Capítulo 18
La luz de la cocina estaba encendida cuando Logan entró en la casa, pasadas las dos de la mañana.
Le había dicho por teléfono que no lo esperara despierta y ella había prometido intentarlo, pero la encontró sentada en uno de los sillones del salón, con las piernas recogidas y la manta sobre el cuerpo.
La luz de pie a su lado proyectaba un círculo amarillento que la envolvía. Tenía el Kindle abierto sobre el regazo, aunque parecía desatendido. En cuanto lo vio, se levantó, tirando el dispositivo y la manta en el movimiento.
—¡Volviste!
Lo dijo con alivio y una sonrisa que llegó a sus ojos, y la emoción explotó dentro del pecho de Logan. Una sensación cálida, parecida a llegar de verdad a casa. Cerró la puerta, activó la alarma y vino hasta ella.
—Te dije que durmieras —dijo, aunque no había calor en su voz.
—Lo intenté, pero… Estaba nerviosa.
—¿Por mí? —preguntó, sonriendo de lado, pero esperando la respuesta.
Nadia hizo un pequeño gesto con los hombros y sus mejillas se sonrojaron. Logan dejó la bolsa con el equipo en el suelo y se quitó la chaqueta. Ella lo examinó de arriba abajo. Su mirada recorrió el rostro, los brazos y el resto del cuerpo con una intensidad que él sintió como una caricia.
—¿No estás herido?
—No.
—¿Qué hay de los demás?
—Todos bien. Fue sencillo.
Solo entonces pareció respirar con libertad. En su cabeza la operación debía parecer peligrosa, pero para Logan y el resto fue rutinario. Se acercó dos pasos y volvió a detenerse.
—No encontraron a Elena.
Logan hizo una línea con sus labios.
—No estaba allí, no.
—La mujer que rescataron… ¿Es alguna de las que…?
—Sorina.
Ella volvió a mirarlo con rapidez.
—¿Sorina? ¿La rumana?
—Sí.
—¿Cómo está?
—Está enferma y tiene una herida infectada, pero los médicos creen que se recuperará.
Nadia se llevó una mano a la boca. Sus ojos se llenaron de lágrimas y Logan no supo si eran de alivio o de dolor.
—Al menos una —susurró—. Otra mujer que poder rehacer vida. ¿Cómo estar Sergei?
Le acarició el cabello con extrema suavidad.
Seda en sus manos, eso era, pensó, mientras acomodaba sus ideas para contarle lo más inquietante.
¿Tengo que encargarme de todo yo, hijos de la chingada?
El texto rescatado resonó en su cabeza. En algún sitio, un hombre perverso tramaba y buscaba a esta mujer en su casa, en su vida.
Reorientó su cabeza para contestar la pregunta. Elena, Sergei.
—Frenético, pero ahora sabemos que Elena estuvo en la finca.
—¿Cuándo?
—Se la llevaron hace dos días. Estaba viva.
La rodilla de Nadia pareció fallarle. Logan avanzó y la tomó de la cintura antes de que perdiera el equilibrio.
—Viva —repitió ella—. Pobrecilla, ¿qué estará pasando con ella?
—Hay que pensar que la encontraremos.
Logan lo dijo con la misma seguridad con que pronunciaba una orden.
No tenía derecho a prometerlo pero, vez tras vez, se encontraba haciéndolo con ella porque odiaba verla sufrir.
Elena podía estar en cualquier punto del país o incluso fuera de él.
Dos días bastaban para atravesar una frontera, cambiar un nombre o desaparecer a una mujer.
Sin embargo, sintió cómo Nadia se aferraba a aquellas palabras y no pudo retirarlas. Se separó y dejó caer su bolso en el sillón. Nadia permaneció en silencio. Logan fue por una botella de agua y bebió casi la mitad. Luego volvió a mirarla.
—Pasa algo más —adivinó ella.
Logan hizo crujir la botella en su palma.
—Sí. Es sobre el hombre al que Furtado iba a entregarte.
Ella se llevó las manos al pecho y sus pupilas brillaron.
—¿Saben quién es?
—No lo sabemos. Pero sabe que vives, eso creemos.
El miedo apareció en su rostro. Sus brazos se cruzaron sobre el cuerpo, pero no retrocedió.
—¿Sabe que estoy aquí?
—No encontramos ninguna referencia a Providence ni a la agencia..
—Eso no querer decir tanto... —murmuró.
Logan dejó la botella sobre la encimera y la miró. Nadia se movió, nerviosa, pensando, sus manos hablando más que su boca:
—Mi madre estar con chicho . Mi hermana… Él traidor. Si ese hombre… Puede usarlas para…
Era factible, por supuesto, pero no atizaría su pavor.
—No lo hará —dijo con vehemencia y vino a su lado. Tomó su mano, la miró a los ojos—. Están vigilados, recuerda eso. Tu familia no está sola.
—Estar tristes, eso creo. Sin ayuda. Con miedo.
—Le diré a Iván que les haga llegar alguna nota. Pero tenemos que ser cautos. Hacer las cosas con prisa puede ser contraproducente.
Si por él fuera, viajaría a extraerlas. Se sentía capaz, sus colegas no lo dejarían solo. Pero eso no podía hacerse sin dejarla sola e implicaría recibir ayuda de los europeos. Y estos estaban en plena cacería para recuperar a Elena.
—Lo sé. Pero tener que esperar es difícil. Esperar para hablar con madre. Esperar para decir a mi hermana que estoy viva. Esperar para volver. Esperar mientras Elena estar con esos hombres.
La última frase salió quebrada. Logan sintió la frustración en su propia carne, pero no podía ofrecerle lo que pedía. Todavía no.
—Si llamas, si vamos, se esconderán. No encontraremos su rastro, Dios sabe qué harían con las chicas en custodia…
Ella agachó su cabeza y suspiró.
—Yo egoísta. Tener razón.
—No, no digas eso —tomó su rostro con ambas manos y bajó su cabeza para que sus ojos estuvieran enfrente—. Lo que quieres es lógico.
—Mi madre… Creer que yo muerta.
—Yavor se debe estar asegurando de que no lo crea. Eso evita que haya denuncias.
La expresión de Nadia se llenó de angustia.
—Ser peor.
—Lo sé.
Las lágrimas aparecieron sin que pudiera detenerlas. Nadia se dio la vuelta, como si quisiera ocultarlas. Logan la abrazó sin apretar ni presionar, y ella se recostó contra él.
—Están vigiladas. Yavor no ha intentado hacerles daño.
—Todavía.
—Todavía —admitió—. Por eso debemos hacerlo bien. Si descubre que estás viva, puede utilizarlas para obligarte a salir.
—Entender —musitó.
—Entonces sabes por qué no puedes llamar.
—Entender no evitar dolor.
La frase lo dejó sin respuesta. Nadia bajó la cabeza.
Una lágrima cayó sobre la mano con que Logan la sostenía.
La hizo girar entre sus brazos. Nadia dejó escapar un sonido ahogado y se pegó a su pecho.
Sus manos se cerraron sobre la parte posterior de su camisa y su frente encontró el espacio debajo de su mandíbula.
Logan cerró los ojos. Había imaginado tenerla así más veces de las que estaba dispuesto a reconocer, pero en esos pensamientos no había lágrimas ni miedo.
Había deseo. Un deseo que se había instalado dentro de él y crecía con cada mirada, cada roce y cada ausencia. Ahora solo quería quitarle el dolor.
Nadia permaneció quieta entre sus brazos. Poco a poco la respiración se le hizo más lenta y sus manos aflojaron la camisa, pero no lo soltaron. Logan tampoco lo hizo.
—¿Qué pasar cuando encontrar a Elena y al comprador? —preguntó después.
—Podrás llamar a tu familia. Serás libre.
—Después.
—Volverás a Bulgaria, si eso quieres.
Irte de mi casa, despedirte . Eso sería difícil, solo pensarlo le costaba. Nadia levantó el rostro. Estaban demasiado cerca. Logan podía sentir su respiración contra la garganta. Sus ojos verdes todavía estaban húmedos, pero ya no había pánico en ellos.
—¿Y tú?
—¿Qué pasa conmigo?
—¿Venir?
La pregunta lo desconcertó. ¿Se refería a si la acompañaría a viajar de vuelta? Haría lo que fuera falta y más.
—Si necesitas protección.
La decepción fue pequeña, pero Logan la vio.
—No pregunté por protección.
—Entonces no entiendo.
—Sí entender. No querer responder. Estar bien…
La boca se volvió dos líneas rosas finas. Ella se apartó, aunque permaneció dentro de sus brazos.
—¿Qué hacer cuando terminar tu trabajo?
—Regreso aquí.
—¿Solo?
Logan frunció el ceño. Ella lo observaba muy seria, como si evaluara si mentía.
—¿Qué quieres saber?
—Sobre ti.
—No hay mucho que saber.
Ella hizo un gesto de fastidio.
—Eso ser falso. Tu siempre preguntar de mí. Pero si yo preguntar, tú no responder.
—Mis preguntas son parte de la investigación.
—No todas.
Tenía razón. A Logan no le agradó.
—¿Tener mujer? —preguntó Nadia.
—No.
—¿Antes?
—Nada que durara. No hubo una relación importante en mi vida.
Ella parpadeó y se acercó más, sus pupilas como escáneres.
—¿Por qué?
—Mi trabajo.
Nadia entrecerró los ojos.
—El trabajo no dormir contigo.
La respuesta lo sorprendió tanto que una risa escapó de su pecho.
—No. Generalmente consigue que no duerma con nadie.
Nadia lo observó con abierta curiosidad.
—¿No querer esposa?
—Nunca lo pensé.
—¿Hijos?
—Tampoco.
Ella bajó la mirada y algo se cerró en su expresión. Logan sintió una incomodidad extraña, como si hubiera dado la respuesta equivocada a una pregunta cuya importancia no comprendía.
—¿Tú quieres?
Nadia tardó unos segundos.
—Antes, pensar en ser madre algún día. Ahora no estar segura. ¿Quién quererme cuando…?
La idea de que alguien, algún bastardo cateto pudiera despreciarla por ser víctima, lo sublevó.
—Tú vales demasiado, puedes elegir a quien desees.
Ella parpadeó y no quitó su vista.
—Lo que te hicieron no define quién eres.
—No. Pero cambiar cosas. No fingir que no.
Logan acarició sus brazos con los pulgares.
—No finjo.
Imposible. Ella era como ese espejo frente al que no es posible mentir. Logan se sentía desnudo ante ella; sus deseos, sus emociones, sus planes, todo él revuelto por la presencia de una mujer que ya sabía inolvidable.
—Llevarme a Bulgaria y regresar aquí.
La pregunta volvía a estar entre ellos. Logan sintió soledad solo de imaginarlo.
—Mi vida está aquí.
—Sí. Vida buena… Pero muy solo.
Nadia pronunció la lapidaria frase con suavidad.
Su mirada bajó hasta la boca de Logan y permaneció allí.
Él no pudo reprimir más su deseo. El beso previo había abierto posibilidades, y él quería explorarlas.
La deseaba cuando la tenía cerca y cuando estaba lejos.
La deseaba sonriente, furiosa, despeinada o concentrada sobre un libro.
—Besar ahora, Lógan.
El corazón de Logan golpeó con fuerza.
—Nadia…
—¿No querer?
Logan soltó una maldición y llevó una mano hasta su nuca.
—Claro que quiero.
Nadia soltó la camisa que tenía de rehén y levantó una mano. Sus dedos tocaron la mejilla de Logan y recorrieron la línea áspera de su mandíbula. Él permaneció inmóvil.
—No esperar…
La tomó de la cintura y la atrajo contra su cuerpo.
Su boca descendió sobre la de ella, primero contenida, esperando todavía que se apartara.
Ella le rodeó el cuello con ambos brazos, se apretó contra él y abrió los labios debajo de los suyos.
Logan inclinó la cabeza y profundizó el contacto.
Saboreó el café que ella había bebido, la humedad de su boca.
Nadia respondió con una pasión que terminó de arrancarle el control.
Sus dedos se cerraron sobre su nuca y su cuerpo se arqueó contra el suyo. No había miedo ni duda en la forma en que lo besaba. Había hambre. Una que parecía haber crecido en cada silencio, en las ausencias y en todos los momentos en que Logan había decidido alejarse.
La sensación de su cuerpo rodeándolo le quitó el aire.
Volvió a besarla, más hondo, recorriendo con las manos la espalda, los costados y la curva de la cintura.
Nadia le mordió suavemente el labio inferior.
Logan gruñó contra su boca. Ella repitió el gesto, más segura, y el sonido pequeño y satisfecho que hizo estuvo a punto de destruirlo.
La besó hasta que ambos respiraron de manera agitada, hasta que los labios de Nadia quedaron húmedos y enrojecidos y sus manos temblaron alrededor de su cuello. El deseo exigía más. Bajar las manos. Desvestirla. Llevarla a su cama y averiguar cómo sonaría su nombre cuando ella perdiera el control.