Capítulo 21
La propiedad segura no parecía un hospital.
Era una casa de dos plantas situada en las afueras de Providence, rodeada de árboles y separada de la carretera por una verja sin letreros.
Desde afuera, solo las cámaras ocultas bajo el alero y los cristales demasiado oscuros indicaban que no se trataba de una vivienda familiar.
Logan redujo la velocidad antes de llegar a la entrada. Un hombre salió de la caseta, comprobó la matrícula y se inclinó para mirar dentro del vehículo. Reconoció a Logan y levantó la barrera.
—¿Casa de Pipen? —preguntó Nadia.
—Una de las propiedades que utilizamos cuando alguien necesita protección y atención médica. Pocas veces es necesario, pero conviene estar preparados.
Nadia volvió la mirada hacia la casa. Durante el trayecto había intentado recordar tantas expresiones rumanas como podía. Había estudiado el idioma durante dos años en la universidad y lo había utilizado en algunos trabajos pequeños de traducción. Entendía más de lo que hablaba.
Dentro del contenedor, sin embargo, las reglas académicas no habían importado. Ella, Elena y Sorina habían mezclado rumano, búlgaro, ruso y gestos hasta crear un idioma propio. Sirvió para preguntar si alguien tenía dolor, para ofrecer agua, para consolar, para acompañarse.
Logan estacionó frente a la entrada, rodeó el vehículo y abrió la portezuela antes de que Nadia pudiera hacerlo. Cuando ella bajó, le tomó el rostro y lo elevó hacia la claridad de la mañana. La estudió con atención.
—Estar bien.
—Tómatelo con calma. Si no entiendes, alguien vendrá. Eventualmente, Sorina se relajará.
—Tener que intentar… Elena y las demás…
Nadia colocó las manos sobre su pecho y Logan asintió, justo cuando Scott salía a recibirlos. No llevaba traje. Vestía pantalones oscuros y una camisa con las mangas dobladas. Parecía haber dormido tan poco como ellos.
—Gracias por venir.
—¿Cómo está? —preguntó Nadia.
—Mejor de lo que esperábamos. La fiebre comenzó a bajar y respondió a los antibióticos. Emocionalmente es otra historia.
Entraron. El interior conservaba la apariencia de una casa, aunque la sala había sido transformada en una zona de vigilancia y las habitaciones del primer piso contaban con equipamiento médico. Dos agentes se encontraban junto a la entrada.
—¿Dónde está Sorina?
—En la última habitación —respondió Scott—. Una médica y una enfermera están con ella. Sergei espera al otro lado del pasillo.
Logan rezongó por lo bajo.
—¿Le permitiste acercarse?
—No ha entrado. Ivan consiguió convencerlo de que ver a un hombre de su tamaño podría alterarla.
Avanzaron por el corredor. Antes de llegar al final, una voz masculina se elevó detrás de una puerta cerrada. Sergei. Nadia no entendió las palabras, pronunciadas demasiado deprisa, pero sí la furia. Ivan respondió con calma.
Cuando Scott abrió la puerta, vieron a Sergei frente a una ventana.
Llevaba la misma ropa del operativo y tenía la mano derecha vendada.
Se veía cansado, pero todavía funcionando a fuerza de ira.
Ivan permanecía apoyado contra la pared, con los brazos cruzados.
Los dos miraron hacia Nadia. Sergei dio un paso.
Logan se interpuso, la mano levantada y su peor mirada.
—No la presiones.
—Mi sobrina está en manos de esos animales. Sorina puede…
—Sorina apenas puede sostener una conversación —dijo Scott.
—¡Debe recordar! Debe decirnos adónde la llevaron.
—Cuando esté preparada.
Los ojos de Sergei se endurecieron.
—No necesito tu permiso para hablar con una testigo. Mi paciencia…
—¡Sergei! —intervino Ivan—. No compliques esto.
—Es suficiente —dijo Scott—. Esta es nuestra operación. Entendemos la urgencia y el dolor, pero esta mujer la ha pasado muy mal y no la revictimizaremos.
Nadia apoyó una mano sobre el brazo de Logan.
—Yo hablaré con ella.
Sergei fijó la mirada en Nadia.
—Pregúntale por Elena, por favor.
—Primero ayudarla a saber dónde está.
—Nadia…
—Dar lo mejor de mí —repitió.
La desesperación de Sergei era dolorosa de observar, pero Nadia no iba a permitir que cayera sobre Sorina.
Conocía la sensación de estar rodeada de personas que demandaban respuestas.
Incluso las preguntas bienintencionadas podían sentirse como una forma de violencia cuando todavía no se comprendía el idioma o se conocía a los interlocutores.
Ivan habló en voz baja:
—Déjala trabajar, Sergei.
El búlgaro se pasó la mano sana por el rostro.
—Estaré aquí.
Nadia asintió. La médica salió de la habitación y cerró la puerta detrás de ella. Era una mujer de unos cincuenta años de facciones serenas.
—No intenten un interrogatorio formal —advirtió—. Todavía está débil y alterna momentos de lucidez con cierta confusión. Si se altera, terminamos.
—Hay una intérprete conectada —explicó Scott—. Para asegurarnos fidelidad y que la aplicación no capte nada erróneo. Confirmará las partes que Nadia no comprenda. Lo importante es que se sienta segura y pueda comunicarse.
—Dejar a mí. No llenar su habitación —dijo Nadia con el ceño fruncido.
Scott la observó.
—Debemos registrar cualquier información relacionada con las otras mujeres.
—Poder escuchar desde afuera. Sin cámaras delante de ella ni hombres con preguntas.
Logan la apoyó.
—Tiene razón.
Scott asintió.
—El audio se grabará desde la sala de vigilancia. La médica permanecerá contigo.
Nadia miró hacia la puerta.
—Entrar sola al principio.
La mujer consideró la petición.
—Estaré al otro lado. Si necesito intervenir, entraré.
—Bien.
Logan le tocó la espalda cuando ella avanzó.
—Nadia.
Se volvió. Había preocupación en sus ojos, pero no volvió a pedirle que se quedara afuera.
—Aquí estaré.
Ella asintió y abrió la puerta. La habitación olía a desinfectante y a flores. Alguien había colocado un pequeño ramo sobre una mesa, quizá para disimular el equipamiento médico. Las persianas estaban bajadas y una lámpara proyectaba una luz cálida sobre la cama.
Sorina parecía todavía más pequeña de lo que Nadia recordaba.
El cabello oscuro, ya limpio, se extendía sobre la almohada.
Tenía un vendaje bajo la clavícula y un tubo transparente conectado al brazo.
La delgadez marcaba los huesos de su rostro y las sombras alrededor de los ojos.
Sin embargo, su etérea belleza no se opacaba.
Al escuchar la puerta, se encogió. Nadia se detuvo a dos pasos de ella, pero poniéndose al alcance de sus ojos.
—Sorina.
La joven volvió la cara. Durante varios segundos no reaccionó. Su mirada recorrió el rostro de Nadia como si intentara decidir si se trataba de una alucinación.
—Nadia —susurró.
—Sí.
Sorina comenzó a llorar. No hubo transición. Un momento permanecía quieta y al siguiente todo su cuerpo temblaba bajo la manta. Nadia cruzó la habitación.
—Estoy aquí.
Sorina extendió los brazos. Nadia se sentó sobre el borde de la cama y la abrazó con cuidado.
La joven se aferró a ella con una fuerza que no parecía posible en un cuerpo tan debilitado.
Hundió el rostro contra su cuello y comenzó a hablar entre sollozos.
Las palabras salían mezcladas. Algunas en rumano.
Otras en el ruso rudimentario que habían utilizado dentro del contenedor.
—Pensé que te mataron. Ese hombre te llevó. Tú gritabas y después no volvías. Elena decía que escapaste, pero yo no creía. Nadie escapaba.
Nadia cerró los ojos. Recordó las manos de Furtado arrastrándola. El metal bajo sus rodillas. Las voces de las mujeres mientras la puerta se cerraba.
—Me rescataron —dijo—. Estoy viva. A salvo. Como tú, Sorina.
Sorina tocó su rostro, su cabello, sus hombros.
—¿Te hicieron daño?
—Estoy bien.
—¿Cómo escapar?
—Logan me encontró. Es un buen hombre, parte del equipo que te encontró a ti.
El recuerdo alteró a Sorina. Su cabeza se levantó bruscamente y sus ojos fueron hacia la puerta.
—¿Hombre?
—Sí. Un hombre bueno.
Sorina negó.
—Hombres vienen. Preguntas. Quieren que hable.
—No entrarán si tú no quieres.
—Uno nombró a Elena.
—Es su tío. Se llama Sergei.
El miedo se mezcló con desconcierto.
—¿Tío?
— Está desesperado.
La conversación era una mezcla de palabras, pero avanzaba. Sorina la contempló. Después, una risa débil escapó entre sus lágrimas.
—Espera afuera. Vino desde Europa para buscarla.
Los dedos de Sorina se cerraron alrededor de su muñeca.
—No la encontró.
—Todavía no.
—Se la llevaron.
—Lo sabemos. Necesitamos encontrarla y también a las otras.
La respiración de Sorina comenzó a acelerarse. Gimió y se cubrió los ojos. Nadia le sostuvo las manos.
—Tranquila. Estás a salvo.
Lágrimas gruesas como perlas se desplazaron por su faz. La agitación hacía su pecho subir y bajar con violencia.
—Ellas no… A mi venderme… Alguien iría, pero…
La habían rescatado a tiempo, entendió Nadia.
—Ellos dijeron iban a vender bien, mucho dólar… En una fiesta. Reían… Decían cosas horribles…
Se estremeció, sus hombros colapsando, la cabeza al pecho. Nadia la abrazó más fuerte, también llorando, e hizo un leve no con la cabeza a la médica que se asomó. Esto era duro, mucho, pero tenía que averiguar más.
No debía interrogarla y traer el horror, la profesional había sido clara. Sin embargo, Sorina parecía luchar contra la idea de quedarse dormida sin que alguien conociera aquello.
—Necesitas descansar…
—No. Tiempo corre. Debemos ayudar a las demás.
—¿Permites que alguno de los hombres que te rescató entre aquí?
—Muy grandes. ¿Peligrosos?
Nadia pensó en la furia que acababa de presenciar en Sergei. En las faces sombrías de cada uno al enterarse de las situaciones que ella y las demás vivieron.
—Para los hombres que hicieron esto, sí. No para ti.
Sorina no pareció convencida.
—Logan también es grande —añadió Nadia—. Él me encontró. Me dio refugio, comida, me ha cuidado. Cuando tengo miedo, se queda conmigo. Quiero que lo veas. Confío en él.
Logan se asomó entonces. Sorina miró y se apretó contra Nadia. Él levantó las manos para que pudiera verlas.
—No voy a acercarme —dijo.
Nadia tradujo. Sorina lo observó con suspicacia.
—¿Él duerme contigo?