Capítulo 15
En la pantalla central, cinco hombres avanzaban por un terreno negro y desigual que parecía extraño y despojado a través de las cámaras infrarrojas.
Nadia vio a Nathan, que iba en la delantera, levantar dos dedos, y todos se detuvieron.
Dejó de masticar y la galleta se deshizo lentamente sobre su lengua, dulce y seca. Tuvo que obligarse a tragarla.
—Todavía están a ciento veinte metros —dijo Louie.
Sentado frente a la consola principal, mantenía una mano sobre el teclado y la otra cerca de la bolsa de galletas que Nadia había abierto. Habían comenzado a comerlas casi una hora antes, mientras esperaban que el equipo alcanzara el perímetro de Northstar.
Ninguno de los dos tenía hambre. Sin embargo, cada vez que la tensión aumentaba, alguno metía la mano en la bolsa. Piotr ya había robado unas diez, pero en su caso, estaba segura de que era por aburrimiento, porque el gigantón parecía inalterable.
—Ciento quince —corrigió el polaco desde la segunda mesa.
Louie giró despacio la cabeza hacia él y lo fulminó con la mirada.
—¿Te gustaría ocupar mi silla?
Piotr evaluó la pregunta con seriedad.
—No.
Una de las imágenes de satélite apareció ampliada en la pantalla lateral.
El edificio aparecía como un rectángulo oscuro entre parcelas abandonadas.
Había sido una planta de empaque hacía más de una década: un galpón largo de chapa, una construcción baja que había funcionado como oficina y dos cámaras frigoríficas conectadas por un corredor estrecho.
El camino de acceso apenas podía distinguirse bajo la vegetación.
Las fotografías satelitales más antiguas mostraban el techo cubierto de óxido y varios paneles desprendidos.
En las tomadas durante las últimas semanas, sin embargo, los paneles habían sido reemplazados.
También habían aparecido un generador junto al muro norte y marcas recientes de neumáticos detrás del antiguo muelle de carga.
Louie había encontrado el consumo de electricidad.
Elijah, las matrículas captadas por dos cámaras de tráfico.
Piotr había reconocido en la distribución del lugar algo más importante: las cámaras frigoríficas podían cerrarse desde afuera y no tenían ventanas.
Nadia, con la garganta atenazada, no había necesitado que explicara para qué podían haberlas utilizado.
—Movimiento al oeste —informó Elijah.
Nadia se inclinó hacia delante. Una mancha clara cruzó la imagen térmica y desapareció detrás del galpón.
—Animal —dijo Piotr, que extendió su mano a la bolsa —. Esta es mi última —prometió.
Nadia observó su perfil. El polaco llevaba horas colaborando con Louie y Elijah, casi sin apartarse de las imágenes.
Había sido él quien advirtió que una de las tomas del satélite estaba invertida, y también quien identificó un desnivel detrás de los silos que permitía acercarse sin quedar expuestos desde el techo.
Aun así, su presencia en la sala no terminaba de resultar cómoda. Eso a pesar de que lo primero que hizo al quedar a solas con los otros dos fue pedir disculpas. Nadia fue testigo de eso.
« Lo que dije esta mañana fue estúpido. No fue contra nadie. Ni siquiera pensé antes de hablar. Estaba cansado, furioso y me comporté como un imbéci l» .
« Eso último no lo discute nadi e » , había murmurado Elijah.
Piotr había asentido. Luego, todo fue labor.
Cuando el equipo táctico se fue, tenía datos y detalles para funcionar en la locación a la que ahora se acercaban.
Nadia volvió a mirar las pantallas. Los hombres ya estaban cerca de la construcción.
La cámara de Darius enfocó la espalda de Sergei.
Ivan avanzaba unos metros a su izquierda y Nathan encabezaba la formación.
La imagen de Logan se había separado de las otras.
—¿Dónde está Logan? —preguntó.
Louie comprobó las coordenadas.
—Subió a una posición de cobertura. Aquí.
Señaló un punto al sur del galpón y colocó la visión de la cámara de Logan, que enfocó durante un instante el edificio desde lo alto. Después descendió, probablemente cuando él se tendió sobre el terreno con el rifle.
—Tiene cubiertas las dos entradas y el muelle de carga —explicó Elijah—. Si alguien intenta salir, lo verá antes que los demás.
Nadia se hizo atrás. No había querido ir a la casa del jefe mientras la operación se ejecutaba.
No habría podido dormir. Scott había permitido que permaneciera en la sala de operaciones con la condición de que no interfiriera.
Nadia no sabía qué habría podido hacer para interferir con hombres que se encontraban a cientos de kilómetros, pero había aceptado de inmediato.
Solo necesitaba ver, saber qué ocurría en el mismo momento en que sucedía. Esperar sin información se parecía demasiado a estar otra vez dentro del contenedor.
—La cámara del camino perdió la camioneta a las diecinueve cuarenta y dos —dijo Louie, más para ella que para los otros—. Pero Elijah encontró la misma matrícula en una estación de servicio cuarenta minutos después. Salía de la zona, no entraba.
—Pudieron llevárselas —dijo Nadia.
No hubo respuesta inmediata.
—Pudieron —admitió Louie—. También pudo tratarse de un vehículo de suministros.
Eso no era esperanza, sino una posibilidad que el hacker le ofrecía porque todavía no podían descartar ninguna. Piotr acercó la silla a la mesa.
—La red utiliza los lugares más de una vez —dijo—. Si las trasladaron, dejaron algo. Siempre dejan algo. Sergei va a encontrarlo.
—Ustedes ser cercanos —dijo Nadia, afirmando lo que las acciones del búlgaro demostraban.
Piotr asintió.
—Sergei prácticamente la crio. El padre de Elena trabajaba fuera del país y él estaba siempre cerca.
Le enseñó a conducir, aunque es el peor instructor que conozco—La expresión de Piotr se suavizó al recordar—.
Elena es una buena chica. Reía muy fuerte.
En los restaurantes, en los trenes, donde fuera.
Sergei fingía que le molestaba, pero a veces decía cosas absurdas solo para hacerla reír.
Desde que desapareció, casi no duerme. Si hubiera estado en Sofía, ella no habría aceptado aquel trabajo. Pero no estaba…
—No fue culpa de él.
—Intenta convencerlo.
Nadia observó la figura rígida que aparecía en la cámara de Darius. Sergei parecía un hombre conteniéndose para no echar a correr.
—Elena tampoco tuvo culpa —dijo—. Parecía buena oportunidad. Buen sueldo. Hotel elegante. Muchas correr por oportunidad.
—Lo sé.
La voz de Logan surgió de los altavoces.
—Sin movimiento en las ventanas. El techo está limpio.
La reacción de su cuerpo fue inmediata. Se relajó al escucharlo y volvió a tensarse cuando comprendió que él seguía solo, apostado en la oscuridad.
Nathan hizo una señal. Darius y Sergei rodearon el edificio por la derecha.
Ivan avanzó con Nathan hacia la entrada lateral. El cerrojo cedió sin resistencia.
—Eso no me gusta —murmuró Elijah.
Nathan empujó la puerta. Durante varios segundos, la cámara mostró solo oscuridad. Después, la luz montada en su arma recorrió un pasillo estrecho, paredes sucias, tuberías expuestas. Había cajas apiladas junto a una puerta y un carro metálico volcado contra la pared.
—Entramos —anunció Nathan.
Nadia se hizo adelante, sus ojos muy grandes. El equipo se dividió. La cámara de Ivan entró en la antigua oficina. Un escritorio, archivadores abiertos, papeles esparcidos. Nathan avanzó por el corredor. Darius y Sergei se dirigieron hacia las cámaras frigoríficas.
Una puerta se abrió. La luz reveló tres colchones en el suelo. Había mantas arrugadas, botellas vacías y restos de comida. Junto a la pared se acumulaban cajas de guantes, vendas y envases de medicamentos. Darius enfocó un manojo de bridas plásticas abandonado en un rincón.
—Elena —llamó Sergei. La voz resonó en el espacio vacío—. ¡Elena!
Abrió otra puerta. Después una tercera. No había nadie.
Nadia apenas se dio cuenta de que Louie le decía que respirara.
Reconocía aquellos colchones. No los mismos, pero sí su delgadez, las manchas, la distancia calculada entre uno y otro.
Reconocía las botellas sin etiquetas y la cubeta colocada en la esquina.
Reconocía la forma en que las mujeres debían de haberse acomodado unas contra otras al dormir, buscando calor sin atreverse a hacer ruido.
—Hay ropa —dijo Darius.
Sergei se abalanzó hacia él. Una camiseta. Dos pantalones. Ropa interior. Un zapato sin pareja. Sergei levantó cada prenda, la examinó y volvió a dejarla caer.
—No es de ella.
Darius abrió la siguiente cámara. Vacía. Sergei se internó en el fondo y comenzó a apartar cajas.
—Petrov —lo llamó Darius.
Él no respondió.
—Sergei.
—¡Estuvieron aquí! —Empujó una caja contra la pared. El golpe sacudió la cámara y la imagen desapareció durante un instante—. ¡Las sacaron porque tardamos demasiado!
—Todavía no lo sabemos.
—¡Las sacaron!
Sergei golpeó la puerta metálica con el puño. Nadia se estremeció. Iván se interpuso antes de que volviera a hacerlo. No lo sujetó, pero quedó tan cerca que Sergei habría tenido que derribarlo para continuar.
—Mírame.
—Apártate.
—¡Mírame, maldita sea! —Sergei alzó la cabeza—. Este lugar prueba que seguimos el rastro correcto —dijo Iván—. Hace dos días no sabíamos siquiera en qué país buscarla. Ahora sabemos que estuvo aquí.
—Ya no está.
—Entonces averiguaremos adónde la llevaron.
Sergei respiró con fuerza.
—No me digas que tenga paciencia.
—No te estoy pidiendo paciencia. Te estoy ordenando que conserves la cabeza para que podamos encontrar a tu sobrina.
Durante varios segundos ninguno se movió. Finalmente, Sergei bajó el brazo. Iván le tomó la nuca y apretó una vez, un gesto brusco que, pese a todo, tenía algo de consuelo.
—Vamos a revisar cada centímetro —dijo—. Si salieron de aquí, dejaron un rastro.
En la sala de operaciones nadie habló. Nadia miró a Piotr. El polaco tenía los puños cerrados sobre los muslos, pero no apartaba los ojos de Sergei. La cámara se deslizó sobre un fregadero, platos desechables y una mesa cubierta de restos de comida. Un armario vacío. Un archivador metálico.
—Espera —dijo Darius y dirigió la luz hacia el suelo.
Había una marca limpia en el polvo, como si el mueble hubiera sido desplazado recientemente. Nathan introdujo los dedos en el espacio entre el archivador y la pared. Sacó un teléfono. La pantalla estaba rota y le faltaba la cubierta trasera.
—Louie.
—Te veo.
Nathan sostuvo el aparato frente a la cámara.
—Parece destruido.
—Que lo parezca no significa que lo esté. Guárdalo sin encenderlo.
Ivan apareció en el umbral de la oficina.
—Muéstrame la batería.
Nathan giró el teléfono. Ivan se acercó. En el borde inferior había una pequeña etiqueta blanca con seis números impresos.
—Amplía eso —ordenó Piotr.
Louie congeló la imagen y agrandó la etiqueta. Ivan dijo algo en ucraniano y después cambió al inglés.
—El prefijo coincide.
—¿Con qué? —preguntó Nathan.
—Con los aparatos comprados por la empresa belga. Ronan encontró una factura por cuarenta teléfonos idénticos. Se distribuyeron entre Bucarest, Sofía y Amberes.
Louie ya estaba escribiendo.
—Mándame esa factura.
—Lo haré.
Un aviso apareció en la esquina de la pantalla. Louie abrió el archivo enviado y comparó los números.
—Tiene razón. Este pertenece al mismo lote.
Nadia se acercó un poco más.
—¿Eso cómo ayuda?
—No sé—respondió Louie—. Pero fue dejado escondido por alguien.
Nathan guardó el teléfono en una bolsa para evidencia y siguió revisando el espacio detrás del archivador.
Esta vez encontró un trozo de papel térmico, arrugado y manchado.
Solo podía leerse una parte de la impresión.
Una hora: 04:20. Una matrícula incompleta.
Y una palabra escrita a mano en el margen. ESTE.
—Eso no estaba allí por accidente —dijo Ivan.
—Puede significar cualquier cosa —replicó Scott desde el fondo de la sala.
Nadia no lo había oído acercarse.
—Puede —aceptó Ivan—. Pero es una pista.
El equipo continuó registrando el edificio.
Cada puerta abierta provocaba el mismo golpe de expectación y la misma decepción.
Encontraron más colchones, medicamentos, cabello atrapado en el desagüe de una ducha.
En el exterior había huellas recientes de neumáticos y marcas de barro húmedas bajo el muelle de carga.
Pero no había mujeres. No estaba Elena. Nadia tampoco reconoció ninguna de las prendas. Sergei había dejado de hablar. Se movía detrás de los otros, rígido, inspeccionando lo que los demás tocaban.
Casi una hora después, Louie recibió la primera extracción remota del teléfono.
El aparato estaba conectado al equipo portátil que Nathan llevaba y apenas respondía, pero una parte de la memoria continuaba intacta.
Varias líneas de datos aparecieron en el monitor.
Louie se inclinó tanto que su nariz casi tocó la pantalla.
—Vamos —murmuró—. Dame algo.
Elijah se acercó por detrás de su silla.
Piotr se puso de pie. Una fotografía apareció, fragmentada.
Primero una pared. Después una figura desenfocada.
Louie recuperó otro sector. Nadia se vio a sí misma y quedó sin aliento.
Estaba sentada en el suelo, dentro del contenedor, con el rostro vuelto hacia algún punto fuera de la imagen.
Llevaba la ropa sucia y tenía un hematoma en la mejilla.
Elijah cerró una mano sobre el hombro de Louie. Debajo de la fotografía había un mensaje.
¿Sigue viva?
Nadie dijo nada. Louie abrió la información asociada.
—Fue enviado después de la muerte de Furtado —dijo—. El destinatario no aparece con nombre. Solo hay un identificador.
—¿Puede rastrearse? —preguntó Scott.
—Voy a intentarlo.
—¿La respuesta?
Louie revisó las líneas siguientes.
—No está. La borraron o se envió desde otro dispositivo.
En los altavoces se oyó la voz de Logan.
—¿Nadia sigue en la sala?
Ella se volvió hacia el monitor que mostraba la oscuridad desde su posición.
—Da.
Hubo una pausa.
—Nadia.
La forma en que pronunció su nombre hizo que todo lo demás se alejara un poco.
—Estoy bien —dijo, aunque no estaba segura de que fuera verdad.
—Aléjala de la pantalla, Louie.
—No —se apresuró a decir ella—. Querer saber.
—No necesitas mirar esa fotografía.
—Ya ver.
Logan guardó silencio. Nadia se obligó a levantar la barbilla.
—Encontrar quién preguntar por mí.
No sabía si el micrófono alcanzaría a captar su voz. Logan respondió de todos modos.
—Lo encontraremos.
—Nada va a pasarte —dijo Piotr entonces.
Ella lo miró.
—Pero las otras —susurró.
—Las encontraremos. Iremos a las otras propiedades.
En la pantalla, Darius apoyó una mano sobre el hombro de Sergei. Ivan se inclinó junto a Nathan para observar las huellas de neumáticos. Logan abandonó su posición de cobertura y comenzó a descender hacia el edificio.
Los hombres seguían moviéndose. Ninguno se comportaba como si la búsqueda hubiera terminado.