

La joven intentó recuperar el aire.

—Vamos a encontrarlas. ¿Oíste algo más?

—Palabras sueltas. Alder. Vestidos. Bolsas tenían animal.

—¿Qué animal?

Sorina extendió los dedos sobre su cabeza, imitando astas.

—Ciervo.

Nadia repitió el gesto.

—Un ciervo.

—Plateado —añadió Sorina—. Elena dijo que recordáramos. Ella decía nombres muchas veces para no olvidar. Alder House. Grupo Este. Viernes.

Sergei miró su reloj.

—Mañana.

Sorina volvió a asustarse al oírlo. Nadia le pidió que guardara silencio.

—¿Escuchaste alguna ciudad? —preguntó.