Logan (Agencia Pipen 5) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Nadia todavía intentaba respirar. Permanecieron abrazados mientras la claridad reptaba dentro de la habitación . Nadia escuchó el corazón de Logan recuperar un ritmo normal bajo su oído. Él le acariciaba la espalda con movimientos largos, desde los hombros hasta la base de la columna.

Podría haberse quedado allí todo el día, todos los días, y no era solo por el sexo.

La idea apareció sin advertencia. Por la sensación de despertar acompañada.

Por la manera en que Logan la cubría con la sábana cada vez que esta resbalaba, aunque su mano continuara recorriendo la piel desnuda.

Por la protección, el cuidado, la sensibilidad.

—¿En qué piensas? —preguntó él.

—En que cama ser muy cómoda.

Logan dejó de acariciarla durante un segundo. Nadia levantó la cabeza. Algo se había vuelto cauteloso en su expresión.

—No tener miedo —dijo, un poco cortada—. No tomar tus cosas.

—Lo que tengo es tuyo.

Tal vez, pero… ¿Por cuánto tiempo?  La convicción de que esta felicidad era prestada la agobió un poco y diluyó su alegría. Preservarse, eso debía hacer. Disfrutar, sin pensar en después o posibilidades. Se apartó con suavidad.

—Tener hambre.

Nadia salió de la cama antes de que él pudiera retenerla. Recogió del suelo la camisa que Logan había llevado el día anterior y se la puso. La tela le cubrió las nalgas y las mangas ocultaron casi por completo sus manos.

Logan se incorporó.

—¿Vas a quedarte con mi ropa ahora?

—Prestar un rato.

—Con intereses. Podemos solucionarlo —dijo él, y su mirada la recorrió.

Luego sonrió y Nadia se distendió. Le gustaba verlo así. La expresión severa desaparecía de su rostro y sus ojos se iluminaban. Lo contempló, fascinada. Luego, se dio la vuelta y fue a la cocina. Algunas cosas no convenía pensarlas demasiado.

===

Logan apareció diez minutos después. Llevaba pantalones deportivos grises y una camiseta negra.

Tenía el cabello húmedo y todavía no se había afeitado.

Ya lo haría después. Nadia se encontraba sentada sobre la encimera, comiendo fresas.

Él se detuvo al verla, fascinado por esos labios que lo habían devorado con intención.

—Hay sillas.

—Aquí mejor vista.

Los ojos de Logan descendieron hacia sus piernas desnudas.

—Oh, tienes razón, tonto de mí.

Nadia mordió otra porción de fresa y el jugo se deslizó por su barbilla. Logan volvió a hipnotizarse mientras imágenes poco convenientes le volvían a circular. Abajo, chico, ya tuviste tu momento .

—¿Café?

—Primero, comida. Hay que abastecer las energías que perdimos —Le encantó ver las manchas carmín en sus mejillas—. Si dependiera de ti, desayunarías fruta y galletas.

—Buena comida.

Logan abrió la nevera y sacó huevos, mantequilla y tocino. Nadia lo observó moverse por la cocina. Todo resultaba natural. Él conocía la ubicación exacta de cada utensilio y limpiaba las superficies mientras cocinaba.

—¿Gustar cocinar?

—Sé preparar un buen desayuno americano, lo has visto.

—No ser difícil.

Él levantó sus cejas.

—Hace una hora parecías bastante impresionada conmigo.

Nadia casi se atragantó con la fresa. Logan ocultó una sonrisa mientras encendía la cocina.

—Solo digo. No hubo reseñas largas, pero los gemidos…

Ella tomó otra fresa y se la arrojó. Logan la atrapó en el aire y se la metió en la boca, riendo.

—No burlar —resopló.

—Para nada — Logan rompió los huevos en un recipiente, batió unos segundos y los vertió en el sartén. Mientras cocinaba el omelette, la miró—. Fue hermoso, Nadia.

La seriedad de su voz produjo una presión cálida en el pecho de Nadia.

—Da —asintió.

Él se acercó y se colocó entre sus rodillas.

—Te deseaba desde hace un tiempo largo.

Nadia apoyó las manos sobre sus hombros.

—¿Desde cuándo?

—No voy a responder.

—¿Desierto?

—No.

—¿Avión?

—Nadia.

—¿Casa?

Logan le sujetó la nuca y la besó para hacerla callar. Ella sonrió contra su boca. El olor a quemado los separó.

—Los huevos —dijo Nadia.

—Mierda.

Logan regresó a la cocina y apartó la sartén. Ella observó el borde dorado que comenzaba a oscurecerse.

—Gran cocinero.

—Puedes comer las fresas.

Nadia bajó de la encimera y preparó las tostadas mientras él volvía a empezar.

Trabajaron rozándose en el espacio reducido.

Cada contacto parecía tener un significado nuevo: su brazo contra la espalda de ella, la mano de Nadia sobre su cintura al pasar, los dedos de Logan apartándole el cabello antes de que se acercara demasiado al fuego.

Desayunaron frente a frente. Logan le sirvió más de los que podía comer.

—No ser un soldado. No necesitar tanta comida.

—El desayuno es…

—Sí, sí…

—¿Quién diría que te pondrías así de gruñona?

Nadia mordió una tostada para ocultar la sonrisa. Entonces el teléfono vibró sobre la mesa y el cambio en él fue inmediato. No hubo un movimiento brusco, pero la ligereza desapareció. Sus ojos fueron hacia la pantalla y sus hombros recuperaron la tensión familiar.

Era Scott Pipen. Logan contestó.

—Dime.

Escuchó durante varios segundos.

—¿Cuándo despertó?

Nadia dejó la tostada.

—¿Está estable?

Otra pausa. La mirada de Logan llegó hasta ella.

—Está aquí.

Nadia comprendió antes de que pronunciara el nombre.

—¿Sorina?

Logan levantó una mano, pidiéndole un momento.

—¿Rumano? —preguntó al teléfono—. No sé.

La respuesta de Scott fue suficientemente larga para que Logan frunciera el ceño.

—No sabemos si está en condiciones de…

Nadia se puso de pie.

—Dar teléfono.

Logan la miró.

—Nadia.

—Yo hablar.

Él dudó antes de activar el altavoz y dejar el aparato sobre la mesa.

—Hola —dijo Nadia.

—Buenos días —saludó Scott—. Siento interrumpir.

La mirada de Logan se dirigió hacia la camisa que ella llevaba. Nadia cruzó los brazos. Scott no podía verla, claro. Tonta.

—Sorina despertó  —dijo el jefe de Pipen, hablando pausado y haciendo las frases cortas—. Está estable, pero alterada. No permite que los médicos varones se acerquen y apenas tolera a las mujeres.

—¿Dónde está?

—En la unidad médica de una propiedad segura. Sergei está allí, pero no ha entrado en la habitación.

—Ella tener miedo.

—Lo sabemos.

Logan apoyó las manos sobre la mesa.

—Por eso Sergei debe mantenerse lejos —dijo—. Su ansiedad…